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Teoría de la dependencia, con rasgos asiáticos – Cronista Comercial – Diciembre 2022

https://www.cronista.com/columnistas/el-salvador-y-bitcoin-china-acecha-mientras-bukele-no-se-rinde-y-se-asoma-al-precipicio/

En medio de una crisis profunda de secesión de pagos, una economía que conjuga la dolarización de hecho y el Bitcoin como moneda de curso legal, déficit comercial y de cuenta corriente, reservas languidecientes e intereses de la deuda por las nubes, el Vicepresidente de El Salvador, Félix Ulloa, ha dicho que “China ha ofrecido comprar toda nuestra deuda (lo más urgente son 670 millones de dólares en bonos con vencimiento el 24 de enero de 2023), pero debemos andar con cuidado. No vamos a vender al primer postor, hay que ver las condiciones”.

Aunque el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, dijo que no estaba al tanto del asunto cuando se le preguntó al respecto, cuando el ‘río suena’ es que algo ocurrió. Y precisamente, está vez no fue con la sigilosa penetración que promueve y pretende de sus partenaires el gigante asiático. Sin embargo, no hubo enojo formal ante semejante furcio: la paciencia confuciana sabrá llevar ‘a buen puerto’ una respuesta a las necesidades de financiamiento salvadoreñas. 

Más allá de la puntual dinámica diplomática, este hecho se enmarca en una compleja situación de corto plazo, donde el gobierno salvadoreño se encuentra utilizando las pocas reservas de dólares que le quedan para recomprar su propia deuda. Es que, desde la dolarización de 2001, el país necesita conseguir dólares para proporcionar liquidez a los bancos nacionales, las empresas y los hogares, mantener el gasto público y asegurar las importaciones. Hasta el momento, ni las menguantes exportaciones ni las ingentes remesas (que implican el 20% del PBI) pueden siquiera dar tregua a la escasez de divisas. Por ende, el camino de la política económica tiene un solo destino: recurrir al endeudamiento en los mercados financieros internacionales. Y ya sabemos cómo se termina; solo hay que estudiar un poco de menemismo explícito.

Pero lo expuesto no es lo más grave; como suele ocurrir, la ceguera del presidente Bukele – por acción deliberada, u omisión inepta -, es lo más peligroso para las mayorías empobrecidas que sobreviven bajo una violenta desigualdad. La decisión de usar el Bitcoin (cuyo precio actual es el más bajo desde noviembre de 2020) como moneda de curso legal desde 2021 – el primer país en el mundo que lo hace -, se encuentra enmarcada en un compromiso de respaldo del Banco de Desarrollo Nacional de convertibilidad inmediata entre el dólar y el Bitcoin a través de la App del gobierno (Chivo), manejada por una empresa privada estadounidense. Todo bajo un marco de absoluta oscuridad; un sálvense quien pueda para mantener ficticiamente a flote al país.

Sin embargo, Bukele insiste en la salvación mesiánica: se atraerá dinero del exterior a través de inversiones y más remesas a través de Chivo, convirtiendo al país en un paraíso fiscal de las criptomonedas. ¿Sabrá que no se pueden pagar importaciones o deuda externa soberana con Bitcoin? Poco le importa al autodenominado ‘CEO’ de El Salvador. Más aún, el marco legal creado permite comprar propiedades con Bitcoin, como así también eludir la ley de prevención del blanqueo de capitales, facilitando el lavado internacional de dinero a través de su reventa y fuga del país en forma de dólares limpios.

Estamos entonces no solo ante un país que no es sustentable en el tiempo, sino que además coquetea con prácticas que están tratando de ser abolidas en las finanzas internacionales. Y ello lejos se encuentra de una moral altruista; más bien es el temor a una nueva ola de inestabilidad y derrumbe sistémico. Y El Salvador, como ‘conejillo de india’ de lo que no se debe hacer, seguramente será uno de los primeros en caer ante un escenario macro global adverso en términos de políticas conservadoras y refugio de valor en activos ‘limpios’. 

En este sentido, también desde el exterior ya le han hecho saber los riesgos que se corren, más aún en el contexto actual: el fin de la expansión cuantitativa y las subidas de tipos de interés por parte de la Reserva Federal, harán aún más difícil la financiación en dólares del país. Increíblemente, es algo que Bukele tampoco parece entender, ya que le ha sugerido por Twitter al banco central estadunidense a endurecer su política monetaria.

Pero el FMI ha sido claro y ha instado al Gobierno a abandonar la lógica ‘bitconiana’ si quiere recibir ayuda financiera, ya que considera que “hay grandes riesgos asociados al uso de Bitcoin para la estabilidad e integridad financiera y la protección del consumidor, así como posibles contingencias fiscales negativas”. De hecho, la institución ya le había recomendado a El Salvador no convertir en moneda de curso oficial al Bitcoin. Si el propio FMI lo dice, que de ingenuidad virginal tiene poco y nada, algo tienen que cambiar. Puede no ser exactamente lo que dice el Organismo, pero el camino actual lejos se encuentra de un proceso de racionalidad económica en términos de crecimiento y desarrollo armónico.

Por el contrario, lejos de escuchar las recomendaciones del FMI, el gobierno salvadoreño ha decidido ‘poner toda la carne en el asador’, anunciando la creación de ‘Bitcoin City’ como objetivo ulterior. Esta ciudad, libre de impuestos salvo el IVA, se pagará con la emisión de 1.000 millones de dólares en ‘bonos volcán’, los cuales tendrán un vencimiento a 10 años y pagarán un 6,5% de interés anual, muy inferior al interés del resto de bonos ‘normales’ – los cuales llegan a superar el 30% de interés anual -. La mitad de los ingresos de los bonos se utilizarán para comprar Bitcoins, que a su vez quedarán congelados durante cinco años y se venderán para pagar a los tenedores. Además, aquellos inversores que posean 100.000 dólares en ‘bonos volcán’ durante cinco años, obtendrán automáticamente la ciudadanía salvadoreña. En definitiva, un plan que acelerará los mecanismos antes descriptos: endeudarse para comprar más Bitcoins solo va a aumentar el riesgo país, algo que puede traducirse en la imposibilidad de refinanciar y pagar las deudas.

Mientras tanto, los chinos se relamen sabiendo que los salvadoreños se encuentran ‘camino al colapso’. Aquí no hay altruismo; solo poder y recursos – y un acceso al Pacífico desde Centroamérica -. En este sentido, El Salvador está a sus pies: desde hace un par de semanas, las empresas salvadoreñas ya no podrán exportar bajo las preferencias que le concedía el Tratado de Libre Comercio con Taiwán, ya que la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia declaró sin lugar el amparo que había presentado la Asociación Azucarera de El Salvador. Con esta decisión, el país pierde la cuota anual de 80.000 toneladas métricas de azúcar que podía exportar a Taiwán sin el pago de aranceles, lo que representa un 15% de las exportaciones totales de este producto. Pero lo expuesto ya es solo una nimiedad ante el gigante que todo lo devora; por eso no es de extrañar que El Salvador y China ya han comenzado las negociaciones para firmar «lo más pronto posible un tratado de libre comercio”, el cual, según el gobierno centroamericano, «traerá un abanico de oportunidades para las empresas que operen en El Salvador».

Por supuesto, esta política china con mirada global ha encontrado en el sur continental una presa fácil que desde hace más de un cuarto de siglo la mira con cariño. Más aún, hace pocos días el gobierno argentino logró cierto aire cambiario a partir de la confirmación de la ampliación del swap por 5 mil millones de dólares. Cabe recordar que el esquema del swap consiste en una línea de crédito contingente de disponibilidad; una vez que se activa y se convierte a dólares, comienza el cobro de intereses por el monto utilizado. En este aspecto, un uso directo de la ampliación del swap es el pago de las importaciones provenientes del propio gigante asiático, en un año donde se espera que el déficit comercial bilateral sea de unos 8 mil millones de dólares, lo que podría ser un récord histórico. De cualquier manera, se trata de un refuerzo para las reservas, ya que los dólares que no se utilicen para pagar importaciones de China, quedarán liberados para cualquier otro destino. Y, en el contexto actual, ello es lo más relevante: billetes verdes frescos sin condicionamientos de política económica.

En definitiva, más que teoría de la dependencia versión cepalina, esto es más bien subordinación, lisa y llana, aprovechándose de la impericia de los gobiernos de turno. Como contraparte, realismo puro y duro por parte de China. Y ante esta situación, como ocurre siempre, la única forma de frenar esta dinámica, este círculo vicioso que impide poder dialogar a la par, es solidificando la institucionalidad política y la situación económica-financiera doméstica.

De lo contrario, el aluvión chino – o el estadounidense, quien rija los destinos de la humanidad en las décadas venideras –, nos llevará puestos a quienes no tenemos el ‘don de mando’ en la arena internacional. Es que lo único certero es que nadie va a parar la lógica multipolar de la lucha por el poder y la riqueza por parte de las potencias. Por ende, debemos aprovechar los todavía válidos principios de territorialidad (aunque endebles) que suelen prevalecer en la no inmiscuisión de los terrenales asuntos internos, para construir un muro de capacidades – y valores – que nos permita enfrentar el complejo mundo que se viene. Desde la discutidamente llamada ‘periferia’, pero con independencia política y económica. Y porqué no, parafraseando al general, con un poco de justicia social. 

La bipolaridad, el nuevo statu-quo internacional -Ámbito Financiero – Septiembre 2022

https://www.ambito.com/opiniones/rusia/la-bipolaridad-el-nuevo-statu-quo-internacional-n5543925

En medio de la escala de tensiones en una guerra todavía ‘tibia’, los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, y de China, Xi Jinping, se reunieron por primera vez desde el inicio de la guerra en Ucrania bajo el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un grupo conformado por China, Rusia, India, Pakistán, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán, el cual ha sido fundado en 2001 como una organización política, económica y de seguridad para rivalizar con las instituciones occidentales. 

En la reunión, el líder chino se ha abstenido de condenar la operación rusa contra Ucrania o de calificarla de «invasión», en línea con el Kremlin. Por su parte, Putin respaldó explícitamente a China en relación con Taiwán: «Tenemos la intención de adherirnos firmemente al principio de ‘una sola China'». Además, mientras el primer mandatario ruso condena “las provocaciones de Estados Unidos y sus satélites en el estrecho de Taiwán», Beijing sostiene que se está en contra de las sanciones contra Moscú por “no tener base en el derecho internacional” y “no solucionar los problemas de fondo”, a pesar de que Putin sostuvo que usará todos los medios – inclusive los nucleares – para defender la “integridad territorial de Rusia”. Hay quienes dudan de una alianza, aunque sea tácita. Pero los gestos y discursos dicen mucho. Y aunque cada Estado tiene sus intereses propios, está claro de qué lado de la novedosa cortina de hierro quedarán.

Bajo el escenario descripto, para combatir al nítido enemigo occidental y mientras Europa intenta alejarse del petróleo y el gas rusos, Putin continuará impulsando los vínculos como Asia, como por ejemplo el reciente acuerdo para con la construcción de un oleoducto hacia China a través de Mongolia. La historia ya lo ha demostrado: el afianzamiento económico es la base para la solidificación de cualquier alianza política. 

En este sentido, es interesante que, tanto China como Rusia, buscan repetir aquel liberalismo clásico entre Estados (no así a nivel intra-estatal) que promovió la otrora Unión Soviética con sus países satélites, o el mismo gigante asiático luego de su ingreso formal a la OMC en el año 2001. «Nuestra política está desprovista de todo egoísmo. Esperamos que los demás participantes de la cooperación económica construyan sus políticas sobre esos mismos principios, sin utilizar el proteccionismo, las sanciones ilegales y el egoísmo económico para sus propios fines», dijo Putin.

Y de allí, de la diplomacia fraternal, los aliados orientales se encuentran a un paso de la ayuda militar. No por nada a principios de mes navíos rusos y chinos efectuaron una patrulla conjunta en el océano Pacífico para «reforzar su cooperación marítima». Más aún luego de las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en las que afirmaba que Estado Unidos está dispuesto a intervenir militarmente en Taiwán. «Es una grave vulneración del compromiso estadounidense a no apoyar su independencia», advirtió Mao Ning, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China.

Ante este caótico contexto, no es extraño que Beijing refuerce su concepción belicista. Por ejemplo, luego de la reciente reunión de los líderes de Kazajistán y China, Xi le propuso a la república centroasiática fortalecer la cooperación en el ámbito militar y de seguridad a la vista de la ‘difícil situación internacional, defendiendo la seguridad común en la lucha contra el tráfico de drogas y el crimen organizado internacional’, así como contra las tres «plagas» – término utilizado por Pekín para referirse al terrorismo, el separatismo y el extremismo religioso -. Es que estos momentos de escalada de tensiones son más que útiles para ‘meter todos los gatos en la misma bolsa’. No por nada el gobierno chino ya ha utilizado esta fórmula para justificar la represión de la población musulmana uigur en Xinjiang, región china fronteriza con Kazajistán.

Por supuesto, en esta ‘amplitud’ de la búsqueda de alianzas ‘orientales’ que permitan eludir las sanciones occidentales, Putin se reunió con el presidente iraní Ebrahim Raisi, con quien trató la pronta firma de un gran acuerdo de cooperación aprovechando el drástico incremento de los intercambios comerciales en los últimos años. También lo hizo con el primer ministro indio Narendra Modi – India se ha convertido en el segundo comprador de petróleo de Rusia, después de China -, y con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, con quien abordó el cumplimiento del acuerdo de exportación de cereal y fertilizantes desde Ucrania y Rusia alcanzado en julio pasado en Estambul.

Sin embargo, este contexto de bipolaridad no se encuentra exento de ‘temores’; es que las sanciones a la ‘cubana’, se encuentran a la orden del día.  Por ejemplo, algunas empresas turcas han empezado a rechazar el pago a través del sistema ruso de tarjetas MIR ―un acuerdo anunciado tras el anterior encuentro entre Putin y Erdogan― por miedo a ser objeto de sanciones secundarias por parte de Occidente. Por supuesto, la picardía del ‘empresario innovador’ Shumpetereano – por supuesto con el soporte gubernamental de Moscú – reflota en cualquier geografía y momento histórico: rusos con pasaporte turco y a través de empresas que son formalmente turcas (en la primera mitad de 2022 se fundaron 601 empresas con capital ruso en Turquía), son libres de comerciar tanto con los países miembros del club comunitario europeo, como con Moscú.

A ello hay que adicionar el sistema ‘a la swap chino’ – está listo para su entrada en vigor un acuerdo que permitirá a Turquía pagar un 25% del gas que adquiere de Rusia en rublos, a lo que además Erdogan había propuesto pagar en parte en liras turcas -, como así también la inversión extranjera directa (IED) en la central de Akkuyu, la primera nuclear que tendrá Turquía y que construye una empresa rusa con una inversión de algo más de 9.000 millones de dólares. Y porque no, un dato de color: el apartado de “Errores y omisiones” de la balanza de pagos de Turquía se ha incrementado hasta cifras récord (24.400 millones de dólares en los siete primeros meses del año), algo que algunos dicen por lo bajo que son ingresos en el sistema financiero turco a través de ‘canales no oficiales relacionados con Rusia’. Hecha la ley, hecha la trampa. Sobre todo, en épocas donde la inteligencia económica y las artimañas financieras se encuentran a la orden del día.

En definitiva, en el ajedrez internacional, más complejo que nunca, la actividad se ha potenciado ante esta ‘novedosa bipolaridad’, proveniente de la resquebrajada unipolaridad estadounidense desde finales del siglo pasado – comenzando con la crisis neoliberal/financiera de los tigres asiáticos y Latinoamérica -, donde la multipolaridad ficticia creada se tornó inefectiva, y la búsqueda de acuerdos regionales se comenzaron a enmarcar claramente en vínculos estatales bilaterales de base, aquellos que realmente han logrado consistencia y (algunos) resultados positivos.

Ante este contexto minimalista, urge la necesidad de generar una fortaleza endógena, de la creencia en instituciones que funcionen, libres de los vicios de la corrupción y de la inoperancia. En el tablero actual, el individualismo estatal es la moneda corriente en un juego pragmático, en donde todos los países buscan aprovechar cada nicho, cada oportunidad de lograr una alianza oportuna.

Es que mientras las tensiones escalan y las interrelaciones pueden ser decisivas en un potencial novedoso posicionamiento global, un paso en falso puede ser peligroso. Más aún en un país como el nuestro, donde todavía no queda claro que nuestra ‘tercera posición’ en política exterior, nos haya brindado en algún momento reales beneficios. ¿Culpas propias o de terceros? ¿Ambas? La respuesta es discutible. Ahora bien, la única verdad es la realidad. Y hasta el momento, al menos en términos de nuestro histórico posicionamiento global, la dinámica tendencial lejos ha estado de ser favorable.     

China ¿la bondadosa? – Ámbito Financiero – Septiembre 2022

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El Gobierno de China, el prestamista bilateral más grande de África, confirmó la condonación de la deuda de 17 países del continente por 23 préstamos sin intereses que vencían a finales de 2021. Como si fuera poco, redireccionó 10.000 millones de dólares de sus reservas del Fondo Monetario Internacional a las naciones del continente. Ello no es una novedad: desde el año 2000 hasta la actualidad, China otorgó más de 200 mil millones de dólares en préstamos a los gobiernos africanos y sus empresas estatales, la mayoría a través de líneas de crédito y financiación para el desarrollo.

Aunque los detalles del alivio anunciado no se conocen – tampoco el monto o los países beneficiarios -, el precedente nos dice que seguramente el gigante asiático examinará caso por caso y diseñará estrategias específicas con cada país. La reducción de la deuda, el aplazamiento de los pagos del préstamo, el refinanciamiento y la reestructuración de la deuda, son políticas comúnmente utilizadas por el gobierno chino hacia la región: solo para citar un ejemplo, en 2018 China acordó una reestructuración de la deuda con Etiopía, incluido el préstamo de 4 mil millones de dólares para el ferrocarril Addis-Djibouti, extendiendo los plazos de reembolso a 20 años.

La situación no parece requerir un análisis complejo: hace años la intención de China es que África considere a Beijing como su socio de desarrollo estratégico de largo plazo, la potencia a la cual acudir para obtener inversiones y generar dinámicas de acumulación de capital.  

Para China, África posee dos ejes principales de interés, los cuales se encuentran intrínsecamente concatenados. Por un lado, el continente desempeña un papel importante en la Ruta de la Seda, un proyecto mundial de infraestructuras para interconectar los países en desarrollo y desplazar el centro de la economía mundial hacia el este. Bajo este marco, se encuentran beneficiadas áreas tan diversas como la comercial, la sanidad, la infraestructura, y diversas industrias manufactureras y de servicios. En este aspecto, con mayor o menor ‘efecto derrame’, el objetivo chino se encuentra cubierto.

Sin embargo, la característica saliente es el vínculo para con la explotación de los recursos naturales. El comercio, los préstamos y las inversiones chinas en África, se encuentran firmemente articulados por el eje estratégico chino de garantizarse el abastecimiento de alimentos, materias primas y combustibles.

A ello debemos adicionarle metas secundarias, de baja rentabilidad económica de corto plazo, pero de relevante gesto político para estrechar lazos con la región y, sobre todo, desplazar otros actores estatales: desde la inmigración china con la consecuente implantación de población y los vínculos con la metrópoli;  el desarrollo socio-económico a través de créditos y préstamos preferenciales para la construcción de Hospitales o la provisión de insumos y entrenamiento a los agricultores de África; el ‘reconocimiento de marca país’ – por ejemplo con la cancelación de deuda para 15 países africanos por valor de 114 millones de dólares durante la pandemia en 2020 -; o mismo el apoyo militar – con todas las implicancias geopolíticas y el dinamismo de la industria de la defensa que ello conlleva -, en la lucha (“en apoyo a la paz y la seguridad de África”) contra el terrorismo. Por supuesto, siempre desde una ‘perspectiva africana’.

En este sentido, el presidente chino, Xi Jinping, insistió en que la inversión china no conlleva compromisos políticos, sino que busca el desarrollo del continente: «Prometemos que no habrá ninguna interferencia en los asuntos internos de los países africanos, ninguna imposición, ningún compromiso político, ninguna búsqueda de beneficios políticos egoístas».

Por supuesto, este es un tiro por elevación a todos los diversos modos de ‘imperialismo occidental’. Aunque más directo fue el Ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, quien puntualizó que espera que África, junto a China puedan actuar juntas “especialmente frente a las diversas formas de prácticas hegemónicas y de intimidación para salvaguardar, de este modo, la equidad y la justicia internacionales”.

Es que China no tiene relaciones de subordinación semicolonial sobre otros países, además de carecer de los atributos de hegemonía cultural con los que los estadounidenses y europeos introdujeron en el pasado elementos ‘consensuales’ en su dominación sobre regiones como la africana. Por ende, el llamado Consenso de Beijing suele ser presentado como ‘más amigable’ que el Consenso de Washington. Y aquí hay una verdad irrefutable: los Bancos de desarrollo chino no imponen condicionalidades políticas como las instituciones financieras internacionales, como es el caso del FMI o el Banco Mundial.

Por supuesto, lejos podríamos estar de afirmar que China es un “actor benevolente”, ya que el ‘perdón de la deuda’ implica la asunción de otros compromisos: por ejemplo, la firma de contratos a cambio de la concesión de derechos de explotación de materias primas. Por otro lado, África importa ingentes cantidades de manufacturas y bienes de capital, generando un déficit comercial de difícil reversión. A ello hay que agregarle que las inversiones chinas están en su mayor parte orientadas a la producción y transporte de esos productos. Y si además le adicionamos que los préstamos se encuentran destinados, en buena medida, a financiar esas inversiones o empresas que compran productos chinos, el combo de beneficios para China es envidiable.

Eso lo sabe Estados Unidos y lo grita a los cuatro vientos cada vez que puede atacar a su rival geoestratégico oriental – aunque con una discursiva quirúrgica, para no herir más de lo que están las susceptibilidades chinas que puedan hacer tambalear el sistema financiero internacional -: “Los países africanos deben tener cuidado con estas inversiones para no perder su soberanía, el control de sus propias infraestructuras y de sus recursos».

Es que, desde el lado occidental de la resurgida cortina de hierro, insisten en que la relación reproduce el esquema decimonónico de intercambio de materias primas por industria y de inversiones en la infraestructura vinculada con la explotación de los recursos primarios. Y estas inversiones se caracterizan por la escasa transferencia tecnológica y la coacción para la contratación de empresas chinas para llevar adelante estos proyectos (además de proveer los insumos y materiales), la obligación de comprar productos chinos, o la participación de las empresas chinas como adjudicatarias en los proyectos, reforzando el desplazamiento industrial de la región, y acentuando el proceso de reprimarización. 

Por supuesto – y esto es algo que no es políticamente correcto mencionarlo -, la responsabilidad de esta situación no es, por cierto, completamente de China, sino también de los gobiernos africanos que no aprovechan los recursos para articularlos con un sólido programa de industrialización endógeno, negociar transferencia de tecnología, o exigir asociaciones de los capitales chinos con empresas locales. Después de todo, eso es lo que hicieron los países asiáticos que crecieron en décadas pasadas, y lo que hacen los chinos hoy. Sin embargo, hay que sincerarse: no es fácil discutir con el ‘papá que todo lo puede’ y, sobre todo, ‘el que da el dinero que se necesita’.

En el mientras tanto, China se limita a responder en base a la reivindicación de su defensa del multilateralismo frente al unilateralismo y proteccionismo que ‘emana occidente’, asegurando que las relaciones que mantiene con África son un modelo de cooperación Sur-Sur. Ese marco teórico centro – periferia que las democracias capitalistas del norte potenciaron, y ahora aborrecen bajo el actual escenario sistémico complejizado de ‘guerra fría’ bipolar.

En este aspecto, Beijing se ha comprometido a aumentar el comercio con África y ha llegado a acuerdos con 12 países del continente para eliminar los aranceles del 98% de los productos que exportan a China. Más aún: los chinos sacan a relucir las estadísticas, el dato cuantitativo irrefutable: los responsables de la gran mayoría de la deuda en la que están atrapados los países del sur son los gobiernos occidentales, las instituciones financieras, los bancos y los fondos buitre. Y no China.

Y así podríamos continuar infinitamente: dentro del entorno de las ciencias sociales, podemos buscar permanentes reposicionamientos, golpes bajos de uno y otro lado, con la flexibilidad y las verdades relativas que una ‘ciencia no exacta’ nos permite. Sobre todo, en este mundo donde la historia la escriben los que ganan; y como ya sabemos, principalmente bajo el discurso hegemónico de los medios de comunicación occidentales, los cuales todavía dominan nuestras latitudes.

Podríamos entonces finalizar sobre cómo conviene posicionarnos ante este contexto no menor; o siendo más concisos, qué política de Estado deberíamos tener para proyectarnos bajo una consistente y beneficiosa lógica global. Podríamos pensar que el pragmatismo, el análisis quirúrgico y, sobre todo, la acción inteligente, serían las mayores virtudes que deberíamos tener en nuestra ya complicada ‘tercera posición’. Parece fácil, pero no lo es. Sobre todo, mientras nuestras miserias domésticas nos siguen obstaculizando el poder comprender la relevancia estratégica de un mundo dinámico que sigue girando. 

¿Socios, amigos, hermanos?

https://www.ambito.com/opiniones/uruguay/mercosur-socios-amigos-hermanos-n5503149

Uruguay no solo continúa avanzando en las negociaciones para firmar con China un Tratado de Libre Comercio (TLC), sino que además confirmó que solicitará su ingreso al Acuerdo Transpacífico, el tratado de libre comercio entre 11 países de la Cuenca del Pacífico. 

Su partenaire no ha dudado ni un instante: China es firme partidario del libre comercio desde que se abrazó con todo su ser al liberalismo clásico en los albores de este siglo (puertas para afuera, porqué hacia adentro aplica un férreo neo-keynesianismo) y se encuentra dispuesta a negociar y suscribir TLCs con todos los países que tengan interés. Tanto con Uruguay en particular, como con el Mercosur como bloque. En este aspecto, China ya viene reclamando desde tiempo atrás un TLC con el Mercosur; sin embargo, el mismo sigue sin responder de forma conjunta. ¿El dialogo con Uruguay no será una forma de adelantar los tiempos? En parte, probablemente.

Como contraparte, ya hubo tensiones entre Uruguay y el resto de los miembros de la Unión Aduanera. Brasil, Paraguay y Argentina advirtieron que la estrategia de Lacalle Pou no respeta la normativa que dio origen al Mercosur, en referencia a la Decisión 32 del 29 de julio de 2000 que tomó el Consejo del Mercado Común, bajo la cual se reafirmó «el compromiso de los Estados Partes del Mercosur de negociar en forma conjunta acuerdos de naturaleza comercial con terceros países o agrupaciones de países extrazona en los cuales se otorguen preferencias arancelarias».

¿Cuál es el argumento de Uruguay para con el avanzar en una negociación bilateral? Más allá de las cuestiones de tinte global – donde Uruguay cree que se necesita un Mercosur más flexible, ya que el asumir compromisos bilaterales es más factible y efectivo que los multilaterales -, la pregunta central es endógena: ¿Alguna vez funcionó realmente el multilateralismo a través de la Unión Aduanera que representa el MERCOSUR? Mmmm. No solo los números no avalan el éxito colectivo rotundo. Sino que, además, cada uno hizo individualmente lo que quiso (y pudo). Literalmente.

¿Razones? El Mercosur tiene varios problemas: ha quedado rígido y poco vinculado al resto de las regiones, tampoco se ha adaptado a la nueva economía del capital intelectual e intangible, y además todavía tiene su basamento en la geografía física cuando en el mundo tiende a prevalecer la geografía digital. Mismo el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), sostiene que el Mercosur presenta una unión aduanera imperfecta e ineficiente con aranceles elevados; un mecanismo decisorio lento y con pocos acuerdos comerciales; una armonización regulatoria limitada y políticas sectoriales divergentes; como así también normas con diferentes grados de vigencia o aplicación.

Por otra parte, aunque el deseo está, los uruguayos no son ingenuos y trabajarán quirúrgicamente: aunque China ya es el principal socio comercial y destinatario del 30% de las exportaciones uruguayas, perder los lazos con el Mercosur sería un golpe para el escenario geoeconómico del vecino país oriental. Además, el malestar tiene más de racionalidad que de pasiones: Lacalle Pou le ofrece a China una vía de acceso al Mercosur que forzaría a los demás países a aislar a Uruguay para evitar que ingresen, por esa vía, productos con regímenes laxos a Argentina, Brasil y Paraguay. La lectura es lineal: con tres millones de habitantes, Uruguay es un mercado irrelevante para China salvo que eso le facilite el acceso, sin trabas, a los dos mercados más grandes de la región: Brasil y Argentina.

En este marco, también se debe analizar qué tipo de política económica exterior quiere cada país. ¿Seguimos con la dependencia del campo? La conveniencia en clara, si NO queremos darle impulso a varias ramas de nuestra industria. No debemos ser ingenuos: cuando hablamos de los impactos en las corrientes de importación en el marco de un TLC con China, su estructura productiva actual – y mucho más la futura – lejos se encuentra de implicar un cambio en la relación centro – periferia de venta de manufacturas y bienes de capital (ahora con mayor nivel de sofisticación) por las materias primas de nuestro bendecido suelo.

Sin embargo, para suavizar tensiones y que ‘nadie se sienta excluido’ – más allá de las conveniencias propias nacionales – una de las estrategias del gobierno uruguayo, ha sido advertir que el Mercosur podría sumarse a este TLC; es decir, que no sea solo Uruguay quien lo firme sino también los otros tres miembros plenos. Que también es un deseo Chino: en este sentido, el director general para América Latina y el Caribe de la Cancillería china, Cai Wei, afirmó que «China está abierta a la cooperación tanto con el Mercosur en conjunto, como con cada país miembro en particular. China es firme partidario del libre comercio y está dispuesto a negociar y suscribir TLCs con todos los países interesados”. Con su nivel de productividad y competitividad, su producción a escala, y el nivel de sofisticación tecnológica sostenible de largo plazo, es suficiente explicación para destilar optimismo para con el intercambio victorioso que les permita conseguir lo único que no se puede obtener por motus propio: materias primas y recursos naturales estratégicos.  

Pero no es todo tan senillo: hay demasiados actores e intereses en juego. Solo para citar un ejemplo, Paraguay sostuvo que está dispuesto a discutirlo, pero advirtió que “no se aceptarían condicionamientos” por parte del gigante asiático, en momentos en que los guaraníes negocia también un acuerdo con Taiwán.

Ni que hablar si nos referimos a la disputa de las grandes potencias: en este sentido, como la economía centraliza y comanda mientras la política tiene sus aristas en dinámicas que se balancean brindando un mayor margen de maniobra, parece que la preocupación en Estados Unidos por la inmiscuisión China queda en un segundo plano. Es que en realidad ya lo han probado: por parte de los Estados Unidos no hay más que alguna queja o resquemor alejado a sabiendas que China se ha quedado con la pesca en el Rio de la Plata y los puertos uruguayos. Es que poco pueden hacer en una región que ya se les fue de las manos; más aún en este contexto de guerra fría bipolar donde los principales frentes se encuentran en Europa Oriental y Asia.   

¿Qué debe hacer el Mercosur? Pregunta demasiado compleja si no se comprende el contexto de una región que se anticipó a la polarización global y los ciclos ‘anti-gobierno de turno’ que se radicalizan, con avances y retrocesos, pero con un norte que parece irrefrenable hacia cambios irreverentes basados en el enojo y la frustración ciudadana.

Y ello claramente tuvo su impacto: la integración ha estado sujeta a los cambios de color en los distintos gobiernos. Por ejemplo, hubo un período en el que el Mercosur actuó más como contrapeso ideológico a la Alianza del Pacífico, el bloque comercial más liberal compuesto por Chile, México, Perú y Colombia. Luego, a la hora de expandir sus miembros, hubo decisiones conflictivas: tras el boom de las materias primas Venezuela formó parte del bloque, pero luego fue suspendido cuando la región viró hacia la derecha; por su parte, Bolivia ha entrado en el camino hacia la adhesión, pero con el ‘golpe de Estado mediante’, todavía se encuentra en proceso para alcanzar los plenos derechos.

Por otro lado, hay un histórico escenario que es insoslayable: la explicación del fracaso, las idas y venidas, también se encuentran en la ausencia de voluntad política. Más allá de otros factores como la falta de complementariedad estructural – con visibles asimetrías existentes y diferentes velocidades – entre los países miembros, la dependencia externa, la incertidumbre financiera, y las estrategias cambiantes de las grandes corporaciones transnacionales — que ejercen un peso determinante sobre las fluctuaciones que caracterizan los intentos de integración latinoamericanos -, los ‘shocks idiosincrásicos’ que afectan a los países en términos individuales obstaculizan los beneficios de aplicar políticas integradas para salir de la crisis.

Ante este escenario, ¿Podemos pensar en políticas de Estado conjuntas, un ‘win-win’ sin obstáculos ni retrocesos? Aun cuando los países estuvieran plenamente de acuerdo con los provechos de un trabajo mancomunado, la coordinación exige no solo tiempo y esfuerzo, sino una dinámica macroeconómica en cada país que estimule a avanzar en esta dirección. Pero estamos acostumbrados – principalmente nuestro país – a vivir bajo una permanente y notoria volatilidad, como así también la falta de convergencia de las variables macroeconómicas principales. El tipo de cambio es un claro ejemplo: si bien el comercio regional está liderado más por la actividad económica de los socios que por las políticas cambiarias, las variaciones violentas tipo de cambio ha sido una clara barrera para adoptar políticas que sostengan el crecimiento por encima de las consideraciones de competitividad. Sino miremos la unilateral convertibilidad Argentina en la década de 1990’, con las consecuentes las políticas desasociadas que llevaron a cabo los restantes miembros del bloque.

Para concluir, es importante destacar que una lógica de conjunto depende de decisiones colectivas en pos de un crecimiento y desarrollo económico armónico en todas y cada una de las geografías. Difícil en un mundo de complejidades crecientes y mezquinos intereses: la geopolítica y la geoeconomía actual potencian ganancias a través de las cadenas globales de acumulación de capital de los grupos concentrados de poder económico y político; en este aspecto, los países del Mercosur, como meros jugadores que tratan de contener – económica y espiritualmente –  a aquellas mayorías que son parte de la socialización de perdidas y no comprenden cabalmente que la mantención de jurisdicciones nacionales es un mero hecho político/institucional que les permite, a unos pocos, mantener el statu-quo y su posición privilegiada, difícilmente se pueda avanzar en un proceso que desarrolle claros beneficios socio-productivos en términos macro y microeconómicos, sin excluidos. No hay otra manera de conquistar la verdadera y afamada denominación de ‘patria grande’ en el sur de nuestro continente.     

Son los monopolios sin regulación, estúpido.

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 8/10/2021

https://www.ambito.com/opiniones/china/el-colapso-evergrande-son-los-monopolios-regulacion-estupido-n5295936

Evergrande es el segundo desarrollador inmobiliario más importante de China y miembro del Global 500, lo que significa que también es una de las empresas más grandes del mundo por ingresos. Además cotiza en la bolsa de Hong Kong, emplea a unas 200.000 personas (3.800.000 de forma indirecta), y posee más de 1.300 proyectos en 280 ciudades en China. Fuera del sector de Retail, Evergrande ha invertido en otras industrias: vehículos eléctricos, parques deportivos y temáticos, negocios de alimentos y bebidas; hasta posee un equipo de fútbol, el Guangzhou Evergrande.

Sin embargo, solicitando prestamos de forma descontrolada, Evergrande alcanzó un pasivo de 305.000 millones de dólares (el 2% del PBI chino), por lo que algunos días atrás la compañía debió desprenderse de casi el 20% de las acciones que poseía del banco comercial Shengjing Bank, las cuales fueron vendidas a un conglomerado de propiedad estatal por 1.545 millones de dólares. La razón es simple: el gobierno chino utilizó las herramientas económicas a su disposición para evitar el colapso de la empresa. Es que si algo realmente dramático le ocurre a Evergrande, la prima de riesgo de la deuda de otros desarrolladores será mucho mayor, creando un lastre productivo y financiero para el sector que podría generar derivaciones inusitadas. Por ende, el Partido Comunista debió realizar una tarea quirúrgica para no mostrarse como el gran hermano salvador, pero tampoco dio cuenta de señales de ‘debilidad gubernamental’ que podrían haberse interpretado como incapacidad o falta de voluntad para el rescate.

Beijing sabe que no puede arriesgarse a jugar con fuego y ha trabajado para frenar cualquier efecto rebote: el banco central se comprometió a proteger a los consumidores expuestos al mercado de la vivienda y ya inyectó 17.000 millones de dólares netos en el sistema financiero. En este sentido, serán los accionistas y prestamistas, tenedores de bonos en general, quienes lleven las grandes pérdidas; pero quedó más que claro que el gobierno se asegurará de que las más de un millón de casas y departamentos pre-vendidos sean entregados a sus compradores. Por otro lado, el gobierno tomará ‘por asalto’ el directorio: seguramente reorganizará Evergrande en varias unidades para poder vender algunas y dinamizar productivamente otras – lo que permitirá hacerse de liquidez y llevar a cabo los procesos productivos que continuarán de manera eficiente y eficaz -, con el objetivo de reducir los pasivos y cumplir con los compromisos financieros y productivos asumidos.

Por el contrario, cabe destacar que es poco probable que el gobierno central intervenga directamente para resolver la crisis en forma de rescate: sería un ‘mal precedente’ para otras empresas que se han dedicado a potenciar el círculo vicioso del endeudamiento traccionado por promesas ejecutivas de imposible cumplimiento. Esto se ve más claramente reflejado en el reciente lanzamiento de la agenda de política interna de Xi Jimping centrada en la ‘prosperidad común’, un eje central en su apuesta por lograr un tercer mandato como jefe del partido comunista chino a partir de finales de 2022. Por ende, el rescate de Evergrande no encaja con la visión de una sociedad más equitativa, donde las viviendas son vistas como bienes sociales en lugar de propiedades de inversión.

Es que la realidad indica que las facturas pendientes con miles de proveedores, como así también los cientos de miles de usuarios estafados, forman parte de un sector sobre-endeudado en un país que en los últimos años ha sido unan especie de incubadora de burbujas que el gobierno de Beijing no supo, o probablemente no quiso, obstaculizar para lograr el todavía tan ‘necesario crecimiento económico’ que los chinos consideran vital para sus aspiraciones como primer potencia global en el mediano plazo. Por lo tanto, como la economía se vería afectada si el sector inmobiliario se desacelerara drásticamente, lo más probable es que otro conglomerado tomé la posta; más controlado, más cuidado, pero con el mismo objetivo y la misma potencia que Evergrande.

Finalmente, en términos sistémicos es importante resaltar que Evergrande está lejos de desatar un pánico financiero global al estilo de Lehman Brothers, dado que no solo los pasivos financieros afectados son simplemente demasiado pequeños y se encuentran difusamente repartidos como para suponer una amenaza a escala mundial, sino que además el sistema financiero chino todavía no se encuentra muy vinculado al exterior – con una cuenta de capitales bastante intrincada (para no decir cerrada) -, lo que implica que el contagio de una eventual crisis bancaria hacia el resto de las regiones sería muy limitada. ¿Se podría hacer una analogía con la Argentina en la crisis global de 2008/2009? Otro contexto y diferente eje, pero evidentemente el alejamiento de los mercados financieros para con nuestro país – y viceversa -, conllevó a que, en ambos casos, las turbulencias del tercero sean suavizadas.   

Para concluir, lo expuesto nos conlleva a reflexionar que el objetivo regulatorio debería tender a reducir el riesgo moral; lo que permitiría esperar que las corporaciones de magnitud asuman a futuro una mayor responsabilidad por sus decisiones de inversión, sin pretender que los gobiernos proporcionen automáticamente los rescates. ¿Era necesario llegar a esta situación? La respuesta tajante, radical, sería pedirle al gobierno chino que desempolve los libros marxistas que tanto resaltan para dejarle el monopolio de la producción al Estado, evitando las ‘infames decisiones sin ética e individualistas del capital privado’. ¿Y si probamos con un capitalismo competitivo? Demasiado difícil para un mundo que exige resultados y acumulación desmedida a una velocidad sin precedentes.

Hacer equilibrio, lograr alcanzar el balance adecuado y plausible, pareciera ser la respuesta más racional que busca denodadamente el Bureau del Partido Comunista. Como así también la mayoría de los gobiernos del mundo, que hacen malabares ante un complejo escenario global donde las pujas de intereses y las miserias provenientes de la inequidad reinan embebidas en los siete pecados capitales. Lo único seguro, parafraseando al entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, es un sincero e históricamente probado “Son los monopolios sin regulación, estúpido”.