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La economía como eje conductor de la historia  

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El Sinn Fein (SF), brazo político del disuelto Ejército Republicano Irlandés (IRA) y favorable a la unificación con la República de Irlanda, fue el Partido político más votado en los recientes comicios del Parlamento local, algo inédito en los cien años desde que la isla de Irlanda se partió en un extenso país independiente al sur, y un pequeño territorio británico en el norte. El SF, haciendo honor a su tradición progresista, consiguió captar el descontento en un país que, a pesar de tener un notable crecimiento económico, no puede ocultar sus enormes desigualdades; lo que demuestra, una vez más, que un relevante incremento en la producción en términos cuantitativos no es sinónimo del desarrollo de los pueblos.

Para comprender la lógica economicista que se ‘lleva puesto’ claramente cualquier atisbo de ideologización religiosa (con heladera vacía no hay dios que valga), no alcanza con hacer la ‘gran argentina’ y echarle solamente la culpa a las variables exógenas. Es que más allá de la pandemia – la economía local se contrajo 9,6% en 2020 -, o el conflicto entre Ucrania y Rusia que conlleva a un proceso inflacionario conjugado con una importante escases de ciertos bienes claves (como son los alimentos e hidrocarburos), las nuevas generaciones de protestantes y republicanos que pretender forjar una convivencia pacífica – como son los moderados del Partido Social Demócrata y Laborista (SDLP), o el Partido de la Alianza (no confesional ni vinculado a ninguna de las dos comunidades) -, vivencian diariamente las consecuencias negativas del endógeno Brexit (contra el que los norirlandeses votaron mayoritariamente, ya que el 56% optó por el STAY -), como son los asfixiantes controles aduaneros a través de inspecciones relativas a la seguridad o la higiene, o mismo los costos adicionales (tasas y aranceles) que se han establecido para las mercancías que se dirigen desde y hacia la Gran Bretaña.

«Normalmente se tardaba unos días en llevar una caja de semillas de Inglaterra a Irlanda del Norte», explica el presidente de la empresa Hillmount Garden Centre. «Ahora se tarda cuatro semanas por el papeleo y ningún transportista se encuentra dispuesto a hacerlo. Traer una planta desde Inglaterra es una verdadera pesadilla, por lo que hemos decidido comenzar a comprar plantas en Europa”. Es que Irlanda del Norte, como parte del acuerdo entre Londres y Bruselas, continúa perteneciendo a la Unión Europea. Sin embargo, aquí no hay Win-Win: los costos de la logística no son los mismos que desde los cercanos y probos mercados de los países del Reino.

Por otra parte, y mientras el bloque protestante se desangró en discusiones sobre un sinfín de medidas económicas – muchas incompresibles desde la racionalidad, salvo por la excepcional lealtad al imperio británico -, el Sinn Fein, apoyado en el aura (y el auge) general de los nacionalismos europeos (de todo signo), el fin del bipartidismo clásico, y el desgaste del sistema de partidos tradicional de centro, propuso un programa económico con énfasis en la inversión (especialmente en la construcción de viviendas y el transporte), gasto público creciente para mejorar la educación y la salubridad pública, impuestos más altos para los más adinerados, y un shock de consumo. En cuanto este último punto, la victoriosa candidata del SF, Michelle O’Neill sostuvo en épica Kirchnerista: “El público quiere que le pongamos dinero en sus bolsillos para ayudarlos a lidiar con la crisis que representa el incremento del costo de vida”.

Este programa económico que le ha dado fuerza a la victoria del SF, es altamente contraproducente para los economistas neoliberales. Más aún cuando estos últimos presentan como contrapunto sus amados números de la macro: la producción de la economía de Irlanda del Norte alcanzó un máximo en 13 años durante el 2021, con un crecimiento económico del 6,2% interanual. Para el actual 2022 se prevé un número no menos interesante de alrededor de +4%.

Ello no se debe solo a los resultados positivos de la post-pandemia (entre otros factores debido a que diversos grupos de trabajadores podían continuar trabajando desde sus hogares, como así también el ser un país con una cantidad importante de empleados estatales), sino que además se potenció su icónico sector de servicios (sobre todo en las diversas áreas de la ingeniería) y el sector comercial, principalmente en base a una mayor tecnologización de los procesos de administración, logística, y compra-venta. Es la lógica preeminente en la estructura económica del mundo más desarrollado: más servicios, comercio e industrias de alta tecnología; menor valor agregado a través de los sectores menos productivos, pero que absorben el otrora ‘ejercito industrial de reserva’.

No quedan dudas que, a tono con lo que ocurre en vastas regiones del planeta, se continuarán perdiendo puestos de trabajo en industrias de menor productividad, a tono con la reticente inversión en capital físico para manufacturas de baja y mediana complejidad. Por otro lado, sino se realiza una mejora en el sistema educativo que permita reducir el número de abandonos escolares prematuros y aumentar el número de graduados, la pelea para salir de la ‘trampa de los bajos salarios’ se encontrará pérdida. Ni que hablar si la puja de intereses la continúan ganando los grupos económicos concentrados.

Pero justamente O’Neill prometió el ‘gran cambio económico’, dejando de lado – para muchos sorprendentemente – el histórico reclamo por la reunificación de la isla. Hasta el día de las elecciones, este último fue ‘el tema tabú’; sin embargo, no habían pasado ni 24 horas luego de la confirmación de la victoria para que la candidata ganadora sostuviera que “confía en que haya un referéndum en un plazo máximo de cinco años”.

Su discurso no debe sorprender: es solo una réplica más de los incontables ejemplos históricos de candidatos victoriosos a ocupar los más altos cargos ejecutivos. Sino recordemos que Fidel Castro nunca dijo que iba a instaurar el socialismo hasta que la revolución se encontró consumada y el régimen formalmente instalado. O mismo nuestro ex presidente noventista, que quedó en la historia con su famosa frase “Si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”.

Por ello, no debemos ser ingenuos: con la impronta de una historia de cien años de tensiones, la variable económica seguramente es solo el basamento para el consecuente objetivo ulterior que, como una llama momentáneamente atenuada, espera convertirse en algún momento en un fuego de difícil contención. Por otro lado, a sabiendas de esta profecía casi seguro autocumplida, la reunificación no va a ser fácil: por un lado, los acuerdos del Viernes Santo señalan que deberá celebrarse una consulta cuando “esté claro que es el deseo de la mayoría”. Por otro lado, la República de Irlanda tendría que dar el visto bueno. Al fin y al cabo, para muchos sería quien ‘pagaría la factura’ por su diferencial positivo en la calidad de vida, como lo hizo Alemania Occidental con su vecino comunista de oriente hace tres décadas cuando cayó el Muro de Berlín.

Finalmente, no podemos olvidar al Reino Unido como el otro partenaire bajo el actual cambalache de intereses. El mismo Boris Johnson llamó a todos los líderes de Irlanda del Norte a unirse para formar un Ejecutivo local que garantice la “estabilidad” de la provincia británica. No sea cosa que se resquebraje el statu – quo, en un mundo que colapsa entre la guerra y la escases, donde claramente el Londres requiere de un imperio cohesionado para enfrentar los desafíos geopolíticos del futuro. 

Más allá de todo lo expuesto, al Sinn Fein le toca ahora la responsabilidad de cogobernar con los protestantes, pero esta vez con el bastón de mando. Cumplir con lo prometido, demostrar que no son lo mismo que sus oponentes, ser perseverantes en llevar a cabo un programa económico de tinte fuertemente redistributivo que permita balancear un escenario socio-económico muy complejo para la actual vida diaria de la mayoría de los norirlandeses. Satisfacer las demandas ciudadanas para que la victoria del Sinn Féin no sea solo simbólica; aunque como suelen decir los nostálgicos del IRA, en el Ulster los símbolos lo son todo.

Y para cerrar sin irnos tan lejos, podemos afirmar que nuestra casa también es un ejemplo de ello. Si el gobierno actual quiere ser reelegido, primaria y primordialmente debe apuntalar la economía, la madre de todas las batallas, bajando urgentemente la galopante inflación que aqueja a la mayoría de los argentinos. Es que, tal cual ocurre en Irlanda del Norte y a diferencia de lo que indica gran parte de nuestra historia, con la liturgia peronista ya no alcanza. 

Inflación ¿mal de muchos, consuelo de tontos?

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Recientemente, el Congreso chileno rechazó las dos propuestas de retiro de fondos de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP, símil a nuestras otrora AFJP). La primera correspondía a un nuevo 10% — que se sumaba a los tres anteriores que comenzaron a implementarse desde 2020, cuyo objetivo en aquel momento había sido el paliar la crisis de empleo provocada por la pandemia de COVID-19 — y la segunda era una propuesta del actual gobierno de Gabriel Boric, la cual buscaba evitar una fuga masiva de dinero a través de acotar su utilización al pago exclusivo de deudas con bancos, financieras u otros tipos de instituciones que brinden servicios.

¿Cuál es la razón que se esgrimió desde el ámbito legislativo? Claramente la principal fue de tinte economicista: el volcar ese dinero al mercado, sin una contraparte de incremento de producción en la economía real, empujaría al país a un escenario inflacionario – que le echaría ‘más fuego’ al 9,4% de inflación interanual -, lo cual, al final del camino y tal cual círculo vicioso, terminaría perjudicando justamente a las mayorías que el espíritu de la propuesta trataba de proteger.

Lamentablemente para Boric, más allá de las justificaciones presentes – el conflicto de Rusia con Ucrania, la pandemia, o mismo los efectos del incremento en el consumo derivado de los anteriores retiros por un valor de 55.000 millones de dólares -, gran parte del objetivo de encontrar una solución a futuro se cierna en comprender que el dilema es históricamente estructural: la gran mayoría de los chilenos tiene grandes problemas económicos (estallido social de 2019 dixit), lo que conlleva a un enorme descontento de seres humanos que desean y necesitan el dinero YA en sus bolsillos.

Por ende, este contrapunto entre lo coyuntural, el famoso ‘parche económico’ que tan bien conocemos en nuestro país y sabemos que no soluciona el problema de fondo, puede transformarse en un gran dilema político para Boric: es que el gobierno recién asumido quiere mostrar un pragmatismo de centro-izquierda que no conforma ni a la oposición de centro-derecha, ni al propio oficialismo inundado de trotskismo.  

Y sí, es imposible armonizar con la histórica casta neoliberal – la cual ha signado, en sus diversas variantes desde el regreso de la democracia, los destinos macroeconómicos del país -, cuyo eje dogmático central es mantener a raya el nivel de precios. Pero ello no es todo; por ejemplo, una de sus principales banderas explicativas les dice a los trabajadores que ‘no es correcto’ que paguen la crisis con sus propios ahorros, sino que desde el gobierno se debe incentivar el mismo más allá de las AFP. Suena lógico. Pero qué difícil es lograrlo.

Es que como sostiene la izquierda opositora: con los salarios actuales no existe margen para el ahorro. “Los que sí pueden ahorrar son los financistas vinculados a las ingentes ganancias que han obtenido las AFP en las últimas décadas”, señalan desde una posición crítica apelando a la justicia moral. Para ello, se requiere una política económica distributiva más progresiva (¿Agresiva?), que es la que única que podría generar un marco económico intra-sistémico más equitativo. Por supuesto, se sabe que a la derecha más conservadora se le puede hablar con el corazón, pero siempre responderán con el bolsillo: para las Elites, los retiros de fondos son «una política populista, irresponsable, cortoplacista, y sobre todo miope».

Y en medio de todo este ‘berenjenal’ se encuentra el recientemente ungido presidente, quien busca evitar a como sea el efecto multiplicador, obstaculizando un recalentamiento de una economía que, ya golpeada, tiene muchos frentes de batalla. Para ello utilizó el voto afirmativo a su proyecto de 11 de los 12 diputados del histórico Partido Comunista chileno. Cuidado con los nombres, la dialéctica es peligrosa para los pocos que tienen alguna esperanza en los programas ideológicos que pueden verdaderamente subvertir un régimen que genera enorme descontento.

“¿Pero eso quiere decir que los que se verían beneficiados con el proyecto de ley del Ejecutivo serían los bancos y las empresas de servicios que cobrarían las deudas de los empobrecidos clientes?”, cargaron desde el seno de la propia coalición de gobierno. Así es; la sabana es corta y no se puede conformar a todos: en la ‘lucha de clases’ todo vale y hay que ir a fondo. “Si quieren enfrentar la inflación de verdad, desde la izquierda proponemos además otras medidas estructurales. No solo se deben elevar los salarios y las pensiones, sino que además debe haber un control de los precios mediante comités de trabajadores y usuarios, como así también la apertura de los registros contables de las grandes empresas y distribuidoras de bienes de primera necesidad que permitan frenar la especulación con las necesidades básicas de la población”.

Más allá de las chicanas y propuestas diversas, la otra pregunta se seña en el propio sistema de jubilaciones y pensiones en sí. En la lógica estructuralista de la izquierda más radicalizada, el objetivo primario es el fin de las propias AFP, las cuales han ganado fortunas en los últimos 40 años y solo brindan una tasa de devolución promedio al trabajador del orden del 30% del salario (mientras que en la OCDE se encuentra en torno al 66%). “Solo aceptaremos la necesaria la implementación de un sistema solidario, de reparto, tripartito y democrático; es decir, que los propios trabajadores y jubilados decidan cuándo y cómo se invierte en obras públicas o servicios sociales para que ese ahorro crezca y permita una jubilación con pensiones que cubran la canasta familiar”.

La respuesta de la variedad de partidos que se balancean en el espectro que cubre del centro a la derecha, se sostiene en que ello es completamente irresponsable porque hoy día en Chile hay cerca de 260.000 millones de dólares en ahorros previsionales que están en cuentas de ahorro personales; por ende, con el fin de las AFP los valores de los fondos de pensiones se licuarán enormemente y el dinero de los aportantes se verá totalmente depreciado al momento que quieran recuperarlos. ¿Se juega con el miedo? Probablemente. ¿Quién se hará cargo de las pérdidas en caso de que ello suceda? El Estado como siempre, por supuesto. La norma ‘ganancias individuales, perdidas socializadas’, se cumple siempre bajo el lógica de la dinámica sistémica concentradora que he hecho mella en nuestra historia latinoamericana.

En definitiva, el presidente Boric está intentando mostrar su mote de ‘equilibrista’. A la izquierda de su electorado, les dice que “hay que ser responsable en el gasto fiscal”. Por su parte, a las Elites las trata de contener con un «no espero que estén de acuerdo conmigo, pero sí que dejen de tenernos temor».

Bajo este contexto, podemos afirmar que en un mundo donde prima la racionalidad y el pragmatismo – estemos de acuerdo o no según nuestra moral y buenas costumbres – una alta inflación es un flagelo que hay que combatir. Lo único certero es que, dada la estructura económica sistémica global en la cual estamos inmersos, un escenario de subas de precios fuera de control perjudica sobre todo a los que menos tienen. Que, lamentablemente, hoy en día son las mayorías.

‘¿Mal de muchos, consuelo de tontos?’ Mientras algunos se resignan, otros sostienen que solo falta coraje para brindar una solución superadora. En el mientras tanto, en el momento que usted se encuentra leyendo estas líneas, los mismos de siempre, desde las mieles de una bonanza derivada de la combinación perfecta de poder en exceso y riqueza en abundancia, vivencian este proceso inflacionario como una más de tantos que por supuesto, pase lo que pase, nunca los afecta.

La lenta agonía de la vieja política

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Las recientes elecciones en Francia mostraron, una vez más, una tendencia que parece irreversible – aunque ‘en política nada es imposible’, como diría un importante dirigente de la historia de nuestro país -. No por nada la participación electoral del 73,3% es la más baja registrada en los últimos veinte años y muestra una vez más un desinterés del electorado. No más tibieza. No más programas teñidos exclusivamente de discurso ideológico. No más promesas que nunca terminan de cumplir.

Por ello no es de extrañar que la candidata del Partido Socialista y actual Intendenta de Paris, Anne Hidalgo, obtuviera una ‘propina electoral’ de un 1,7%; mientras que Valérie Pécresse, la candidata Republicana, sumó un humillante 5%. Estos dos partidos tradicionales de Elites enraizadas que asumieron la alternancia política en el siglo XX y principios del XXI, salen (literalmente) de la escena política francesa sin pena ni gloria.

A pesar de ello, parece no haber un claro reconocimiento ni entendimiento situacional, por lo menos de algunos de sus principales dirigentes: la propia Hidalgo sostuvo después de la elección que utilizará su energía como política para “Conquistar una Francia más fuerte, más bella y más justa. Bajo una izquierda moderna, abierta, de todos los colores, inventiva. Porque sin ella, la Francia que queremos, la Francia republicana democrática, social, laica y europea, no puede cumplir sus promesas de libertad, de igualdad y de fraternidad”. Lo interesante es que no solo describe un país que no existe más; sino que, básicamente, desarrolla una estructura dialéctica que ya no le sirve – ni le llega – a nadie.

Vamos entonces por los ganadores. Por un lado, el joven ex banquero Macron, líder neoliberal pro-europeo, ha sido el vencedor con un 27,6% de los votos. En estos años de gobierno – más allá del efecto positivo que implicó su rol activo ante la pandemia y la crisis en Ucrania -, el presidente gestionó con el apoyo del establishment – reducción de impuestos y flexibilización laboral mediante -, el cual ayudó a motorizar la economía con inversiones que generaron cientos de miles de puestos de trabajo (el desempleo disminuyó del 10% al 7,4% en su mandato), y colaboró para con el sopesar el mal humor social que generó el aumento del precio de los combustibles y su desencadenante conflicto con los ‘chalecos amarillos’, o mismo el proyecto para incrementar la edad jubilatoria, entre otros.

Por su parte, la gran elección de Le Pen (23,2% de sufragios) derivó del hartazgo – igual que ocurrió con Mélenchon (tercero con algo más del 21%) – de una población cansada de los fracasos de la centro-izquierda y la centro-derecha. Discursos vacíos de valores que no llenan ni la heladera ni el alma. Solo para citar un ejemplo, en las últimas décadas los salarios se han venido depreciando en términos reales, y gran parte de la población con empleo remunerado vive con ingresos apenas por sobre la línea de pobreza (lo que hace que los actuales aumentos de precios ‘de guerra’ golpeen muy severamente el bolsillo de las mayorías).  

Es por ello que la candidata de Agrupación Nacional le llegó a aquellos franceses que ven en la globalización – y la consecuente inmigración – un riesgo para los principios y su bienestar económico (‘los problemas reales de los franceses’), sobre todo los de la Francia rural y más conservadora – ya aseveró que si gana las elecciones va a prohibir el uso del hiyab islámico en las áreas públicas -. Además se corrió endógenamente hacia el centro – expresó que prefería reformar la Unión Europea «desde adentro» en lugar de abandonarla, como así también que quitará las contribuciones a las empresas si aumentan un 10% el salario mínimo de sus empleados, entre otros -, y por osmosis externa ante un candidato populista de ultra derecha como Zemmour,  quien la mostró, en términos comparativos (lo cual es relevante en períodos electorales), como más moderada. Finalmente, eligió un vocabulario diferente – más abarcativo y suavizado – para explicitar sus propuestas, como que gobernará “en nombre del laicismo y el feminismo”. Aquellos temas puntuales que le interesan a un electorado apático de las monumentales promesas no cumplidas, pero que desean ver sus sueños particulares de políticas públicas hechos realidad. 

En el caso del candidato de izquierda, el ‘insumiso’ Mélenchon recibió el apoyo de la clase media pauperizada y los obreros desclasados de las grandes urbes. ¿Entenderá la izquierda alguna vez que deben dejar de lado las miserias y los egoísmos  para tener alguna chance de poder alzarse con el poder ejecutivo? Si a la gran elección de Mélenchon le adicionamos el 2,1% del Partido Socialista, el 3,2% del Partido Comunista, y 4,7% del Partido Ecologista (el cual no obtuvo un mal resultado apelando el voto del interés específico de un problema real), no sería descabellado el que una potencial alianza pueda disputar un ballotage con dignidad. Uno entiende que cada momento histórico es diferente, pero sería interesante si ponen las barbas en remojo mientras rememoran el acuerdo de ya hace más de medio siglo entre el comunista Pablo Neruda, quien declinó su candidatura presidencial, y Salvador Allende, para que la izquierda llegue democráticamente por primera vez al poder en Chile.

Pero hay algo más: el pragmatismo racional. «Acumulan reivindicaciones, pero no saben ni cómo darles respuesta, ni cuáles deberían ser las prioridades», se quejó un militante izquierdista del llano con bastante razón. Es que denunciar que el 10% de los hogares más ricos posee casi el 50% de la riqueza total y 160 veces más que el 10% más pobre, hoy ya no alcanza. Es bien sabido: cuando hay un vacío de propuestas concretas y sustanciales, la derecha domina. Nada más y nada menos que aquellas fuerzas conservadoras que quieren preservar el sistema tal y como está.

Ahora bien, salvando las distancias históricas, culturales, y políticas, ¿podemos hacer una simetría entre lo que ocurrió en las elecciones francesas y lo que se vivencia en otros países, especialmente en nuestra Argentina?

Probablemente sí. La diferencia en el voto se observa claramente entre el interior agrícola (la pampa húmeda) y los polos industriales (conurbano bonaerense), las brechas generadas entre los barrios empobrecidos y los ricos (el clásico norte pujante y sur abandonado dentro de una misma urbe), la apatía ante una clase política que no brinda respuestas (la desigualdad y marginalidad creciente vivenciada en el último medio siglo), y los objetivos específicos de cada ciudadano (conquistas de género, ecología, derechos humanos, etc.) que, bajo un halo de sinceridad, han generado un abandono de los deseos de las siempre inconclusas grandes epopeyas ideológicas colectivas. Por supuesto, no podemos olvidarnos de los miedos que generan lo diferente – inmigrantes, otras clases sociales -, o mismo el cansancio provocado por la inestabilidad y la pobreza, que a su vez nos obnubila para razonar con cierta lógica y no nos permite reflexionar bajo un paradigma de ciertos ‘valores humanos mínimos’ (cuya consecuencia podría ser, por ejemplo, el incremento de la violencia social).

Por supuesto, en las tendencias se encuentran los contrapuntos derivados de la conjugación difusa de las variables expuestas, las cuales conforman una interesante campana de Gauss. Ya sea porque lo piensan o sienten (como podría ser el ingente voto libertario en los barrios más humildes de CABA en las últimas elecciones legislativas de nuestro país), más allá de la cabal comprensión situacional.

Y en ello tiene mucho que ver la discursiva. En este sentido, Le Pen lo entendió perfectamente, ya que dejó de hablar del peligro musulmán y empezó a mencionar como eje central de su futuro gobierno el poder adquisitivo de las clases populares olvidadas, de los perdedores de una globalización que sólo ha favorecido a las élites y que tiene a Macron como uno de sus adalides. Más aún: ha remozado el discurso de su formación, matando figuradamente al padre y fabricando una neolengua capaz de confundir a izquierdistas poco avisados.

Para los apáticos, su novedoso mix discursivo podría ser razonable o lógico si se lo desglosa y analiza más puntillosamente. Sin embargo, lo más importante a destacar es que desde hace algún tiempo y según diversas encuestas, los votantes de Reagrupamiento Nacional de Le Pen no se ven a sí mismos como personas de extrema derecha. Lo son, claro, pero ellos piensan que no. Y para los políticos, eso es de vital importancia.

En definitiva, una nueva forma de hacer y formular la política se consolida en el mundo. En este aspecto, lo que seguro intentan dilucidar muchos franceses, desconfiados y reacios de tener que inclinarse por el candidato ‘menos malo’ en la segunda vuelta, es que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

La economía y el fin ulterior en épocas de guerra

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El presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha firmado el decreto que obliga a los países «hostiles» a pagar en rublos el suministro de gas. Con estos cambios, los Estados clientes deben abrir dos cuentas (una en moneda extranjera y otra en rublos) en el Gazprombank, la filial bancaria de la empresa estatal de gas rusa Gazprom y uno de los pocos bancos que se ha librado de las sanciones justamente por representar uno de los canales principales para la compra de crudo y gas por parte de Occidente. Posteriormente, el banco acudirá a los mercados de divisas de Moscú para realizar el cambio a rublos y efectuar el pago correspondiente a la empresa de gas.

¿Cuál es la lógica de este pedido? En una primera rápida apreciación, uno podría pensar que la medida no genera un gran cambio, ya que la continuidad de las compras que se hacían previo a la guerra en dólares o euros – más del 90% de sus contratos de gas con Rusia a largo plazo se liquidaban en estas monedas -, contribuirán sosteniendo con divisas fuertes el tipo de cambio, principal variable para con la sostenibilidad de un proceso abastecimiento de bienes y servicios – tanto de importaciones para consumo como de insumos para con la producción nacional -, y la contención de la inercia inflacionaria derivada de la actual coyuntura.   

Sin embargo, el movimiento económico ruso lejos se encuentra de ser atolondrado o imprevisto. Por un lado, más allá de la imposición de nuevas reglas de juego, en ningún momento puso en duda el abastecimiento de hidrocarburos para Europa. En este sentido, el principal portavoz presidencial, Dimitri Peskov, ha insistido en que Moscú sigue dispuesto a cumplir su parte en materia de suministro y precios. «No habrá cambios para los receptores del gas ruso que paguen». ¿La razón? El flujo de capitales desde Europa sigue siendo demasiado importante – para ambas partes – como para realizar un corte unilateral, por más sanciones económicas que provengan de occidente. Los números hablan por sí solos: desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania el pasado 24 de febrero, hasta finales de marzo, los países de la Unión Europea le han transferido a Rusia más de 18.000 millones de euros como pago por las importaciones de gas (11.500 millones), petróleo (6.300 millones) y carbón (500 millones).

Aquí tenemos otro punto importante: Putin señaló que Rusia “le suministró a los consumidores europeos sus recursos; los recibieron, y nos pagaron en euros que ellos mismos luego congelaron». En este aspecto, los proyectos para salir de la hegemonía del dólar/euro (el 80% de las transacciones mundiales de recursos estratégicos se realizan en estas monedas) no son solo representativos de la actual coyuntura o geografía de disputa: ya hace años China y otros países de segundo orden a nivel internacional están tratando de realizar ‘swaps’ y otro tipo de intercambios económicos que eviten los costos transaccionales en monedas de terceros Estados, los bloqueos y sanciones financieras por cuestiones políticas/ideológicas/de derechos humanos, o mismo la dependencia de las políticas monetarias realizadas desde los principales ejes de poder global, aquellas potencias occidentales que decretaron a la globalización neoliberal como sistema univoco post guerra fría.

La otra variable de relevancia que se conjuga con la geoeconómica es la geopolítica pura y dura: aquí se encuentra en juego aquel actor que tiene el poder de decisión, quien posee la capacidad diplomática/militar de decidir bajo qué condiciones se distribuye el  factor clave en disputa: en este caso, el recurso económico estratégico.

Rusia quiere demostrar que tiene las herramientas para imponer las reglas de juego; y ello, en la arena de las relaciones internacionales, no es un tema menor. Solo para citar un ejemplo, si los países aceptan pagar en rublos las importaciones de gas, Putin puede sostener que como se acepta las condiciones de pago de hidrocarburos, también se podría aceptar pagar en rublos la deuda externa. A lo que podrían responderle que otros insumos o bienes de capital europeos que Rusia requiere, deberían ser pagados ‘por practicidad’ depositando euros en cuentas bancarias dentro de la jurisdicción del viejo continente. Conclusión: hipótesis varias, derivaciones infinitas, pero muy pocas certezas.

Además de todo lo expuesto, no podemos dejar de lado las cuantiosas dudas técnicas que la medida genera en Occidente. ¿Qué valor de referencia se utilizará para la compra de rublos? ¿Podría la fluctuación del rublo tener influencia en el precio del petróleo y el gas ruso? ¿Cuáles serán los costos transaccionales finales? ¿Se podrá operar a través de bancos de terceros países ‘no hostiles’? ¿De ser así, se podrá generar una triangulación de las operaciones después del pago?

En este aspecto, lo que ocurrirá probablemente es el desarrollo de un proceso de atomización donde cada actor, si desea continuar comerciando hidrocarburos con Rusia, deberá establecer su propia estrategia y su propio circuito de negociación. Todo terminará en el embudo del Kremlin, el cual, con su lógica omnisciente, brindará la respuesta acorde a sus intereses. Como contraparte, el potencial cuestionamiento de la legalidad y la validez de los ‘nuevos contratos’, los cuales Occidente puede pensar que podrán ser rediscutidos dada su imposición unilateral en un escenario post-Putin,  no solucionan de fondo la realidad de la coyuntura socio-productiva europea actual.   

Finalmente, de todo lo mencionado se deprende la valorización de las materias oprimas, (ninguneadas en diversas ocasiones durante el último siglo, incluida una actualidad que  alaba a los servicios financieros y tecnológicos como ‘vedettes’ del mundo económico del futuro), donde toman envión y vuelven a mostrar la relevancia de su rol en las cadenas de valor global y los aparatos productivos de la economía real. Y aquí Rusia planta bandera y sostiene con firmeza que sí puede incidir en el motor económico de los países ‘hostiles’, con evidencia empírica que lo sostiene: la matriz energética actual de la Unión Europea depende en un 40% de Rusia.

A modo de conclusión, se podría afirmar que el conflicto derivará en una permanente ‘guerra fría’ en Eurasia, un largo paralelo 38° a la Coreana que separe a Rusia y sus aliados de todas aquellas ex Repúblicas Soviéticas (como Estonia) y ex satélites (por ejemplo Polonia) que abrazaron a la OTAN – y actualmente gozan de su protección – durante las últimas décadas.  

Por el contrario, es dable que en términos geoeconómicos se vuelva al status anterior al 24 de Febrero. “Todo pasa”, diría Don Julio, sobre todo cuando el escenario económico sistémico es tan complejo y osado para las partes en conflicto. Es que aunque Europa pueda encontrar suministros de energía y materias primas alternativos – por supuesto a mayor costo y con derivaciones socio-económicas altamente negativas por la suba de precios -, y Rusia pueda abastecer a terceros mercados  – China y países neutrales fuera del rango OTAN – y sortear los obstáculos/bloqueos económicos/financieros con mecanismos alternativos de tinte transaccional y para con el reaseguramiento de sus activos y su moneda como reserva de valor, estamos ante una situación económica sistémica de corto plazo de Lose-Lose (a pesar de alguna ganancia marginal relativa por parte de algún actor o sector indirecto). Y ello no le conviene a nadie. En este mundo de valores frugales y donde el crecimiento económico es el ‘objetivo ulterior’, está más que claro que los muertos no van a regresar y es necesario poner a la economía de pie nuevamente.

¿Qué ocurrirá en el mediano/largo plazo? Nos encontraremos con un mundo bipolar – la OTAN de un lado y Rusia/China del otro, ambos con sus respectivos aliados -, enmarcado en una tensión permanente ante las crecientes capacidades militares (incluidas las nucleares), que incrementarán la puja por los recursos naturales estratégicos (bienes escasos y servicios de alta tecnología) con el objetivo de  mantener/incrementar la primacía geopolítica y geoeconomía, bajo un escenario internacional donde habrá que lidiar con la escases para darle continuidad a los procesos de ingente acumulación capitalista. En definitiva, un cocktail explosivo para las potencias que, cada uno con sus liderazgos y características propias, no abandonan el ‘leit motiv’ de la existencia realista: la lucha por el poder y la riqueza. Y bajo el paradigma descripto, la finalidad superadora de las Elites que dirigen los destinos de cada nación es el propio reaseguro de su enriquecimiento, bajo una supremacía de las fuerzas de coerción en términos domésticos e inter-estatales que les permitan sostener una suficiente capacidad económica para abastecer, con la mayor cantidad de bienes y servicios posibles, a sus poblaciones. O, mejor dicho, es la forma que tienen para ‘aflojar’ las tensiones sociales suscitadas ante la imposibilidad de unas mayorías empobrecidas en todos los rincones del planeta de poseer suficientes ingresos para alcanzar una canasta básica y mínima de subsistencia. Una situación que, lógicamente, preocupa (en algunos casos exaspera) a las Elites de cada uno de los Estados; simplemente por el hecho de que, cada vez más recurrentemente, ven peligrar los cimientos del statu-quo que tal celosamente protegen.         

La guerra, hipocresía mental organizada

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El conflicto entre Rusia y Ucrania nos interpela a realizar un análisis situacional macro de lo que representa la guerra en sí y, sobre todo, desarrollar una mirada ética y política sobre un escenario que esperemos los argentinos, a 40 años de la gesta de Malvinas, nunca tengamos que vivirlo de nuevo en carne propia.

¿Porque la guerra en Ucrania se ha visibilizado mucho más que otras? ¿Es un dilema eminentemente económico? Probablemente no. Podemos afirmar que la mayoría de los rusos y ucranianos no viven en una pobreza extrema, aunque existen una diversidad de problematicas socio-económicas (y macroeconómicas, sino observemos la alta tasa de endeudamiento de Ucrania con el FMI, o mismo los niveles de productividad de Rusia), que los hacen relativamente vulnerables como la mayoria de los ciudadanos a nivel global.   

¿Es un problema de percepción de escases de recursos estratégicos – alimentos e hidrocarburos? Tampoco. Para citar a la historia, todas las guerras de Medio Oriente provocaron turbulencias productivas y financieras a nivel global – sobre todo en términos de la inflacìón que golpea a los países más pobres -, pero ninguna de ellas con consecuencias que hayan generado estupor ante una coyuntura que, aunque compleja, puede ser solucionada en el mediano plazo.

¿Es una cuestión ideológica? Ningún internacionalista discute realmente si estamos ante una lucha del ‘bien contral el mal’, o si vivenciamos un Deja Vú de las batallas entre Nazis y Comunistas. Seguramente haya unos cuantos simpatizantes del Tercer Reich en Ucrania, pero no son la mayor parte de la poblacion. Y Putin es un capitalista acérrimo, defensor de la propiedad privada ‘a su modo’: con una oligarquía a su lado que hace negocios bajo el manto de un ‘agresivo nacionalismo cristiano’, tiene a la mitad de la población ‘encantada bajo el hechizo’ que representa el regreso del otrora gran imperioso Ruso. Y la otra mitad se encuentra temerosa de terminar encarcelada si pelea por algunos mínimos derechos cívicos.

¿Se encontrará la respuesta en el temor a que las miles de ojivas nucleares que posee Rusia desaten una Tercera Guerra Mundial ante una respuesta por parte de la OTAN? La mayoría de los que estamos vivos no sabemos lo que es relmente un conflicto militar a escala internacional entre varios Estados de relevancia; las péliculas de Hollywood no tienen parangón en la mundo real con respecto a lo que sería una devastadora guerra nuclear en el siglo XXI.

En este sentido, más allá de la perocupaciòn por Rusia, China – ejemplificado en el reciente pacto AUKUS entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido para contener sus pretensiones regionales (Taiwán, el Mar de la China Meridional, etc.) -, o Irán – con su programa nuclear y la posibilidad de desestabilizar todo el Medio Oriente -, la decisión de que todos apreten sus respectivos ‘botones rojos’ – con la devastación a escala global que ello conllevaría – es muy improbable. 

Entonces la reflexión poría ser: ¿Porqué impacta tanto esta guerra?  O podríamos preguntarnos: ¿Porqué no estamos ‘tan conmovidos’ con la muerte de ‘hombres, mujeres y niños inocentes’ en otras partes del mundo?

¿Alguien piensa en los 233.000 muertos en Yemen en la última década, con 2.300.000 niños sufriendo algún grado de desnutrición? ¿Quién pone el foco en la guerra que se inicio hace más de un año donde se estima que más de 9 millones de etíopes necesitan algún tipo de ayuda humanitaria? ¿Y las 14 millones de personas (más del 25% de la población del país) que han sufrido algún tipo de vejación desde el Golpe de Estado en Myanmar? Ni que hablar el conflicto en Siria, el cual dejó más de 380.000 muertos y 200.000 desaparecidos.  

Nuestra latinoamerica tampoco se encuentra excenta de violencia y muerte. Aunque no hay un conflicto inter-estatal, sabemos que el Estado Mexicano ha perdido el monopolio de la violencia en amplias zonas del país, donde la ley y el orden rigen a cargo del Cártel de turno. La consecuencia: 275.000 asesinatos en los últimos 15 años. Por otra parte, los crímenes también se encuentran a la orden del día con eje en la violencia política (Nuicaragua) o socio-económica (Haití). Allí también los muertos se cuentan de a miles.

¿Será porque son sudacas, mulatos, con rasgos semitas, o asiáticos que no se nos eriza la piel? Lamentablemente, tenemos que afirmar que dentro del actual estupor mundial generalizado, este punto pareciera ser el más importante: el origen racial/étnico de los ucranianos. No podemos ser hipócritas. Población blanca – muchos de tes rubia -, europea, cristiana, con rasgos tipicamente ‘occidentales’ (y los valores que ello conlleva). Nunca mejor expresado el dicho «Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros».

Lo más interesante, y he aquí tambien la relevancia de la colonización mental – porque hoy en día los Estados se pelean mediante ciberataques, campañas de desinformación, coacción económica o la instrumentalización socio-política de los migrantes – es que se logra convencer sobre una verdad altruista a seres humanos que no pertenecen a estos colectivos ‘racialmente superiores’, pero apoyan su causa. Y sin intentar bucear muy profundamente, podemos afirmar que tampoco tienen mucho que ver un obrero industrial del cordón central de los Estados Unidos, con un granjero del Sudoeste Ucraniano.

Pero ello ocurre y el racismo intrínseco, aquel que normaliza y diferencia entre quienes pueden vivir mejor (al menos un poco) de quienes lamentablemente les ‘tocó’ la mala suerte de nacer en paises pobres, gobernados por dictadores impunes que nos les importa su pueblo, y sobre todo muy alejados de ese ‘patrón de belleza exterior’ impuesto por el dogma de la cultura OTAN – porqué no definirlo de esa manera en estas épocas donde reina la simbología militar -, es el pensamiento de una gran parte de la población global que ‘sufre’ por las familias ucranianas.

Finalmente, creo que una porción no menor de nuestra población argentina es un gran exponente de ello; y porqué no decirlo, a lo que también se le adiciona un popurrí de todo lo expuesto previamente. ¡No solo son un pueblo europeo de tez blanca (como teóricamente somos nosotros), de clase media (como teóricamente somos nosotros), sino que además odiamos a los comunistas (porqué nos dijeron alguna vez que son malos), y a los que hablan con vehemencia como el presidente Putin (sin importar lo que dice – aquí podríamos hacer una alguna alegoría con una ex presidenta -) porque ello es violento, y sobre todo a los que pretenden destruir nuestro modo de vida occidental (??)!. Y así podría seguir.

Ahora bien, ¿Y por los niños Quom desnutridos del Chaco, no nos angustiamos? ¿Es necesario – o suficiente – que se encuentren en un conflicto armado para que seamos ‘cruzados’ y salgamos en su defensa? ¿O intrínsicamente muchos de nosotos tenemos inculcado que ellos entran dentro de los parámetros de indios (negros para la clase media-alta citadina), pobres y vagos, a los que les gusta vivir en la indigencia sin trabajar?

En fín, lo que podemos afirmar es que este escenario de guerra ha reflejado fielmente, lo que podríamos denominar una vez más, nuestra ‘hipocresia mental organizada’.   

La guerra que desnuda la relevancia de la economía real

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero el 10/3/2022

https://www.ambito.com/opiniones/guerra/la-que-desnuda-la-relevancia-la-economia-real-n5389783

Los tiempos de guerra suelen ser aquellos que nos permiten abrir los ojos, mostrarnos en un instante, en una foto, lo que la dinámica de la vida coyuntural nos ensombrece nuestra compleja realidad cotidiana.

Mientras las tropas rusas continúan atacando Ucrania, el impacto económico del conflicto se concentra principalmente en tres variables claves: la energía, las materias primas y los productos agrícolas.

Por supuesto, dependiendo de ser más o menos ‘amigo’, o la autosuficiencia que tenga cada país para abastecerse, la escasez y los precios por ‘las nubes’ tienen un mayor o menor impacto, además de las derivaciones indirectas que ello pueda conllevar. Solo para dar un ejemplo, si un país que depende energéticamente de Rusia recibe menos gas, tiene que reemplazarlo utilizando otras fuentes disponibles en el mercado internacional, lo que afectaría los suministros para terceros Estados.

Por el contrario, algunos países pueden vivenciar un ‘boom’ positivo para sus economías. Si pensamos en Perú, el país andino podría convertirse en un nicho atractivo para la exportación de gas que satisfaga las necesidades energéticas de Europa central: Alemania, Polonia y el norte de Italia que son, en la práctica, los países que más consumen gas en el periodo de invierno y con finalidades industriales.

Los números que explicitan lo expuesto son más que claros: Rusia es el segundo mayor exportador de petróleo y el mayor exportador de gas natural del mundo. Europa, por su parte, recibe de Rusia casi el 40% de su gas natural y el 25% de su petróleo. Un arma de guerra sustancial como respuesta a las sanciones económicas impuestas por Occidente. ¿Si le afecta Rusia la imposibilidad de exportar a Occidente – cuestión que todavía se encuentra en discusión en el seno de la Unión Europea por las consecuencias macro y microeconómicas que conllevarían -? Por supuesto que sí. Pero Rusia hace rato que mira hacia Oriente, sobre todo después de la guerra de Crimea de 2014: China es el mayor socio comercial de Rusia y ambos países ya han discutido la construcción de nuevos gasoductos para transportar gas ruso.

Por otro lado, los precios en los mercados de trigo y maíz llegaron a su punto más alto desde 2012. Rusia y Ucrania, alguna vez llamadas «el granero de Europa», exportan más de una cuarta parte de la producción global de trigo, una quinta parte del maíz y el 80% del aceite de girasol. En este punto, las derivaciones son también más que complicadas: los números indican que Ucrania enviaba hasta el comienzo de la guerra el 40% de sus exportaciones de trigo y maíz a África y al Medio Oriente, geografías donde la menor provisión de alimentos esenciales y la inflación derivada de ello pueden mellar fuertemente la inestabilidad social.

Por su parte, el posible desabastecimiento de metales indispensables como el paladio, el aluminio o el níquel, suscitaría un trastorno más para la dinámica de las cadenas de valor global. Por ejemplo, dado que Rusia es el mayor exportador de paladio en el mundo, los precios de este metal que se usa en los sistemas de escape de los automóviles, los teléfonos celulares, e incluso en los empastes dentales, se han duplicado en los últimos días. También ha estado aumentando el precio del níquel, el cual se utiliza para hacer baterías de autos eléctricos. Ni que hablar del gigante europeo de la aviación, Airbus, el cual se abastece de titanio de Rusia.

Por supuesto, al final del día la guerra tiene sus derivaciones en la economía financiera.  Las naciones occidentales eliminaron a Rusia de la red de comunicaciones bancarias Swift, como así también prohibieron cualquier transacción con el Banco Central de Rusia, el cual posee 630.000 millones de dólares de reservas en divisas. Para contrarrestar esta situación, Rusia ha estado trabajando con China en el diseño de nuevos sistemas de pagos internacionales que puedan eludir el dólar y, por lo tanto, reducir la capacidad de Estados Unidos para ejercer presión a través de sanciones.

Por otro lado, Rusia lleva tiempo preparando lo que sería la creación de su propia criptomoneda oficial, el rublo digital. Durante estos últimos meses, 2 de los 12 bancos que hay en Rusia ya completaron transacciones entre clientes en los que se usaba esta moneda digital. Y como salvoconducto de corto plazo en este escenario de conflicto bélico, Vladimir Putin anunció medidas que buscan frenar la caída del rublo: desde la duplicación de la tasa de interés de referencia (llevándola del 10,5% al 20%), hasta que los exportadores se vean obligados a convertir en rublos el 80% de sus ingresos obtenidos en monedas extranjeras desde el primero de enero de 2022, entre otros.

Es claro que al final del día, las derivaciones de la economía real que pueden afectar a la inflación, los bonos o las criptomonedas, son solo eso: el complemento – aunque necesario en la mayoría de los casos – de lo que realmente importa, de lo que se consume y se produce, de lo que permite que nos alimentemos, nos traslademos, podamos comunicarnos.

Entonces uno se acuerda de nuestra querida Argentina: de Vaca Muerta, de nuestro campo, de la imperiosa necesidad de alguna vez por todas tener una industria competitiva, de potenciar los servicios tecnológicos que puedan insertarnos de lleno en el mundo. Si logramos fortalecer estos procesos, le dejamos solo el margen de error u omisión maliciosa a los procesos de endeudamiento cíclico, a la fuga de capitales, a la montaña rusa financiera que representan las criptomonedas sin control.

Sino piensen en este momento histórico único. Si nos hubiéramos abocado a tener una política energética adecuada – en lugar de sufrir por los dólares que se nos van a escurrir de las manos con los incrementos de los precios de la energía -, un sector agroexportador que trabaje codo a codo con cualquiera sea el gobierno de turno – que liquide las divisas en tiempo y forma, y no esperando la negociación coercitiva para retrasar los incrementos de precios en el mercado doméstico -, y una política económica soberana en términos de abocarse al financiamiento internacional exclusivamente para producir y exportar más, seguramente podríamos vivenciar este contexto geopolítico global en una situación económica cuasi positiva en su totalidad.

Pero la única verdad es la realidad y estamos discutiendo como pagarle la deuda al FMI, como incrementar las retenciones sin que se produzca una rebelión en el campo, y como mantener el tipo de cambio y la tasa de interés en valores ‘razonables’ para que no se dispare la inflación. Evidentemente, la patria financiera, derivado del descuido de la economía real y la ‘diosificación del hacerse rico sin producir’, hace años viene ganando.

Las guerras son todas una porquería; pero si nos ponemos a reflexionar en que al menos esta entre Rusia y Ucrania sirva para algo, sea para abrirnos la cabeza y nos permita pensar estratégicamente a futuro que es lo relevante. Pero también, y sobre todo, que es lo que nos ha llevado a los frecuentes fracasos a los que estamos acostumbrados.

Estrategia nacional ante una guerra fría duradera

Pablo Kornblum para Ámbito FInanciero 2/2/2022

https://www.ambito.com/opiniones/rusia/de-que-lado-se-tiene-que-poner-argentina-el-conflicto-y-ucrania-n5363754

De un lado, Estados Unidos, Reino Unido, la OTAN. Del otro Rusia, China y aliados. Así está el mundo hoy; con una foto que no es nueva, más bien es una película que se fue pergeñando a principios de este siglo XXI, y que sepultó el ‘fin de la historia’ con hegemonía imperial estadounidense con el consecuente reflejo de la consolidación de un mix entre el realismo clásico y la interdependencia compleja de las relaciones internacionales. Y en relaciones internacionales, como ciencia social que es, todas las razones de avance y conquista, por poder y riqueza como ha sido siempre, son válidas.

Que Kiev es considerado el lugar donde nació hace más de más de un milenio la República rusa, la llamada ‘Rus de Kiev’, aquella enorme federación de tribus eslavas que dominó el noreste de Europa durante la Edad Media y tenía su epicentro en la capital ucraniana. Que además los eslavos orientales tuvieron una cultura común en la que prevaleció el cristianismo ortodoxo y el idioma ruso. Que sus bases se fortalecieron con el nacimiento de la Unión Soviética en 1922. Que alrededor del 17% de la población ucraniana se identifica con la etnia rusa, y para un tercio ese es su idioma nativo.

Para la contraparte Occidental, Ucrania es el aliado democrático en la lucha contra la ‘autocracia’, el mercado abierto que quiere florecer bajo el manto de los valores del respeto a los derechos humanos. Kiev desea fervientemente, y tiene la autonomía estatal para hacerlo defendiendo su territorio soberano, de unirse tanto a la OTAN como a la Unión Europea (UE). Además, y por sobre todo, es un vital proveedor de recursos naturales. Y aquí Rusia también juega un papel vital: en 2021 proporcionó alrededor de 128 mil millones de metros cúbicos de gas a Europa, de los cuales alrededor de un tercio fluyó a través del territorio ucraniano.

Lo que tenemos entonces es una Rusia, que no piensa retroceder ‘ni un ápice’ en su postura, con aliados tácitos de relevancia bélica fundamental, como lo es principalmente China. Del otro lado la OTAN, fragmentada posicionalmente en sus diferentes matices, pero que entiende que el cinturón de contención que implica Ucrania y los países de la región representa un posicionamiento político, ideológico, y hasta podríamos decir moral.

Por supuesto, lo más relevante es el negocio de la guerra, donde ambos bandos se ven beneficiados. Las industrias de la Defensa a nivel global se encuentran de parabienes. ¿Causal o consecuencia de un conflicto que seguramente se extenderá en el tiempo? ¿Tendremos un nuevo paralelo 38 a la coreana? Poco importa la respuesta. Negocios son negocios.

Estamos entonces ante un conflicto a prolongarse y dos bandos claramente diferenciados. ¿Dónde se ubica nuestro país? O deberíamos mejor preguntarnos inicialmente si sirve decidir posicionarnos a favor de uno u otro lado de la renacida ‘cortina de hierro’.  No ha sido una característica a lo largo de la historia de nuestro país, donde generalmente – para no decir casi siempre – nos hemos ubicado en la ‘tercera posición’, parafraseando al general. Más aún, hemos dado tantas vueltas como veleta sin manija – desde las ‘dudas estratégicas’ ante la segunda guerra mundial, hasta la vergonzosa venta de armas a Ecuador de los 1990’después de la ayuda peruana en Malvinas -, las cuales, pecando de sinceridad, nunca nos han dado resultados positivos.

El no tener coherencia ha sido una característica nacional en la mayor parte de los aspectos de la vida del país. ¿Por qué hubiera sido diferente en política exterior? Más allá de ello, el problema central de esta temática es la relevancia denotada en esta coyuntura geopolítica sobre los destinos de la humanidad. Aquí no hay grises. Si en algún momento, en el mediano o largo plazo, se dispara la chispa y suenan los tambores de la guerra, tenemos que estar preparados. No hay segundas oportunidades.

El problema es que ante nuestra situación actual, no podemos desentendernos, o intentar ‘jugar a la neutralidad’. Teoría de la dependencia por donde se la mire. De un lado, la deuda colosal e impagable con los Estados Unidos (perdón, con el FMI), quien todavía rige los destinos de ‘nuestras democracias capitalistas occidentales’, en adición a una historia de lazos culturales con el viejo continente, la cual contrabalancea la renovada relevancia del enemigo británico. Del otro lado, la amistad – y sobre todo las inversiones en infraestructura estratégica – con los rusos (no nos olvidemos de la vacuna Sputnik), en complemento con los aliados Chinos (exportaciones salvajes + swap salvador).     

En definitiva, hay que volver a las fuentes. Es claro que no podemos desentendernos del sistema globalizado y vivir autárquicamente como parias de un mundo cada día más dinámico e interrelacionado. Lo que si podemos hacer es lograr el tan mentado orden institucional interno, estabilizar la macroeconomía, generar políticas redistributivas para terminar con la pobreza, y buscar estar a la vanguardia tecnológica cuidando lo más que se pueda el medio ambiente, nuestro hogar. Y por supuesto, desarrollar un aparato militar sostenible de relevancia, que nos permita estar siempre a la altura de las circunstancias.

Y ello requiere políticas de Estado, que van más allá del color político que pueda tener el partido gobernante y, como ha ocurrido a lo largo de los años, nos ha puesto ante el mundo de uno y otro lado del mostrador intercaladamente según el período de la historia que uno quiera tomar. Porque en términos nacionales, la única manera de enfrentar el tifón de un conflicto internacional del cual podemos no ser parte ni seguramente tener la capacidad de injerencia en él, es encontrarnos cohesionados y sólidos para poder ampliar el margen de maniobra.

Sin embargo, lo expuesto solamente no alcanza. Debemos complementarlo con el trabajo conjunto de políticos estadistas y técnicos especialistas que comprendan el escenario geopolítico y geoeconómico: solo bajo su sapiencia se podrá tomar posición de la mejor forma posible. Porque sino, dados los recursos naturales que poseemos (agua dulce) y nuestra posición geoestratégica (Antártida), esperar bajo una situación de anomía y confusión recurrente es como tener que decidir en este conflicto de dimensiones globales tirando una moneda al aire. Donde solo queda esperar caer del lado que nos beneficie; o, mejor dicho, del lado que no potencie más nuestras debilidades contracíclicas. Aquellas que, continuamente, esquilman la vasta riqueza que la historia y nuestra geografía nos han regalado.     

Sangre, sudor y lágrimas en Venezuela

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 15-1-2022

https://www.ambito.com/opiniones/venezuela/la-politica-blast-sangre-sudor-y-lagrimas-n5351257

La política BLAST (sangre sudor y lágrimas en su traducción del inglés) fue un eje central de lo que le pedía el politburó soviético a su población para pasar los momentos de zozobra. Un esfuerzo de las mayorías que solo trataba de ocultar – con éxito por décadas – una mezcla de mala praxis macroeconómica, intereses propios de los jerarcas del partido que enmascaraban una realidad de productividad aumentada, y una distribución de los recursos en pos de la carrera militar/espacial contra el imperialismo, muy alejada de lo que se prometía: brindar una calidad de vida superadora a su vasta población.

El final de la historia, ya lo conocemos. La implosión de la Unión Soviética para con el nacimiento de un modelo ulterior, opuesto 180 grados, de escala global. Un fin de la historia de tinte neoliberal, que tampoco fue tal. En la actualidad, bajo un capitalismo nacionalista con ciertos rasgos populistas, Rusia intenta volver a conquistar la gloria mundial alguna vez alcanzada. Aunque ya sin aquellos sueños de inclusión social plena y equidad distributiva.

Venezuela, entendiendo los diferenciales que exige una historia, cultura y geografía diferente, pasa por un momento similar.  El esfuerzo desgastante de ya una década sin resultados prometidos ni presentes ni a la vista, provocaron la caída de Barinas, el último bastión bolivariano: allí donde comenzó todo, la cuna del Comandante Hugo Chávez, su lugar de culto y donde su selecto núcleo familiar – literalmente, desde hace 23 años todos los gobernadores electos en ese Estado han sido familiares directos de Chávez – había creado un feudo que se creía inexpugnable.

Luego de la reciente elección, Sergio Garrido será el primer gobernador no chavista de Barinas desde 1998. El candidato de la coalición Mesa de la Unidad Democrática (MUD) logró imponerse con 55,36% de los votos al aspirante del oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Jorge Arreaza – quien estuvo casado con la hija mayor de Hugo Chávez y ha ocupado altos cargos en el gobierno central desde 2011-, el cual obtuvo un 41,27% de los sufragios.

Más allá de la lección que implica para la oposición presentarse en unidad a las elecciones con el único objetivo de sacar al chavismo del poder (el resultado de esta división fue un éxito rotundo del oficialismo, quien logró alzarse con 20 de 24 gobernaciones y más de 200 de 322 alcaldías, pese a que solamente en cinco Estados logró sumar más de la mitad de los votos válidos), la pérdida de electores es sinónimo de un fracaso estructural del PSUV para con las políticas de Estado, aquellas de largo plazo necesarias para cambiar la magra realidad de raíz.

Esta vez, ya no alcanzó la entrega de bolsas de comida, los electrodomésticos regalados, la vuelta de la provisión de gas natural a las viviendas. Tampoco el control exhaustivo de los medios de comunicación, la utilización de los milicianos y la fuerza pública para intimidar y amedrentar a los electores, o las promesas de ‘cambio estructural ante las lecciones aprendidas’ de último momento.

Es que la persistente dependencia de un recurso natural exportable cuyos ingresos exhiben un comportamiento altamente volátil, la tendencia a acumular gestiones fiscales deficitarias, el escaso dinamismo del sector privado no petrolero para competir, o la alta dependencia de las importaciones, entre otros, han calado en lo más hondo de la microeconomía diaria. Si a ello le adicionamos el aislamiento financiero y el estrangulamiento externo, la crisis productiva, y el persistente incremento de la oferta monetaria que condujo a la economía venezolana a un destructivo proceso de hiperinflación, pobreza y un derrumbe de todos los servicios estatales, nos encontramos con un tsunami socio-económico que se lleva todo a su paso.

Las consecuencias en la mayoría de los ciudadanos de a pie se encuentran a la vista a través de los ojos de su dura cotidianeidad. No hay encuesta que contradiga que al menos el 70% de los venezolanos vive bajo la línea de pobreza, o que no indique que el país ya se encuentra entre los más inequitativos del mundo. Un claro ejemplo se observa en los magros niveles de ingresos: solo para citar un ejemplo, en apenas tres años, uno de los Estados más grandes de América Latina, el Petro-Estado Venezolano, pasó de ser omnipresente a casi irrelevante; mantiene subsidios y misiones sociales, pero en bolívares; es un empleador de tres millones de personas que no ganan más de US$10 dólares mensuales y paga jubilaciones que no alcanzan para más de tres chocolates.

Por ello, y para decirlo vulgarmente, la mayoría de los venezolanos ya no saben qué hacer para ganar unos dólares adicionales. Es que después de tantos años de erosión de la moneda nacional/inflación fuera de control, la gente genera más ingresos ofreciendo alimentos, repuestos y electrodomésticos usados que trabajando en una empresa formal. Trabajan el doble, y en lo que puedan. Y a pesar de ello, siguen siendo pobres. Mientras continúen los elevados niveles de informalidad y precariedad laboral que multiplica los crecientes lazos de dependencia con sus familias en la diáspora, como así también se potencie el pronunciado deterioro de la red de protección social del país, nada va a cambiar.

Por lo expuesto, la mayoría de los venezolanos ya casi no piensan en política. Están cansados, aturdidos, desganados. Como escribió Pablo Kornblum en su libro, La Sociedad Anestesiada, cuando se pierde la voluntad, sobre todo ideológica en manos de la pobreza y el hambre, la caída del modelo es inevitable. Al menos tal cual fuera establecido en sus comienzos.  

Le queda entonces a Maduro colocar 4 yunques debajo de la mesa para sostenerla a como sea. Y ello implica hasta pactar con el imperio. O con los imperios. Y desatar la guerra del sálvese quien pueda. Como dicen algunos académicos, Venezuela “pasó del socialismo, sin escalas, al capitalismo salvaje». Es que el gobierno que tutelaba toda la economía decidió hace no tanto erradicar los controles – así es, liberalización y desregulación de algunos mercados -, abrir los puertos, disolver ciertos tributos relevantes para las arcas del Estado. Más aún, se adoptó una política económica más amigable con el empresariado ‘no oficialista’ para sobrevivir – incluyendo la transferencia de activos y el empoderamiento de una nueva elite económica- , se buscó desesperadamente estímulos a la inversión internacional para palear los graves déficit de infraestructura, y se han incrementado las ‘relaciones carnales’ con actores estatales y no estatales de relevancia para hacerse de divisas.

A ello se la ha adicionado la terminación del anclaje cambiario, el fortalecimiento de la disciplina monetaria y fiscal – Gabriel Boric Dixit -, y el nacimiento del bolívar digital, que no es más que el reconocimiento formal de una realidad ya conocida por la población: el uso de medios electrónicos a falta de medios de pago tradicionales, amén del creciente uso de monedas extranjeras diversas, criptomonedas, oro y hasta café como medios de pago. Por supuesto, todas estas medidas se encuentran avaladas – y gracias al siempre apoyo irrestricto – por la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Una condición necesaria – aunque insuficiente en el largo plazo -, para mantenerse en el poder.

Hasta el momento, Maduro por lo menos se puede vanagloriar que lo viene logrando. Veremos cuanto más lo puede hacer. Lo que sí es seguro, es que lo está haciendo es con más pragmatismo y menos idealismo. Bajo un recrudecimiento del autoritarismo en el modelo político, sin dudas; una suerte de perestroika sin glásnost que se contrapone con una implícita dialéctica económica: se necesitan más heladeras llenas y menos promesas revolucionarias.  

Francia, Reino Unido: terminado el amor, las miserias perduran en las disputas económicas

Publicado en Ámbito Financiero – 2-1-2022

https://www.ambito.com/opiniones/reino-unido/francia-y-terminado-el-amor-las-miserias-perduran-las-disputas-economicas-n5344221

“Reino Unido corre el riesgo de que su acceso al mercado único se vea restringido si no respeta el acuerdo del Brexit en lo referido a la concesión de licencias de pesca para faenar en sus aguas jurisdiccionales” dijo hace unos días el secretario de Estado francés de Asuntos Europeos, Clément Beaune, luego de confirmar que Francia había obtenido 1.034 licencias, pero que le faltaban otras 74. A posteriori, el gobierno francés sostuvo que si Londres no le concedía las licencias pendientes, pediría a la Unión Europea iniciar un proceso judicial contra el Reino Unido que podría llevar a represalias, como  por ejemplo incrementos en los impuestos aduaneros a los bienes provenientes del otro lado del Canal de la Mancha.

Es que después del difícil divorcio entre británicos y europeos, las partes habían llegado a un acuerdo que incluía un capítulo sobre los permisos a embarcaciones pesqueras para operar en aguas del Reino Unido. En virtud del mismo, los pescadores europeos pueden seguir faenando en aguas británicas si demuestran que ya lo hacían con anterioridad. Sin embargo, Londres y París difieren sobre el tipo y alcance de los justificantes, lo que ha desatado una guerra diplomática que lejos se encuentra de ver luz al final del túnel.

En este sentido, y tal cual ocurre en muchas parejas de personas, terminado el amor comienzan las discusiones por el ‘vil metal’. En este caso, los recursos: quien se los queda, como puede generarse cierto ‘halo de justicia’ en su producción y/o explotación, desde que posición se evalúa la distribución de la riqueza generada y a generar, etc. Y aquí también se encuentra el dilema de ‘los hijos’: aquellas empresas y sus trabajadores que se encuentran expectantes a lo que los gobiernos puedan llegar a negociar.

Bajo el escenario expuesto, la disputa ya se encuentra a flor de piel. Para los franceses, “lo importante es que si el Reino Unido no cumple, las sanciones sean europeas”. ‘Unidos ante el desertor’ es la táctica de Paris, evitando cualquier juzgamiento de tinte bilateral. Es razonable: “lo que hoy me pasa a mí, mañana te puede pasar a vos”, piensan en voz alta los funcionarios galos ante sus colegas en Bruselas. Como contraparte, el daño político-económico agregado sería demasiado para los británicos si se piensa en un dinámica que implique una apertura hacia una disputa de tinte regional.

Otra de las razones que apelan desde París se dirime en los puestos de trabajo que perderían sus pescadores. Los británicos no se hacen mucho problema: no solo porque los dilemas de la moral no cuentan a la hora de las negociaciones macro estatales, sino que además ellos seguramente sabrán llenar esos cupos sabiamente. ¿Con Británicos? ¿Asiáticos tal vez? Probablemente estos últimos saquen una buena tajada.

Finalmente, en Francia denuncian la actitud «provocadora» y «humillante» de los británicos, a quienes acusan de utilizar la presión de las licencias de pesca para obtener una mejor posición negociadora en otras cuestiones ligadas al Brexit. ¿Será así? Muy probablemente. Hay mucho en juego y en el tablero de ajedrez se debe ser quirúrgico en cada movimiento: se puede ganar o perder mucho si se cometen errores groseros ante tantas variables y áreas en disputa.

Ante este ataque, los británicos ya han respondido con vehemencia al anuncio de bloqueo. “Estamos decepcionados por las amenazas de protestas. Corresponderá a los franceses velar para que no se cometan actos ilegales y para que el comercio no se vea afectado” dijo un portavoz del gobierno desde Down Street.

A su vez, desde Londres trajeron a colación lo que los británicos consideran ‘innecesarias’ restricciones de viajes desde el Reino Unido hacia Francia, ante la propagación de la variante Ómicron. Es que a partir de ahora, los ciudadanos no franceses tendrán que presentar un motivo ‘de peso’ – temas laborales u turísticos no se encuentran contemplados – para ingresar al país, ya sea estén vacunados o no. Más aún, el Gobierno galo también instó a los franceses que habían planificado un viaje al Reino Unido a aplazarlo.

A todo ello hay que adicionarle la acusación de Boris Johnson tras el ahogamiento de 27 personas el pasado 24 de noviembre, cuando las mismas intentaban cruzar hacia territorio británico por el Canal de la Mancha. “Esta terrible situación demuestra cómo los esfuerzos de las autoridades francesas para vigilar sus playas no han sido suficientes; los franceses deberían aceptar un patrullaje conjunto”.

Desde el Palacio del Eliseo, Emmanuel Macron no tardó en responder sobre la intención de Londres: “¿Cómo se sentiría el Reino Unido, en caso de que la situación se invirtiera, y tuviera soldados franceses patrullando su costa?”, expuso de manera tajante. A lo que además le adicionó un pedido de “no politizar con el flujo de migrantes para alcanzar beneficios internos”. En París están convencidos de que la retórica de Johnson solo es para satisfacer su audiencia interna, sin importarle si eso endurece las relaciones con sus ex socios de la unión. Y tienen como claro ejemplo el pacto militar de AUKUS entre Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña – el cual dejó afuera a Francia- que para contener el avance de China en el Indo-pacífico, privilegia el rol de sus ahora ‘nuevos socios estratégicos’.

Por supuesto, ninguno de los mandatarios dejo su traje y se transformó, al menos por un momento, en hombres con ese tino de sensibilidad que todo líder debe poseer. Si solo hubieran escuchado a uno de los sobrevivientes del naufragio de nombre Aza, un joven kurdo iraquí quien contó que reconoció que intentar cruzar el Canal “era muy peligroso; hay grandes olas, pero tengo que arriesgarme. Mis padres y mis hermanos necesitan que consiga un trabajo y les envíe dinero para sobrevivir”, podrían haber desarrollado cierta lógica de empatía para reencausar bilateralmente, de manera positiva, la búsqueda de una solución sustentable y abarcativa.

En definitiva, y mirando con desdejo una potencial – puede que improbable en el corto plazo, pero no imposible ante la inestabilidad ideológica y personalista de algunos líderes regionales – implosión del Mercosur, podemos decir que la experiencia del caso expuesto habla por sí sola: el Realismo de las relaciones internacionales no va a dar tregua y, en el caso de que ocurriese, la puja por los intereses económicos interestatales sería ardua y enormemente costosa.

Y más allá en donde podría encontrar ubicado a nuestro país en dicha coyuntura, hay algo que debemos tener en claro: no tenemos el vigor institucional del Reino Unido, ni los recursos económicos de Francia. Si a ello le adicionamos la dependencia financiera con las potencias de primer orden (Estados Unidos/China), y las propias endógenas del Acuerdo Regional (con Brasil como uno de los principales socios comerciales), un escenario disruptivo podría generar vertientes dantescas cuyas derivaciones serían altamente contraproducentes.

Como me dijo alguna vez un profesor en la Facultad: “El mundo es complejo. Para combatir la incertidumbre de lo exógeno, lo único que podemos hacer es solidificar lo propio”. Y la realidad nos muestra que, al día de hoy, muy lejos nos encontramos de vivenciar un estadío tranquilizador. Es que, tal cual pequeño bote deambulando en la desidia cortoplacista de las erróneas políticas públicas, bajo ráfagas de vientos de inestabilidad económica, nos encaminamos sin un norte claro hacia un mar repleto de actores internacionales que actúan como tiburones expectantes, a la caza de sus débiles presas.

No hay recetas mágicas: la solución, al menos primaria, es hacernos fuertes y encausar el camino.   

ÓMICRON, otro Antón pirulero más

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 05/12/2021

https://www.ambito.com/opiniones/covid-19/omicron-otro-anton-pirulero-mas-n5329507

‘Antón, Antón, Antón pirulero, cada cual, cada cual, atiende su juego’, resuena como una hermosa melodía infantil a quienes peinamos algunas canas. En este aspecto, la variante Ómicron del COVID-19 tiene un poco del egoísmo esgrimido en aquella metáfora. O traducido al actual escenario dantesco, tal como diría Ayoade Alakija, directora de la Alianza Africana para la Entrega de Vacunas: «es el resultado inevitable de acaparar vacunas y dejar a África afuera”.

Sin embargo, eso no fue todo: lo peor fue lo que sostuvo posteriormente: “si el COVID-19, que apareció inicialmente en China, hubiera aparecido primero en África, no quedan dudas de que el mundo nos habría encerrado y hubiera tirado la llave muy lejos de la jaula”. Toda una definición, por más agresiva que pueda sonar, de lo que es la inequidad y el desentendimiento global.

Es que lo único que quieren los gobiernos más poderosos y ‘teóricamente altruistas hasta la humanidad misma’ es salvar el propio pellejo, el ser nacional, antes de desarrollar la capacidad prospectiva de poder mirar más allá – aunque pudieran hacerlo sin dejar de pensar en el ombligo propio – y entender que, en el juego de la puja de intereses global, el fino equilibrio es cada vez más un ‘deber ser’ para evitar la implosión sistémica. Del sistema como un todo, sin que nadie se pueda salvar solo.

No menores tampoco fueron las palabras de Cyril Ramaphosa,  presidente de Sudáfrica, quien señaló que no se puede ‘castigar’ a su país – donde fue detectada por primera vez la variante Ómicron – “simplemente por haber hallado la variante gracias a la tecnología que solo nosotros tenemos disponible”. Sonó a que, como el resto de los países africanos, hermanados por una geografía y una historia de resiliencia común, ‘justo ahora’ son pobres o inútiles, su país no tiene la culpa. Evidentemente, en la arena de las disputas, del todos contra todos – mejor dicho del pobre contra el pobre -, solo vale aplicar el sálvese quien pueda.  

Seguramente Ramaphosa tiene temor. Uno entiende que Sudáfrica no posee el blindaje de poder chino, pero tampoco es para hacerse malasangre. La inmiscuisión para con la investigación en asuntos internos, es inexistente a nivel internacional. Si los organismos internacionales, dominados por las potencias imperiales, no pueden inculpar por falta de pruebas a Irán o Corea del Norte por la utilización de ojivas nucleares, solo para citar un ejemplo, menos aún van a poder rastrear el inicio de la variante Ómicron en Sudáfrica. 

Más allá de ello, los gobiernos con capacidad de moldear el presente se encuentran con la ‘cabeza en otra cosa’: Europa está intentando vacunar al 80% de sus ciudadanos. Estados Unidos quiere vacunar a toda su población, con números que actualmente se encuentran en torno al 70%. Cuando lo logren, probablemente en el corto/mediano plazo, impondrán las necesarias restricciones a los viajes internacionales. El mundo ‘más desarrollado’ (¿también moralmente?) estará finalmente cuasi protegido. Y para entonces, África se convertirá en el continente COVID.

Por otra parte, ¿Cuánto y en qué tiempos puede mejorar la situación en África? En la actualidad, la cifra de vacunados es del 7%, aunque hay países donde prácticamente nadie ha visto una aguja, como son el caso de Burundi (0,0025%), la República Democrática del Congo (0,06%) o Chad (0,42%). Y aquí vuelven a resonar las palabras autorizadas – aunque ninguneadas -, como la del biólogo etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, quien en los últimos meses ha denunciado sistemáticamente la desigualdad en el proceso de vacunación global: “Cada día se ponen seis veces más dosis de recuerdo (la tercera inyección) en los países ricos, que primeras dosis en los países de bajos ingresos. No tiene sentido poner dosis de recuerdo a adultos sanos o vacunar a los niños cuando los trabajadores sanitarios, las personas mayores y otros grupos de alto riesgo en todo el mundo están todavía esperando su primera dosis”.

Lo que puede no aceptar éticamente el señor Ghebreyesus, es que para el realismo de las relaciones internacionales, los africanos son seres humanos del subdesarrollo, pseudo colonizados. ¿Seres humanos de segunda?, probablemente los gobiernos y una parte – de aquellos que tienen cierta comprensión de temas globales – de los habitantes del mundo más desarrollado, no lo piensen tan tajantemente de este modo, pero si entienden que ‘así son las cosas: si sus Estados son fallidos y no han construido poder, es su problema’. Y aunque se haya gritado a los cuatro vientos que “Nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo”, las preguntas revolotean sobre las mentes más agudas. ¿Es necesario que aparezca la variante Ómicron para despertar a las mentes anestesiadas? ¿Quién quiere escuchar? Y de los que escuchan, ¿quién tiene realmente capacidad de incidir en un cambio draconiano de prioridades?

Hasta el momento, hay pocas señales positivas que nos indiquen de un torcer del rumbo. En este sentido, las grandes potencias económicas han prometido donar unas 2.000 millones de dosis a través de la iniciativa COVAX. Aunque sea una cifra exigua para vacunar al 70% de la población mundial con la pauta de dos inyecciones, algo es algo: Estados Unidos se había comprometido a donar 1.100 millones de inyecciones, la Unión Europea 500 millones, y Reino Unido y China 100 millones cada uno. La realidad ha mostrado ser más insuficiente que las expectativas; al día de hoy, solo se ha entregado una de cada cinco dosis prometidas.

Sin embargo, ante el avance desesperante de la variante Ómicron, los Ministros de Sanidad del G7 se reunieron recientemente para analizar estrategias ante el avance de la nueva cepa. Siempre el post, nunca prevenir. Es que seguramente no pensaban hacer nada si no se les ‘iba de las manos’ este nuevo escenario que tiene en vilo al mundo desarrollado.

¿Podrán entonces persuadir a sociedades cansadas a volver al confinamiento? ¿Obligarán ‘por las malas’ (léase la imposibilidad de realizar las tareas cotidianas laborales o de recreación) a los anti-vacunas? ¿Presionarán a los oligopolios farmacéuticos privados que compartan la tecnología de sus vacunas, los cuales para muchos tienen ‘al mundo como rehén’? 

La respuesta es ‘ni’: presión política, negocios ingentes, dilemas morales ‘occidentales’ (como inmiscuirse en las decisiones individuales), parecen demasiado para políticos descreídos y Estados vacíos de contenido programático, poder político, y capacidades económicas. Mientras tanto, el tiempo pasa, la propagación de la cepa se incrementa, y África continúa en ‘el debe’ de lo que tendría que ser, mínimamente, un proceso de desarrollo de calidad de vida de tinte global.  Lejos, muy lejos de un proyecto superador e inclusivo para quienes, hasta el momento, la historia les ha dado la espalda.