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Estrategia nacional ante una guerra fría duradera

Pablo Kornblum para Ámbito FInanciero 2/2/2022

https://www.ambito.com/opiniones/rusia/de-que-lado-se-tiene-que-poner-argentina-el-conflicto-y-ucrania-n5363754

De un lado, Estados Unidos, Reino Unido, la OTAN. Del otro Rusia, China y aliados. Así está el mundo hoy; con una foto que no es nueva, más bien es una película que se fue pergeñando a principios de este siglo XXI, y que sepultó el ‘fin de la historia’ con hegemonía imperial estadounidense con el consecuente reflejo de la consolidación de un mix entre el realismo clásico y la interdependencia compleja de las relaciones internacionales. Y en relaciones internacionales, como ciencia social que es, todas las razones de avance y conquista, por poder y riqueza como ha sido siempre, son válidas.

Que Kiev es considerado el lugar donde nació hace más de más de un milenio la República rusa, la llamada ‘Rus de Kiev’, aquella enorme federación de tribus eslavas que dominó el noreste de Europa durante la Edad Media y tenía su epicentro en la capital ucraniana. Que además los eslavos orientales tuvieron una cultura común en la que prevaleció el cristianismo ortodoxo y el idioma ruso. Que sus bases se fortalecieron con el nacimiento de la Unión Soviética en 1922. Que alrededor del 17% de la población ucraniana se identifica con la etnia rusa, y para un tercio ese es su idioma nativo.

Para la contraparte Occidental, Ucrania es el aliado democrático en la lucha contra la ‘autocracia’, el mercado abierto que quiere florecer bajo el manto de los valores del respeto a los derechos humanos. Kiev desea fervientemente, y tiene la autonomía estatal para hacerlo defendiendo su territorio soberano, de unirse tanto a la OTAN como a la Unión Europea (UE). Además, y por sobre todo, es un vital proveedor de recursos naturales. Y aquí Rusia también juega un papel vital: en 2021 proporcionó alrededor de 128 mil millones de metros cúbicos de gas a Europa, de los cuales alrededor de un tercio fluyó a través del territorio ucraniano.

Lo que tenemos entonces es una Rusia, que no piensa retroceder ‘ni un ápice’ en su postura, con aliados tácitos de relevancia bélica fundamental, como lo es principalmente China. Del otro lado la OTAN, fragmentada posicionalmente en sus diferentes matices, pero que entiende que el cinturón de contención que implica Ucrania y los países de la región representa un posicionamiento político, ideológico, y hasta podríamos decir moral.

Por supuesto, lo más relevante es el negocio de la guerra, donde ambos bandos se ven beneficiados. Las industrias de la Defensa a nivel global se encuentran de parabienes. ¿Causal o consecuencia de un conflicto que seguramente se extenderá en el tiempo? ¿Tendremos un nuevo paralelo 38 a la coreana? Poco importa la respuesta. Negocios son negocios.

Estamos entonces ante un conflicto a prolongarse y dos bandos claramente diferenciados. ¿Dónde se ubica nuestro país? O deberíamos mejor preguntarnos inicialmente si sirve decidir posicionarnos a favor de uno u otro lado de la renacida ‘cortina de hierro’.  No ha sido una característica a lo largo de la historia de nuestro país, donde generalmente – para no decir casi siempre – nos hemos ubicado en la ‘tercera posición’, parafraseando al general. Más aún, hemos dado tantas vueltas como veleta sin manija – desde las ‘dudas estratégicas’ ante la segunda guerra mundial, hasta la vergonzosa venta de armas a Ecuador de los 1990’después de la ayuda peruana en Malvinas -, las cuales, pecando de sinceridad, nunca nos han dado resultados positivos.

El no tener coherencia ha sido una característica nacional en la mayor parte de los aspectos de la vida del país. ¿Por qué hubiera sido diferente en política exterior? Más allá de ello, el problema central de esta temática es la relevancia denotada en esta coyuntura geopolítica sobre los destinos de la humanidad. Aquí no hay grises. Si en algún momento, en el mediano o largo plazo, se dispara la chispa y suenan los tambores de la guerra, tenemos que estar preparados. No hay segundas oportunidades.

El problema es que ante nuestra situación actual, no podemos desentendernos, o intentar ‘jugar a la neutralidad’. Teoría de la dependencia por donde se la mire. De un lado, la deuda colosal e impagable con los Estados Unidos (perdón, con el FMI), quien todavía rige los destinos de ‘nuestras democracias capitalistas occidentales’, en adición a una historia de lazos culturales con el viejo continente, la cual contrabalancea la renovada relevancia del enemigo británico. Del otro lado, la amistad – y sobre todo las inversiones en infraestructura estratégica – con los rusos (no nos olvidemos de la vacuna Sputnik), en complemento con los aliados Chinos (exportaciones salvajes + swap salvador).     

En definitiva, hay que volver a las fuentes. Es claro que no podemos desentendernos del sistema globalizado y vivir autárquicamente como parias de un mundo cada día más dinámico e interrelacionado. Lo que si podemos hacer es lograr el tan mentado orden institucional interno, estabilizar la macroeconomía, generar políticas redistributivas para terminar con la pobreza, y buscar estar a la vanguardia tecnológica cuidando lo más que se pueda el medio ambiente, nuestro hogar. Y por supuesto, desarrollar un aparato militar sostenible de relevancia, que nos permita estar siempre a la altura de las circunstancias.

Y ello requiere políticas de Estado, que van más allá del color político que pueda tener el partido gobernante y, como ha ocurrido a lo largo de los años, nos ha puesto ante el mundo de uno y otro lado del mostrador intercaladamente según el período de la historia que uno quiera tomar. Porque en términos nacionales, la única manera de enfrentar el tifón de un conflicto internacional del cual podemos no ser parte ni seguramente tener la capacidad de injerencia en él, es encontrarnos cohesionados y sólidos para poder ampliar el margen de maniobra.

Sin embargo, lo expuesto solamente no alcanza. Debemos complementarlo con el trabajo conjunto de políticos estadistas y técnicos especialistas que comprendan el escenario geopolítico y geoeconómico: solo bajo su sapiencia se podrá tomar posición de la mejor forma posible. Porque sino, dados los recursos naturales que poseemos (agua dulce) y nuestra posición geoestratégica (Antártida), esperar bajo una situación de anomía y confusión recurrente es como tener que decidir en este conflicto de dimensiones globales tirando una moneda al aire. Donde solo queda esperar caer del lado que nos beneficie; o, mejor dicho, del lado que no potencie más nuestras debilidades contracíclicas. Aquellas que, continuamente, esquilman la vasta riqueza que la historia y nuestra geografía nos han regalado.