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Francia, Reino Unido: terminado el amor, las miserias perduran en las disputas económicas

Publicado en Ámbito Financiero – 2-1-2022

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“Reino Unido corre el riesgo de que su acceso al mercado único se vea restringido si no respeta el acuerdo del Brexit en lo referido a la concesión de licencias de pesca para faenar en sus aguas jurisdiccionales” dijo hace unos días el secretario de Estado francés de Asuntos Europeos, Clément Beaune, luego de confirmar que Francia había obtenido 1.034 licencias, pero que le faltaban otras 74. A posteriori, el gobierno francés sostuvo que si Londres no le concedía las licencias pendientes, pediría a la Unión Europea iniciar un proceso judicial contra el Reino Unido que podría llevar a represalias, como  por ejemplo incrementos en los impuestos aduaneros a los bienes provenientes del otro lado del Canal de la Mancha.

Es que después del difícil divorcio entre británicos y europeos, las partes habían llegado a un acuerdo que incluía un capítulo sobre los permisos a embarcaciones pesqueras para operar en aguas del Reino Unido. En virtud del mismo, los pescadores europeos pueden seguir faenando en aguas británicas si demuestran que ya lo hacían con anterioridad. Sin embargo, Londres y París difieren sobre el tipo y alcance de los justificantes, lo que ha desatado una guerra diplomática que lejos se encuentra de ver luz al final del túnel.

En este sentido, y tal cual ocurre en muchas parejas de personas, terminado el amor comienzan las discusiones por el ‘vil metal’. En este caso, los recursos: quien se los queda, como puede generarse cierto ‘halo de justicia’ en su producción y/o explotación, desde que posición se evalúa la distribución de la riqueza generada y a generar, etc. Y aquí también se encuentra el dilema de ‘los hijos’: aquellas empresas y sus trabajadores que se encuentran expectantes a lo que los gobiernos puedan llegar a negociar.

Bajo el escenario expuesto, la disputa ya se encuentra a flor de piel. Para los franceses, “lo importante es que si el Reino Unido no cumple, las sanciones sean europeas”. ‘Unidos ante el desertor’ es la táctica de Paris, evitando cualquier juzgamiento de tinte bilateral. Es razonable: “lo que hoy me pasa a mí, mañana te puede pasar a vos”, piensan en voz alta los funcionarios galos ante sus colegas en Bruselas. Como contraparte, el daño político-económico agregado sería demasiado para los británicos si se piensa en un dinámica que implique una apertura hacia una disputa de tinte regional.

Otra de las razones que apelan desde París se dirime en los puestos de trabajo que perderían sus pescadores. Los británicos no se hacen mucho problema: no solo porque los dilemas de la moral no cuentan a la hora de las negociaciones macro estatales, sino que además ellos seguramente sabrán llenar esos cupos sabiamente. ¿Con Británicos? ¿Asiáticos tal vez? Probablemente estos últimos saquen una buena tajada.

Finalmente, en Francia denuncian la actitud «provocadora» y «humillante» de los británicos, a quienes acusan de utilizar la presión de las licencias de pesca para obtener una mejor posición negociadora en otras cuestiones ligadas al Brexit. ¿Será así? Muy probablemente. Hay mucho en juego y en el tablero de ajedrez se debe ser quirúrgico en cada movimiento: se puede ganar o perder mucho si se cometen errores groseros ante tantas variables y áreas en disputa.

Ante este ataque, los británicos ya han respondido con vehemencia al anuncio de bloqueo. “Estamos decepcionados por las amenazas de protestas. Corresponderá a los franceses velar para que no se cometan actos ilegales y para que el comercio no se vea afectado” dijo un portavoz del gobierno desde Down Street.

A su vez, desde Londres trajeron a colación lo que los británicos consideran ‘innecesarias’ restricciones de viajes desde el Reino Unido hacia Francia, ante la propagación de la variante Ómicron. Es que a partir de ahora, los ciudadanos no franceses tendrán que presentar un motivo ‘de peso’ – temas laborales u turísticos no se encuentran contemplados – para ingresar al país, ya sea estén vacunados o no. Más aún, el Gobierno galo también instó a los franceses que habían planificado un viaje al Reino Unido a aplazarlo.

A todo ello hay que adicionarle la acusación de Boris Johnson tras el ahogamiento de 27 personas el pasado 24 de noviembre, cuando las mismas intentaban cruzar hacia territorio británico por el Canal de la Mancha. “Esta terrible situación demuestra cómo los esfuerzos de las autoridades francesas para vigilar sus playas no han sido suficientes; los franceses deberían aceptar un patrullaje conjunto”.

Desde el Palacio del Eliseo, Emmanuel Macron no tardó en responder sobre la intención de Londres: “¿Cómo se sentiría el Reino Unido, en caso de que la situación se invirtiera, y tuviera soldados franceses patrullando su costa?”, expuso de manera tajante. A lo que además le adicionó un pedido de “no politizar con el flujo de migrantes para alcanzar beneficios internos”. En París están convencidos de que la retórica de Johnson solo es para satisfacer su audiencia interna, sin importarle si eso endurece las relaciones con sus ex socios de la unión. Y tienen como claro ejemplo el pacto militar de AUKUS entre Estados Unidos, Australia y Gran Bretaña – el cual dejó afuera a Francia- que para contener el avance de China en el Indo-pacífico, privilegia el rol de sus ahora ‘nuevos socios estratégicos’.

Por supuesto, ninguno de los mandatarios dejo su traje y se transformó, al menos por un momento, en hombres con ese tino de sensibilidad que todo líder debe poseer. Si solo hubieran escuchado a uno de los sobrevivientes del naufragio de nombre Aza, un joven kurdo iraquí quien contó que reconoció que intentar cruzar el Canal “era muy peligroso; hay grandes olas, pero tengo que arriesgarme. Mis padres y mis hermanos necesitan que consiga un trabajo y les envíe dinero para sobrevivir”, podrían haber desarrollado cierta lógica de empatía para reencausar bilateralmente, de manera positiva, la búsqueda de una solución sustentable y abarcativa.

En definitiva, y mirando con desdejo una potencial – puede que improbable en el corto plazo, pero no imposible ante la inestabilidad ideológica y personalista de algunos líderes regionales – implosión del Mercosur, podemos decir que la experiencia del caso expuesto habla por sí sola: el Realismo de las relaciones internacionales no va a dar tregua y, en el caso de que ocurriese, la puja por los intereses económicos interestatales sería ardua y enormemente costosa.

Y más allá en donde podría encontrar ubicado a nuestro país en dicha coyuntura, hay algo que debemos tener en claro: no tenemos el vigor institucional del Reino Unido, ni los recursos económicos de Francia. Si a ello le adicionamos la dependencia financiera con las potencias de primer orden (Estados Unidos/China), y las propias endógenas del Acuerdo Regional (con Brasil como uno de los principales socios comerciales), un escenario disruptivo podría generar vertientes dantescas cuyas derivaciones serían altamente contraproducentes.

Como me dijo alguna vez un profesor en la Facultad: “El mundo es complejo. Para combatir la incertidumbre de lo exógeno, lo único que podemos hacer es solidificar lo propio”. Y la realidad nos muestra que, al día de hoy, muy lejos nos encontramos de vivenciar un estadío tranquilizador. Es que, tal cual pequeño bote deambulando en la desidia cortoplacista de las erróneas políticas públicas, bajo ráfagas de vientos de inestabilidad económica, nos encaminamos sin un norte claro hacia un mar repleto de actores internacionales que actúan como tiburones expectantes, a la caza de sus débiles presas.

No hay recetas mágicas: la solución, al menos primaria, es hacernos fuertes y encausar el camino.