Autor: Pablo Kornblum

¿Se podrá repetir el modelo Belga en Europa?

Publicado en el diario BAE, 24 de Noviembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La elección del primer ministro belga, Herman Van Rompuy, como nuevo presidente de la Unión Europea ha dejado un mensaje claro: lograr reproducir a nivel regional la paz social, el entendimiento y la cooperación lograda entre los flamencos que hablan holandés y los valones francófonos en su Bélgica natal.

Van Rompuy, ha visto cómo su reputación no ha hecho más que crecer desde que se hizo cargo del Gobierno en diciembre del pasado año. Tras heredar la jefatura del Gobierno de un país convulso por las disputas culturales, territoriales, económicas y lingüísticas entre dos comunidades que se ignoran sin ningún disimulo, Van Rompuy ha logrado revertir la mirada de una clase política desgastada y desacreditada, consiguiendo que Bélgica regresara a la normalidad sobre un temario que varió desde la inmigración hasta el presupuesto nacional.

Pero para Van Rumpuy, un hombre prácticamente desconocido hasta hace unos días fuera de Bélgica y sin experiencia internacional, la tarea no le será nada fácil. Para comenzar, transpolar un éxito micro a nivel macro nunca es fácil, aunque las condiciones y las variables en juego sean homogéneas. Controlar, administrar y mediar un país pequeño, no será lo mismo que lidiar con los más de trescientos millones de habitantes de la Unión Europea. La realidad, sin entrar en profundidades técnicas, lo demuestra: los países más desarrollados y menos conflictivos a nivel socio-económico de la tierra, apenas superan ligeramente los veinte millones de habitantes. Canadá, Australia y los países nórdicos son claros ejemplos de ello.  

La segunda problemática se centra en la falta de conocimiento específico o en terrero que posee el dirigente belga. Tanto su demostrada capacidad en la arena económica, como su dedicada y fructuosa vida política en los últimos años en su país, no son suficiente para entender completamente la dinámica y la complejidad de una Unión Europea multiétnica, plurilinguistica, y desigual en su estructura económica y social. Aunque el recién elegido presidente de la UE se comprometió en su primer discurso a «tener en cuenta los intereses y sensibilidades de todos», las especificidades locales o fronterizas difícilmente puedan ser resueltas con las mismas recetas que el político belga utilizó puertas adentro de su país.

Por último, la construcción de acuerdos sociales y políticos dentro de un Estado-Nación ya constituido, como ha sido el caso de Bélgica, puede ser visualizado de una manera diametralmente opuesta desde una óptica anti-europea destructiva de los Estados y las culturas nacionales creadas siglos atrás. Para millones de nacionalistas, la Comunidad Europea solo representa el fin de una historia, valores y formas de vida en común que los contienen como familias, comunidades y nación. Como explicó un miembro de la Comisión Europea la semana pasada, “se necesita una persona capaz de negociar con los «egos» y las «culturas» de 27 Gobiernos”. Si a esta situación le agregamos los intereses económicos y políticos gubernamentales, corporativos y sindicales a nivel intra e interestatal, la lógica transnacional implica un desafío de enorme envergadura.

En definitiva, Van Rompuy deberá sortear todo tipo de obstáculos para que su paso europeo sea un éxito que pueda solidificar las bases y aristas principales sobre las que la Unión Europea ha sido creada décadas atrás. La conflictividad étnica, el derrumbe de los Estados de Bienestar potenciado por la crisis económica internacional, y el incremento de las tensiones geopolíticas que involucran a los nuevos miembros de Europa del Este dentro del escenario internacional, requerirán seguramente un esfuerzo aún mayor que su ya demostrado pasado como el hábil y avezado político que sacó a Bélgica del estancamiento económico y concilió con éxito el entendimiento entre francófonos y flamencos en su país natal.        

Berlín, lecciones del pasado para enfrentar el futuro

Publicado en el diario BAE, 10 de Noviembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La caída del muro de Berlín debe tomarse como un punto de inflexión pero también de reflexión para los que analizamos la historia de la humanidad.

Los sucesos ocurridos veinte años atrás, fueron consecuencia de la implosión de un sistema que no había cumplido con las expectativas despertadas por la teoría y las ilusiones de sus habitantes. La igualdad existente que no generaba desarrollo económico, las elites como únicas poseedoras de una calidad de vida satisfactoria, y la indiferenciada opresión hacía lo opuesto aunque sea enriquecedor, eran los síntomas salientes de un modelo que con anterioridad solo había realizado cambios tardíos y en la dirección equivocada.            

Por otro lado, sus rivales norteamericanos tuvieron un gran acierto. Por un lado, entendieron que la razón y no la fuerza eran la clave para lograr un modelo sustentable a su medida. La derrota en Vietnam, la promoción de dictaduras latinoamericanas actualmente convertidas en democracias progresistas, o el desconcierto que se vive en Irak o Afganistán, son claros ejemplos que la visión militarista es costosa y está condenada al fracaso en el mediano y largo plazo.
 
En contraposición, desarrollaron el pilar fundamental potenciador del sistema capitalista: el marketing. Basado en las bondades de un modelo consumista y una tecnología sin precedentes en la historia de la humanidad, los novedosos bienes y servicios que conllevaron mejoras notables en la calidad de vida de las personas fueron el caballito de batalla de la globalización neoliberal liderada por los Estados Unidos.

Pero como todo sistema creado por el ser humano, las perfecciones teóricas derivan en imperfecciones empíricas. En este sentido, los Estados Unidos se han ocupado obsesiva y detalladamente de ocultar los aspectos negativos del modelo. Si la democracia, el consumo y el desarrollo personal no eran para todos sino para una minoría, se debía a que las culpas, siempre potenciadas por los principales medios de comunicación internacionales de los países desarrollados, eran exógenizadas y focalizadas en los corruptos, ineficaces y antidemocráticos gobernantes tercermundistas.

Mientras tanto, el mundo comunista, impávido y retrasado, solo divulgaba tibiamente unas políticas coyunturales ineficaces en contraposición de una insistencia obsesiva en epopeyas colectivas que no satisfacían las carencias de una población agotada económica y moralmente. Como consecuencia, la soberbia del bloque oriental se convirtió en obsoleta ante la inteligencia de los grupos de interés y de poder occidentales.      

Lo interesante es que dos décadas más tarde, estos dos modelos contrapuestos ven sus errores conceptuales, de raíz o de procedimiento, reflejados en cada uno de los rincones del planeta. El imperialismo norteamericano se convirtió en una cada vez más dificultosa multipolaridad negociada, la globalización neoliberal mostró su peor cara, y las problemáticas despreciadas para los que creyeron en “el fin de la historia”, se han vuelto a reciclar con rostros variados: bolsones de miseria económica desparramadas en todas las latitudes del planeta, un calentamiento global que no muestra síntomas de reversibilidad, y un terrorismo entremezclado con un férreo militarismo interestatal y violencia étnica domestica, son parte de un presente real y palpable.

Pero porque ningún sistema, pasado o presente, es perfecto, podemos afirmar que todos son perfectibles. Más aún, gobiernos inteligentes, honestos y capaces pueden y deben entender el pasado para aplicar las políticas adecuadas a futuro. Estas deben promover la igualdad socio-económica y una digna calidad de vida, lograr una plena libertad de expresión, y consolidar un Estado activo que articule todas las necesidades de la sociedad y logre una paz intra e interestatal duradera. El entender lo que representó el muro de Berlín, junto con su contexto pasado y presente, es sin dudas una bisagra fundamental para cambiar el futuro.         

La realidad primó en las elecciones Uruguayas

Publicado en el diario BAE, 27 de Octubre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

Lo interesante de las elecciones del último domingo es que más allá de la ideología, donde un ex guerrillero devenido socialdemócrata se enfrentó a un ex presidente heredero del Consenso de Washington, las visiones contrapuestas no se quedaron enclaustradas en modelos teóricos. En este sentido, la praxis ha podido ser evaluada por toda la sociedad: entre los años 1990 y 1995, el actual candidato Lacalle gobernó al Uruguay; mientras que  su rival Mujica, plantea un continuismo ortodoxo de las políticas del actual presidente Tabaré Vázquez. 

Durante su Gobierno, Lacalle propulsó los postulados neoliberales que se tradujeron en ajustes fiscales y privatizaciones del gas, la pesca y el transporte, como así también aumentos generales de impuestos que provocaron fuertes protestas. A su vez, firmó la creación del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), aunque sólo con la mirada en términos económicos y de mercado, y no como la integración regional política que defienden hoy los mandatarios del área. La grave crisis económica derivó en el fin de mandato sin pena ni gloria, pues su partido perdió los comicios ante el Partido Colorado en 1995, en momentos en que el Frente Amplio, creado a principios de los 70, comenzaba a ascender en forma vertiginosa en las preferencias electorales.

Por otro lado, Mujica es parte de un gobierno que si bien firmó una suerte de Tratado de Libre Comercio con USA que le atrajo un sinnúmero de críticas de todo el abanico de las izquierdas locales y foráneas, ha obtenido logros en el ámbito social y en la disminución de las disparidades. En este sentido, la economía del país goza de un ciclo de alza que acumuló 30% desde 2005. Este alza del PBI (se espera un crecimiento de 1,2% este año a pesar de la crisis internacional) también afectó el área social con una baja del 25 al 20% de la pobreza, el achique del desempleo (cayó a 7,2%) y el control de la inflación. Finalmente, el gobierno del actual presidente Tabaré Vázquez, acompañado por una gestión prolija y montada en los altos precios de las commodities, alentó la exportación y, con el excedente, financió los precios internos. Fue posible porque, después de muchas peleas, idas y venidas, acordó finalmente con productores y distribuidores. Como dijo el economista Fernando Lorenzo, candidato al Ministerio de Economía del Frente Amplio: «el sector privado no puede hacer lo que quiere, pero tampoco podemos ignorarlo».

Aunque ambos contextos dejan en clara evidencia el porqué de una cómoda victoria del Frente Amplio, no se puede obviar la existencia de sectores económicos concentrados que controlan la mayoría de los medios de comunicación y poseen un determinante poder de Lobby a nivel internacional; que como la historia de nuestro continente nos ha enseñado, pueden torcer los destinos de los pueblos latinoamericanos.  

Un punto clave que ha evitado las presiones de estos grupos de interés, es una realidad que les ha mostrado que, más allá de sus simpatías personales, quien gane no es una variable que, en el fondo, les preocupe a la hora de planificar inversiones. Para el empresariado, Uruguay no es ni Bolivia ni Ecuador ni Venezuela. Tiene instituciones de contralor eficientes e independientes, así como un sistema de partidos que controla a los gobiernos. Saben que Mujica no es un outsider , es parte del sistema desde hace 20 años, fue ministro, senador. Su mandato es darles continuidad a las políticas actuales, no refundar la patria como Chávez, Morales o Correa. El punto saliente entonces es que Mujica no es percibido como un antisistema.

El otro bastión en que se ha forjado el actual gobierno y apuntaló a una sólida victoria de Mujica en esta primera vuelta electoral, ha sido el entendimiento empresarial de que en un país cada vez más empobrecido y más desigual, todos se terminan perjudicando. Cuando el mercado interno se deprime, los recursos de capital ociosos se multiplican, y los recursos humanos se auto-expulsan, la micro y macroeconomía sufren por ello. Hasta los que lucran solamente del negocio exportador tienen sus costos a través de una mayor tributación por parte de un Estado ávido de financiamiento para sacar a flote a una economía que languidece.  

Lo reflejado puede explicar la diferencia de casi 20% – Mujica obtuvo entre el 47,5% de los votos, mientras que Lacalle logró entre el 28,5% de los sufragios –  que nos permite entender lo que es ya un claro veredicto, alejado de una coyuntura dialéctica y convertido en una constante de la realidad política nacional: Aunque ajenos a los fundamentalismos, los Uruguayos se alejan cada vez más de las políticas de centro-derecha que tanto daño han provocado a las clases populares durante toda la historia de la su país. 

La izquierda Italiana ante el dilema Berlusconi

Publicado en el diario BAE, 13 de Octubre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

El primer ministro deberá ir a Milán a afrontar los procesos penales en su contra, después de que la Corte Constitucional aboliera el miércoles último la ley de inmunidad que lo protegía. Apenas se conoció la decisión, Berlusconi reiteró sus críticas ásperas a los quince jueces de la Corte Constitucional que fallaron por una mayoría de 9 a 6, acusándolos de «izquierdistas».  Hay que recordar que los procesos en su contra van desde la compraventa de películas y series de televisión a través de cuentas en paraísos fiscales, pasando por coimas para evitar declaraciones en procesos en su contra, hasta sobornos para erosionar la competencia de los medios de comunicación opositores.

El análisis para entender la estrategia de un Berlusconi efusivo y combativo, tiene dos grandes aristas que no se salen de la teoría política clásica. Por un lado, uno de sus objetivos es llevar a la ciudadanía a una polarización social que aglutine a los indecisos, para luego desatar un fundamentalismo ideológico que tanto rédito político le ha proporcionado en el pasado. Por otro lado, ha logrado crear una confusión política-ideológica que muestra inconsistencias e incoherencias evidentemente poco visibles para una porción importante de la sociedad.

Este último punto se ve reflejado en su crítica despiadada a lo que el premier denomina “comunismo”, lo que implicaría en teoría oponerse totalmente a un estatismo absoluto basado en el poder popular. Sin embargo, los hechos fácticos indican que su poder político y su imperio económico fueron potenciados en sus años de funcionario público. Si a ello le agregamos sus declaraciones a la prensa la semana pasada, donde aseguró que «el apoyo del pueblo es mi inmunidad» y amenazó con la “ira del pueblo” en caso de que pueda ser juzgado, parece difícil diferenciarlo de algún político de izquierda con vicios tercermundistas.

La gravedad institucional puesta sobre el tapete es altamente contraproducente en una situación de crisis económica y social internacional, de la que Italia no escapa, que requiere de gobernantes que demuestren claridad técnica y promuevan un mayor fortalecimiento institucional. Sin embargo y sin importarles el detrimento de la calidad de vida y los mejores intereses de la mayoría de los italianos, la centro-derecha y los más fervientes liberales anticomunistas parecieran seguir alineados incondicionalmente detrás de su máximo referente.

Ante esta situación, la izquierda podría encontrarse con una gran oportunidad para llegar al poder y lograr las políticas necesarias que promuevan un crecimiento económico con desarrollo social sustentable en el tiempo. Para lograrlo, primero deberá entender y corregir sus principales falencias estructurales. Por un lado, se debe atacar la problemática provocada por la atomización política derivada de las ansias de poder de las diferentes vertientes ideológicas intrínsecas que no pueden lograr un acuerdo superador. Por otro lado, la izquierda se encuentra permanentemente vapuleada debido a su constante funcionalidad a un sistema de crisis cíclicas y falencias socio-institucionales que la han perjudicado a la vista de la ciudadanía. 

El otro tema clave es tratar evitar, a través de ideas claras y un pragmatismo que no debería dañar las bases ideológicas de sus plataformas políticas, el juego teóricamente mañoso que propone el premier Berlusconi. La necesidad de una mayor equidad en la distribución de la riqueza y un desarrollo regional que elimine las diferencias productivas, sumado a un Estado activo y fortalecido que se enfrente a las mafias y a las tensiones sociales/raciales generadas, son políticas que históricamente solo han sido enarboladas por banderas de la izquierda, pero que en la actualidad deberían contar con un amplio consenso social. 

Finalmente, dependerá de la ciudadanía toda entender y acompañar este nuevo proyecto nacional e integrador. Sería una pena que, siendo parte de una Europa desarrollada, pacífica y educada, Italia siga siendo gobernada con políticas y propuestas beligerantes, incoherentes y dañinas para la cohesión social y el bienestar general.  

Las elecciones en Alemania, con solo unos pocos cambios a resaltar

Publicado en el diario BAE, 29 de Septiembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La conservadora canciller alemana Angela Merkel logró el Domingo pasado un segundo mandato en las elecciones legislativas de su país. De inmediato, anunció que su partido, los conservadores democristianos (CDU/CSU) que obtuvieron la victoria con el 33,8% de los votos, formará un gobierno de centro-derecha con los liberales del FDP –terceros con  el 14,6%- , poniendo fin a la «gran coalición» con los socialdemócratas del SPD, que conquistaron solo el 23% de los sufragios.

En términos políticos, nos encontramos ante una elección conservadora, donde los dos partidos mayoritarios coquetearon con las ideas de centro para no perder su base electoral. Por ejemplo, en materia fiscal la CDU proponía bajar la tasa impositiva del catorce al doce por ciento, mientras que los socialdemócratas proponían reducirla al diez por ciento. Otro caso similar es en materia medioambiental, donde el SPD proponía respetar el plazo de 2020 para el abandono de la energía nuclear, mientras que los conservadores prefieren retrasar esa fecha y construir centrales de nueva generación. Por lo tanto, las diferencias han sido más bien marginales que estructurales, y las propuestas se basaron más en situaciones coyunturales y preelectorales que en proyectos a largo plazo superadores como podrían ser el cambio climático, las migraciones o el desarrollo social.

Sin embargo, podemos resaltar dos puntos importantes. Por un lado, la idea en común que sí tenían ambos partidos mayoritarios: La regulación del sistema financiero internacional. El SPD se focalizó en el control y la regulación del mismo para proteger a los trabajadores, mientras que la canciller del CDU Merkel se presentará en la cumbre del G-20 “con el ferviente deseo de marcar reglas a los bancos internacionales para que en el futuro una crisis como la actual no vuelva a producirse nunca más”. El colapso internacional que provocó los desequilibrios macro y microeconómicos en Alemania, puede debilitar a cualquier gobierno y erosionar gravemente su base electoral. Los coletazos a la economía nacional no solo provocan un aumento en las tasas de desempleo y el gasto social, sino que también potencian otras problemáticas sociales derivadas de la pérdida de competitividad internacional y el aumento de la inmigración. 

El otro punto importante es el crecimiento, lento pero sostenido, de los partidos políticos más modernos. Los Verdes, con una agenda centrada en la necesidad de proteger el medio ambiente y de equiparar los derechos de hombres y mujeres, obtuvieron el 10,6% de los sufragios. Mientras que el 28% de una nueva generación de votantes alemanes apoyó a otros grupos minoritarios. Desencantados con la vieja política y el incumplimiento de las plataformas electorales, muchos jóvenes alemanes se reniegan a reavivar viejas disputas ideológicas y teóricas macro-generalistas a las que consideran parte del pasado. Sus requerimientos se basan en deseos o inquietudes específicas, instantáneas e individualistas. Su importancia reside en su base electoral: al ser mayoritariamente juvenil, implica un potencial crecimiento en el mediano o largo plazo, donde estos partidos podrán pasar de ser minoritarios a mayoritarios dependiendo de la coyuntura socio-cultural que nos encuentre los próximos años.

Finalmente, podemos afirmar que ante las fallas sistémicas que han emergido en el escenario internacional, la coalición gobernante deberá actuar inteligentemente para hacer sustentable en el tiempo las bondades del alto nivel de desarrollo doméstico. Para ello, deberá utilizar su influencia a nivel global para promover políticas estructurales que mejoren la distribución de la riqueza en el mundo, fortalezcan los procesos de mejora del medio ambiente y refuercen la regulación económica necesaria para evitar nuevos colapsos financieros. De este modo, los síntomas negativos generados por la pérdida de competitividad y puestos de trabajo con economías de bajos salarios, el empeoramiento de la calidad de vida derivada de los efectos negativos del cambio climático, y las problemáticas sociales provocada por una inmigración desmedida, podrán ser mitigados; eliminando de este modo los principales obstáculos que amenazan con detener la marcha del motor que en las últimas décadas ha arrastrado a todo el resto de los países de Europa. 

Visión histórica de la política económica brasileña


Centro Argentino de Estudios Internacionales 

Observatorio de Brasil, Número 1, Año I, Otoño Sur – Septiembre de 2009

http://www.caei.com.ar/es/brasil.pdf

Con un patrón similar al resto de los países de América Latina, a mediados de Siglo XIX, Brasil comenzó a recibir inversiones de los principales centros mundiales de la época para el desarrollo de la producción de materias primas destinadas a la exportación. Existía un único fin: Abastecer a los países manufactureros de Europa y a los Estados Unidos, mientras ellos proseguían con sus respectivos procesos de industrialización.

En este sentido, la expansión de la economía primaria y especialmente la cafetera, permitió el financiamiento de la inmigración masiva, la construcción de vías férreas y el desarrollo de servicios públicos de energía, gas, comunicaciones y transporte. Las grandes extensiones de tierra en pocas manos, permitieron que los terratenientes observaran con beneplácito este proceso de reconversión productiva que les traería beneficios en el corto y mediano plazo. La problemática recién surgiría en las primeras décadas del siglo XX, cuando la conjunción de dependencia y deterioro de los términos de intercambio comenzó a mermar las arcas de la economía nacional.

Con la llegada de Getulio Vargas a la presidencia en la década de 1930, Brasil da un giro a su programa económico y promueve la industrialización en las zonas más pobladas del país, especialmente en las áreas del cemento, la celulosa y la siderurgia. La idea de contar con una política de industrialización por sustitución de importaciones a través del desarrollo de la producción doméstica, derivó en el primer plan quinquenal del gobierno de Vargas que se completó en el año 1943.

Los costos de las políticas industrialistas se comenzaron a observar durante el gobierno de Dutra en el último lustro de la década de 1940, cuando se apreció el valor del Real que desencadenó en un importante aumento de las importaciones para poder complementar la industria naciente. Esta situación se fue compensando con la creación y nacionalización de las industrias de base, como por ejemplo el nacimiento de la Compañía Siderúrgica Nacional y de Petrobrás en la década de 1950. Mientras tanto, la exportación de materias primas por parte de los grandes latifundios seguía teniendo su cuota de importancia para la economía nacional; aunque en contraposición, las fluctuaciones en precios y demanda no permitían proyectar un crecimiento sustentable para el país basado exclusivamente en una economía agrícola-ganadera.

A finales de los años 50’ y durante la década de 1960, el proceso de industrialización se expandió desde las industrias de base a las manufacturas de primero y segundo orden, entre los que se incluyen la industria automovilística, la petroquímica y la metalmecánica. A esto se le debe sumar el inicio y la continuidad de grandes proyectos de infraestructura de largo plazo, fundamentales para la promoción de una macroeconomía acorde a la necesidad de producir economías de escala y con la potencialidad que ello implicaba en su posición de país referente de América del Sur.

Tal como la mayoría de los países de América Latina, Brasil también absorbió los flujos de capital provenientes de las principales economías del mundo (léase Estados Unidos, Europa, Japón) luego de la crisis del petróleo y el exceso de liquidez con que se encontró la periferia durante la década de 1970. Pero a diferencia de otras economías regionales como la Argentina, donde la cúpula militar gobernante se mantuvo aliada incondicionalmente con la oligarquía agraria, el proceso de industrialización brasilero no se detuvo con la interrupción de los gobiernos democráticos en la década de 1960, sino que se profundizó consolidando a Brasil como la potencia industrial regional a finales de 1970. Los resultados de este proceso han sido claros: el Producto Bruto Interno (PBI) aumentó a una tasa promedio del 8,5% anual de 1970 a 1980.

Ya entrados los años 80’, el aumento de las tasas de interés en los países centrales conllevó a un exponencial aumento de la deuda externa acumulada en los años previos; esta situación derivó en un tipo de cambio insostenible, seguido de un proceso devaluatorio e inflacionario progresivo que afectó fuertemente a la presidencia de José Sarney, el primer presidente democrático después de dos décadas de una sucesión de gobiernos militares.

El fin de la década de 1980 encontró a Brasil en la finalización del proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones y con una apertura al embrión globalizador. El retroceso de una economía puramente industrialista, para reconvertirse lentamente en una economía tecnológica y de servicios, se complementó con la desarticulación de los proteccionismos sectoriales y el nacimiento de un Mercosur que parecía unificar los intereses de la región.

La última década del Siglo XX fue determinada por la disciplina fiscal propulsada por el Consenso de Washington. Los objetivos de las políticas de estabilización y ajuste eran el poder controlar la inercia inflacionaria arrastrada desde la década anterior (que se logró pasando de un 50% como promedio mensual a mediados de 1994, a menos del 0.5% en el año 1997) aumentando a su vez la productividad y eficiencia para competir en una economía mundial cada vez más compleja. En este sentido, las políticas de privatizaciones (durante la década de 1990 se privatizaron 65 empresas estatales y se otorgaron concesiones de 58 servicios públicos) y de flotación cambiaria controlada, cumplieron con los objetivos propuestos, consolidando un esquema macroeconómico más sólido que catapultó a Brasil definitivamente como la potencia regional. A finales del Siglo XX, Brasil ya estaba entre las diez economías más grandes del mundo, con exportaciones que llegaban a los 55.000 millones dólares para el año 2000.

En contraposición, dos problemáticas fundamentales seguían sin poder ser solucionadas. Por un lado, la desigualdad histórica-estructural se había incrementado aún más en los últimos años. La pobreza golpeaba con dureza a la mayor parte de la ciudadanía brasileña, donde según un informe del PNAD del año 1995, el 50% de la población más pobre solo recibía el 10% de la riqueza nacional. Por otro lado, la unión aduanera que implicaba el Mercosur, puesta en marcha en forma definitiva en 1994, no saldaría las divergencias entre sus miembros. La diferencia de tamaño de las economías (con quejas de los gobiernos del Uruguay y Paraguay por su poco poder decisorio ante las problemáticas regionales y globales), sumado a la independencia de las políticas macroeconómicas nacionales de sus miembros, conllevaron a discrepancias que debilitaron la finalidad del acuerdo. Un claro ejemplo han sido las diferencias entre las dos economías más grandes y principales socios comerciales: mientras la Argentina propiciaba la paridad cambiaria 1 a 1 en relación al dólar, Brasil llevaba a cabo una política de flotación cambiaria controlada.

A pesar de las deudas pendientes y los sobresaltos ocasionados en los contagios financieros potenciados por la globalización a finales del Siglo XX (incluido un fuerte coletazo que golpeó al país en los años 1998 y 1999), el comienzo del siglo XXI ya encontraba a Brasil como una potencia de peso y no solo de nombre para liderar los temas clave que afectan al mundo actual. Más aún, en el año 2001, el economista Jim O’ Nelly, del Grupo Goldman Sachs, acuñó el concepto de BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al ver que estos cuatro países se observaban como las próximas economías potencia. Su presunción no ha sido errónea: los BRIC en conjunto, que ocupan el 22% de la superficie continental y reúnen el 41,6% de la población mundial, poseen el 27% del PBI mundial según datos del Banco Mundial del corriente año.

En el año 2002 se produce un cambio de paradigma. Por primera vez en la historia del país, un obrero metalúrgico del Partido de los Trabajadores es electo presidente. Sin enfrentar a las estructuras capitalistas arraigadas a la historia del Brasil, el presidente Lula Da Silva optó por un proyecto de desarrollo económico que comprendía la inclusión social como su eje central, con la razón de poder enfrentar, de esta manera y en el corto plazo, las profundas problemáticas estructurales, como son la desnutrición y la extrema pobreza, que afectan a una significativa parte de la población brasilera.

En este sentido, el gobierno del Brasil comenzó a basarse en las algunas teorías económicas modernas, donde el foco de las políticas no solo se centra en el crecimiento económico, sino que apuntan a un incremento de la producción de bienes y servicios, pero con el agregado de un desarrollo sustentable de los recursos humanos y naturales. Para la consecución de estos objetivos, el presidente Lula incrementó el gasto y la inversión pública a través de una activa participación estatal, con foco en políticas sociales y educativas, de infraestructura, y de financiamiento a las pequeñas y medianas empresas.

Por otro lado, ha tomado vital importancia el desarrollo y la explotación de los recursos naturales como generador de divisas, especialmente en relación a la industria petrolera y los combustibles limpios como el etanol. En el caso del petróleo, podemos mencionar que en el mes de noviembre de 2007 se oficializó el hallazgo de crudo de alta calidad a 300 kilómetros de las costas brasileñas y a una profundidad de 6 mil metros de la superficie del mar. La industria petrolera estatal mueve en la actualidad unos 8 mil millones de dólares, lo que representa alrededor de un 10 por ciento del Producto Bruto Interno. Más aún, según un anuncio del Ministro de Minas y Energía, Edison Lobao, en Julio de 2009, Brasil ha decidido crear una nueva empresa estatal petrolera que compartirá las ganancias de la extracción de crudo con las operadoras privadas en los mega yacimientos submarinos de la Cuenca de Santos.

Por otro lado, las exportaciones de etanol del país son las mayores del mundo, sumando 5.16 mil millones de litros en 2008, siendo el principal destino de exportación los Estados Unidos de Norteamérica. Además, se utiliza el bagazo de caña para generar bioelectricidad, como así también se han creado bio-refinerías para la producción de plástico compuesto enteramente de caña. En datos de 2008, la agro-energía generada a partir de caña de azúcar ya es la segunda fuente de energía más importante del país (representa el 16 por ciento del total), después del petróleo (que aporta 36,7 por ciento) y por encima de la hidroelectricidad (14,7 por ciento).

En cuanto a la política internacional, el gobierno del presidente Lula mantuvo durante todo su gobierno relaciones cordiales con el resto del mundo, ya sea a nivel bilateral, regional o intercontinental. Además, Brasil ha reforzado su rol de potencia regional en el aspecto económico, ya sea tanto a través de su poder de negociación en las rondas de la Organización Mundial de Comercio, como en su posición de país promotor de un comercio mundial más justo. Está fortaleza se basa tanto en la creciente expansión del populoso mercado interno, como así también en su política de fomento de las exportaciones.A nivel político, su situación de liderazgo no es tan clara. A pesar de la mancomunión progresista de la mayoría de los países de la región, el presidente venezolano Hugo Chávez compite por ese status al proveer una retórica más populista que ha logrado apoyos y adeptos en toda América Latina, incluyendo la simpatía de gran parte de los partidos políticos progresistas moderados que conquistaron el poder en la primera década de este siglo.

A pesar de algunas diferencias en los modos y las formas,en el mes de Mayo de 2008 se constituyó la UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas). La misma ha sido conformada por Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela; siendo su principal objetivo construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión cultural, social, económica y política entre sus pueblos, otorgando prioridad al diálogo político y con miras a eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social y la participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir las asimetrías en el marco del fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados. Esta construcción ha sido un gran paso adelante para toda la región, donde se ha llegado a un entendimiento y un acuerdo colectivo sobre la necesidad de un desarrollo endógeno de los pueblos latinoamericanos.

En cuanto a la situación mundial y su afectación sobre Brasil, el continuo debilitamiento norteamericano durante los primeros años de este siglo, sumado a la ya mencionada importancia de la escasez de recursos naturales a futuro para mantener los niveles de crecimiento y desarrollo (incluyendo la alimentación y el mantenimiento de los factores productivos necesarios para el funcionamiento de las economías), han conllevado a que en los últimos años, los principales actores de la arena internacional (China y Rusia entre otros) encuentren en las bondades del suelo y el amazonas brasileño un refugio más que tentador para sus inversiones y sus deseos de posicionarse geo-políticamente en el tablero global. Los datos hablan por sí solos: Según el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria, cuatro millones de hectáreas brasileñas se encuentran registradas a nombre de extranjeros. De ese total, más de la mitad se encuentra en la Amazonia. En la actualidad, Brasil continúa enfrentando la crisis financiera internacional. El mismo ministro de Planificación de Brasil, Paulo Bernardo, afirmaba que el Producto Interno Bruto (PIB) de Brasil no crecería en 2009. «Este año tendremos un crecimiento cero», fueron sus palabras a principios del corriente año.

Para contrarrestar la coyuntura, el gobierno comenzó a utilizar las armas que han caracterizado a todo el período presidencial del mandatario Lula da Silva: facilitar el crédito, aumentar el gasto público, y estimular el consumo, han sido las principales medidas contracíclicas. Estas políticas parecen haber dado resultados: Según cifras divulgadas por el gobierno en Julio de 2009, Brasil generó este año 401.254 nuevos empleos formales, cerca de la mitad de los que perdió entre noviembre del año pasado y enero de 2009 como consecuencia de la crisis.

Sin embargo, Brasil todavía tiene mucho que mejorar. En el Índice de Desarrollo Humano que realiza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -que mide variables como la educación, la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la calidad de vida en 179 países-, Brasil ocupa el puesto número setenta. Y aunque en el ranking anual del Fondo Monetario Internacional Brasil se encuentra actualmente décimo en términos de su Producto Bruto Interno, en contraposición se ubica en el octogésimo lugar en relación al Producto Bruto Interno per cápita.

Poder sacar a los millones de brasileños de la pobreza y disminuir las inconcebibles desigualdades socio-económicas es la deuda pendiente de aquí a futuro. El presidente Lula ha venido realizando políticas destinadas a ello durante todo su mandato. Para citar un ejemplo reciente, en Junio de 2009 promulgó una ley que regulariza la tenencia de tierras en la floresta por individuos que, en el pasado, se apoderaron de ellas en forma ilícita para cultivar soja y realizar actividades pecuarias. Esto ha significado la entrega de 67,4 millones de hectáreas a manos de personas físicas, familias, que podrán disponer de extensiones de hasta 1.500 hectáreas cada una de ellas.

Lamentablemente, como las falencias son históricas y denotan décadas de desidia y falta de políticas socio-económicas acordes, la actualidad también implica la necesidad de un desarrollo coherente y sustentable en el largo plazo. La búsqueda de consensos entre todos los partidos para realizar un verdadero cambio cultural y político estructural, será la clave para que una nueva institucionalidad perdure en el tiempo y los esfuerzos temporales o coyunturales no se desvanezcan. De este modo, los más humildes podrán, finalmente y de manera definitiva, profundizar sus vidas en el ciclo virtuoso del estudio y el trabajo, evitando de esta manera hundirse en el círculo vicioso de la violencia y la pobreza.

Las bases de la recuperación

Publicado en el diario El Cronista Comercial, 17 de Septiembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

http://www.cronista.com/notas/203981-las-bases-la-recuperacion-las-economias-europeas

Después de un año de recesión provocada por la crisis económica mundial, las dos primeras economías de los 16 países de la eurozona, Alemania y Francia, registraron un crecimiento del 0,3% entre abril y junio. El cambio de ciclo puso fin a 12 meses de contracción económica, lo que representó el período recesivo más largo desde la Segunda Guerra Mundial. A pesar de que es prematuro hablar de recuperación, los síntomas positivos han generado esperanza, ya que para algunos analistas, el resto de las economías regionales podrían ser arrastradas positivamente en el corto o mediano plazo.

¿Cuáles han sido las claves de la recuperación? En Alemania, la coyuntura fue sostenida por el gasto privado y público, como así también por las inversiones en la construcción. Además, la balanza comercial alemana se encuentra estabilizada debido a una fuerte reducción de las importaciones. En Francia en cambio, la recuperación obedece al despegue de la industria (creció un 1,1%), y más particularmente del sector automotor (un 5,6%, después de una caída del 9,7%), gracias a una prima al reemplazo de los vehículos antiguos decidida por el gobierno. Esa tendencia repercutió en las exportaciones, que aumentaron un 1% en el último trimestre. En este sentido, podemos observar que la intervención proactiva del Estado ha sido fundamental para apuntalar a la economía real. Inversión, incentivos al consumo y producción para la exportación, han sido los estímulos claves para estas potencias europeas.

Por otro lado, aunque en los últimos años previos a la crisis muchos países alentaron círculos virtuosos de retroalimentación positiva de sus ciclos económicos, muy pocos han realizado las regulaciones pertinentes sobre los mercados financieros, tanto a nivel local como en sus relaciones multilaterales. Por lo tanto, la crisis desatada, que ha provocado la pérdida de eficiencias y permanentes desequilibrios globales, pudo haber sido evitada con una puntillosa y efectiva regulación estatal del sistema financiero. Sabemos que no es fácil: los flujos de capital y los diversos activos financieros circulan cada vez en mayor cuantía y a una velocidad creciente en un mundo cada vez más interrelacionado. Pero los Estados tienen y deben utilizar todas las herramientas y capacidades para llevar a cabo las políticas necesarias en materia de control de los movimientos financieros intra y transnacionales.

En definitiva, regular la economía financiera y estimular la economía real parecieran ser las respuestas más sensatas. La búsqueda final de los Estados y los Organismos Internacionales debería centrarse en la promoción y regulación del complemento de ambas, logrando así concatenamientos positivos que conlleven a un crecimiento estable del ciclo económico para lograr un desarrollo sustentable. De esta manera, se evitarán bruscas caídas en la actividad económica que provocan desocupación y generan bolsones estructurales de pobreza. Porque la macroeconomía se puede acomodar en el mediano o largo plazo; pero cuando la microeconomía familiar de millones de ciudadanos se desmorona en pocos meses, las secuelas socio-económicas pueden durar años o hasta generaciones. Y en el largo plazo, este resquebrajamiento socio-económico terminará actuando como un bumerang que afectará fuertemente al mercado interno, y consecuentemente, otra vez a la economía del país como un todo.  

La Tasa de Carbono Francesa, entre la desincentivación y la legitimación

Publicado en el diario BAE, 15 de Septiembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

El jueves pasado, el presidente Nicolas Sarkozy anunció que Francia aplicará a partir de 2010 una tasa de 17 euros por tonelada de CO2 al consumo de petróleo, gas y carbón para combatir el calentamiento del planeta. El mismo sostuvo que «se creará la tasa al carbono como un impuesto a las emisiones de dióxido de carbono (CO2), principal gas responsable del cambio climático”.  «La tasa carbono impulsará a los franceses a desviarse del consumo de energías fósiles», confió el jefe de Estado francés que calificó la iniciativa de «una nueva revolución industrial».

Son dos los puntos que podemos resaltar ante la situación planteada. Por un lado, es importante destacar el foco situacional que promueve el presidente conservador Sarkozy. Las grandes industrias, principales consumidoras de energía y responsables de alrededor del 40 % de las emisiones nacionales, quedan fuera de este nuevo impuesto porque ya están sometidas al sistema europeo de intercambios de emisión o “cuotas”.  Esto implica que el peso/culpabilidad de esta tasa se asienta en las familias francesas en particular, sobre todo en los trabajadores rurales y urbanos. 

Esta mirada que no apunta a los principales productores de los gases contaminantes (según el gobierno, sería tratar de infligirles una «doble pena»), sino a la mayoría de los pequeños consumidores, parece equívoca si se comprende que estos últimos son solo espectadores que se encuentran ante el dilema de tener que seleccionar la fuente de energía disponible al precio que le proporciona el mercado. No se puede negar que es una jugada inteligente y discreta por parte del gobierno conservador para desviar la atención sectorial y favorecer a los grupos afines a su partido.

El otro punto a destacar es la falta de un valor moral y ético superador en esta iniciativa del gobierno francés. El mismo presidente Sarkozy afirmó que en el futuro «no se podrá contaminar el planeta de forma impune». Esto implica que, aunque exista un costo/penalización, la emisión de gases contaminantes estará permitida. Y aunque la búsqueda de un ideal pareciera ser parte de un pasado y un mundo diferente, el medio ambiente es un problema actual y futuro, donde el destino de la humanidad está en juego. La búsqueda de una solución definitiva es necesaria y se debe construir día a día, sin importar ideología, preferencia política o nacionalidad. 

Desde una visión internacional, esta propuesta puede potenciar un doble efecto negativo. Por un lado, en un sistema concentrador de riqueza, grupos de poder inmersos en corporaciones trasnacionales no tendrán inconveniente en seguir comprando “impunidad ecológica”. Por otro lado, estas prácticas que entremezclan la economía y el medio ambiente, pueden fomentar la adquisición y el intercambio de favores por parte de los países más ricos para con los más pobres. 

Para concluir, el gobierno francés busca que a partir de 2010, una familia con dos hijos que viva en una zona urbana se beneficie con una reducción de alrededor de 112 euros en su declaración del impuesto a la renta. Y si están exentos de impuestos, «recibirán un cheque verde por la misma suma». Además, el presidente indicó que este sistema de contribuciones carbono – gracias a la «señal-precio» que introduce – debería fomentar una disminución del consumo de energías fósiles y una «migración» de las compras hacia energías y productos menos destructores para el clima. Se puede discutir la forma de plantear la solución a las problemáticas por parte del oficialismo, pero lo que seguro podemos afirmar es que los beneficios para los trabajadores y el medio ambiente no son suficientes. En definitivita, lo único que el gobierno del presidente Sarkozy ha dejado en claro es que no está dispuesto a ir a fondo con los dilemas básicos más importantes que tienen no solo los franceses, sino la humanidad toda.

El Partido Socialista Francés busca recuperarse

Publicado en el diario BAE, 1 de Septiembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

El Partido Socialista (PS) francés se encuentra debatiendo en estos días la posibilidad de  instaurar elecciones abiertas a todos los militantes de izquierda para elegir al candidato que en 2012 buscará suceder a Nicolás Sarkozy. Según sus principales partidarios, las primarias abiertas le permitirían al PS que su candidato sea designado no sólo por 200.000 personas, como fue el caso de Ségolene Royal en 2006, sino por una fuerza electoral que podría oscilar entre 3 y 4 millones de votantes.

Lejos quedan los tiempos en que el socialismo francés tenía una fuerte influencia en Europa y el partido actuaba en bloque bajo la autoridad de François Mitterrand. El efecto potenciado de la implosión del comunismo junto con el desarrollo de la globalización, ha provocado la escisión de diversas vertientes de la izquierda francesa. Como consecuencia, muchas corrientes de pensamiento vieron su oportunidad para salir del centralismo reinante y crear sus propios movimientos; muy en contraposición de la lógica fundacional del Partido Socialista Francés allá por el año1905, que llamado originalmente SFIO (Section Française de l’Internationale Ouvrière, o Sección Francesa de la Internacional Obrera), consiguió la proeza de unir en una fuerza común a todos los grupos socialistas, hasta ese momento fuertemente fragmentados: los marxistas de J. Guesde, los socialistas revolucionarios y los socialistas pragmáticos liderados por Jean Jaurès.

Este reacomodamiento en medio de una transición política y económica mundial, encontró al Partido Socialista Francés en una posición expectante: mientras en la década de 1990 se lo observó impávido sufriendo los avances neoliberales en todas las latitudes, el desarrollo de este siglo comenzó a mostrar las grietas sistémicas en donde muchas otrora proezas se transformaban y desencadenaban en adversidades, siendo la pérdida de competitividad internacional o el empeoramiento de la situación socio-económica de los trabajadores el impulso necesario para que el PSF pueda volver a los primeros planos de la política nacional y dispute la presidencia en el 2012.

Para lograr este objetivo, la idea de algunos de sus principales líderes fue la implementación de primarias abiertas para captar votos de aquellos simpatizantes socialistas que se encuentran en la actualidad dispersos dentro de una variedad de opciones progresistas y de centro. Esta situación se generó debido a que la posibilidad de lograr alianzas para alcanzar el objetivo común del bienestar social parece haber sido dejada en un segundo plano, ya que la individualización y la fortaleza de los demás partidos de todo el espectro de izquierda, tornan cada vez más complicadas cualquier tipo de negociación que favorezca la posición política del Partido Socialista Francés. Ni los ecologistas, liderados por el líder estudiantil de Mayo del 68, Daniel Cohn-Bendit, ni el centro-izquierdista MoDem, liderado por François Bayrou o el mismo partido de extrema izquierda Nuevo Partido Anticapitalista, liderado por Olivier Besancenot, parecen ser flexibles a la hora de negociar posturas y discutir candidaturas.

Las políticas de seducción nunca formaron parte de la historia del Partido Socialista Francés. El poder pertenecer siempre implicó un compromiso social y un rol activo en las decisiones partidarias. Pero en la actualidad y en contraposición de su tesón filosófico antiliberal, esta “mercantilización” en la búsqueda de votos pareciera ser necesaria. El descontento con los gobiernos de izquierda, la pérdida de ideales y la búsqueda de pragmatismos que puedan lidiar con las problemáticas domesticas e internacionales, aparecen como contrafuerzas que requieren nuevas ideas y esfuerzos diferenciados. Las primarias abiertas son una opción más entre otras medidas que seguramente el PSF tomará de cara a las próximas elecciones. Solo habrá que esperar el resultado electoral para poder decir si esta nueva propuesta habrá sido efectiva.

Hiroshima y un debate necesario

Publicado en el diario BAE, 11 de Agosto de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

Japón rememoró la semana pasada el aniversario número 64 de la bomba atómica sobre Hiroshima, con un llamado en favor de un mundo libre de armas nucleares por parte del alcalde Tadatoshi Akiba. En la actualidad existen cinco potencias nucleares declaradas: EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia y China; mientras que otros tres tienen tecnología atómica de manera no oficial: India, Pakistán e Israel. Otros países, como Corea del Norte e Irán, poseen programas de desarrollo nuclear en marcha.

Aunque el secretario general de la ONU también se haya pronunciado días atrás diciendo que el objetivo del desarme nuclear es «alcanzable», o hasta el mismo Barak Obama haya declarado el pasado mes de abril en Praga que, «como el único país que ha utilizado un arma nuclear, Estados Unidos tiene la responsabilidad moral de actuar para lograr un mundo sin armas nucleares», la idiosincrasia internacional parece dirigirse por el camino opuesto.

Luego de la bipolaridad de la guerra fría y la unilateralidad neoglobalizadora de los Estados Unidos durante la década pasada, el siglo XXI trajo consigo la idea de democratizar la estructura internacional. Las discusiones en la Organización Mundial de Comercio por un comercio internacional más justo, la tolerancia a la multiculturalidad y la aceptación a la diversidad política doméstica, comenzaron a ser temas de debate y acuerdo en todos los ámbitos del escenario global. En torno a esta apertura, algunos Estados también pretendieron abrir la discusión sobre la posibilidad de adquirir y desarrollar todo tipo de energía nuclear, incluida la destinada al armamento bélico.  

Pero desde un comienzo se encontraron rispideces derivadas de la sensibilidad del tema en cuestión. Por un lado, el desarrollo de una política energética se oculta en muchos casos detrás de la idea de una carrera armamentística con una expansión sin límites determinables. Para los Estados Unidos, esta situación es representada por el caso Iraní. El último informe de la Organización Internacional de Energía Atómica asegura que en la planta de Natanz ya están operativas cuatro mil centrifugadoras, y al menos otras 1.500 estarían en fase de instalación para ponerse a funcionar en el corto plazo. Los dirigentes islámicos insisten en el carácter civil del programa y defienden su derecho a disfrutar de esta tecnología como una solución para el día en el que se terminen el gas y el petróleo. En este sentido, el presidente Mahmoud Ahmadineyad expresó que “La energía nuclear es nuestro derecho”. Pero en la ambigüedad de sus palabras se trasluce una potencial mentira que genera desconfianza en los círculos más importantes de la alta política internacional. 

El otro punto es el referido específicamente al poder y el control que genera la acumulación de armamento nuclear. Por un lado, les permitiría a los Estados involucrados en el desarrollo bélico mejorar su posicionamiento dentro de cada una de las regiones del tablero internacional, lo que a su vez implicaría un incremento de su poder económico y político. Por otro lado, nos encontramos con las disputas culturales e ideológicas que la historia no ha podido resolver y donde la solución pacífica es todavía una utopía en los postrimerías de está primera década del siglo XXI. En esta situación podemos circunscribir el caso de India y Pakistán. Se estima que Pakistán posee entre 30 y 50 cabezas nucleares no declaradas de 15 kilotones, similares a la de Hiroshima, además de tener almacenados 65 kilos de uranio enriquecido. Por otro lado, se calcula que India posee entre 30 y 40 cabezas nucleares no declaradas de 15 kilotones, con una capacidad destructora de 15.000 toneladas de TNT.

La historia ha demostrado que las variables culturales, económicas, religiosas e ideológicas pueden alejar a los Estados, tensar las relaciones entre los gobiernos o potenciar los desacuerdos sobre diversas problemáticas que afectan a sus poblaciones. Pero cuando el dialogo diplomático llega a un punto sin retorno, un aumento en las tasas de interés, la apertura política o la promoción de un cambio cultural se vuelven intentos inútiles para lograr acuerdos pacíficos. Y en la actualidad, el peligro de una guerra abierta implicaría consecuencias inimaginables si se conjugan el poderío nuclear y los instintos más primitivos del ser humano. 

El foco de la discusión global debe centrarse en aquellos temas que hoy, después de la nefasta experiencia vivida 64 años atrás, pueden volver a activar el peligro de una guerra atómica. La escasez de recursos naturales, como el agua, los alimentos o las fuentes de energía, parecen ser la respuesta a tal vital pregunta. Y en este sentido, los Estados deben buscar las respuestas colectivas que eviten que las necesidades básicas de los pueblos corran peligro de no poder ser satisfechas. Ya que de no hacerlo, será imposible, en el mediano o largo plazo, evitar pasar de la retórica de la prevención a la acción.