El poder popular versus el destino manifiesto – Ámbito Financiero – Diciembre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/reino-unido/s-vs-escocia-el-poder-popular-versus-el-destino-manifiesto-n5606217

La Corte Suprema del Reino Unido dictaminó que Escocia no tiene el poder de celebrar un nuevo referéndum sobre la independencia sin el consentimiento del gobierno británico. La contestación por redes sociales de la Primera Ministra escocesa, Nicola Sturgeon, del gobernante Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés), no tardó en llegar: “Una ley que no permite a Escocia elegir su propio futuro sin el consentimiento de Westminster, expone como un mito cualquier noción del Reino Unido como una asociación voluntaria”.

En cuanto a la razón principal, Londres sostiene que la cuestión se resolvió en el referéndum de 2014, en el cual los votantes escoceses rechazaron la independencia con un 55% de los sufragios contrarios a la escisión. Sin embargo, desde Edimburgo argumentan que la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, a la que se opuso la mayoría de los votantes escoceses, ha cambiado radicalmente el panorama político y económico.

La historia indica que Escocia e Inglaterra han estado unidas políticamente desde el año 1707. Mientras Escocia tiene su propio parlamento y gobierno desde 1999 – lo que le permite elaborar sus propias políticas sobre salud pública o educación -, el gobierno del Reino Unido en Londres controla los asuntos claves, como son la defensa o la política fiscal. O sea, determina las dos principales aristas que cualquier jurisdicción desea detentar: el poder económico y de coerción.

Está claro que la idea de un Reino Unido grande, con perspectiva de volver a poner a la Gran Bretaña en su lugar, se contrapone con los intereses particulares, propios de la necesidad de un pueblo de encontrar un propio destino. Culturas con matices diferentes, percepciones ideológicas con contrapuntos, pero principalmente, con claros diferendos en el manejo y las prioridades en la distribución de los recursos económicos.

En este sentido, el Brexit fue un momento bisagra de diferenciación: mientras que en los medios de comunicación británicos los temas predominantes de la campaña a favor de la salida de la Unión Europea fueron la inmigración y el sistema sanitario, para los escoceses tuvieron más importancia las cuotas de pesca o el transporte público. Por otro lado, las generaciones más jóvenes, que han crecido con las libertades intracomunitarias, han aprendido a apreciarlas y no quieren perderlas. Menos ideología y más pragmatismo, se podría decir. Y sino pensemos en el masivo apoyo británico a los ucranianos; un amor que se va ‘apagando’ lentamente ante la imposibilidad de calefacccionarse a medida que llega el invierno europeo.  

Al día de hoy, para el SNP el Gobierno británico ha implementado políticas de austeridad que han llevado a cientos de miles de escoceses a la pobreza. “Si solo representamos el 8% de la economía del Reino, entonces que nos permitan disponer del control total de nuestros campos petroleros en el Mar del Norte (alrededor del 90% del crudo británico se extrae de pozos situados en las zonas reclamadas como propias por los secesionistas de Escocia), el mundialmente famoso whisky de malta, la industria textil, los motores a reacción, y los diversos servicios bancarios que manejamos”, se quejan desde Glasgow. Es que Escocia tiene industrias exclusivas de gran importancia, pero para el parlamento británico su relevancia es menor a la que tendría en una Escocia independiente.

En este aspecto, en Glasgow no están tan equivocados: en el Parlamento de Westminster, los representantes escoceses ocupan solo el 9% de los puestos de la Casa de los Comunes. A pesar de que ello es consecuente a su estatus demográfico dentro del Reino, afirman que esta situación hace que paguen más impuestos por persona que el resto del país, que su oposición a la privatización de servicios públicos sea inútil, que no les permitan  crear un fondo petrolero como el de Noruega – con el que se apoyaría indirectamente el gasto social -, o mismo que tengan que resignarse a la existencia en su territorio de armas nucleares, como son los submarinos armados con los misiles Trident que se encuentran en la base naval de Clyde, en la localidad de Argyl and Bute.

Ante el contexto descripto, no podemos negar que nos encontramos con el fino ‘toma y daca’ de las causas y consecuencias de pertenecer. Por ejemplo, los principales bancos que operan en Escocia ya han manifestado su intención de trasladarse a Londres si se realiza el referéndum y gana la independencia; una decisión que entra dentro de la lógica teniendo en cuenta que el Estado británico controla el 80% de la mayor entidad, el Royal Bank of Scotland. Ahora bien, ‘Todo Pasa’, como diría Don Julio, y seguramente el sistema financiero se va a terminar reconfigurando. Con sus riesgos y consecuencias. Como lo piensan muchos catalanes o norirlandeses: hay que ‘jugársela’, tomar partido, desprenderse de una lógica, un statu-quo dado y normalizado.

A pesar de ello, es más que entendible que los escoceses se juegan una patriada compleja; vivimos bajo sociedades cambiantes, donde la dinámica es más individualista, menos generosa hacia lo colectivo. Pero a veces hay que tomar decisiones difíciles, costosas desde lo emocional, pero sobre todo desde el bolsillo. Entonces los escoceses tendrán que buscar nuevos mercados, otras alianzas estratégicas. Para avanzar con firmeza y sin miedo solo es necesario tener en claro que de lo único que no se vuelve es de la muerte física – y a veces de la corporativa -. Pero los Estados – siempre que no haya algún conflicto bélico que haga tambalear el statu-quo (sino pregúnteles a los ucranianos) -, sobreviven.

En definitiva, y como pasa en todas las latitudes, ante tanta desilusión popular sobre los diferentes gobiernos – de todo tipo y color político -, incapaces de brindar soluciones superadoras a las mayorías, la búsqueda de un cambio, irreverente, no siempre racionalizado, es pedido a gritos. Bajo este marco, las grandes epopeyas, ideológicas, programáticas, y de poder real, yacen en las penumbras del olvido.

En el medio, ni laboristas y conservadores quieren auto sentenciarse como el partido que dejó ir a Escocia; ello los condenaría políticamente a un escenario difícil de remontar. Más complejo aún, de vencer el ‘sí’ se abrirían dos años de negociaciones entre Londres y Edimburgo para repartirselos bienes y las deudas. «El diablo está en los detalles», dice un viejo refrán anglosajón. Lo hubieran pensado antes. Mejor dicho, hubieran realizado políticas públicas propositivas y equitativas para todo el pueblo del reino. Ahora parece ser tarde. O, mejor dicho, no parece haber voluntad de cambio de quienes detentan el poder (aquel poder, que nunca debemos olvidar, otorgado por el mismo pueblo). Pero mientras el eje se centra en volver a generar esa imponente y arrolladora ‘Gran Bretaña Global’, hacia adentro, un pueblo se resquebraja.

Teoría de la dependencia, con rasgos asiáticos – Cronista Comercial – Diciembre 2022

https://www.cronista.com/columnistas/el-salvador-y-bitcoin-china-acecha-mientras-bukele-no-se-rinde-y-se-asoma-al-precipicio/

En medio de una crisis profunda de secesión de pagos, una economía que conjuga la dolarización de hecho y el Bitcoin como moneda de curso legal, déficit comercial y de cuenta corriente, reservas languidecientes e intereses de la deuda por las nubes, el Vicepresidente de El Salvador, Félix Ulloa, ha dicho que “China ha ofrecido comprar toda nuestra deuda (lo más urgente son 670 millones de dólares en bonos con vencimiento el 24 de enero de 2023), pero debemos andar con cuidado. No vamos a vender al primer postor, hay que ver las condiciones”.

Aunque el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, dijo que no estaba al tanto del asunto cuando se le preguntó al respecto, cuando el ‘río suena’ es que algo ocurrió. Y precisamente, está vez no fue con la sigilosa penetración que promueve y pretende de sus partenaires el gigante asiático. Sin embargo, no hubo enojo formal ante semejante furcio: la paciencia confuciana sabrá llevar ‘a buen puerto’ una respuesta a las necesidades de financiamiento salvadoreñas. 

Más allá de la puntual dinámica diplomática, este hecho se enmarca en una compleja situación de corto plazo, donde el gobierno salvadoreño se encuentra utilizando las pocas reservas de dólares que le quedan para recomprar su propia deuda. Es que, desde la dolarización de 2001, el país necesita conseguir dólares para proporcionar liquidez a los bancos nacionales, las empresas y los hogares, mantener el gasto público y asegurar las importaciones. Hasta el momento, ni las menguantes exportaciones ni las ingentes remesas (que implican el 20% del PBI) pueden siquiera dar tregua a la escasez de divisas. Por ende, el camino de la política económica tiene un solo destino: recurrir al endeudamiento en los mercados financieros internacionales. Y ya sabemos cómo se termina; solo hay que estudiar un poco de menemismo explícito.

Pero lo expuesto no es lo más grave; como suele ocurrir, la ceguera del presidente Bukele – por acción deliberada, u omisión inepta -, es lo más peligroso para las mayorías empobrecidas que sobreviven bajo una violenta desigualdad. La decisión de usar el Bitcoin (cuyo precio actual es el más bajo desde noviembre de 2020) como moneda de curso legal desde 2021 – el primer país en el mundo que lo hace -, se encuentra enmarcada en un compromiso de respaldo del Banco de Desarrollo Nacional de convertibilidad inmediata entre el dólar y el Bitcoin a través de la App del gobierno (Chivo), manejada por una empresa privada estadounidense. Todo bajo un marco de absoluta oscuridad; un sálvense quien pueda para mantener ficticiamente a flote al país.

Sin embargo, Bukele insiste en la salvación mesiánica: se atraerá dinero del exterior a través de inversiones y más remesas a través de Chivo, convirtiendo al país en un paraíso fiscal de las criptomonedas. ¿Sabrá que no se pueden pagar importaciones o deuda externa soberana con Bitcoin? Poco le importa al autodenominado ‘CEO’ de El Salvador. Más aún, el marco legal creado permite comprar propiedades con Bitcoin, como así también eludir la ley de prevención del blanqueo de capitales, facilitando el lavado internacional de dinero a través de su reventa y fuga del país en forma de dólares limpios.

Estamos entonces no solo ante un país que no es sustentable en el tiempo, sino que además coquetea con prácticas que están tratando de ser abolidas en las finanzas internacionales. Y ello lejos se encuentra de una moral altruista; más bien es el temor a una nueva ola de inestabilidad y derrumbe sistémico. Y El Salvador, como ‘conejillo de india’ de lo que no se debe hacer, seguramente será uno de los primeros en caer ante un escenario macro global adverso en términos de políticas conservadoras y refugio de valor en activos ‘limpios’. 

En este sentido, también desde el exterior ya le han hecho saber los riesgos que se corren, más aún en el contexto actual: el fin de la expansión cuantitativa y las subidas de tipos de interés por parte de la Reserva Federal, harán aún más difícil la financiación en dólares del país. Increíblemente, es algo que Bukele tampoco parece entender, ya que le ha sugerido por Twitter al banco central estadunidense a endurecer su política monetaria.

Pero el FMI ha sido claro y ha instado al Gobierno a abandonar la lógica ‘bitconiana’ si quiere recibir ayuda financiera, ya que considera que “hay grandes riesgos asociados al uso de Bitcoin para la estabilidad e integridad financiera y la protección del consumidor, así como posibles contingencias fiscales negativas”. De hecho, la institución ya le había recomendado a El Salvador no convertir en moneda de curso oficial al Bitcoin. Si el propio FMI lo dice, que de ingenuidad virginal tiene poco y nada, algo tienen que cambiar. Puede no ser exactamente lo que dice el Organismo, pero el camino actual lejos se encuentra de un proceso de racionalidad económica en términos de crecimiento y desarrollo armónico.

Por el contrario, lejos de escuchar las recomendaciones del FMI, el gobierno salvadoreño ha decidido ‘poner toda la carne en el asador’, anunciando la creación de ‘Bitcoin City’ como objetivo ulterior. Esta ciudad, libre de impuestos salvo el IVA, se pagará con la emisión de 1.000 millones de dólares en ‘bonos volcán’, los cuales tendrán un vencimiento a 10 años y pagarán un 6,5% de interés anual, muy inferior al interés del resto de bonos ‘normales’ – los cuales llegan a superar el 30% de interés anual -. La mitad de los ingresos de los bonos se utilizarán para comprar Bitcoins, que a su vez quedarán congelados durante cinco años y se venderán para pagar a los tenedores. Además, aquellos inversores que posean 100.000 dólares en ‘bonos volcán’ durante cinco años, obtendrán automáticamente la ciudadanía salvadoreña. En definitiva, un plan que acelerará los mecanismos antes descriptos: endeudarse para comprar más Bitcoins solo va a aumentar el riesgo país, algo que puede traducirse en la imposibilidad de refinanciar y pagar las deudas.

Mientras tanto, los chinos se relamen sabiendo que los salvadoreños se encuentran ‘camino al colapso’. Aquí no hay altruismo; solo poder y recursos – y un acceso al Pacífico desde Centroamérica -. En este sentido, El Salvador está a sus pies: desde hace un par de semanas, las empresas salvadoreñas ya no podrán exportar bajo las preferencias que le concedía el Tratado de Libre Comercio con Taiwán, ya que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declaró sin lugar el amparo que había presentado la Asociación Azucarera de El Salvador. Con esta decisión, el país pierde la cuota anual de 80.000 toneladas métricas de azúcar que podía exportar a Taiwán sin el pago de aranceles, lo que representa un 15% de las exportaciones totales de este producto. Pero lo expuesto ya es solo una nimiedad ante el gigante que todo lo devora; por eso no es de extrañar que El Salvador y China ya han comenzado las negociaciones para firmar «lo más pronto posible un tratado de libre comercio”, el cual, según el gobierno centroamericano, «traerá un abanico de oportunidades para las empresas que operen en El Salvador».

Por supuesto, esta política china con mirada global ha encontrado en el sur continental una presa fácil que desde hace más de un cuarto de siglo la mira con cariño. Más aún, hace pocos días el gobierno argentino logró cierto aire cambiario a partir de la confirmación de la ampliación del swap por 5 mil millones de dólares. Cabe recordar que el esquema del swap consiste en una línea de crédito contingente de disponibilidad; una vez que se activa y se convierte a dólares, comienza el cobro de intereses por el monto utilizado. En este aspecto, un uso directo de la ampliación del swap es el pago de las importaciones provenientes del propio gigante asiático, en un año donde se espera que el déficit comercial bilateral sea de unos 8 mil millones de dólares, lo que podría ser un récord histórico. De cualquier manera, se trata de un refuerzo para las reservas, ya que los dólares que no se utilicen para pagar importaciones de China, quedarán liberados para cualquier otro destino. Y, en el contexto actual, ello es lo más relevante: billetes verdes frescos sin condicionamientos de política económica.

En definitiva, más que teoría de la dependencia versión cepalina, esto es más bien subordinación, lisa y llana, aprovechándose de la impericia de los gobiernos de turno. Como contraparte, realismo puro y duro por parte de China. Y ante esta situación, como ocurre siempre, la única forma de frenar esta dinámica, este círculo vicioso que impide poder dialogar a la par, es solidificando la institucionalidad política y la situación económica-financiera doméstica.

De lo contrario, el aluvión chino – o el estadounidense, quien rija los destinos de la humanidad en las décadas venideras –, nos llevará puestos a quienes no tenemos el ‘don de mando’ en la arena internacional. Es que lo único certero es que nadie va a parar la lógica multipolar de la lucha por el poder y la riqueza por parte de las potencias. Por ende, debemos aprovechar los todavía válidos principios de territorialidad (aunque endebles) que suelen prevalecer en la no inmiscuisión de los terrenales asuntos internos, para construir un muro de capacidades – y valores – que nos permita enfrentar el complejo mundo que se viene. Desde la discutidamente llamada ‘periferia’, pero con independencia política y económica. Y porqué no, parafraseando al general, con un poco de justicia social. 

La ‘creditocracia’, discusión ausente en las elecciones de los Estados Unidos – Ámbito Financiero – Noviembre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/estados-unidos/la-creditocracia-discusion-ausente-las-elecciones-los-n5580899

Entre julio y septiembre del corriente 2022, la deuda de los hogares estadounidenses ascendió a un nuevo récord de 15,24 billones de dólares, un incremento del 1,9% (286.000 millones de dólares) con respecto al segundo trimestre del año. Sin embargo, no ha sido un tema de discusión entre Demócratas y Republicanos de cara a las elecciones recientemente acaecidas; probablemente porque la dinámica del endeudamiento es parte de un escenario normalizado, no solo al norte del Rio Bravo, sino a nivel global: según un informe del Institute of International Finance (IIF), actualmente las deudas de los hogares a nivel global se encuentran en su punto histórico más alto, superando los 47 billones de dólares, lo que equivale al 60% del PBI mundial.

Para comenzar, podemos afirmar que ya ha quedado en desuso la moral burguesa tradicional que establece que el consumo viene posibilitado por el ahorro, siendo este producto de un trabajo previo. Por el contrario, el endeudamiento ha invertido la dinámica situacional: ya no estamos ante la capacidad de adquirir bienes y servicios como resultado de un esfuerzo ya realizado, sino que primero se compra y se consume, y luego se trabaja para pagar las deudas resultantes.

En este sentido, la visión altruista, utópica, de la provisión de crédito para las mayoritarias clases medias y bajas, es la de corregir la desigualdad de ingresos, cerrando (o difiriendo) la brecha material existente entre la (insuficiente) realidad salarial y el sueño consumista – o bienestar según quien lo quiera reflejar -. Sin embargo, nos hemos convertido en una sociedad atrapada en la ‘creditocracia’, donde el objetivo es mantener al ciudadano endeudado el mayor tiempo posible; escenario que se observa cada vez más frecuentemente en todos aquellos que deben pedir dinero prestado para satisfacer sus necesidades básicas. Como diría Delouze, el hombre ya no se encuentra más ‘encerrado bajo sociedades disciplinarias’; por el contrario, se lo controla a través del endeudamiento. Una relación de fuerza y de poder asimétrica, donde el sistema de crédito trasluce un consumo reglado, forzado, instruido y estimulado.

De este modo, no es una variable menor – sin entrar en la disputa entre si prima la ‘causa’ o el ‘efecto’ -, en el contexto de una reestructuración capitalista que ha conllevado que la mayoría de las ganancias corporativas lleguen gracias a las actividades financieras, especialmente en forma de préstamos, a través de un flujo constante de dinero que incrementa ingentemente sus ganancias. Del otro lado, un mundo en el cual millones no pueden llegar a fin de mes y a duras penas pagan el mínimo mensual, junto con exponenciales multas o recargos por pagos atrasados. Un proceso que claramente solo provee beneficios marginales y coyunturales para los trabajadores, las Pymes, y todos aquellos que buscan ser parte de un proceso virtuoso de creación de riqueza endógena.

A pesar de ello, existe una fuerte corriente subyacente de moralidad asociada a tener que pagar las deudas; como si debiera ser una de las prioridades del ser humano responsable, más allá de su condición socio-económica, la coyuntura laboral, o las contingencias que acaecen durante la vida (enfermedades, divorcios). Como diría Walter Benjamin: “la religión capitalista es una religión de la desesperación porque su culto no tiende a la redención de la culpa sino a agravarla y a convertirla en universal”. Ahora bien, como contraparte, las elites económicas no suelen preocuparse en demasía ante procesos de endeudamiento complejo y de difícil repago: ante la adversidad, son rescatadas por sus amigos o por la clase dirigente (sino pregúntenle a quienes resultaron beneficiados de la estatización de la deuda privada de 1982 en nuestro país, solo para dar uno de los incontables ejemplos). No hay consecuencias ni daño emocional; por ende, pareciera entonces que solo existe un doble estándar donde la moralidad sólo funciona en una dirección.

Bajo este carácter fetichista, el sacrificio implica que cuando el mercado, la banca o el capital así lo requieran hay que ‘apretarse el cinturón’ y aceptar las medidas de austeridad y el desempleo, además de ‘agachar la cabeza’ – generalmente sin entender demasiado – ante la expropiación del excedente social acumulado para ‘salvar’ a unos bancos ‘demasiado grandes, demasiado importantes para quebrar’, o aceptar que las arcas de los Estados se encuentren vacías porque las obligaciones impositivas de las empresas, la industria y los más ricos de entre los ricos, desalientan la inversión.

Del otro lado, se encuentra aquellos que sí sufren los créditos perpetuamente revocables y fluctuantes, presos de inflaciones y devaluaciones crónicas, que hacen de las mayorías deudoras permanentes bajo un contexto de estancamiento salarial y deterioro de los mercados internos. Aquellos que deben con anticipación su trabajo y porvenir. Como dice Baudrillard, aquellos que viven “un modo de temporalidad pre-constreñida, hipotecada”. Todo lejos, muy lejos, del altruismo financiero que mencionamos previamente en este artículo.

En definitiva, mientras cada vez una mayor parte de los hogares en los Estados Unidos y en el mundo toma deuda para pagar gastos cotidianos como alimentos y medicamentos, las elites promueven la valorización de un modelo particular de ciudadano, un modelo de gasto crediticio orientado a la responsabilidad individual. Un sistema que ‘cerca’ a las clases medias y bajas para con el inevitable uso del crédito, mostrándola como la única opción viable, sensata y de sentido común.

¿Y si ponemos por delante la deuda más importante, la deuda activa y permanente con los miles de millones de postergados de la sociedad global? ¿Y si, en lugar de involucrar una mixtura de racionalidades de mercado y relacionales, probamos con salarios más altos y dejamos el financiamiento para situaciones particulares que realmente lo requieran? Y no. Se termina el negocio, por no decir el curro, que implica, además – y por sobre todo – el mayor empobrecimiento de las mayorías.  Porque en realidad, las prácticas crediticias y las economías domésticas no deberían tratarse exclusivamente de la adquisición de bienes de consumo o de consumismo, sino de integrarse, salir de la pobreza y ser digno. Basta entonces de dejarnos llevar por los grandes medios de comunicación que confunden responsabilidad con intereses espurios. Basta que la culpa sea del chancho y nunca del que le da de comer.

¿Una crisis energética que hace peligrar el statu-quo europeo? – Cronista Comercial – Octubre 2022

https://www.cronista.com/columnistas/una-crisis-energetica-que-hace-peligrar-el-statu-quo-europeo/

Si algo ha diferenciado a la mayoría de los países de Europa sobre el resto del mundo es la capacidad de respuesta institucional para mantener, dentro de ciertos márgenes de razonabilidad, una sustentabilidad macroeconómica que evite grandes crisis sociales, a pesar de los bajos salarios o la inequidad reinante propia de la lógica sistémica. O, al menos, proveer soluciones plausibles en el corto plazo.

El caso más extremo del corriente siglo ha sido el de las hipotecas Subprime surgido en los Estados Unidos, que rápidamente se trasladó por los vasos comunicantes de las finanzas internacionales hacia el viejo continente, sobre todo a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España), pero principalmente a Grecia, donde la crisis de la deuda fue un detonante para la victoria del Partido de izquierda Syriza, ‘peligrosamente subversivo’ en términos económicos para Bruselas. La respuesta fue clara y contundente: el ajuste había que hacerlo – a pedido de los grandes bancos, principales acreedores -; sin embargo, se le brindó al gobierno heleno cierto margen de maniobra – paliativos, se podría decir -, para que el sendero a la normalidad sea lo ‘menos agónico’ posible.   

Podríamos afirmar que una razón por la cual la ciudadanía europea se haya mantenido dentro de la frontera de la dignidad, ha derivado de que la variable inflacionaria se ha mantenido imperceptible por décadas. Por ende, que gran parte de la población tenga ingresos en términos reales que alcance para sobrevivir, y no tener sorpresas a la hora de ir al supermercado, les genera alguna esperanza que las cosas cambien – para bien – en algún momento. Eso propugna la estabilidad neoliberal.

Pero las cosas han cambiado. El actual conflicto en Ucrania requiere hacer esfuerzos extraordinarios para palear una escasez de oferta energética y sus derivaciones inflacionarias (alrededor de 10% interanual en casi toda Europa). Desde una cuidadosa suba de las tasas de interés por parte del Banco Central Europeo – que analiza con cautela y temor una estanflación en el corto plazo – hasta una afirmación por parte de la Comisión Europea que sostiene que los países de la Unión deben prepararse para bloquear la minería de criptomonedas – y de paso aprovechan para obstaculizar un mercado que ha crecido un 900% en 5 años y no pueden controlar –

En términos de ayudas estatales, la recientemente saliente Primera Ministra, Elizabeth Truss, propuso un ingente aumento del gasto – 100 millones de Libras Esterlinas -, que incluía un subsidio de energía por 2 años para hogares y empresas. El problema es que al mismo tiempo propuso una exponencial reducción impositiva para los más ricos y las corporaciones de 45 mil millones de Libras Esterlinas, cuyo razonamiento era que estos últimos inviertan sus excedentes y generen producción y empleo.

Con un agujero fiscal que rondaba las 70 mil millones de Libras Esterlinas, los mercados – adalides del equilibrio fiscal – denostaron la medida, entendiendo que ello significaría una política neta de endeudamiento y, en medio de una corrida contra la libra – el Banco Central de Inglaterra debió intervenir con compras masivas de bonos para tranquilizar a los inversores -, se dio marcha atrás a una medida que le costó su dimisión.

Por supuesto, la forma de producción no ha quedo exenta de la discusión. En este sentido, el mes pasado los laboristas británicos forzaron una votación parlamentaria por el Fracking, generando divisiones dentro del propio Partido Conservador, lo que incluyó amenazas a los legisladores con la expulsión del partido si no votaban contra la moción laborista, a pesar de que en el último programa político partidario tory se había opuesto a este tipo de extracción.

¿El resultado de la crisis será entonces una base industrial más verde, como propugna los planes de transición de la Unión Europea? El tema es a qué plazo y que jugadores sobrevivirán: probablemente los que se encuentren en rubros menos demandantes de energía, como así también quienes tengan mayor espalda financiera, margen de maniobra, capacidad de generar eficiencia energética. Por ahora, el carbón, gas, o lo que sea para paliar la crítica situación cortoplacista, será bienvenido. La moraleja que queda para los hacedores de políticas públicas es que las soluciones deben ser estructurales; sino se realizan políticas de Estado cuando y como corresponde, un escenario coyuntural disruptivo puede ser altamente peligroso.

En este aspecto, el actual aumento vertiginoso de los precios de la energía está precipitando un descenso alarmante en la competitividad de los consumidores de energía industrial de Europa. Un claro ejemplo es el caso de Bayer, la empresa farmacéutica y biotecnológica que había anunciado en 2019 planes para pasarse completamente a las energías renovables. Pero ahora ha reactivado el carbón ‘por si acaso’ no puede satisfacer las necesidades para la producción. Otro caso alemán es el del fabricante de automóviles Volkswagen, quien anunció que continuará operando las centrales eléctricas en su casa matriz de Wolfsburg con carbón durante los próximos dos inviernos, en lugar de cambiar a gas como estaba previsto como parte de sus esfuerzos de descarbonización.

Al mismo tiempo, la Comisión Europea ha aprobado una normativa para reducir la demanda de gas en un 15% para marzo de 2023. Aun así, la eficacia de las medidas intra-comunitarias dependerán de la solidaridad entre los Estados miembros y la voluntad de coordinar los suministros, los cuales hasta el momento han sido infructuosos. Realidades asimétricas, intereses propios, conflictos latentes, podríamos decir. Sino pregúntenle al presidente de Francia Emmanuel Macron, enojado con Berlín por no haber consultado a sus aliados sobre los 200.000 millones de euros que volcó a la economía alemana para ayudar a amortiguar el impacto del aumento de los precios de la energía, los que según París distorsionan el ‘sistema interno del mercado único’.

Dado lo expuesto, para que los diversos gobiernos lleven cierto halo de racionalidad a las disputas inter-fronterizas, se torna también fundamental el debate sobre la distribución de los costos crecientes dentro de los diversos actores privados que participan en la economía energética regional. En este aspecto, desde la Comisión Europea se ha diseñado un plan que permitirá recaudar más de 140 mil millones de Euros con un gravamen a las ganancias extraordinarias de las compañías de gas, petróleo y carbón. “Estas empresas están obteniendo ingresos que nunca contabilizaron, ni siquiera soñaron. En nuestra economía social de mercado, las ganancias son buenas. Pero en estos tiempos está mal recibir beneficios extraordinarios, beneficiándose de la guerra y a costa de los consumidores”, señaló su presidenta, Ursula von der Leyen. ¿Tendrá el suficiente poder político para llevar adelante esta medida? ¿Podrá torcerle el brazo a uno de los oligopolios más poderoso económicamente del mundo? Difícil negociación, con probable resultado ambiguo.

En el mientras tanto, los cierres generalizados están generando preocupaciones que abren la puerta a rivales de regiones con costos de energía más bajos: urge reemplazar los 155 mil millones de metros cúbicos de gas natural provenientes de Rusia, alrededor del 40% del consumo total de gas del bloque. Es que nadie niega que una reducción o suspensión de las exportaciones, aunque sea temporal, corre el riesgo de traducirse en una pérdida permanente de cuota en el ultra competitivo mercado global. No son pocos los que entienden que la solución superadora – o la perdición definitiva – se encuentra en la geopolítica. En este sentido, Bruselas espera reducir la dependencia energética incrementando el suministro por tubería de países como Argelia y Noruega, así como aumentando masivamente las importaciones de GNL desde más lejos.

Por supuesto, dependerá el tipo de alianza/acuerdo que se pueda alcanzar con un determinado actor, en la compleja actualidad de la arena internacional. Qatar es un claro ejemplo: siendo un país que tradicionalmente envía el 70% de su GNL a clientes asiáticos con contratos fijos a largo plazo – los cuales le ofrecen certidumbre mientras invierte miles de millones de dólares en infraestructura energética – por ahora, solo podría desviar entre el 10% y el 15% de la producción actual a Europa hasta que entren en funcionamiento nuevos proyectos; sin embargo, existen inconvenientes ya que los gobiernos europeos no solo negocian a través de conglomerados corporativos – lo que genera un problema al involucrar a actores privados que, aunque persuasibles, tienen sus propios intereses -, sino que además los Estados asiáticos han puesto obstáculos ya que se encuentran preocupados por las ‘desviaciones de producción’ que puedan afectar su cuota de provisión de importación energética, con las derivaciones negativas en su participación de las cadenas de valor global que ello conlleva.

A pesar de todo lo mencionado, lo más relevante para la Elite europea es poder mantener el statu-quo, el poder y la rentabilidad de sus ganancias sin que las tensiones sociales erosionen el tan preciado ‘sistema democrático occidental’ en el cual asientan sus bases. Por eso no es de extrañar el malestar que generó en las clases medias y bajas del Reino Unido la suba de las tasas intereses y su impacto en las cuotas de los préstamos hipotecarios. O la huelga en el sindicato petrolero para exigir aumentos salariales y en protesta por la intervención del gobierno francés para romper las medidas de acción directa dispuestas por las trabajadoras y los trabajadores de refinerías.

Y así podemos seguir recorriendo la ‘Europa Desarrollada’. En Alemania y Suecia, los trabajadores de las aerolíneas exigieron aumentos salariales acordes con la inflación acumulada, al igual que los de las empresas ferroviarias. En España, las principales centrales sindicales se enfrentan a la negativa de las cámaras empresariales para avanzar en un acuerdo que permita “la renovación de los convenios colectivos en términos salariales aceptables para los trabajadores y las trabajadoras”. En Italia, miles de trabajadores y empresarios Pyme salieron a la calle a reclamar por no poder hacer frente a las crecientes facturas de energía.

¿La respuesta de los gobiernos? ‘Creatividad administrativa’, conciencia para cuidar al máximo los gastos, reducir la demanda de energía, y sobrevivir al actual – que lleva ya varios meses – escenario de zozobra. Un proceso de socialización de pérdidas, esfuerzos colectivos típicos de momentos bélicos de siglos pasados. La humanidad no cambia, y los valores nacionalistas creados culturalmente tampoco. Por supuesto, nada toca las bases del sistema. Ni las problemáticas subyacentes de una región que se desangra en un proceso de desindustrialización, gentrificación reemplazada con inmigrantes de bajos salarios, y una glorificación asimétrica de las diferencias de productividad que promueve el capitalismo neoliberal.

Jean Monnet solía decir que «La gente solo acepta el cambio cuando se enfrenta a la necesidad, y solo reconoce la necesidad cuando la crisis se avecina». ¿Hay miedo a la agresión militar rusa? Probablemente en algunos sectores de la población. Lo que seguro existe para las crecientes clases medias y bajas es más preocupación por el impacto de la guerra en términos de escasez e inflación. Nunca más apropiado recordar a aquel profesor de tango argentino, el cual se había ido a vivir a Ucrania, y que en los albores del conflicto sostuvo en una entrevista televisiva: “Me fui del país por la difícil situación económica, y aquí nos va muy bien. No le tengo miedo a un misil, soy de Lanús. Volvía todas las noches a mi casa a las tres de la mañana. Eso sí da miedo”.

Mientras tanto, la rueda sigue girando. Y aunque las presiones populares se acrecientan y los partidos de extremas ganan cada día más adeptos, por ahora, el statu-quo se mantiene infranqueable. A resistir; sobre todo, pensando en un conflicto de largo plazo, en un mundo bipolar que ha cambiado las lógicas de poder macro. Sin embargo, para la microeconomía de las mayorías desfavorecidas de la otrora ‘Europa de la prosperidad’, por ahora todo sigue igual. O peor.  

Objetivos puntuales, decepciones generalizadas – Ámbito Financiero – Octubre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/objetivos-puntuales-decepciones-generalizadas-n5566167

Así está el mundo. Alejado de los grandes acuerdos programáticos e ideológicos, con objetivos puntuales, ya que cambiar el sistema es imposible. ¿O en realidad, según la interpretación que se puede embeber de los medios de comunicación masivos, las modificaciones marginales que satisfacen intereses particulares pueden ser suficientes para alimentar el gran estímulo de consumo capitalista que nos asegure la felicidad? Lo único que podemos afirmar es que los oficialismos, el Estado, no lo puede proveer en cantidad y calidad para todos; más aún, se suele estar cada vez peor, donde para las mayorías todo es más costoso y complejo. Entonces no sorprende que se persiga lo opuesto y más agresivo, más intolerante. Aunque en realidad, no queda bien en claro que pueda brindar soluciones. Más aún, generalmente – para no decir casi siempre – esto no es así.

La absurda muerte de Mahsa Amini, el 16 de septiembre, tres días después de que la llamada ‘policía de la moral’ la arrestara por no llevar correctamente puesto el velo, desató una revuelta nunca vista desde la Revolución Islámica. Ellas solo piden derechos y libertades, en un país en el que sufren discriminaciones en todos los niveles, donde les es imposible compatibilizar la lucha cotidiana por expresarse y vivir según sus gustos y deseos, con un régimen enajenadamente represivo. Por suerte, prima el altruismo: ellas no promueven el ‘ojo por ojo’, dejando en claro que no reniegan la premisa que sostiene que la potestad de uno termina donde empieza la del otro, y que cada mujer puede escoger si vestir atuendos occidentales o más conservadores.

En realidad, el problema de fondo es la pérdida de control. Y ello no es algo de ahora; previo a la revolución había ciertas libertades sociales, pero no políticas. Todos los partidos estaban controlados por el rey: era una sociedad vigilada, la prensa no podía ser independiente, y cualquier tipo de activismo político podía llevar a los ciudadanos a prisión. Pero, además, el complemento de no poder dominar es, sencillamente, el miedo. Temor a que se desmorone el preciado statu-quo que algunos tan sigilosamente protegen. Solo para citar un ejemplo, los clérigos sostienen que, si conquistan ciertos derechos profesionales y sociales, las mujeres van a descuidar su rol de madres y esposas.

Algunos podrán decir que lo expuesto es lo contrario a lo que ha ocurrido en Cuba hace pocos días: la mayor parte de la población ha dicho ‘sí’ al referéndum que aprobó un nuevo ‘Código de las Familias’, el cual permitirá el matrimonio igualitario, la adopción por parejas del mismo sexo y la ‘gestación solidaria’ (vientre subrogado sin compensación económica), entre otros avances que garantizan derechos durante décadas vedados y que suponen un paso de vital relevancia social, en un país que en los años sesenta del siglo pasado marginó a los homosexuales y los internó en campos de trabajo forzado.

Sin embargo, la victoria para las minorías ha sido empañada por la coyuntura – es razonable que así sea -, y también debe exponerse: los derechos sociales, jurídicos, políticos y económicos deben ir de la mano, y no ser excluyentes a tal punto conque sea suficiente que se solapen unos con otros. Si escasean los alimentos y las medicinas, si es costoso alcanzar la supervivencia material básica, los esfuerzos podrán ser valorados, pero siempre serán insuficientes. Sobre todo, para una oposición que grita a los cuatro vientos “Patria y Vida” contra la administración del presidente y primer secretario del Partido Comunista, Díaz Cannel.  Es que, en el mediano o largo plazo, la realidad siempre termina decantando en el pedido oxigenante para vivir mejor: desconocer, limitar y hasta criminalizar el disenso, o el ocultar errores e insuficiencias propias, termina pulverizando el medianamente válido argumento de que ‘la culpa la tiene el bloqueo’, o que no todas las variables económicas endógenas o exógenas puedan ordenarse propositivamente.

En sentido similar, observar el ascenso al poder de la líder fascista Giorgia Meloni en Italia deja entrever los temores, pero especialmente la apatía o el desconocimiento – la abstención da un salto histórico al alcanzar el 36% -, sobre todo porque la historia ha demostrado que libertad política y los indicadores socio-económicos han sido desfavorables para la mayoría de los italianos de aquella época. Por ello no es extraño que haya algo más, ese empujoncito siempre necesario para terminar de conquistar el ‘voto anti’ de los decepcionados corazones: las políticas del anterior gobierno de centro-izquierda, no han hecho más que favorecer el ascenso de la derecha, sin constituir ninguna alternativa apreciable en materia de derechos, condiciones favorables para la clase trabajadora y desarrollo económico sustentable. Más aún, solo han normalizado conceptos como ‘represión’, ‘nacionalismo’ y ‘militarismo’.

A todo esto, hay que adicionarle que este contexto también muestra un mal sistémico de nuestra época: la confirmación de la gran desconexión entre los partidos ‘gobernantes’, las instituciones y la masa de ciudadanos; especialmente entre los jóvenes (donde la tasa de abstención se acerca al 50%) y el Sur olvidado. Pobres, confundidos e ignorantes; eso es lo que desean aquellos que solo quieren mantener sus privilegios. Los de adentro y los de afuera.

Porque, finalmente, todo termina siendo una pelea entre ‘la casta’. La propia Úrsula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión de la Unión Europea, había dicho con expresión autoritaria y ambigua: «Veremos el resultado de la votación en Italia. Si las cosas van en una dirección difícil, tenemos instrumentos, como en Polonia y Hungría». Se refería, con tono amenazante, a las potenciales sanciones a países con gobiernos «iliberales» que no votan según los ‘valores de Europa’. ¿Se posiciona la ‘Europa democrática’ en contra de las derechas eclesiásticas nacionalistas? No. Solo quieren ‘paz social’ y poder acordar con ‘pares’ que manejen los mismos ‘códigos institucionales’ para hacer negocios. Nada le interesan los desclasados y los parias de la exigua seguridad social.                                                                                            

Bajo lo expuesto, podemos afirmar que estamos cada vez más lejos de la anarquía, pero más cercanos a una decepción cíclica que nos hace olvidar el pasado recurrentemente. Y ese es el peor error: podemos dejar pasar todo, banalizar situaciones, pero nunca olvidar la historia. Porqué para avanzar hacia un escenario superador (de eso se trata la vida, que las futuras generaciones vivan mejor que nosotros), tenemos que entender que hay ciertas cuestiones que no se pueden volver a repetir.

En definitiva, la temática del velo, en el fondo, es un símbolo. Reconciliarse con un pasado cercano de intolerancia y discriminación, es un avance insuficiente. Y las mayores restricciones a los derechos civiles de los grupos LGBT y los inmigrantes, es un retroceso peligroso. Toda una muestra de película de época. La triste conjunción es tener que darle algo de razón a los que insisten que la historia es cíclica, que la violencia junto con la apatía sectaria sean el plafón de pujas de intereses por el poder y la riqueza que, lamentablemente, continúan siendo el per se de la humanidad.  

La bipolaridad, el nuevo statu-quo internacional -Ámbito Financiero – Septiembre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/rusia/la-bipolaridad-el-nuevo-statu-quo-internacional-n5543925

En medio de la escala de tensiones en una guerra todavía ‘tibia’, los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, y de China, Xi Jinping, se reunieron por primera vez desde el inicio de la guerra en Ucrania bajo el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un grupo conformado por China, Rusia, India, Pakistán, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán, el cual ha sido fundado en 2001 como una organización política, económica y de seguridad para rivalizar con las instituciones occidentales. 

En la reunión, el líder chino se ha abstenido de condenar la operación rusa contra Ucrania o de calificarla de «invasión», en línea con el Kremlin. Por su parte, Putin respaldó explícitamente a China en relación con Taiwán: «Tenemos la intención de adherirnos firmemente al principio de ‘una sola China'». Además, mientras el primer mandatario ruso condena “las provocaciones de Estados Unidos y sus satélites en el estrecho de Taiwán», Beijing sostiene que se está en contra de las sanciones contra Moscú por “no tener base en el derecho internacional” y “no solucionar los problemas de fondo”, a pesar de que Putin sostuvo que usará todos los medios – inclusive los nucleares – para defender la “integridad territorial de Rusia”. Hay quienes dudan de una alianza, aunque sea tácita. Pero los gestos y discursos dicen mucho. Y aunque cada Estado tiene sus intereses propios, está claro de qué lado de la novedosa cortina de hierro quedarán.

Bajo el escenario descripto, para combatir al nítido enemigo occidental y mientras Europa intenta alejarse del petróleo y el gas rusos, Putin continuará impulsando los vínculos como Asia, como por ejemplo el reciente acuerdo para con la construcción de un oleoducto hacia China a través de Mongolia. La historia ya lo ha demostrado: el afianzamiento económico es la base para la solidificación de cualquier alianza política. 

En este sentido, es interesante que, tanto China como Rusia, buscan repetir aquel liberalismo clásico entre Estados (no así a nivel intra-estatal) que promovió la otrora Unión Soviética con sus países satélites, o el mismo gigante asiático luego de su ingreso formal a la OMC en el año 2001. «Nuestra política está desprovista de todo egoísmo. Esperamos que los demás participantes de la cooperación económica construyan sus políticas sobre esos mismos principios, sin utilizar el proteccionismo, las sanciones ilegales y el egoísmo económico para sus propios fines», dijo Putin.

Y de allí, de la diplomacia fraternal, los aliados orientales se encuentran a un paso de la ayuda militar. No por nada a principios de mes navíos rusos y chinos efectuaron una patrulla conjunta en el océano Pacífico para «reforzar su cooperación marítima». Más aún luego de las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en las que afirmaba que Estado Unidos está dispuesto a intervenir militarmente en Taiwán. «Es una grave vulneración del compromiso estadounidense a no apoyar su independencia», advirtió Mao Ning, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China.

Ante este caótico contexto, no es extraño que Beijing refuerce su concepción belicista. Por ejemplo, luego de la reciente reunión de los líderes de Kazajistán y China, Xi le propuso a la república centroasiática fortalecer la cooperación en el ámbito militar y de seguridad a la vista de la ‘difícil situación internacional, defendiendo la seguridad común en la lucha contra el tráfico de drogas y el crimen organizado internacional’, así como contra las tres «plagas» – término utilizado por Pekín para referirse al terrorismo, el separatismo y el extremismo religioso -. Es que estos momentos de escalada de tensiones son más que útiles para ‘meter todos los gatos en la misma bolsa’. No por nada el gobierno chino ya ha utilizado esta fórmula para justificar la represión de la población musulmana uigur en Xinjiang, región china fronteriza con Kazajistán.

Por supuesto, en esta ‘amplitud’ de la búsqueda de alianzas ‘orientales’ que permitan eludir las sanciones occidentales, Putin se reunió con el presidente iraní Ebrahim Raisi, con quien trató la pronta firma de un gran acuerdo de cooperación aprovechando el drástico incremento de los intercambios comerciales en los últimos años. También lo hizo con el primer ministro indio Narendra Modi – India se ha convertido en el segundo comprador de petróleo de Rusia, después de China -, y con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, con quien abordó el cumplimiento del acuerdo de exportación de cereal y fertilizantes desde Ucrania y Rusia alcanzado en julio pasado en Estambul.

Sin embargo, este contexto de bipolaridad no se encuentra exento de ‘temores’; es que las sanciones a la ‘cubana’, se encuentran a la orden del día.  Por ejemplo, algunas empresas turcas han empezado a rechazar el pago a través del sistema ruso de tarjetas MIR ―un acuerdo anunciado tras el anterior encuentro entre Putin y Erdogan― por miedo a ser objeto de sanciones secundarias por parte de Occidente. Por supuesto, la picardía del ‘empresario innovador’ Shumpetereano – por supuesto con el soporte gubernamental de Moscú – reflota en cualquier geografía y momento histórico: rusos con pasaporte turco y a través de empresas que son formalmente turcas (en la primera mitad de 2022 se fundaron 601 empresas con capital ruso en Turquía), son libres de comerciar tanto con los países miembros del club comunitario europeo, como con Moscú.

A ello hay que adicionar el sistema ‘a la swap chino’ – está listo para su entrada en vigor un acuerdo que permitirá a Turquía pagar un 25% del gas que adquiere de Rusia en rublos, a lo que además Erdogan había propuesto pagar en parte en liras turcas -, como así también la inversión extranjera directa (IED) en la central de Akkuyu, la primera nuclear que tendrá Turquía y que construye una empresa rusa con una inversión de algo más de 9.000 millones de dólares. Y porque no, un dato de color: el apartado de “Errores y omisiones” de la balanza de pagos de Turquía se ha incrementado hasta cifras récord (24.400 millones de dólares en los siete primeros meses del año), algo que algunos dicen por lo bajo que son ingresos en el sistema financiero turco a través de ‘canales no oficiales relacionados con Rusia’. Hecha la ley, hecha la trampa. Sobre todo, en épocas donde la inteligencia económica y las artimañas financieras se encuentran a la orden del día.

En definitiva, en el ajedrez internacional, más complejo que nunca, la actividad se ha potenciado ante esta ‘novedosa bipolaridad’, proveniente de la resquebrajada unipolaridad estadounidense desde finales del siglo pasado – comenzando con la crisis neoliberal/financiera de los tigres asiáticos y Latinoamérica -, donde la multipolaridad ficticia creada se tornó inefectiva, y la búsqueda de acuerdos regionales se comenzaron a enmarcar claramente en vínculos estatales bilaterales de base, aquellos que realmente han logrado consistencia y (algunos) resultados positivos.

Ante este contexto minimalista, urge la necesidad de generar una fortaleza endógena, de la creencia en instituciones que funcionen, libres de los vicios de la corrupción y de la inoperancia. En el tablero actual, el individualismo estatal es la moneda corriente en un juego pragmático, en donde todos los países buscan aprovechar cada nicho, cada oportunidad de lograr una alianza oportuna.

Es que mientras las tensiones escalan y las interrelaciones pueden ser decisivas en un potencial novedoso posicionamiento global, un paso en falso puede ser peligroso. Más aún en un país como el nuestro, donde todavía no queda claro que nuestra ‘tercera posición’ en política exterior, nos haya brindado en algún momento reales beneficios. ¿Culpas propias o de terceros? ¿Ambas? La respuesta es discutible. Ahora bien, la única verdad es la realidad. Y hasta el momento, al menos en términos de nuestro histórico posicionamiento global, la dinámica tendencial lejos ha estado de ser favorable.     

China ¿la bondadosa? – Ámbito Financiero – Septiembre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/china/la-bondadosa-n5529818

El Gobierno de China, el prestamista bilateral más grande de África, confirmó la condonación de la deuda de 17 países del continente por 23 préstamos sin intereses que vencían a finales de 2021. Como si fuera poco, redireccionó 10.000 millones de dólares de sus reservas del Fondo Monetario Internacional a las naciones del continente. Ello no es una novedad: desde el año 2000 hasta la actualidad, China otorgó más de 200 mil millones de dólares en préstamos a los gobiernos africanos y sus empresas estatales, la mayoría a través de líneas de crédito y financiación para el desarrollo.

Aunque los detalles del alivio anunciado no se conocen – tampoco el monto o los países beneficiarios -, el precedente nos dice que seguramente el gigante asiático examinará caso por caso y diseñará estrategias específicas con cada país. La reducción de la deuda, el aplazamiento de los pagos del préstamo, el refinanciamiento y la reestructuración de la deuda, son políticas comúnmente utilizadas por el gobierno chino hacia la región: solo para citar un ejemplo, en 2018 China acordó una reestructuración de la deuda con Etiopía, incluido el préstamo de 4 mil millones de dólares para el ferrocarril Addis-Djibouti, extendiendo los plazos de reembolso a 20 años.

La situación no parece requerir un análisis complejo: hace años la intención de China es que África considere a Beijing como su socio de desarrollo estratégico de largo plazo, la potencia a la cual acudir para obtener inversiones y generar dinámicas de acumulación de capital.  

Para China, África posee dos ejes principales de interés, los cuales se encuentran intrínsecamente concatenados. Por un lado, el continente desempeña un papel importante en la Ruta de la Seda, un proyecto mundial de infraestructuras para interconectar los países en desarrollo y desplazar el centro de la economía mundial hacia el este. Bajo este marco, se encuentran beneficiadas áreas tan diversas como la comercial, la sanidad, la infraestructura, y diversas industrias manufactureras y de servicios. En este aspecto, con mayor o menor ‘efecto derrame’, el objetivo chino se encuentra cubierto.

Sin embargo, la característica saliente es el vínculo para con la explotación de los recursos naturales. El comercio, los préstamos y las inversiones chinas en África, se encuentran firmemente articulados por el eje estratégico chino de garantizarse el abastecimiento de alimentos, materias primas y combustibles.

A ello debemos adicionarle metas secundarias, de baja rentabilidad económica de corto plazo, pero de relevante gesto político para estrechar lazos con la región y, sobre todo, desplazar otros actores estatales: desde la inmigración china con la consecuente implantación de población y los vínculos con la metrópoli;  el desarrollo socio-económico a través de créditos y préstamos preferenciales para la construcción de Hospitales o la provisión de insumos y entrenamiento a los agricultores de África; el ‘reconocimiento de marca país’ – por ejemplo con la cancelación de deuda para 15 países africanos por valor de 114 millones de dólares durante la pandemia en 2020 -; o mismo el apoyo militar – con todas las implicancias geopolíticas y el dinamismo de la industria de la defensa que ello conlleva -, en la lucha (“en apoyo a la paz y la seguridad de África”) contra el terrorismo. Por supuesto, siempre desde una ‘perspectiva africana’.

En este sentido, el presidente chino, Xi Jinping, insistió en que la inversión china no conlleva compromisos políticos, sino que busca el desarrollo del continente: «Prometemos que no habrá ninguna interferencia en los asuntos internos de los países africanos, ninguna imposición, ningún compromiso político, ninguna búsqueda de beneficios políticos egoístas».

Por supuesto, este es un tiro por elevación a todos los diversos modos de ‘imperialismo occidental’. Aunque más directo fue el Ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, quien puntualizó que espera que África, junto a China puedan actuar juntas “especialmente frente a las diversas formas de prácticas hegemónicas y de intimidación para salvaguardar, de este modo, la equidad y la justicia internacionales”.

Es que China no tiene relaciones de subordinación semicolonial sobre otros países, además de carecer de los atributos de hegemonía cultural con los que los estadounidenses y europeos introdujeron en el pasado elementos ‘consensuales’ en su dominación sobre regiones como la africana. Por ende, el llamado Consenso de Beijing suele ser presentado como ‘más amigable’ que el Consenso de Washington. Y aquí hay una verdad irrefutable: los Bancos de desarrollo chino no imponen condicionalidades políticas como las instituciones financieras internacionales, como es el caso del FMI o el Banco Mundial.

Por supuesto, lejos podríamos estar de afirmar que China es un “actor benevolente”, ya que el ‘perdón de la deuda’ implica la asunción de otros compromisos: por ejemplo, la firma de contratos a cambio de la concesión de derechos de explotación de materias primas. Por otro lado, África importa ingentes cantidades de manufacturas y bienes de capital, generando un déficit comercial de difícil reversión. A ello hay que agregarle que las inversiones chinas están en su mayor parte orientadas a la producción y transporte de esos productos. Y si además le adicionamos que los préstamos se encuentran destinados, en buena medida, a financiar esas inversiones o empresas que compran productos chinos, el combo de beneficios para China es envidiable.

Eso lo sabe Estados Unidos y lo grita a los cuatro vientos cada vez que puede atacar a su rival geoestratégico oriental – aunque con una discursiva quirúrgica, para no herir más de lo que están las susceptibilidades chinas que puedan hacer tambalear el sistema financiero internacional -: “Los países africanos deben tener cuidado con estas inversiones para no perder su soberanía, el control de sus propias infraestructuras y de sus recursos».

Es que, desde el lado occidental de la resurgida cortina de hierro, insisten en que la relación reproduce el esquema decimonónico de intercambio de materias primas por industria y de inversiones en la infraestructura vinculada con la explotación de los recursos primarios. Y estas inversiones se caracterizan por la escasa transferencia tecnológica y la coacción para la contratación de empresas chinas para llevar adelante estos proyectos (además de proveer los insumos y materiales), la obligación de comprar productos chinos, o la participación de las empresas chinas como adjudicatarias en los proyectos, reforzando el desplazamiento industrial de la región, y acentuando el proceso de reprimarización. 

Por supuesto – y esto es algo que no es políticamente correcto mencionarlo -, la responsabilidad de esta situación no es, por cierto, completamente de China, sino también de los gobiernos africanos que no aprovechan los recursos para articularlos con un sólido programa de industrialización endógeno, negociar transferencia de tecnología, o exigir asociaciones de los capitales chinos con empresas locales. Después de todo, eso es lo que hicieron los países asiáticos que crecieron en décadas pasadas, y lo que hacen los chinos hoy. Sin embargo, hay que sincerarse: no es fácil discutir con el ‘papá que todo lo puede’ y, sobre todo, ‘el que da el dinero que se necesita’.

En el mientras tanto, China se limita a responder en base a la reivindicación de su defensa del multilateralismo frente al unilateralismo y proteccionismo que ‘emana occidente’, asegurando que las relaciones que mantiene con África son un modelo de cooperación Sur-Sur. Ese marco teórico centro – periferia que las democracias capitalistas del norte potenciaron, y ahora aborrecen bajo el actual escenario sistémico complejizado de ‘guerra fría’ bipolar.

En este aspecto, Beijing se ha comprometido a aumentar el comercio con África y ha llegado a acuerdos con 12 países del continente para eliminar los aranceles del 98% de los productos que exportan a China. Más aún: los chinos sacan a relucir las estadísticas, el dato cuantitativo irrefutable: los responsables de la gran mayoría de la deuda en la que están atrapados los países del sur son los gobiernos occidentales, las instituciones financieras, los bancos y los fondos buitre. Y no China.

Y así podríamos continuar infinitamente: dentro del entorno de las ciencias sociales, podemos buscar permanentes reposicionamientos, golpes bajos de uno y otro lado, con la flexibilidad y las verdades relativas que una ‘ciencia no exacta’ nos permite. Sobre todo, en este mundo donde la historia la escriben los que ganan; y como ya sabemos, principalmente bajo el discurso hegemónico de los medios de comunicación occidentales, los cuales todavía dominan nuestras latitudes.

Podríamos entonces finalizar sobre cómo conviene posicionarnos ante este contexto no menor; o siendo más concisos, qué política de Estado deberíamos tener para proyectarnos bajo una consistente y beneficiosa lógica global. Podríamos pensar que el pragmatismo, el análisis quirúrgico y, sobre todo, la acción inteligente, serían las mayores virtudes que deberíamos tener en nuestra ya complicada ‘tercera posición’. Parece fácil, pero no lo es. Sobre todo, mientras nuestras miserias domésticas nos siguen obstaculizando el poder comprender la relevancia estratégica de un mundo dinámico que sigue girando. 

La inflación, el factor desestabilizador tan temido – Cronista Comercial – Agosto 2022

https://www.cronista.com/columnistas/la-inflacion-local-y-mundial-los-tres-factores-que-empujan-su-efecto-social-desestabilizador-y-la-reaccion-de-las-personas/

La inflación a nivel mundial está en boca de todos. Impulsada por una combinación inusual de shocks de la oferta asociados con la pandemia y luego con el conflicto Ruso-Ucraniano (a lo que se le adicionan las tensiones permanentes en el Mar de la China Meridional), puso sobre el tapete una vez más tanto la relevancia de los recursos estratégicos y la geopolítica – alimentos, gas, litio, etc.  -, como la interdependencia de las cadenas de valor global, en un mundo donde las barreras políticas superan con creces a las económicas/financieras.    

Vayamos ahora a los fríos números. Y para poner dentro del marco de análisis una muestra razonable, dejemos de lado los casos de ‘descontrol por fuera de la media’ – como sería el caso de nuestro país -, para focalizarnos en la mayor parte resto del mundo donde, desde hace décadas, la normalidad del índice se sitúa en un dígito. Como indican los libros.

En Europa, la inflación interanual se ubicó en el 8,9%, por lo que el Banco Central Europeo acaba de subir las tasas por primera vez en más de diez años. En el Reino Unido se ubica en torno al 10%. Estados Unidos ronda el 9,2%. Si nos corremos hacia el Oriente, tanto en China como en Vietnam, Indonesia, Japón y Malasia, así como también en Taiwán, Hong Kong y Macao, la inflación permanece por debajo del 4%. Las razones son diversas: un ‘cierre pandémico’ que todavía juega fuerte, precios claves intervenidos (como es el caso emblemático de la electricidad), o la prohibición de exportaciones de bienes relevantes para sus economías (el pollo en Malasia o Indonesia con el aceite de palma, solo para citar un par de ejemplos). En todas las medidas se observa, siguiendo los patrones de la historia regional, el fuerte paternalismo estatal.  

En cuanto a nuestros países vecinos, la situación no varía en demasía de lo que ocurre en el resto del mundo occidental: Chile ronda el 13%, Brasil el 10% y Paraguay el 11% interanual. El ejemplo, aunque asombre a muchos, parece ser Bolivia: 2% desde Agosto de 2021 al corriente mes. Macroeconomía estable, empoderamiento de los recursos estratégicos, acuerdos firmes con todos los sectores inmersos en la puja distributiva y con incidencias sobre el nivel de precios. Parece sencillo, pero es una construcción institucional que llevó su tiempo, y así lo entendió cabalmente el Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales y compañía: a la bendición de los recursos naturales estratégicos, había que conjugarlo con pragmatismo, ideas fuerza claras, y un norte bien definido. Sin titubeos. 

Ahora bien, ¿cómo impacta este escenario ‘inflacionario en exceso’ en la sociedad? Aquí se encuentra un punto fundamental: la gran virtud de los hacedores del actual ‘Sistema-Mundo’ impregnado en una lógica neoliberal, estuvo en su capacidad de establecer un nuevo modelo antropológico, que es el modelo del individualismo posesivo, de la competencia como forma de vida, de la precariedad social como manera natural de existir en el mundo.

En tanto a este último punto, la inflación, a diferencia de un escenario recesivo o de pobreza, no puede ser enmascarada en las culpabilidades endógenas; por ejemplo, uno puede estar desocupado por no estar lo suficientemente capacitado, por no poder adaptarse a los cambios tecnológico-productivos, o por no tener el suficiente ímpetu – por no decir pereza – para enfrentar el mercado laboral.

Por el contrario, un contexto inflacionario le proyecta al ciudadano automáticamente la culpabilidad exógena: del gobierno inoperante, de las corporaciones monopólicas formadoras de precios sedientas de rentabilidad, de la debilidad de la moneda, etc. El otro es quien me causa el ‘no llegar a fin de mes’ por los precios que suben todo el tiempo, o el que me imposibilita tener previsibilidad para que mi emprendimiento funcione.  

Bajo este marco, es entendible que el gran capital concentrado se identifique con la mayor amplitud posible de la esfera política, como la ‘solución de gobernabilidad’ perfectamente plausible. A lo único que le temen es a la inestabilidad provocada por las tensiones sociales de aquellos que sienten que es el sistema, y no sus propias incapacidades, lo que los sumerge en la pobreza. No por nada entonces los principales gurúes del mercado, aquellos embebidos en consultoras sostenidas por los poderes fácticos, insisten en que, aunque la recesión y la inflación son indeseadas, “la inflación es la primera que hay que atacar”.

Es verdad que sin estabilidad macroeconómica no se puede combatir la pobreza. O mismo que una inflación elevada puede tomar muchos años en ser ‘derrotada’, mientras que las recesiones se pueden superar más rápidamente. Pero el verdadero ‘Leitmotiv’ del férreo discurso antiinflacionario es imponer la lógica de la estabilidad, del sosiego. Ante un escenario recesivo, uno puede llegar a analizar que no se encuentra trabajo por una falta de aptitud nuestra en la entrevista laboral; o que el negocio del que somos dueños no vende no porque no hay dinero en el bolsillo de la gente, sino porque uno no es lo suficientemente creativo para saber qué, cómo y dónde vender. Y así podemos seguir inculpándonos a nosotros. Porque la explicación a través de los grandes medios de comunicación es más fácil de manipular, moldear, tergiversar, evitando que se piense – aunque sea se reflexione -, de que el verdadero problema es el sistema y no uno.  

Bajo una inercia inflacionaria, pasamos por el supermercado y observamos que el precio de nuestro salario siempre viene corriendo por detrás. Ni que hablar de las Pymes que no pueden reponer la mercadería, por falta de insumos o por precios que se duplicaron en cuestión de días. Ahora bien, podemos pensar que todos pierden, pero no es así. Con un proceso inflacionario siempre hay algunos que ganan. Y generalmente – por no decir siempre – los vencedores se encuentran entre las grandes corporaciones monopólicas de la economía real o la financiera; que si no se ven beneficiados por su posición dominante en el mercado, tienen espalda financiera – dólares afuera dixit -, además de contactos políticos que les mantienen los privilegios (subsidios, exenciones, aranceles preferenciales), que les auguran suficiente resto para esperar displicentes que capee el temporal.

Por ello lo más relevante para las elites políticas en un escenario inflacionario es lograr desesperadamente que las tensiones sociales se amainen, que las almas se tranquilicen.  Porque el distinguir las responsabilidades de las elites económicas no solo es más difuso – en un modelo donde prima la acumulación, salvo casos de obscena corrupción es muy difícil demostrar su responsabilidad sistémica como monopolios concentrados que obstaculizan el desarrollo socio-económico de la nación -, sino que además son especialistas en lavar culpas. Mejor dicho, en trasladárselas a la inoperancia de los gobiernos de turno. Cómplices hasta que dejan de servir. Y en momentos donde la inflación es galopante y acecha a las mayorías desahuciadas, el poder político de turno es un fusible rabioso siempre a tiro de volar por los aires.

Pero por las dudas, porque siempre existe la posibilidad de que las tensiones y el malestar se potencien exponencialmente y arrastren al ‘círculo rojo económico’ a un esquema del que pueden perder, holgadamente, los estructurales beneficios que poseen (sino pregúntenle a Piñera como una decisión política como lo fue un incremento en el boleto de transporte conllevó al fin de la Concertación y los privilegios de una minoría en Chile), el poder económico concentrado debe ser precavido. Por ende, para las elites económicas siempre es preferible combatir con vehemencia la inflación y no una recesión empobrecedora diluida en responsabilidades. Y es que aunque ambos son los peores males que cualquier economía debe combatir – sin mencionar los problemas más agudos de la propia  estanflación, que requiere un capítulo de análisis aparte – es claro que eliminar de cuajo la inercia inflacionaria es la forma más eficaz para la mantención del statu-quo.      

La Equilibrista que llegó del Espacio – Infobae – Septiembre 2022

https://www.infobae.com/cultura/2022/09/01/la-equilibrista-que-llego-del-espacio-ciencia-ficcion-familia-y-argentinismo-a-flor-de-piel/

Cuando abría el diario de adolescente, nunca dudaba en comenzar en la sección “Mundo”. Años más tarde, aquellos momentos que entremezclaban ocio y aprendizaje se habían transformado en el disfrute de una carrera profesional y un norte alcanzado: había finalizado mi doctorado con la tesis ‘El escenario económico de la inmigración mexicana en los Estados Unidos. Del dilema social al conflicto interestatal’.

En aquel momento, título en mano, hice mi primer ‘click’: con algunos retoques, confié en que podía explicar de forma didáctica y sencilla, cómo la decisión de un colectivo de individuos de emigrar y buscar una vida mejor, podía derivar en una diversidad de aristas económicas que, a su vez, confluyen hasta finalizar en tensiones o acuerdos diplomáticos estratégicos. De aquella reconversión resultó mi primer libro.   

De a poco fui desarrollando mi pasión por la escritura y, ya con algunos años de docencia universitaria y varios artículos publicados, comencé a escribir ‘La sociedad anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana’. El anterior ensayo había sido muy específico, muy minucioso sobre un escenario puntual. Pero Wallerstein y su ‘sistema- mundo’ se habían impregnado en mi mente y en mi corazón: deseaba hacer un trabajo totalizador, aquel que pudiera poner a disposición mi conocimiento para intentar explicar no solo como funciona el mundo, sino – y sobre todo – como lo comprenden las personas que lo habitan.  

Es que en la historia de la humanidad los dilemas son cíclicos, se ‘aggiornan’ a cada coyuntura espacial y temporal, pero nunca desaparecen: la ambición por el poder y la riqueza, la permanente lucha – prolongada y compleja – por la libertad y la justicia, la comprensión del posicionamiento que tiene cada uno en un mundo eminentemente clasista, y así podríamos continuar. Si bien podrá existir un diferencial en cuanto a lo tecnológico, la esencia, aquella que conjuga lo que nos apasiona, los deseos, lo que nos motiva a perseguir nuestros sueños, no cambia.

En el mientras tanto, las obligaciones de la vida cotidiana no lograron detener mi pasión por la lectura de novelas distópicas, especialmente aquellas con una relevante impronta ideológica, donde la economía, la política, y las temáticas sociales relucen a flor de piel; desde las clásicas como ‘1984’, ‘Rebelión en la Granja’ o ‘Mercaderes del Espacio’, hasta las más recientes ‘V de Vendetta’, ‘Rendición’, o ‘El Círculo’.

Entonces me pregunté a mi mismo: ¿por qué no escribir una novela? ¿Por qué no animarme a conjugar mis conocimientos de economía y relaciones internacionales, con todo lo que había absorbido a través de mis lecturas sobre escenarios de distopía? Por supuesto tuve dudas: adentrarme en un nuevo mundo, sin todas las herramientas que uno entiende debe tener todo escritor de un género específico, podía resultar demasiado audaz. “No importa que no tengas experiencia en la temática, vos arranca a escribir”, me dijo mi amigo y escritor Fernando Chulak. Ese fue el empujoncito que me dio la confianza necesaria para comenzar; con los temores lógicos, pero también con todas las expectativas que implica escribir una novela que guste, que se disfrute, que ayude a reflexionar.

Digo esto porque a pesar de ser una historia que se centra en la familia, la pasión, el altruismo y el amor, se trasvasa permanentemente por la economía, la política, los temas internacionales. También se tocan cuestiones judiciales, medio ambientales, de recursos y tecnología. Pero sobre todo hace referencia a la puja de intereses de los que menos tienen con los poderes fácticos. Y ello implica un legado de lucha, de nunca rendirse, que se refleja a través de las decisiones firmes, la estrategia, el valor y la ética. El poder expresar, como se pueda – en este caso el de una protagonista adolescente – lo que se piensa, y posteriormente llevarlo a cabo, cumplir con la palabra. Que no es poco. 

Hubo tiempos donde pude avanzar más rápido; otros más lentamente. Durante la pandemia, junto a mi esposa Fanny los días se destinaban al cuidado de la pequeña Malena, mientras estábamos en la dulce espera de Camila. Pero las noches eran mías, y me dieron el tiempo suficiente para, con la paciencia necesaria, darle los arreglos apropiados que permitan generar ese dinamismo atrapante que necesita todo relato. Pero además – y sobre todo – pulir algunos detalles para que se vieran reflejados claramente aquellos valores en los que creo fervientemente.

En este sentido, y tal como lo refleja mi prologuista Daniel Blanco Gómez, nunca dude en que los ejes centrales fueran el amor, la ética que tenemos como individuos y en sociedad, la familia, la transgresión para alcanzar un deseo anhelado. No por nada la novela se encuentra ambientada a finales de este siglo XXI, cuando una pareja decide tener un hijo por fuera de las normas establecidas por el gobierno argentino. Ello desata una variedad de episodios en la tierra, pero también en una Base Espacial donde se profundizan las problemáticas y se plantea la necesidad de un cambio. Una historia que se encuentra embebida en un argentinismo a flor de piel, donde se expone la dificultosa búsqueda del preciso equilibrio entre libertad y equidad, entre el yo y el nosotros, entre el pequeño micromundo personal y el medioambiente que nos impacta a todos. En definitiva, creo los dilemas que se les presentan a los protagonistas simbolizan una gran parte de la disyuntiva presente y futura de la humanidad.

Finalmente cuando finalicé la obra y esperaba con ansiedad su publicación, revoloteaba permanentemente en mi cabeza un pensamiento: ojalá la novela interpele al lector sobre qué tipo de mundo desea vivir, cuáles son sus prioridades, y hasta que tipo de injusticias se encuentra dispuesto a tolerar. En un ‘mundo liquido’, donde todo parece ser negociable, creo que es un debate interno que nos debemos dar.

“LA EQUILIBRISTA QUE LLEGÓ DEL ESPACIO” de Pablo Kornblum – @KornblumPablo – se puede conseguir en formato papel o digital a través de Editorial Almaluz (www.editorialalmaluz.com.ar), como así también en las principales librerías del país.

¿Socios, amigos, hermanos?

https://www.ambito.com/opiniones/uruguay/mercosur-socios-amigos-hermanos-n5503149

Uruguay no solo continúa avanzando en las negociaciones para firmar con China un Tratado de Libre Comercio (TLC), sino que además confirmó que solicitará su ingreso al Acuerdo Transpacífico, el tratado de libre comercio entre 11 países de la Cuenca del Pacífico. 

Su partenaire no ha dudado ni un instante: China es firme partidario del libre comercio desde que se abrazó con todo su ser al liberalismo clásico en los albores de este siglo (puertas para afuera, porqué hacia adentro aplica un férreo neo-keynesianismo) y se encuentra dispuesta a negociar y suscribir TLCs con todos los países que tengan interés. Tanto con Uruguay en particular, como con el Mercosur como bloque. En este aspecto, China ya viene reclamando desde tiempo atrás un TLC con el Mercosur; sin embargo, el mismo sigue sin responder de forma conjunta. ¿El dialogo con Uruguay no será una forma de adelantar los tiempos? En parte, probablemente.

Como contraparte, ya hubo tensiones entre Uruguay y el resto de los miembros de la Unión Aduanera. Brasil, Paraguay y Argentina advirtieron que la estrategia de Lacalle Pou no respeta la normativa que dio origen al Mercosur, en referencia a la Decisión 32 del 29 de julio de 2000 que tomó el Consejo del Mercado Común, bajo la cual se reafirmó «el compromiso de los Estados Partes del Mercosur de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias».

¿Cuál es el argumento de Uruguay para con el avanzar en una negociación bilateral? Más allá de las cuestiones de tinte global – donde Uruguay cree que se necesita un Mercosur más flexible, ya que el asumir compromisos bilaterales es más factible y efectivo que los multilaterales -, la pregunta central es endógena: ¿Alguna vez funcionó realmente el multilateralismo a través de la Unión Aduanera que representa el MERCOSUR? Mmmm. No solo los números no avalan el éxito colectivo rotundo. Sino que, además, cada uno hizo individualmente lo que quiso (y pudo). Literalmente.

¿Razones? El Mercosur tiene varios problemas: ha quedado rígido y poco vinculado al resto de las regiones, tampoco se ha adaptado a la nueva economía del capital intelectual e intangible, y además todavía tiene su basamento en la geografía física cuando en el mundo tiende a prevalecer la geografía digital. Mismo el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), sostiene que el Mercosur presenta una unión aduanera imperfecta e ineficiente con aranceles elevados; un mecanismo decisorio lento y con pocos acuerdos comerciales; una armonización regulatoria limitada y políticas sectoriales divergentes; como así también normas con diferentes grados de vigencia o aplicación.

Por otra parte, aunque el deseo está, los uruguayos no son ingenuos y trabajarán quirúrgicamente: aunque China ya es el principal socio comercial y destinatario del 30% de las exportaciones uruguayas, perder los lazos con el Mercosur sería un golpe para el escenario geoeconómico del vecino país oriental. Además, el malestar tiene más de racionalidad que de pasiones: Lacalle Pou le ofrece a China una vía de acceso al Mercosur que forzaría a los demás países a aislar a Uruguay para evitar que ingresen, por esa vía, productos con regímenes laxos a Argentina, Brasil y Paraguay. La lectura es lineal: con tres millones de habitantes, Uruguay es un mercado irrelevante para China salvo que eso le facilite el acceso, sin trabas, a los dos mercados más grandes de la región: Brasil y Argentina.

En este marco, también se debe analizar qué tipo de política económica exterior quiere cada país. ¿Seguimos con la dependencia del campo? La conveniencia en clara, si NO queremos darle impulso a varias ramas de nuestra industria. No debemos ser ingenuos: cuando hablamos de los impactos en las corrientes de importación en el marco de un TLC con China, su estructura productiva actual – y mucho más la futura – lejos se encuentra de implicar un cambio en la relación centro – periferia de venta de manufacturas y bienes de capital (ahora con mayor nivel de sofisticación) por las materias primas de nuestro bendecido suelo.

Sin embargo, para suavizar tensiones y que ‘nadie se sienta excluido’ – más allá de las conveniencias propias nacionales – una de las estrategias del gobierno uruguayo, ha sido advertir que el Mercosur podría sumarse a este TLC; es decir, que no sea solo Uruguay quien lo firme sino también los otros tres miembros plenos. Que también es un deseo Chino: en este sentido, el director general para América Latina y el Caribe de la Cancillería china, Cai Wei, afirmó que «China está abierta a la cooperación tanto con el Mercosur en conjunto, como con cada país miembro en particular. China es firme partidario del libre comercio y está dispuesto a negociar y suscribir TLCs con todos los países interesados”. Con su nivel de productividad y competitividad, su producción a escala, y el nivel de sofisticación tecnológica sostenible de largo plazo, es suficiente explicación para destilar optimismo para con el intercambio victorioso que les permita conseguir lo único que no se puede obtener por motus propio: materias primas y recursos naturales estratégicos.  

Pero no es todo tan senillo: hay demasiados actores e intereses en juego. Solo para citar un ejemplo, Paraguay sostuvo que está dispuesto a discutirlo, pero advirtió que “no se aceptarían condicionamientos” por parte del gigante asiático, en momentos en que los guaraníes negocia también un acuerdo con Taiwán.

Ni que hablar si nos referimos a la disputa de las grandes potencias: en este sentido, como la economía centraliza y comanda mientras la política tiene sus aristas en dinámicas que se balancean brindando un mayor margen de maniobra, parece que la preocupación en Estados Unidos por la inmiscuisión China queda en un segundo plano. Es que en realidad ya lo han probado: por parte de los Estados Unidos no hay más que alguna queja o resquemor alejado a sabiendas que China se ha quedado con la pesca en el Rio de la Plata y los puertos uruguayos. Es que poco pueden hacer en una región que ya se les fue de las manos; más aún en este contexto de guerra fría bipolar donde los principales frentes se encuentran en Europa Oriental y Asia.   

¿Qué debe hacer el Mercosur? Pregunta demasiado compleja si no se comprende el contexto de una región que se anticipó a la polarización global y los ciclos ‘anti-gobierno de turno’ que se radicalizan, con avances y retrocesos, pero con un norte que parece irrefrenable hacia cambios irreverentes basados en el enojo y la frustración ciudadana.

Y ello claramente tuvo su impacto: la integración ha estado sujeta a los cambios de color en los distintos gobiernos. Por ejemplo, hubo un período en el que el Mercosur actuó más como contrapeso ideológico a la Alianza del Pacífico, el bloque comercial más liberal compuesto por Chile, México, Perú y Colombia. Luego, a la hora de expandir sus miembros, hubo decisiones conflictivas: tras el boom de las materias primas Venezuela formó parte del bloque, pero luego fue suspendido cuando la región viró hacia la derecha; por su parte, Bolivia ha entrado en el camino hacia la adhesión, pero con el ‘golpe de Estado mediante’, todavía se encuentra en proceso para alcanzar los plenos derechos.

Por otro lado, hay un histórico escenario que es insoslayable: la explicación del fracaso, las idas y venidas, también se encuentran en la ausencia de voluntad política. Más allá de otros factores como la falta de complementariedad estructural – con visibles asimetrías existentes y diferentes velocidades – entre los países miembros, la dependencia externa, la incertidumbre financiera, y las estrategias cambiantes de las grandes corporaciones transnacionales — que ejercen un peso determinante sobre las fluctuaciones que caracterizan los intentos de integración latinoamericanos -, los ‘shocks idiosincrásicos’ que afectan a los países en términos individuales obstaculizan los beneficios de aplicar políticas integradas para salir de la crisis.

Ante este escenario, ¿Podemos pensar en políticas de Estado conjuntas, un ‘win-win’ sin obstáculos ni retrocesos? Aun cuando los países estuvieran plenamente de acuerdo con los provechos de un trabajo mancomunado, la coordinación exige no solo tiempo y esfuerzo, sino una dinámica macroeconómica en cada país que estimule a avanzar en esta dirección. Pero estamos acostumbrados – principalmente nuestro país – a vivir bajo una permanente y notoria volatilidad, como así también la falta de convergencia de las variables macroeconómicas principales. El tipo de cambio es un claro ejemplo: si bien el comercio regional está liderado más por la actividad económica de los socios que por las políticas cambiarias, las variaciones violentas tipo de cambio ha sido una clara barrera para adoptar políticas que sostengan el crecimiento por encima de las consideraciones de competitividad. Sino miremos la unilateral convertibilidad Argentina en la década de 1990’, con las consecuentes las políticas desasociadas que llevaron a cabo los restantes miembros del bloque.

Para concluir, es importante destacar que una lógica de conjunto depende de decisiones colectivas en pos de un crecimiento y desarrollo económico armónico en todas y cada una de las geografías. Difícil en un mundo de complejidades crecientes y mezquinos intereses: la geopolítica y la geoeconomía actual potencian ganancias a través de las cadenas globales de acumulación de capital de los grupos concentrados de poder económico y político; en este aspecto, los países del Mercosur, como meros jugadores que tratan de contener – económica y espiritualmente –  a aquellas mayorías que son parte de la socialización de perdidas y no comprenden cabalmente que la mantención de jurisdicciones nacionales es un mero hecho político/institucional que les permite, a unos pocos, mantener el statu-quo y su posición privilegiada, difícilmente se pueda avanzar en un proceso que desarrolle claros beneficios socio-productivos en términos macro y microeconómicos, sin excluidos. No hay otra manera de conquistar la verdadera y afamada denominación de ‘patria grande’ en el sur de nuestro continente.