Autor: korukoresh

La derecha y los derechos

https://www.ambito.com/opiniones/derecho/el-aborto-la-derecha-conservadora-y-los-s-juego-n5481788

En el año 1973, las políticas pronatalistas del régimen de Ceaucescu dieron como resultado la tasa de mortalidad materna más alta de Europa (aproximadamente 150 muertes maternas por cada 100.000 nacidos vivos) y miles de niños no deseados en instituciones rumanas. Al mismo tiempo, en los Estados Unidos de Norteamérica se daba la histórica sentencia conocida como Roe contra Wade, aquel faro que garantizaba el derecho al aborto a lo largo y ancho del país. El mismo que hace pocos días fuera anulado por la Corte Suprema.

Un fallo que espanta a muchos, pero no a todos. Evidentemente, esa marea silenciosa que le dio la presidencia a Donald Trump, también juega: Misuri se autoproclamó como el primer estado en prohibir el aborto después de la decisión del alto tribunal, seguido inmediatamente por Texas. Y se espera que se sumen una decena más de Estados en las próximas semanas.  

Probablemente la ‘onda republicana’ no sea tan efusiva, no siempre tan virtuosa a la hora del análisis complejo que implican las ciencias sociales. Pero que pone por delante el origen natural de las cosas y la responsabilidad individual como escudo ante los avances de la juventud progresista. O mismo la mantención del orden preexistente. Por eso no sorprende cuando la sentencia sostiene que “la Constitución no hace ninguna referencia al aborto y tal derecho no está protegido implícitamente en ninguna provisión constitucional”.

Así es señores, parece que la historia no es una película dinámica, sino una foto estática a la que hay que aferrarse. Por lo menos de este modo lo ven tres de los jueces designados por Donald Trump. Y hablando del reciente ex presidente, cuando le preguntaron por su influencia en el fallo, solo atino a responder que «Dios tomó la decisión».

Es importante destacar que la falta de racionalidad no solo tiene su derivación en la lógica eclesiástica, sino también dentro de la ‘racionalidad terrenal’. ¿Como podrán contraponer la libre movilidad de los factores productivos – ya que el conservadurismo neoliberal lo conjuga todo – con el derecho a libre tránsito que permitiría que los habitantes de un Estado viajen a otro para abortar? ¿O mismo que se ordenen medicamentos abortivos por correo desde otro Estado del país? ¿Acaso lo prohibirán vulnerando el derecho a la privacidad?

No queda muy en claro, pero la derecha siempre tiene una vertiente discursiva de salida. Sin irnos muy lejos, en nuestro país el candidato a presidente libertario señaló: «Sin vida, no hay libertad ni propiedad. Viva la vida, carajo». La propuesta sería entonces acompañar a la mujer vulnerable y que el Estado le ‘brinde seguridad’. ¿Cuál Estado, aquel que quieren minimizar – para no decir implosionar -?

En tono similar, el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, criticó duramente desde sus redes sociales el aborto realizado a una niña de 11 años embarazada por violación – a pesar de que ante una violación el aborto se encuentra avalado por la ley -:  «Sabemos que este es un caso delicado, pero quitarle la vida a un inocente, además de violar el derecho fundamental de todo ser humano, no cura las heridas ni hace justicia a nadie, al contrario, ¡el aborto solo agudiza esta tragedia! ¡Siempre habrá otras formas!”

La pregunta que se le podría hacer a Bolsonaro sería: ¿Cuáles serían las otras formas? ¿Condenarla a la miseria porque le será realmente difícil estudiar o trabajar con un bebé siendo una niña, sobre todo en el mundo hiper competitivo en el que vivimos? Ahora bien, en Brasil alrededor de 100 niñas son violadas por día, y el número de muertes de mujeres víctimas de abortos clandestinos aumentó un 233% de 2020 a 2021. Pero para eso no hay respuesta en Twitter.

En sentido similar, en el último mes de Marzo el Congreso de Guatemala aprobó la ley que penaliza el aborto. El propio gobierno propició la ley, ya que sostiene que en la actualidad se quieren “introducir conceptos manipulados de la ideología de género, convirtiendo la identidad sexual en una simple construcción cultural fluctuante». Volvemos a lo mismo: ¿Qué temática social no es fluctuante y dinámica? ¿O solo la biología natural dictamina el ‘destino manifiesto’ – como le gusta a decir a los gringos del norte – del ser humano? En realidad, lo único que no es una construcción social manipulable son los datos duros. Y los mismos indican que en Guatemala, durante el año 2021 se registraron 72.077 nacimientos entre mujeres de 10 a 19 años, de las cuales 2.041 tenían menos de 14 años al momento del parto.

Lo que tenemos entonces es que las mayoritarias mujeres pobres y marginadas de Guatemala, carentes de educación, solo continuarán inconscientes de su posición subordinada, prescindiendo del discurso reivindicativo, sin cuestionar el sistema que legitima y les impone embarazos no deseados; solo les queda elaborar estrategias de supervivencia ‘como pueden’ aplicadas a su invisibilidad, en un proceso de sumisión y aceptación formal de las normas sociales como una pantalla que las infringe bajo un halo de normalización como eje de la opresión que sufren cotidianamente.

Por supuesto, el combo de la derecha suele ser completo. Porque no solo la ‘novedosa’ ley guatemalteca protege el “derecho a la vida”, sino que también se adicionó la protección de “la institución del matrimonio entre un hombre y una mujer, además del derecho de los padres a orientar a sus hijos en su sexualidad. Ello se complementa con la prohibición de que las entidades educativas públicas y privadas enseñen como normales las conductas sexuales distintas a la heterosexualidad, o que sean incompatibles con los aspectos biológicos y genéticos del ser humano».

Sin embargo, debe queda claro que la discusión no es exclusiva en términos de desarrollo de un país – donde el eje se encuentra en la accesibilidad de los más postergados -, sino en quien puede terciar más en términos éticos. Es que, durante mucho tiempo, el aborto no se ha tratado como una parte real de la vida de las personas, sino como un dilema moral que debatir o un problema que resolver. La realidad es que el aborto no es una declaración política, sino que es una experiencia que viven muchas personas, con independencia de su religión o creencia, educación o ideología política.

Y si lo ponemos en términos socio-económicos, los beneficios de realizarse un aborto seguro son claros. Las estadísticas en los Estados Unidos indican que después de Roe contra Wade, menos niños crecieron viviendo en la pobreza, en hogares monoparentales, y encabezados por beneficiarios de la asistencia social. Por otra parte, hay evidencia de que la situación económica para las mujeres mejoró directamente mediante la legalización del aborto, sobre todo como un pilar clave de la igualdad de ingresos. ¿Será que hay un machismo implícito a nivel global donde los ingresos de los hombres son mayores que los de las mujeres, ya que estas últimas se ocupan mayoritariamente de los hijos y las tareas del hogar? Aunque las cosas están cambiando, sin lugar a duda todavía es así. Por supuesto el machismo es un causal previo, pero esa es otra historia; hay que atacar todas las variables en simultáneo, más allá de cual golpea primero o cual es más dañina.  

Otro temor que viraliza la derecha conservadora es que, legalizando el aborto, se terminarán los nacimientos. Claro que no. Eirin Molland, una renombrada académica noruega, explica que en su país la disponibilidad del aborto retrasó la fertilidad, pero no redujo el tamaño de la familia, mientras que también resultó en mayores logros educativos y mejor situación en el mercado laboral para las mujeres afectadas. A su vez, encontró que los buenos resultados se extendían a los hijos de madres que tenían acceso a la interrupción del embarazo.

¿No será que el tamaño de la familia tiene más que ver con la estructura sistémica, el sistema mundo creado a imagen y semejanza del actual capitalismo, con la consecuente disminución de los ingresos generalizados que conlleva a que el ser humano ya no quiera tener hijos, principalmente por las exigencias de productividad y la incapacidad de brindar una calidad de vida digna a los herederos?

Podemos discutirlo. Lo que es innegable es que obstaculizar el derecho al aborto legal lo único que logra es promover su clandestinidad, quedando por fuera del control del Estado y aumentando los índices de mortalidad materna asociada al aborto, principalmente en mujeres y personas con capacidad de gestar de menores ingresos. Así, la ilegalidad del aborto lo vuelve un negocio para quienes lucran con esta práctica, mientras la atención de sus complicaciones y sus consecuencias aumentan desproporcionadamente los costos directos para el sistema de atención sanitaria, mayoritariamente pública. Como una vez dijo el enorme Eduardo Galeano: “¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?”

En definitiva, legalizar el aborto es garantizar la salud de las mujeres y su derecho soberano a decidir sobre sus cuerpos. Pero la derecha reaccionaria lo pone en términos religiosos, morales e ideológicos, que a su vez lo conjuga dentro de un gran ‘cambalache’ político, económico, sanitario y social. Por el contrario, se ha vivenciado en los últimos años que la solidaridad, el apoyo y la empatía que se ofrece a través de la ley y en términos pragmáticos (médicos, asistentes sociales, etc.) para quienes intentan acceder a servicios de aborto, ha servido enormemente para con el afectar positivamente el futuro de quien decide tomar la difícil decisión de abortar. Un colectivo contrario al individualismo misógino y etéreo bajo el cual se aferra la derecha mesiánica, siempre alejada de cualquier política pública que intente mejorar la calidad de vida de las mayorías desfavorecidas. 

«La Equilibrista que llegó del espacio»

https://www.cronista.com/economia-politica/la-equilibrista-que-llego-del-espacio-como-es-y-de-que-habla-la-primera-novela-distopica-argentina-sobre-economia/#:~:text=Es%20una%20historia%20que%20se,que%20nos%20impacta%20a%20todos.

https://www.ambito.com/informacion-general/pablo-kornblum-presenta-su-novela-distopica-la-equilibrista-que-llego-del-espacio-n5469746

Entrevista a nuestro columnista Pablo Kornblum, Licenciado en Economía, Magister y Doctor en Relaciones Internacionales, quien ha presentado su novela distópica ambientada en la Argentina de finales de siglo XXI, ‘La Equilibrista que llegó del espacio’.

Pregunta: Viniendo de las Ciencias Sociales y habiendo escrito dos ensayos sobre geoeconomía y geopolítica ¿Por qué se decidió a escribir una novela distópica?

Respuesta: Luego de ‘El escenario económico de la inmigración mexicana en los Estados Unidos’ y ‘La sociedad anestesiada’, decidí comenzar a escribir novelas distópicas, un gusto que cultive desde mi adolescencia. Y en mi primera novela, intenté conjugar mis conocimientos de economía y relaciones internacionales, con todo lo que he absorbido a través de mis lecturas sobre escenarios de distopía. Y ello implica también desarrollar las problemáticas sociales, los dilemas morales, las pasiones que existen en cada ser humano.

Pregunta: ¿De qué trata la novela?

La novela se encuentra ambientada a finales de este siglo XXI, cuando una pareja decide tener un hijo por fuera de las normas establecidas por el gobierno argentino. Ello desata una variedad de episodios en la tierra, pero también en una Base Espacial donde se profundizan las problemáticas y se plantea la necesidad de un cambio. Es una historia que se encuentra embebida en un argentinismo a flor de piel, donde se expone la dificultosa búsqueda del preciso equilibrio entre libertad y equidad, entre el yo y el nosotros, entre el pequeño micromundo personal y el medioambiente que nos impacta a todos. En definitiva, los dilemas que se les presentan a los protagonistas simbolizan una gran parte de la disyuntiva presente y futura de la humanidad.

Pregunta: ¿Qué temáticas se encontrará el lector en sus páginas?

A pesar de ser una historia que se centra en la familia, la pasión, el altruismo y el amor, se trasvasa permanentemente por la economía, la política, los temas internacionales. También se tocan cuestiones judiciales, medio ambientales, de recursos y tecnología. Pero sobre todo hace referencia a la puja de intereses de los que menos tienen con los poderes fácticos. Y ello implica un legado de lucha, de nunca rendirse, que se refleja a través de las decisiones firmes, la estrategia, el valor y la ética. El poder expresar, como se pueda – en este caso el de una protagonista adolescente – lo que se piensa, y posteriormente llevarlo a cabo, cumplir con la palabra. Que no es poco.  

Pregunta: Más allá de que el lector se encontrará ante un futuro distópico, ¿se puede realizar alguna semejanza con la actualidad?

En la historia de la humanidad los dilemas son cíclicos, se ‘aggiornan’ a cada coyuntura espacial y temporal, pero nunca desaparecen: la puja de intereses, la ambición por el poder y la riqueza, la permanente lucha – prolongada y compleja – por la libertad y la justicia, la comprensión del posicionamiento que tiene cada uno en un mundo eminentemente clasista, y así podríamos continuar. Si bien podrá existir un diferencial en cuanto a lo tecnológico, la esencia, aquella que conjuga lo que nos apasiona, los deseos, lo que nos motiva a perseguir nuestros sueños, no cambia.

Pregunta: Finalmente, ¿por qué recomendaría al público la lectura de ‘La equilibrista que llegó del espacio’?

Es una novela muy dinámica, que toca una diversidad de problemáticas sociales y nos hace reflexionar sobre los dilemas que tenemos como individuos y como sociedad. Pero también nos interpela a pensar en qué tipo de mundo queremos vivir, cuáles son nuestras prioridades, y hasta que tipo de injusticias estamos dispuestos a tolerar. En un ‘mundo liquido’, donde todo parece ser negociable, creo que es un debate interno que nos debemos dar.

Vaguedad conceptual y falta de valores, la ‘efectiva’ nueva política

https://www.ambito.com/opiniones/colombia/balotaje-vaguedad-conceptual-y-falta-valores-la-efectiva-nueva-politica-n5461829

El 19 de Junio será el ballotage en Colombia para elegir quien gobernará el país los próximos 4 años. Gustavo Petro (quien obtuvo el 40% de los votos en la primera vuelta), ex congresista, ex alcalde de Bogotá, y antiguo miembro de la guerrilla urbana M-19, lidera la coalición de izquierda Pacto Histórico. Es su tercer intento de llegar a la presidencia, con un programa que plantea reformas profundas al modelo económico, productivo y social. 

Su contrincante será Rodolfo Hernández (28% en las elecciones para “el Trump Colombiano”), quien se presenta como un outsider pragmático. Ingeniero civil, empresario y también ex alcalde (rodeado de una meritocracia valorada por su gestión), Hernández se declara desideologizado, ajeno al establishment y a los partidos tradicionales, con una retórica temperamental fuerte y un discurso directo a través de redes sociales, enarbolando principalmente la bandera contra la corrupción.

Como ocurre en la mayor parte de las latitudes del planeta, han quedado afuera los tibios centristas (Sergio Fajardo se desinfló en las últimas semanas) y el statu-quo inoperante (‘Fico’ Gutiérrez, quien contaba con apoyo de los partidos tradicionales, quedó tercero a 5 puntos de Hernández). Es la hora de la revolución y el caos, la ruptura más grande con lo que había. Que todo cambie (¿Para que nada cambie?). Es que ahora que pasó el ‘huracán’ de la primera vuelta, no son pocos los que se plantean que hay cambios que son al vacío, que son ‘suicidios políticos’. Y ello no solo genera duda y temor, sino también la necesitad de autogenerarse un halo de pseudo-seguridad que ate de nuevo al votante a la ‘firmeza’ que implica el pasado conocido.

En el contexto descripto, el mayor problema para Petro en la segunda vuelta es que se pasó del ‘cambio vs continuidad’ si el candidato era Fico, a el ‘cambio vs cambio’, donde Petro buscará posicionarse como el estadista previsible frente al ‘Rey del Tiktok’ y el cambio desestabilizador. En cuanto a este último punto, sus detractores no están muy de acuerdo: les preocupa más la potencial inestabilidad económica bajo un gobierno de izquierda, el cambio en la relación con Estados Unidos (sin ir más lejos, tras el conflicto desatado en Ucrania el gobierno de Joe Biden puso en marcha una batería de negociaciones para oficializar a Colombia como aliado estratégico extra-OTAN) y Venezuela, o el equilibrio de fuerzas con un Congreso de mayoría conservadora.

Y aquí también entra en juego la retórica: ¿Cuál es el problema con todo lo expuesto? O, mejor dicho, ¿cómo le fue a Colombia – léase a la mayoría de los colombianos – a lo largo de su historia con gobiernos conservadores? Solo para mencionar un ejemplo, el viejo entramado oligárquico y corporativo ha convertido a Colombia en uno de los principales suministradores de cocaína al mundo. Un régimen de terror que ha sido sostenido dentro y fuera de Colombia por décadas.

Pero lejos estamos de los cuestionamientos, por lo que para Hernández parece ser todo más sencillo: aglutinar la todavía mayoritaria centro-derecha/derecha que lo transporte a la primera magistratura. ¿Extraño? Para nada. Desde su independencia hace dos siglos, Colombia nunca ha estado gobernada por la izquierda. Y ello además tiene su lógica: es el país donde existe una mayor concentración de la tierra y el segundo más desigual de toda América Latina.

Como complemento necesario, cuenta con todo el apoyo de los medios de comunicación masivos tradicionales colombianos, quienes siempre se han preciado de ser guardianes y protectores del orden institucional. Por supuesto, el manejo de la información es sutil y efectiva; no se jactan de conservadores, y además existe un acuerdo tácito de que ciertos episodios no se subrayan, mientras se reacomoda la percepción al concepto civilizatorio con la estrategia del miedo (en este caso al Petro-comunismo diabólico).

Ahora bien, ¿Quién sostiene esta lógica? El establishment, aquellas élites agrarias y ganaderas, católicas y blancas, que han mantenido el poder basado en la tierra, la propiedad, la familia y dios. Solo basta dirigirse a las estadísticas: hasta el año 2018, en 200 años de historia los colombianos habían sido gobernados por tan solo 40 familias. Aquellas que mantienen la boca cerrada ante la muerte – solo en el actual gobierno de Duque han asesinado a más de 300 líderes sociales, a los que se le debe adicionar los 80 manifestantes que perdieron en el estallido social del 2021 -, y fomentan la paradoja de la defensa a ultranza del libertarismo económico (incluido el capitalismo narco), mientras  viven del Estado: antes que ser parte de un mercado competitivo, ellos se benefician de sus leyes, sus subsidios, su protección. Una conjunción de poderes fácticos (empresarios – que son los dueños de los medios de comunicación -, los políticos, la casta judicial y militar), cuyo más rentable negocio es el ‘secuestro’ del gobierno.

Este contexto sistémico ha sido forjado en base a tres variables: una economía cautelosa sin grandes saltos de consumo o crecimiento (no es de extrañar que en el ‘mar de informalidad’ que es el mercado laboral colombiano, la única forma de ascender socialmente haya sido a través de la ilegalidad); la influencia de la Iglesia en la educación y el Estado (que se declaró laico recién en 1991); y la ausencia de migración externa. Pero además algunos analistas adicionan una cuarta variable: Colombia se modernizó y se abrió al mundo demasiado tarde, y ello permitió que la matriz autoritaria tuviera un efecto más duradero.

No obstante, y a pesar de la astucia de sus élites para hacer convivir, por un lado, la imagen demagógica de un pueblo violento, conservador e ignorante y, por otro, un mecanismo de terror para silenciarlos y atemorizarlos – a punta de asesinatos sistemáticos a líderes políticos, sociales y territoriales –, los sectores populares lograron articularse en un sujeto político tanto en las calles como en las instancias de representación institucional: en los últimos años, las regiones se articularon entre sí, el país se conectó con el mundo — en parte por la emigración heredada de la violencia — y los acuerdos de paz abrieron un nuevo abanico de preocupaciones en temas sociales y culturales. Además, durante los últimos 20 años la izquierda ha logrado, de manera lenta y tortuosa, unificarse y crear cierta base electoral; y ello ha sido posible, sin dudas y tal como ha ocurrido por ejemplo con la ‘primavera árabe’, debido a la potente irrupción de las redes sociales como un factor determinante de la comunicación.

En definitiva, pareciera que el gran enemigo del pueblo colombiano no es la guerrilla, no es el comunismo, y no es la insurgencia; sino es la gran desigualdad del país que sostiene el dominio y el privilegio de las clases dominantes. El Petrismo, entonces, aparece como un rescate del clamor del liberalismo popular y plebeyo: el liberalismo de la reforma agraria, de la revolución productiva, de la mitigación de la desigualdad en el ámbito rural y urbano. Una modernización democrática y productiva de Colombia, en oposición al gran latifundio improductivo alineado con el narcotráfico.

Por otro lado, frente al «vivir sabroso» – el desarrollo socio-económico totalizador del colectivo (cuidado del medio ambiente, causas feministas, apoyo a la diversidad sexual, derechos de los pueblos indígenas, mejoras en la salud y educación pública, la generación de una transición energética hacia un modelo económico sustentable) – de la candidata a vice-presidente del Pacto Histórico, Francia Márquez, Hernández representa el «emprendedorismo», ese individualismo del capitalismo liberal clásico, donde supuestamente la ‘cultura del esfuerzo’ es suficiente. Sabemos que no es así: sin educación y capital financiero (algo que escasea para las mayorías), alcanzar el ‘Sueño Colombiano’ es, lisa y llanamente, cuasi imposible.

Pero poco importa que Hernández no esgrima un programa coherente. Tampoco su vaguedad conceptual, su falta de modales. Menos aún su escasa representatividad en grupos de poder fácilmente identificables, ni que tenga una base territorial demográficamente desequilibrante. Su retórica no apela a una memoria ni conjura un futuro muy preciso, pero conecta eficazmente con un estado de ánimo presente. En su apelación al sentido común, encadena insatisfacciones y representa miserias de posición que se centran en la percepción de corrupción sistémica. Es que Hernández es, lisa y llanamente, un candidato que abraza la volatilidad y la inconsistencia de los estados de opinión pública. Y ello no solo lo fortalece, sino que puede ser decisivo porque afirma una cuestión central: que la apatía, el desánimo, y la falta de comprensión situacional, tanto de clase como personal, está triunfando. Una situación que se replica a lo largo y ancho del mundo, incluido nuestro país. Y ello, lamentablemente, no es para nada un buen síntoma. Más bien es una premonición preocupante.

La economía como eje conductor de la historia  

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El Sinn Fein (SF), brazo político del disuelto Ejército Republicano Irlandés (IRA) y favorable a la unificación con la República de Irlanda, fue el Partido político más votado en los recientes comicios del Parlamento local, algo inédito en los cien años desde que la isla de Irlanda se partió en un extenso país independiente al sur, y un pequeño territorio británico en el norte. El SF, haciendo honor a su tradición progresista, consiguió captar el descontento en un país que, a pesar de tener un notable crecimiento económico, no puede ocultar sus enormes desigualdades; lo que demuestra, una vez más, que un relevante incremento en la producción en términos cuantitativos no es sinónimo del desarrollo de los pueblos.

Para comprender la lógica economicista que se ‘lleva puesto’ claramente cualquier atisbo de ideologización religiosa (con heladera vacía no hay dios que valga), no alcanza con hacer la ‘gran argentina’ y echarle solamente la culpa a las variables exógenas. Es que más allá de la pandemia – la economía local se contrajo 9,6% en 2020 -, o el conflicto entre Ucrania y Rusia que conlleva a un proceso inflacionario conjugado con una importante escases de ciertos bienes claves (como son los alimentos e hidrocarburos), las nuevas generaciones de protestantes y republicanos que pretender forjar una convivencia pacífica – como son los moderados del Partido Social Demócrata y Laborista (SDLP), o el Partido de la Alianza (no confesional ni vinculado a ninguna de las dos comunidades) -, vivencian diariamente las consecuencias negativas del endógeno Brexit (contra el que los norirlandeses votaron mayoritariamente, ya que el 56% optó por el STAY -), como son los asfixiantes controles aduaneros a través de inspecciones relativas a la seguridad o la higiene, o mismo los costos adicionales (tasas y aranceles) que se han establecido para las mercancías que se dirigen desde y hacia la Gran Bretaña.

«Normalmente se tardaba unos días en llevar una caja de semillas de Inglaterra a Irlanda del Norte», explica el presidente de la empresa Hillmount Garden Centre. «Ahora se tarda cuatro semanas por el papeleo y ningún transportista se encuentra dispuesto a hacerlo. Traer una planta desde Inglaterra es una verdadera pesadilla, por lo que hemos decidido comenzar a comprar plantas en Europa”. Es que Irlanda del Norte, como parte del acuerdo entre Londres y Bruselas, continúa perteneciendo a la Unión Europea. Sin embargo, aquí no hay Win-Win: los costos de la logística no son los mismos que desde los cercanos y probos mercados de los países del Reino.

Por otra parte, y mientras el bloque protestante se desangró en discusiones sobre un sinfín de medidas económicas – muchas incompresibles desde la racionalidad, salvo por la excepcional lealtad al imperio británico -, el Sinn Fein, apoyado en el aura (y el auge) general de los nacionalismos europeos (de todo signo), el fin del bipartidismo clásico, y el desgaste del sistema de partidos tradicional de centro, propuso un programa económico con énfasis en la inversión (especialmente en la construcción de viviendas y el transporte), gasto público creciente para mejorar la educación y la salubridad pública, impuestos más altos para los más adinerados, y un shock de consumo. En cuanto este último punto, la victoriosa candidata del SF, Michelle O’Neill sostuvo en épica Kirchnerista: “El público quiere que le pongamos dinero en sus bolsillos para ayudarlos a lidiar con la crisis que representa el incremento del costo de vida”.

Este programa económico que le ha dado fuerza a la victoria del SF, es altamente contraproducente para los economistas neoliberales. Más aún cuando estos últimos presentan como contrapunto sus amados números de la macro: la producción de la economía de Irlanda del Norte alcanzó un máximo en 13 años durante el 2021, con un crecimiento económico del 6,2% interanual. Para el actual 2022 se prevé un número no menos interesante de alrededor de +4%.

Ello no se debe solo a los resultados positivos de la post-pandemia (entre otros factores debido a que diversos grupos de trabajadores podían continuar trabajando desde sus hogares, como así también el ser un país con una cantidad importante de empleados estatales), sino que además se potenció su icónico sector de servicios (sobre todo en las diversas áreas de la ingeniería) y el sector comercial, principalmente en base a una mayor tecnologización de los procesos de administración, logística, y compra-venta. Es la lógica preeminente en la estructura económica del mundo más desarrollado: más servicios, comercio e industrias de alta tecnología; menor valor agregado a través de los sectores menos productivos, pero que absorben el otrora ‘ejercito industrial de reserva’.

No quedan dudas que, a tono con lo que ocurre en vastas regiones del planeta, se continuarán perdiendo puestos de trabajo en industrias de menor productividad, a tono con la reticente inversión en capital físico para manufacturas de baja y mediana complejidad. Por otro lado, sino se realiza una mejora en el sistema educativo que permita reducir el número de abandonos escolares prematuros y aumentar el número de graduados, la pelea para salir de la ‘trampa de los bajos salarios’ se encontrará pérdida. Ni que hablar si la puja de intereses la continúan ganando los grupos económicos concentrados.

Pero justamente O’Neill prometió el ‘gran cambio económico’, dejando de lado – para muchos sorprendentemente – el histórico reclamo por la reunificación de la isla. Hasta el día de las elecciones, este último fue ‘el tema tabú’; sin embargo, no habían pasado ni 24 horas luego de la confirmación de la victoria para que la candidata ganadora sostuviera que “confía en que haya un referéndum en un plazo máximo de cinco años”.

Su discurso no debe sorprender: es solo una réplica más de los incontables ejemplos históricos de candidatos victoriosos a ocupar los más altos cargos ejecutivos. Sino recordemos que Fidel Castro nunca dijo que iba a instaurar el socialismo hasta que la revolución se encontró consumada y el régimen formalmente instalado. O mismo nuestro ex presidente noventista, que quedó en la historia con su famosa frase “Si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”.

Por ello, no debemos ser ingenuos: con la impronta de una historia de cien años de tensiones, la variable económica seguramente es solo el basamento para el consecuente objetivo ulterior que, como una llama momentáneamente atenuada, espera convertirse en algún momento en un fuego de difícil contención. Por otro lado, a sabiendas de esta profecía casi seguro autocumplida, la reunificación no va a ser fácil: por un lado, los acuerdos del Viernes Santo señalan que deberá celebrarse una consulta cuando “esté claro que es el deseo de la mayoría”. Por otro lado, la República de Irlanda tendría que dar el visto bueno. Al fin y al cabo, para muchos sería quien ‘pagaría la factura’ por su diferencial positivo en la calidad de vida, como lo hizo Alemania Occidental con su vecino comunista de oriente hace tres décadas cuando cayó el Muro de Berlín.

Finalmente, no podemos olvidar al Reino Unido como el otro partenaire bajo el actual cambalache de intereses. El mismo Boris Johnson llamó a todos los líderes de Irlanda del Norte a unirse para formar un Ejecutivo local que garantice la “estabilidad” de la provincia británica. No sea cosa que se resquebraje el statu – quo, en un mundo que colapsa entre la guerra y la escases, donde claramente el Londres requiere de un imperio cohesionado para enfrentar los desafíos geopolíticos del futuro. 

Más allá de todo lo expuesto, al Sinn Fein le toca ahora la responsabilidad de cogobernar con los protestantes, pero esta vez con el bastón de mando. Cumplir con lo prometido, demostrar que no son lo mismo que sus oponentes, ser perseverantes en llevar a cabo un programa económico de tinte fuertemente redistributivo que permita balancear un escenario socio-económico muy complejo para la actual vida diaria de la mayoría de los norirlandeses. Satisfacer las demandas ciudadanas para que la victoria del Sinn Féin no sea solo simbólica; aunque como suelen decir los nostálgicos del IRA, en el Ulster los símbolos lo son todo.

Y para cerrar sin irnos tan lejos, podemos afirmar que nuestra casa también es un ejemplo de ello. Si el gobierno actual quiere ser reelegido, primaria y primordialmente debe apuntalar la economía, la madre de todas las batallas, bajando urgentemente la galopante inflación que aqueja a la mayoría de los argentinos. Es que, tal cual ocurre en Irlanda del Norte y a diferencia de lo que indica gran parte de nuestra historia, con la liturgia peronista ya no alcanza. 

Inflación ¿mal de muchos, consuelo de tontos?

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Recientemente, el Congreso chileno rechazó las dos propuestas de retiro de fondos de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP, símil a nuestras otrora AFJP). La primera correspondía a un nuevo 10% — que se sumaba a los tres anteriores que comenzaron a implementarse desde 2020, cuyo objetivo en aquel momento había sido el paliar la crisis de empleo provocada por la pandemia de COVID-19 — y la segunda era una propuesta del actual gobierno de Gabriel Boric, la cual buscaba evitar una fuga masiva de dinero a través de acotar su utilización al pago exclusivo de deudas con bancos, financieras u otros tipos de instituciones que brinden servicios.

¿Cuál es la razón que se esgrimió desde el ámbito legislativo? Claramente la principal fue de tinte economicista: el volcar ese dinero al mercado, sin una contraparte de incremento de producción en la economía real, empujaría al país a un escenario inflacionario – que le echaría ‘más fuego’ al 9,4% de inflación interanual -, lo cual, al final del camino y tal cual círculo vicioso, terminaría perjudicando justamente a las mayorías que el espíritu de la propuesta trataba de proteger.

Lamentablemente para Boric, más allá de las justificaciones presentes – el conflicto de Rusia con Ucrania, la pandemia, o mismo los efectos del incremento en el consumo derivado de los anteriores retiros por un valor de 55.000 millones de dólares -, gran parte del objetivo de encontrar una solución a futuro se cierna en comprender que el dilema es históricamente estructural: la gran mayoría de los chilenos tiene grandes problemas económicos (estallido social de 2019 dixit), lo que conlleva a un enorme descontento de seres humanos que desean y necesitan el dinero YA en sus bolsillos.

Por ende, este contrapunto entre lo coyuntural, el famoso ‘parche económico’ que tan bien conocemos en nuestro país y sabemos que no soluciona el problema de fondo, puede transformarse en un gran dilema político para Boric: es que el gobierno recién asumido quiere mostrar un pragmatismo de centro-izquierda que no conforma ni a la oposición de centro-derecha, ni al propio oficialismo inundado de trotskismo.  

Y sí, es imposible armonizar con la histórica casta neoliberal – la cual ha signado, en sus diversas variantes desde el regreso de la democracia, los destinos macroeconómicos del país -, cuyo eje dogmático central es mantener a raya el nivel de precios. Pero ello no es todo; por ejemplo, una de sus principales banderas explicativas les dice a los trabajadores que ‘no es correcto’ que paguen la crisis con sus propios ahorros, sino que desde el gobierno se debe incentivar el mismo más allá de las AFP. Suena lógico. Pero qué difícil es lograrlo.

Es que como sostiene la izquierda opositora: con los salarios actuales no existe margen para el ahorro. “Los que sí pueden ahorrar son los financistas vinculados a las ingentes ganancias que han obtenido las AFP en las últimas décadas”, señalan desde una posición crítica apelando a la justicia moral. Para ello, se requiere una política económica distributiva más progresiva (¿Agresiva?), que es la que única que podría generar un marco económico intra-sistémico más equitativo. Por supuesto, se sabe que a la derecha más conservadora se le puede hablar con el corazón, pero siempre responderán con el bolsillo: para las Elites, los retiros de fondos son «una política populista, irresponsable, cortoplacista, y sobre todo miope».

Y en medio de todo este ‘berenjenal’ se encuentra el recientemente ungido presidente, quien busca evitar a como sea el efecto multiplicador, obstaculizando un recalentamiento de una economía que, ya golpeada, tiene muchos frentes de batalla. Para ello utilizó el voto afirmativo a su proyecto de 11 de los 12 diputados del histórico Partido Comunista chileno. Cuidado con los nombres, la dialéctica es peligrosa para los pocos que tienen alguna esperanza en los programas ideológicos que pueden verdaderamente subvertir un régimen que genera enorme descontento.

“¿Pero eso quiere decir que los que se verían beneficiados con el proyecto de ley del Ejecutivo serían los bancos y las empresas de servicios que cobrarían las deudas de los empobrecidos clientes?”, cargaron desde el seno de la propia coalición de gobierno. Así es; la sabana es corta y no se puede conformar a todos: en la ‘lucha de clases’ todo vale y hay que ir a fondo. “Si quieren enfrentar la inflación de verdad, desde la izquierda proponemos además otras medidas estructurales. No solo se deben elevar los salarios y las pensiones, sino que además debe haber un control de los precios mediante comités de trabajadores y usuarios, como así también la apertura de los registros contables de las grandes empresas y distribuidoras de bienes de primera necesidad que permitan frenar la especulación con las necesidades básicas de la población”.

Más allá de las chicanas y propuestas diversas, la otra pregunta se seña en el propio sistema de jubilaciones y pensiones en sí. En la lógica estructuralista de la izquierda más radicalizada, el objetivo primario es el fin de las propias AFP, las cuales han ganado fortunas en los últimos 40 años y solo brindan una tasa de devolución promedio al trabajador del orden del 30% del salario (mientras que en la OCDE se encuentra en torno al 66%). “Solo aceptaremos la necesaria la implementación de un sistema solidario, de reparto, tripartito y democrático; es decir, que los propios trabajadores y jubilados decidan cuándo y cómo se invierte en obras públicas o servicios sociales para que ese ahorro crezca y permita una jubilación con pensiones que cubran la canasta familiar”.

La respuesta de la variedad de partidos que se balancean en el espectro que cubre del centro a la derecha, se sostiene en que ello es completamente irresponsable porque hoy día en Chile hay cerca de 260.000 millones de dólares en ahorros previsionales que están en cuentas de ahorro personales; por ende, con el fin de las AFP los valores de los fondos de pensiones se licuarán enormemente y el dinero de los aportantes se verá totalmente depreciado al momento que quieran recuperarlos. ¿Se juega con el miedo? Probablemente. ¿Quién se hará cargo de las pérdidas en caso de que ello suceda? El Estado como siempre, por supuesto. La norma ‘ganancias individuales, perdidas socializadas’, se cumple siempre bajo el lógica de la dinámica sistémica concentradora que he hecho mella en nuestra historia latinoamericana.

En definitiva, el presidente Boric está intentando mostrar su mote de ‘equilibrista’. A la izquierda de su electorado, les dice que “hay que ser responsable en el gasto fiscal”. Por su parte, a las Elites las trata de contener con un «no espero que estén de acuerdo conmigo, pero sí que dejen de tenernos temor».

Bajo este contexto, podemos afirmar que en un mundo donde prima la racionalidad y el pragmatismo – estemos de acuerdo o no según nuestra moral y buenas costumbres – una alta inflación es un flagelo que hay que combatir. Lo único certero es que, dada la estructura económica sistémica global en la cual estamos inmersos, un escenario de subas de precios fuera de control perjudica sobre todo a los que menos tienen. Que, lamentablemente, hoy en día son las mayorías.

‘¿Mal de muchos, consuelo de tontos?’ Mientras algunos se resignan, otros sostienen que solo falta coraje para brindar una solución superadora. En el mientras tanto, en el momento que usted se encuentra leyendo estas líneas, los mismos de siempre, desde las mieles de una bonanza derivada de la combinación perfecta de poder en exceso y riqueza en abundancia, vivencian este proceso inflacionario como una más de tantos que por supuesto, pase lo que pase, nunca los afecta.

La lenta agonía de la vieja política

https://www.ambito.com/opiniones/francia/sin-lugar-los-tibios-la-lenta-agonia-la-vieja-politica-n5417357

Las recientes elecciones en Francia mostraron, una vez más, una tendencia que parece irreversible – aunque ‘en política nada es imposible’, como diría un importante dirigente de la historia de nuestro país -. No por nada la participación electoral del 73,3% es la más baja registrada en los últimos veinte años y muestra una vez más un desinterés del electorado. No más tibieza. No más programas teñidos exclusivamente de discurso ideológico. No más promesas que nunca terminan de cumplir.

Por ello no es de extrañar que la candidata del Partido Socialista y actual Intendenta de Paris, Anne Hidalgo, obtuviera una ‘propina electoral’ de un 1,7%; mientras que Valérie Pécresse, la candidata Republicana, sumó un humillante 5%. Estos dos partidos tradicionales de Elites enraizadas que asumieron la alternancia política en el siglo XX y principios del XXI, salen (literalmente) de la escena política francesa sin pena ni gloria.

A pesar de ello, parece no haber un claro reconocimiento ni entendimiento situacional, por lo menos de algunos de sus principales dirigentes: la propia Hidalgo sostuvo después de la elección que utilizará su energía como política para “Conquistar una Francia más fuerte, más bella y más justa. Bajo una izquierda moderna, abierta, de todos los colores, inventiva. Porque sin ella, la Francia que queremos, la Francia republicana democrática, social, laica y europea, no puede cumplir sus promesas de libertad, de igualdad y de fraternidad”. Lo interesante es que no solo describe un país que no existe más; sino que, básicamente, desarrolla una estructura dialéctica que ya no le sirve – ni le llega – a nadie.

Vamos entonces por los ganadores. Por un lado, el joven ex banquero Macron, líder neoliberal pro-europeo, ha sido el vencedor con un 27,6% de los votos. En estos años de gobierno – más allá del efecto positivo que implicó su rol activo ante la pandemia y la crisis en Ucrania -, el presidente gestionó con el apoyo del establishment – reducción de impuestos y flexibilización laboral mediante -, el cual ayudó a motorizar la economía con inversiones que generaron cientos de miles de puestos de trabajo (el desempleo disminuyó del 10% al 7,4% en su mandato), y colaboró para con el sopesar el mal humor social que generó el aumento del precio de los combustibles y su desencadenante conflicto con los ‘chalecos amarillos’, o mismo el proyecto para incrementar la edad jubilatoria, entre otros.

Por su parte, la gran elección de Le Pen (23,2% de sufragios) derivó del hartazgo – igual que ocurrió con Mélenchon (tercero con algo más del 21%) – de una población cansada de los fracasos de la centro-izquierda y la centro-derecha. Discursos vacíos de valores que no llenan ni la heladera ni el alma. Solo para citar un ejemplo, en las últimas décadas los salarios se han venido depreciando en términos reales, y gran parte de la población con empleo remunerado vive con ingresos apenas por sobre la línea de pobreza (lo que hace que los actuales aumentos de precios ‘de guerra’ golpeen muy severamente el bolsillo de las mayorías).  

Es por ello que la candidata de Agrupación Nacional le llegó a aquellos franceses que ven en la globalización – y la consecuente inmigración – un riesgo para los principios y su bienestar económico (‘los problemas reales de los franceses’), sobre todo los de la Francia rural y más conservadora – ya aseveró que si gana las elecciones va a prohibir el uso del hiyab islámico en las áreas públicas -. Además se corrió endógenamente hacia el centro – expresó que prefería reformar la Unión Europea «desde adentro» en lugar de abandonarla, como así también que quitará las contribuciones a las empresas si aumentan un 10% el salario mínimo de sus empleados, entre otros -, y por osmosis externa ante un candidato populista de ultra derecha como Zemmour,  quien la mostró, en términos comparativos (lo cual es relevante en períodos electorales), como más moderada. Finalmente, eligió un vocabulario diferente – más abarcativo y suavizado – para explicitar sus propuestas, como que gobernará “en nombre del laicismo y el feminismo”. Aquellos temas puntuales que le interesan a un electorado apático de las monumentales promesas no cumplidas, pero que desean ver sus sueños particulares de políticas públicas hechos realidad. 

En el caso del candidato de izquierda, el ‘insumiso’ Mélenchon recibió el apoyo de la clase media pauperizada y los obreros desclasados de las grandes urbes. ¿Entenderá la izquierda alguna vez que deben dejar de lado las miserias y los egoísmos  para tener alguna chance de poder alzarse con el poder ejecutivo? Si a la gran elección de Mélenchon le adicionamos el 2,1% del Partido Socialista, el 3,2% del Partido Comunista, y 4,7% del Partido Ecologista (el cual no obtuvo un mal resultado apelando el voto del interés específico de un problema real), no sería descabellado el que una potencial alianza pueda disputar un ballotage con dignidad. Uno entiende que cada momento histórico es diferente, pero sería interesante si ponen las barbas en remojo mientras rememoran el acuerdo de ya hace más de medio siglo entre el comunista Pablo Neruda, quien declinó su candidatura presidencial, y Salvador Allende, para que la izquierda llegue democráticamente por primera vez al poder en Chile.

Pero hay algo más: el pragmatismo racional. «Acumulan reivindicaciones, pero no saben ni cómo darles respuesta, ni cuáles deberían ser las prioridades», se quejó un militante izquierdista del llano con bastante razón. Es que denunciar que el 10% de los hogares más ricos posee casi el 50% de la riqueza total y 160 veces más que el 10% más pobre, hoy ya no alcanza. Es bien sabido: cuando hay un vacío de propuestas concretas y sustanciales, la derecha domina. Nada más y nada menos que aquellas fuerzas conservadoras que quieren preservar el sistema tal y como está.

Ahora bien, salvando las distancias históricas, culturales, y políticas, ¿podemos hacer una simetría entre lo que ocurrió en las elecciones francesas y lo que se vivencia en otros países, especialmente en nuestra Argentina?

Probablemente sí. La diferencia en el voto se observa claramente entre el interior agrícola (la pampa húmeda) y los polos industriales (conurbano bonaerense), las brechas generadas entre los barrios empobrecidos y los ricos (el clásico norte pujante y sur abandonado dentro de una misma urbe), la apatía ante una clase política que no brinda respuestas (la desigualdad y marginalidad creciente vivenciada en el último medio siglo), y los objetivos específicos de cada ciudadano (conquistas de género, ecología, derechos humanos, etc.) que, bajo un halo de sinceridad, han generado un abandono de los deseos de las siempre inconclusas grandes epopeyas ideológicas colectivas. Por supuesto, no podemos olvidarnos de los miedos que generan lo diferente – inmigrantes, otras clases sociales -, o mismo el cansancio provocado por la inestabilidad y la pobreza, que a su vez nos obnubila para razonar con cierta lógica y no nos permite reflexionar bajo un paradigma de ciertos ‘valores humanos mínimos’ (cuya consecuencia podría ser, por ejemplo, el incremento de la violencia social).

Por supuesto, en las tendencias se encuentran los contrapuntos derivados de la conjugación difusa de las variables expuestas, las cuales conforman una interesante campana de Gauss. Ya sea porque lo piensan o sienten (como podría ser el ingente voto libertario en los barrios más humildes de CABA en las últimas elecciones legislativas de nuestro país), más allá de la cabal comprensión situacional.

Y en ello tiene mucho que ver la discursiva. En este sentido, Le Pen lo entendió perfectamente, ya que dejó de hablar del peligro musulmán y empezó a mencionar como eje central de su futuro gobierno el poder adquisitivo de las clases populares olvidadas, de los perdedores de una globalización que sólo ha favorecido a las élites y que tiene a Macron como uno de sus adalides. Más aún: ha remozado el discurso de su formación, matando figuradamente al padre y fabricando una neolengua capaz de confundir a izquierdistas poco avisados.

Para los apáticos, su novedoso mix discursivo podría ser razonable o lógico si se lo desglosa y analiza más puntillosamente. Sin embargo, lo más importante a destacar es que desde hace algún tiempo y según diversas encuestas, los votantes de Reagrupamiento Nacional de Le Pen no se ven a sí mismos como personas de extrema derecha. Lo son, claro, pero ellos piensan que no. Y para los políticos, eso es de vital importancia.

En definitiva, una nueva forma de hacer y formular la política se consolida en el mundo. En este aspecto, lo que seguro intentan dilucidar muchos franceses, desconfiados y reacios de tener que inclinarse por el candidato ‘menos malo’ en la segunda vuelta, es que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

La economía y el fin ulterior en épocas de guerra

https://www.cronista.com/columnistas/el-gas-su-pago-en-rublos-y-la-economia-mas-alla-de-la-guerra-quien-tiene-las-herramientas-para-imponer-las-reglas-de-juego/

El presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha firmado el decreto que obliga a los países «hostiles» a pagar en rublos el suministro de gas. Con estos cambios, los Estados clientes deben abrir dos cuentas (una en moneda extranjera y otra en rublos) en el Gazprombank, la filial bancaria de la empresa estatal de gas rusa Gazprom y uno de los pocos bancos que se ha librado de las sanciones justamente por representar uno de los canales principales para la compra de crudo y gas por parte de Occidente. Posteriormente, el banco acudirá a los mercados de divisas de Moscú para realizar el cambio a rublos y efectuar el pago correspondiente a la empresa de gas.

¿Cuál es la lógica de este pedido? En una primera rápida apreciación, uno podría pensar que la medida no genera un gran cambio, ya que la continuidad de las compras que se hacían previo a la guerra en dólares o euros – más del 90% de sus contratos de gas con Rusia a largo plazo se liquidaban en estas monedas -, contribuirán sosteniendo con divisas fuertes el tipo de cambio, principal variable para con la sostenibilidad de un proceso abastecimiento de bienes y servicios – tanto de importaciones para consumo como de insumos para con la producción nacional -, y la contención de la inercia inflacionaria derivada de la actual coyuntura.   

Sin embargo, el movimiento económico ruso lejos se encuentra de ser atolondrado o imprevisto. Por un lado, más allá de la imposición de nuevas reglas de juego, en ningún momento puso en duda el abastecimiento de hidrocarburos para Europa. En este sentido, el principal portavoz presidencial, Dimitri Peskov, ha insistido en que Moscú sigue dispuesto a cumplir su parte en materia de suministro y precios. «No habrá cambios para los receptores del gas ruso que paguen». ¿La razón? El flujo de capitales desde Europa sigue siendo demasiado importante – para ambas partes – como para realizar un corte unilateral, por más sanciones económicas que provengan de occidente. Los números hablan por sí solos: desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania el pasado 24 de febrero, hasta finales de marzo, los países de la Unión Europea le han transferido a Rusia más de 18.000 millones de euros como pago por las importaciones de gas (11.500 millones), petróleo (6.300 millones) y carbón (500 millones).

Aquí tenemos otro punto importante: Putin señaló que Rusia “le suministró a los consumidores europeos sus recursos; los recibieron, y nos pagaron en euros que ellos mismos luego congelaron». En este aspecto, los proyectos para salir de la hegemonía del dólar/euro (el 80% de las transacciones mundiales de recursos estratégicos se realizan en estas monedas) no son solo representativos de la actual coyuntura o geografía de disputa: ya hace años China y otros países de segundo orden a nivel internacional están tratando de realizar ‘swaps’ y otro tipo de intercambios económicos que eviten los costos transaccionales en monedas de terceros Estados, los bloqueos y sanciones financieras por cuestiones políticas/ideológicas/de derechos humanos, o mismo la dependencia de las políticas monetarias realizadas desde los principales ejes de poder global, aquellas potencias occidentales que decretaron a la globalización neoliberal como sistema univoco post guerra fría.

La otra variable de relevancia que se conjuga con la geoeconómica es la geopolítica pura y dura: aquí se encuentra en juego aquel actor que tiene el poder de decisión, quien posee la capacidad diplomática/militar de decidir bajo qué condiciones se distribuye el  factor clave en disputa: en este caso, el recurso económico estratégico.

Rusia quiere demostrar que tiene las herramientas para imponer las reglas de juego; y ello, en la arena de las relaciones internacionales, no es un tema menor. Solo para citar un ejemplo, si los países aceptan pagar en rublos las importaciones de gas, Putin puede sostener que como se acepta las condiciones de pago de hidrocarburos, también se podría aceptar pagar en rublos la deuda externa. A lo que podrían responderle que otros insumos o bienes de capital europeos que Rusia requiere, deberían ser pagados ‘por practicidad’ depositando euros en cuentas bancarias dentro de la jurisdicción del viejo continente. Conclusión: hipótesis varias, derivaciones infinitas, pero muy pocas certezas.

Además de todo lo expuesto, no podemos dejar de lado las cuantiosas dudas técnicas que la medida genera en Occidente. ¿Qué valor de referencia se utilizará para la compra de rublos? ¿Podría la fluctuación del rublo tener influencia en el precio del petróleo y el gas ruso? ¿Cuáles serán los costos transaccionales finales? ¿Se podrá operar a través de bancos de terceros países ‘no hostiles’? ¿De ser así, se podrá generar una triangulación de las operaciones después del pago?

En este aspecto, lo que ocurrirá probablemente es el desarrollo de un proceso de atomización donde cada actor, si desea continuar comerciando hidrocarburos con Rusia, deberá establecer su propia estrategia y su propio circuito de negociación. Todo terminará en el embudo del Kremlin, el cual, con su lógica omnisciente, brindará la respuesta acorde a sus intereses. Como contraparte, el potencial cuestionamiento de la legalidad y la validez de los ‘nuevos contratos’, los cuales Occidente puede pensar que podrán ser rediscutidos dada su imposición unilateral en un escenario post-Putin,  no solucionan de fondo la realidad de la coyuntura socio-productiva europea actual.   

Finalmente, de todo lo mencionado se deprende la valorización de las materias oprimas, (ninguneadas en diversas ocasiones durante el último siglo, incluida una actualidad que  alaba a los servicios financieros y tecnológicos como ‘vedettes’ del mundo económico del futuro), donde toman envión y vuelven a mostrar la relevancia de su rol en las cadenas de valor global y los aparatos productivos de la economía real. Y aquí Rusia planta bandera y sostiene con firmeza que sí puede incidir en el motor económico de los países ‘hostiles’, con evidencia empírica que lo sostiene: la matriz energética actual de la Unión Europea depende en un 40% de Rusia.

A modo de conclusión, se podría afirmar que el conflicto derivará en una permanente ‘guerra fría’ en Eurasia, un largo paralelo 38° a la Coreana que separe a Rusia y sus aliados de todas aquellas ex Repúblicas Soviéticas (como Estonia) y ex satélites (por ejemplo Polonia) que abrazaron a la OTAN – y actualmente gozan de su protección – durante las últimas décadas.  

Por el contrario, es dable que en términos geoeconómicos se vuelva al status anterior al 24 de Febrero. “Todo pasa”, diría Don Julio, sobre todo cuando el escenario económico sistémico es tan complejo y osado para las partes en conflicto. Es que aunque Europa pueda encontrar suministros de energía y materias primas alternativos – por supuesto a mayor costo y con derivaciones socio-económicas altamente negativas por la suba de precios -, y Rusia pueda abastecer a terceros mercados  – China y países neutrales fuera del rango OTAN – y sortear los obstáculos/bloqueos económicos/financieros con mecanismos alternativos de tinte transaccional y para con el reaseguramiento de sus activos y su moneda como reserva de valor, estamos ante una situación económica sistémica de corto plazo de Lose-Lose (a pesar de alguna ganancia marginal relativa por parte de algún actor o sector indirecto). Y ello no le conviene a nadie. En este mundo de valores frugales y donde el crecimiento económico es el ‘objetivo ulterior’, está más que claro que los muertos no van a regresar y es necesario poner a la economía de pie nuevamente.

¿Qué ocurrirá en el mediano/largo plazo? Nos encontraremos con un mundo bipolar – la OTAN de un lado y Rusia/China del otro, ambos con sus respectivos aliados -, enmarcado en una tensión permanente ante las crecientes capacidades militares (incluidas las nucleares), que incrementarán la puja por los recursos naturales estratégicos (bienes escasos y servicios de alta tecnología) con el objetivo de  mantener/incrementar la primacía geopolítica y geoeconomía, bajo un escenario internacional donde habrá que lidiar con la escases para darle continuidad a los procesos de ingente acumulación capitalista. En definitiva, un cocktail explosivo para las potencias que, cada uno con sus liderazgos y características propias, no abandonan el ‘leit motiv’ de la existencia realista: la lucha por el poder y la riqueza. Y bajo el paradigma descripto, la finalidad superadora de las Elites que dirigen los destinos de cada nación es el propio reaseguro de su enriquecimiento, bajo una supremacía de las fuerzas de coerción en términos domésticos e inter-estatales que les permitan sostener una suficiente capacidad económica para abastecer, con la mayor cantidad de bienes y servicios posibles, a sus poblaciones. O, mejor dicho, es la forma que tienen para ‘aflojar’ las tensiones sociales suscitadas ante la imposibilidad de unas mayorías empobrecidas en todos los rincones del planeta de poseer suficientes ingresos para alcanzar una canasta básica y mínima de subsistencia. Una situación que, lógicamente, preocupa (en algunos casos exaspera) a las Elites de cada uno de los Estados; simplemente por el hecho de que, cada vez más recurrentemente, ven peligrar los cimientos del statu-quo que tal celosamente protegen.         

La guerra, hipocresía mental organizada

https://www.ambito.com/opiniones/ucrania/la-guerra-hipocresia-mental-organizada-n5408070

El conflicto entre Rusia y Ucrania nos interpela a realizar un análisis situacional macro de lo que representa la guerra en sí y, sobre todo, desarrollar una mirada ética y política sobre un escenario que esperemos los argentinos, a 40 años de la gesta de Malvinas, nunca tengamos que vivirlo de nuevo en carne propia.

¿Porque la guerra en Ucrania se ha visibilizado mucho más que otras? ¿Es un dilema eminentemente económico? Probablemente no. Podemos afirmar que la mayoría de los rusos y ucranianos no viven en una pobreza extrema, aunque existen una diversidad de problematicas socio-económicas (y macroeconómicas, sino observemos la alta tasa de endeudamiento de Ucrania con el FMI, o mismo los niveles de productividad de Rusia), que los hacen relativamente vulnerables como la mayoria de los ciudadanos a nivel global.   

¿Es un problema de percepción de escases de recursos estratégicos – alimentos e hidrocarburos? Tampoco. Para citar a la historia, todas las guerras de Medio Oriente provocaron turbulencias productivas y financieras a nivel global – sobre todo en términos de la inflacìón que golpea a los países más pobres -, pero ninguna de ellas con consecuencias que hayan generado estupor ante una coyuntura que, aunque compleja, puede ser solucionada en el mediano plazo.

¿Es una cuestión ideológica? Ningún internacionalista discute realmente si estamos ante una lucha del ‘bien contral el mal’, o si vivenciamos un Deja Vú de las batallas entre Nazis y Comunistas. Seguramente haya unos cuantos simpatizantes del Tercer Reich en Ucrania, pero no son la mayor parte de la poblacion. Y Putin es un capitalista acérrimo, defensor de la propiedad privada ‘a su modo’: con una oligarquía a su lado que hace negocios bajo el manto de un ‘agresivo nacionalismo cristiano’, tiene a la mitad de la población ‘encantada bajo el hechizo’ que representa el regreso del otrora gran imperioso Ruso. Y la otra mitad se encuentra temerosa de terminar encarcelada si pelea por algunos mínimos derechos cívicos.

¿Se encontrará la respuesta en el temor a que las miles de ojivas nucleares que posee Rusia desaten una Tercera Guerra Mundial ante una respuesta por parte de la OTAN? La mayoría de los que estamos vivos no sabemos lo que es relmente un conflicto militar a escala internacional entre varios Estados de relevancia; las péliculas de Hollywood no tienen parangón en la mundo real con respecto a lo que sería una devastadora guerra nuclear en el siglo XXI.

En este sentido, más allá de la perocupaciòn por Rusia, China – ejemplificado en el reciente pacto AUKUS entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido para contener sus pretensiones regionales (Taiwán, el Mar de la China Meridional, etc.) -, o Irán – con su programa nuclear y la posibilidad de desestabilizar todo el Medio Oriente -, la decisión de que todos apreten sus respectivos ‘botones rojos’ – con la devastación a escala global que ello conllevaría – es muy improbable. 

Entonces la reflexión poría ser: ¿Porqué impacta tanto esta guerra?  O podríamos preguntarnos: ¿Porqué no estamos ‘tan conmovidos’ con la muerte de ‘hombres, mujeres y niños inocentes’ en otras partes del mundo?

¿Alguien piensa en los 233.000 muertos en Yemen en la última década, con 2.300.000 niños sufriendo algún grado de desnutrición? ¿Quién pone el foco en la guerra que se inicio hace más de un año donde se estima que más de 9 millones de etíopes necesitan algún tipo de ayuda humanitaria? ¿Y las 14 millones de personas (más del 25% de la población del país) que han sufrido algún tipo de vejación desde el Golpe de Estado en Myanmar? Ni que hablar el conflicto en Siria, el cual dejó más de 380.000 muertos y 200.000 desaparecidos.  

Nuestra latinoamerica tampoco se encuentra excenta de violencia y muerte. Aunque no hay un conflicto inter-estatal, sabemos que el Estado Mexicano ha perdido el monopolio de la violencia en amplias zonas del país, donde la ley y el orden rigen a cargo del Cártel de turno. La consecuencia: 275.000 asesinatos en los últimos 15 años. Por otra parte, los crímenes también se encuentran a la orden del día con eje en la violencia política (Nuicaragua) o socio-económica (Haití). Allí también los muertos se cuentan de a miles.

¿Será porque son sudacas, mulatos, con rasgos semitas, o asiáticos que no se nos eriza la piel? Lamentablemente, tenemos que afirmar que dentro del actual estupor mundial generalizado, este punto pareciera ser el más importante: el origen racial/étnico de los ucranianos. No podemos ser hipócritas. Población blanca – muchos de tes rubia -, europea, cristiana, con rasgos tipicamente ‘occidentales’ (y los valores que ello conlleva). Nunca mejor expresado el dicho «Todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros».

Lo más interesante, y he aquí tambien la relevancia de la colonización mental – porque hoy en día los Estados se pelean mediante ciberataques, campañas de desinformación, coacción económica o la instrumentalización socio-política de los migrantes – es que se logra convencer sobre una verdad altruista a seres humanos que no pertenecen a estos colectivos ‘racialmente superiores’, pero apoyan su causa. Y sin intentar bucear muy profundamente, podemos afirmar que tampoco tienen mucho que ver un obrero industrial del cordón central de los Estados Unidos, con un granjero del Sudoeste Ucraniano.

Pero ello ocurre y el racismo intrínseco, aquel que normaliza y diferencia entre quienes pueden vivir mejor (al menos un poco) de quienes lamentablemente les ‘tocó’ la mala suerte de nacer en paises pobres, gobernados por dictadores impunes que nos les importa su pueblo, y sobre todo muy alejados de ese ‘patrón de belleza exterior’ impuesto por el dogma de la cultura OTAN – porqué no definirlo de esa manera en estas épocas donde reina la simbología militar -, es el pensamiento de una gran parte de la población global que ‘sufre’ por las familias ucranianas.

Finalmente, creo que una porción no menor de nuestra población argentina es un gran exponente de ello; y porqué no decirlo, a lo que también se le adiciona un popurrí de todo lo expuesto previamente. ¡No solo son un pueblo europeo de tez blanca (como teóricamente somos nosotros), de clase media (como teóricamente somos nosotros), sino que además odiamos a los comunistas (porqué nos dijeron alguna vez que son malos), y a los que hablan con vehemencia como el presidente Putin (sin importar lo que dice – aquí podríamos hacer una alguna alegoría con una ex presidenta -) porque ello es violento, y sobre todo a los que pretenden destruir nuestro modo de vida occidental (??)!. Y así podría seguir.

Ahora bien, ¿Y por los niños Quom desnutridos del Chaco, no nos angustiamos? ¿Es necesario – o suficiente – que se encuentren en un conflicto armado para que seamos ‘cruzados’ y salgamos en su defensa? ¿O intrínsicamente muchos de nosotos tenemos inculcado que ellos entran dentro de los parámetros de indios (negros para la clase media-alta citadina), pobres y vagos, a los que les gusta vivir en la indigencia sin trabajar?

En fín, lo que podemos afirmar es que este escenario de guerra ha reflejado fielmente, lo que podríamos denominar una vez más, nuestra ‘hipocresia mental organizada’.   

La guerra que desnuda la relevancia de la economía real

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero el 10/3/2022

https://www.ambito.com/opiniones/guerra/la-que-desnuda-la-relevancia-la-economia-real-n5389783

Los tiempos de guerra suelen ser aquellos que nos permiten abrir los ojos, mostrarnos en un instante, en una foto, lo que la dinámica de la vida coyuntural nos ensombrece nuestra compleja realidad cotidiana.

Mientras las tropas rusas continúan atacando Ucrania, el impacto económico del conflicto se concentra principalmente en tres variables claves: la energía, las materias primas y los productos agrícolas.

Por supuesto, dependiendo de ser más o menos ‘amigo’, o la autosuficiencia que tenga cada país para abastecerse, la escasez y los precios por ‘las nubes’ tienen un mayor o menor impacto, además de las derivaciones indirectas que ello pueda conllevar. Solo para dar un ejemplo, si un país que depende energéticamente de Rusia recibe menos gas, tiene que reemplazarlo utilizando otras fuentes disponibles en el mercado internacional, lo que afectaría los suministros para terceros Estados.

Por el contrario, algunos países pueden vivenciar un ‘boom’ positivo para sus economías. Si pensamos en Perú, el país andino podría convertirse en un nicho atractivo para la exportación de gas que satisfaga las necesidades energéticas de Europa central: Alemania, Polonia y el norte de Italia que son, en la práctica, los países que más consumen gas en el periodo de invierno y con finalidades industriales.

Los números que explicitan lo expuesto son más que claros: Rusia es el segundo mayor exportador de petróleo y el mayor exportador de gas natural del mundo. Europa, por su parte, recibe de Rusia casi el 40% de su gas natural y el 25% de su petróleo. Un arma de guerra sustancial como respuesta a las sanciones económicas impuestas por Occidente. ¿Si le afecta Rusia la imposibilidad de exportar a Occidente – cuestión que todavía se encuentra en discusión en el seno de la Unión Europea por las consecuencias macro y microeconómicas que conllevarían -? Por supuesto que sí. Pero Rusia hace rato que mira hacia Oriente, sobre todo después de la guerra de Crimea de 2014: China es el mayor socio comercial de Rusia y ambos países ya han discutido la construcción de nuevos gasoductos para transportar gas ruso.

Por otro lado, los precios en los mercados de trigo y maíz llegaron a su punto más alto desde 2012. Rusia y Ucrania, alguna vez llamadas «el granero de Europa», exportan más de una cuarta parte de la producción global de trigo, una quinta parte del maíz y el 80% del aceite de girasol. En este punto, las derivaciones son también más que complicadas: los números indican que Ucrania enviaba hasta el comienzo de la guerra el 40% de sus exportaciones de trigo y maíz a África y al Medio Oriente, geografías donde la menor provisión de alimentos esenciales y la inflación derivada de ello pueden mellar fuertemente la inestabilidad social.

Por su parte, el posible desabastecimiento de metales indispensables como el paladio, el aluminio o el níquel, suscitaría un trastorno más para la dinámica de las cadenas de valor global. Por ejemplo, dado que Rusia es el mayor exportador de paladio en el mundo, los precios de este metal que se usa en los sistemas de escape de los automóviles, los teléfonos celulares, e incluso en los empastes dentales, se han duplicado en los últimos días. También ha estado aumentando el precio del níquel, el cual se utiliza para hacer baterías de autos eléctricos. Ni que hablar del gigante europeo de la aviación, Airbus, el cual se abastece de titanio de Rusia.

Por supuesto, al final del día la guerra tiene sus derivaciones en la economía financiera.  Las naciones occidentales eliminaron a Rusia de la red de comunicaciones bancarias Swift, como así también prohibieron cualquier transacción con el Banco Central de Rusia, el cual posee 630.000 millones de dólares de reservas en divisas. Para contrarrestar esta situación, Rusia ha estado trabajando con China en el diseño de nuevos sistemas de pagos internacionales que puedan eludir el dólar y, por lo tanto, reducir la capacidad de Estados Unidos para ejercer presión a través de sanciones.

Por otro lado, Rusia lleva tiempo preparando lo que sería la creación de su propia criptomoneda oficial, el rublo digital. Durante estos últimos meses, 2 de los 12 bancos que hay en Rusia ya completaron transacciones entre clientes en los que se usaba esta moneda digital. Y como salvoconducto de corto plazo en este escenario de conflicto bélico, Vladimir Putin anunció medidas que buscan frenar la caída del rublo: desde la duplicación de la tasa de interés de referencia (llevándola del 10,5% al 20%), hasta que los exportadores se vean obligados a convertir en rublos el 80% de sus ingresos obtenidos en monedas extranjeras desde el primero de enero de 2022, entre otros.

Es claro que al final del día, las derivaciones de la economía real que pueden afectar a la inflación, los bonos o las criptomonedas, son solo eso: el complemento – aunque necesario en la mayoría de los casos – de lo que realmente importa, de lo que se consume y se produce, de lo que permite que nos alimentemos, nos traslademos, podamos comunicarnos.

Entonces uno se acuerda de nuestra querida Argentina: de Vaca Muerta, de nuestro campo, de la imperiosa necesidad de alguna vez por todas tener una industria competitiva, de potenciar los servicios tecnológicos que puedan insertarnos de lleno en el mundo. Si logramos fortalecer estos procesos, le dejamos solo el margen de error u omisión maliciosa a los procesos de endeudamiento cíclico, a la fuga de capitales, a la montaña rusa financiera que representan las criptomonedas sin control.

Sino piensen en este momento histórico único. Si nos hubiéramos abocado a tener una política energética adecuada – en lugar de sufrir por los dólares que se nos van a escurrir de las manos con los incrementos de los precios de la energía -, un sector agroexportador que trabaje codo a codo con cualquiera sea el gobierno de turno – que liquide las divisas en tiempo y forma, y no esperando la negociación coercitiva para retrasar los incrementos de precios en el mercado doméstico -, y una política económica soberana en términos de abocarse al financiamiento internacional exclusivamente para producir y exportar más, seguramente podríamos vivenciar este contexto geopolítico global en una situación económica cuasi positiva en su totalidad.

Pero la única verdad es la realidad y estamos discutiendo como pagarle la deuda al FMI, como incrementar las retenciones sin que se produzca una rebelión en el campo, y como mantener el tipo de cambio y la tasa de interés en valores ‘razonables’ para que no se dispare la inflación. Evidentemente, la patria financiera, derivado del descuido de la economía real y la ‘diosificación del hacerse rico sin producir’, hace años viene ganando.

Las guerras son todas una porquería; pero si nos ponemos a reflexionar en que al menos esta entre Rusia y Ucrania sirva para algo, sea para abrirnos la cabeza y nos permita pensar estratégicamente a futuro que es lo relevante. Pero también, y sobre todo, que es lo que nos ha llevado a los frecuentes fracasos a los que estamos acostumbrados.

Estrategia nacional ante una guerra fría duradera

Pablo Kornblum para Ámbito FInanciero 2/2/2022

https://www.ambito.com/opiniones/rusia/de-que-lado-se-tiene-que-poner-argentina-el-conflicto-y-ucrania-n5363754

De un lado, Estados Unidos, Reino Unido, la OTAN. Del otro Rusia, China y aliados. Así está el mundo hoy; con una foto que no es nueva, más bien es una película que se fue pergeñando a principios de este siglo XXI, y que sepultó el ‘fin de la historia’ con hegemonía imperial estadounidense con el consecuente reflejo de la consolidación de un mix entre el realismo clásico y la interdependencia compleja de las relaciones internacionales. Y en relaciones internacionales, como ciencia social que es, todas las razones de avance y conquista, por poder y riqueza como ha sido siempre, son válidas.

Que Kiev es considerado el lugar donde nació hace más de más de un milenio la República rusa, la llamada ‘Rus de Kiev’, aquella enorme federación de tribus eslavas que dominó el noreste de Europa durante la Edad Media y tenía su epicentro en la capital ucraniana. Que además los eslavos orientales tuvieron una cultura común en la que prevaleció el cristianismo ortodoxo y el idioma ruso. Que sus bases se fortalecieron con el nacimiento de la Unión Soviética en 1922. Que alrededor del 17% de la población ucraniana se identifica con la etnia rusa, y para un tercio ese es su idioma nativo.

Para la contraparte Occidental, Ucrania es el aliado democrático en la lucha contra la ‘autocracia’, el mercado abierto que quiere florecer bajo el manto de los valores del respeto a los derechos humanos. Kiev desea fervientemente, y tiene la autonomía estatal para hacerlo defendiendo su territorio soberano, de unirse tanto a la OTAN como a la Unión Europea (UE). Además, y por sobre todo, es un vital proveedor de recursos naturales. Y aquí Rusia también juega un papel vital: en 2021 proporcionó alrededor de 128 mil millones de metros cúbicos de gas a Europa, de los cuales alrededor de un tercio fluyó a través del territorio ucraniano.

Lo que tenemos entonces es una Rusia, que no piensa retroceder ‘ni un ápice’ en su postura, con aliados tácitos de relevancia bélica fundamental, como lo es principalmente China. Del otro lado la OTAN, fragmentada posicionalmente en sus diferentes matices, pero que entiende que el cinturón de contención que implica Ucrania y los países de la región representa un posicionamiento político, ideológico, y hasta podríamos decir moral.

Por supuesto, lo más relevante es el negocio de la guerra, donde ambos bandos se ven beneficiados. Las industrias de la Defensa a nivel global se encuentran de parabienes. ¿Causal o consecuencia de un conflicto que seguramente se extenderá en el tiempo? ¿Tendremos un nuevo paralelo 38 a la coreana? Poco importa la respuesta. Negocios son negocios.

Estamos entonces ante un conflicto a prolongarse y dos bandos claramente diferenciados. ¿Dónde se ubica nuestro país? O deberíamos mejor preguntarnos inicialmente si sirve decidir posicionarnos a favor de uno u otro lado de la renacida ‘cortina de hierro’.  No ha sido una característica a lo largo de la historia de nuestro país, donde generalmente – para no decir casi siempre – nos hemos ubicado en la ‘tercera posición’, parafraseando al general. Más aún, hemos dado tantas vueltas como veleta sin manija – desde las ‘dudas estratégicas’ ante la segunda guerra mundial, hasta la vergonzosa venta de armas a Ecuador de los 1990’después de la ayuda peruana en Malvinas -, las cuales, pecando de sinceridad, nunca nos han dado resultados positivos.

El no tener coherencia ha sido una característica nacional en la mayor parte de los aspectos de la vida del país. ¿Por qué hubiera sido diferente en política exterior? Más allá de ello, el problema central de esta temática es la relevancia denotada en esta coyuntura geopolítica sobre los destinos de la humanidad. Aquí no hay grises. Si en algún momento, en el mediano o largo plazo, se dispara la chispa y suenan los tambores de la guerra, tenemos que estar preparados. No hay segundas oportunidades.

El problema es que ante nuestra situación actual, no podemos desentendernos, o intentar ‘jugar a la neutralidad’. Teoría de la dependencia por donde se la mire. De un lado, la deuda colosal e impagable con los Estados Unidos (perdón, con el FMI), quien todavía rige los destinos de ‘nuestras democracias capitalistas occidentales’, en adición a una historia de lazos culturales con el viejo continente, la cual contrabalancea la renovada relevancia del enemigo británico. Del otro lado, la amistad – y sobre todo las inversiones en infraestructura estratégica – con los rusos (no nos olvidemos de la vacuna Sputnik), en complemento con los aliados Chinos (exportaciones salvajes + swap salvador).     

En definitiva, hay que volver a las fuentes. Es claro que no podemos desentendernos del sistema globalizado y vivir autárquicamente como parias de un mundo cada día más dinámico e interrelacionado. Lo que si podemos hacer es lograr el tan mentado orden institucional interno, estabilizar la macroeconomía, generar políticas redistributivas para terminar con la pobreza, y buscar estar a la vanguardia tecnológica cuidando lo más que se pueda el medio ambiente, nuestro hogar. Y por supuesto, desarrollar un aparato militar sostenible de relevancia, que nos permita estar siempre a la altura de las circunstancias.

Y ello requiere políticas de Estado, que van más allá del color político que pueda tener el partido gobernante y, como ha ocurrido a lo largo de los años, nos ha puesto ante el mundo de uno y otro lado del mostrador intercaladamente según el período de la historia que uno quiera tomar. Porque en términos nacionales, la única manera de enfrentar el tifón de un conflicto internacional del cual podemos no ser parte ni seguramente tener la capacidad de injerencia en él, es encontrarnos cohesionados y sólidos para poder ampliar el margen de maniobra.

Sin embargo, lo expuesto solamente no alcanza. Debemos complementarlo con el trabajo conjunto de políticos estadistas y técnicos especialistas que comprendan el escenario geopolítico y geoeconómico: solo bajo su sapiencia se podrá tomar posición de la mejor forma posible. Porque sino, dados los recursos naturales que poseemos (agua dulce) y nuestra posición geoestratégica (Antártida), esperar bajo una situación de anomía y confusión recurrente es como tener que decidir en este conflicto de dimensiones globales tirando una moneda al aire. Donde solo queda esperar caer del lado que nos beneficie; o, mejor dicho, del lado que no potencie más nuestras debilidades contracíclicas. Aquellas que, continuamente, esquilman la vasta riqueza que la historia y nuestra geografía nos han regalado.