El Canal de Suez argentino

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero el 18/04/2021

https://www.ambito.com/opiniones/canal-suez/el-argentino-n5185163

Conectando el mar Mediterráneo con el mar Rojo, el Canal de Suez ha sido desde su construcción la zona de paso obligada entre Europa y Asia. Hoy en día, con una globalización embebida en una interdependencia compleja que no da respiro – solo para citar un ejemplo, la Autoridad del Canal de Suez, pese a ser una empresa estatal independiente, es manejada por el poderoso ejército egipcio -, el mismo se ha visto inmerso en las nuevas dinámicas geopolíticas y económicas de las distintas potencias estatales que buscan controlar el paso que implica prácticamente la totalidad de contenedores comerciales entre ambos continentes, como así también el lugar donde transita el 12% de los intercambios a nivel mundial.

Por supuesto, como en cada aspecto de la vida, todo tiene sus luces y sombras. En este sentido, desde la perspectiva de la economía egipcia, los ingresos del canal ascienden a unos 5.000 millones de dólares anuales, representando la tercera mayor fuente de divisas del país. Sin embargo, en los últimos años el mismo se ha convertido en un objetivo del yihadismo, lo que ha puesto en cuestión el foco sobre la seguridad de la ruta marítima. En este sentido, hay que recalcar que el tránsito por el Canal de Suez no solo es de cargueros o petroleros, sino que también navegan una enorme cantidad de flotas militares.

Y eso no es todo: a nivel exógeno, la ‘competencia’ es también un factor con que el gobierno de Al-Sisi tiene que lidiar. Por un lado, una ruta alternativa terrestre ha sido promovida por la India, Irán y Rusia, la cual ascendería desde la costa india en el océano Índico hacia Rusia, pasando por Irán y Azerbaiyán. Y para los que sostienen con razón que las vías terrestres y aéreas no son competencia, ya que casi el 90% de las mercancías transportadas a nivel mundial se movilizan por mar al ofrecer claras ventajas comparativas (es más económico, puede transportar cargas de gran peso y tamaño, ofrecer mayor seguridad, y es el medio de transporte menos contaminante), también los adversarios promueven nuevas rutas marítimas, como las surgidas debido al derretimiento del hielo en el Ártico fruto del cambio climático, las cuales podrían  sustituir la actual ruta rodeando el continente asiático por el norte.

Ante el descripto avatar de dilemas alrededor del enclave estratégico convertido en una ‘mina de oro’ para las arcas nacionales, la clave para con la estabilidad macro y el beneficio colectivo nacional es saber sopesarlas, equilibrarlas. Y ello aplica también para nuestro país.

Cuando nos referimos al Canal de Beagle, el cual conecta al océano Atlántico con el océano Pacífico y se encuentra administrativamente dividido entre Argentina y Chile a través de una extensión de aproximadamente 240 kilómetros a lo largo de la costa sur de la isla Grande de Tierra del Fuego, debemos también realizar un análisis situacional exhaustivo que nos permita evaluar cuales serían las políticas más acertadas en beneficio de nuestro país.  

Aunque – hasta el momento -, no es un lugar estratégico para el comercio global, su influencia puede crecer pari passu los crecientes conflictos internacionales puedan obstaculizar los ‘chokepoints’ más importantes en el tráfico marítimo trasnacional. Todo paso puede tomar relevancia cuando otros se cierran, sean quienes sean los respectivos perjudicados y beneficiados. En este sentido nuestras alianzas, generalmente frugales en una dinámica internacional ‘liquida’ en la cual todos los actores – sin excepción – se encuentran inmersos, pueden ser determinantes en algún momento relevante de un futuro que no descarta graves conflictos interestatales de mediano plazo. La guerra en todas sus dimensiones – ya sea comercial, política o militar -, debe encontrarnos preparados para sacar el mayor de los provechos de nuestra posición geoestratégica.     

Porque allí nomás esta la Antártida, uno de los enclaves más importantes – sino el más – del futuro de la humanidad en términos de recursos naturales estratégicos. Porque allí nomás se encuentran estadounidenses, chinos y rusos buscando derramar sus tentáculos por esa fuente inagotable de poder y riqueza. Porque allí también se encuentran los británicos, con un pie en las usurpadas Islas Malvinas, y el otro sobre el continente virgen, aquel que todos dicen investigar para con el porvenir de la humanidad pero que en realidad esconden sus espurios intereses realistas. Porque es allí, entonces, donde tenemos que tener presencia.

Sino miremos la historia, el pasado que motivo que el Canal de Beagle sea un área de disputa entre Chile y nuestro país, lo cual llegó a implicar que en el año 1978 se desplieguen unidades militares a ambos lados de la frontera. Los objetivos geoestratégicos de Argentina eran evitar que su acceso a la Antártida se vea comprometido y que la presencia militar chilena en el Atlántico Sur, en conjunto con Brasil, puedan efectivamente rodear al país. En parte por estas razones, se produjo la posterior intervención argentina en las Malvinas. Por otro lado, para Chile, el acceso al Continente Helado y al Atlántico también era un objetivo estratégico. Y ambos Estados, comprendiendo la relevancia del área en cuestión, estaban listos para el enfrentamiento armado.

Hablando de nuestros vecinos, con los cuales tenemos nuestras diferencias en términos de intereses como lo he mencionado, pero que ello no quita que podamos aprender de ellos, copiar lo que hacen bien. No quiere decir todo, tampoco llevar a cabo las ideas de la misma manera. Pero simplemente observemos sus políticas asertivas hacia el Estrecho de Magallanes, el cual, junto con el Canal Beagle, fue una de las pocas rutas marítimas entre el Atlántico y el Pacífico antes de la construcción del Canal de Panamá, siendo el paso natural de mayor relevancia entre ambos Océanos. A pesar de la dificultad de su navegación debido a los frecuentes vientos y corrientes impredecibles, el estrecho es celosamente protegido por los chilenos. Cuidan ‘su casa’ para con las futuras generaciones.

En el Canal de Beagle tenemos comercio – que, entre otros, impacta propositivamente en los habitantes de las Islas Malvinas -; turismo – mermado por el COVID-19 pero con segura recuperación -, y extracción de recursos naturales. En cuanto a este último punto, el canal es uno de los pocos ecosistemas vírgenes que quedan en el mundo. Pero en el mes marzo de 2018, el entonces gobierno de Argentina, el gobierno provincial de Tierra del Fuego y Noruega, firmaron un convenio para desarrollar en la provincia la salmonicultura – más conocida como la cría industrial de peces en jaulas oceánicas -.

Para las organizaciones ambientalistas, ello representó una amenaza inminente que necesitaba ser frenada a tiempo, mientras la discusión filosófica y pragmática sobre el tema todavía sigue en la picota. Para la economía nacional, negocios son negocios. Y si no lo aprovechamos nosotros, se lo quedan otros. Ya bastante tenemos con la depredación de la merluza y otras especies más allá – y no tanto – de la milla doscientos. Y en la Zona Económica Exclusiva isleña, donde más nos duele.

En definitiva, el bloqueo del Canal de Suez, que tuvo en vilo al mundo, nos deja una enseñanza más. Es que siempre, lo que ocurre en el conjunto macro-superior, suele tener un impacto y una relevancia inusitada en el subconjunto inferior, en este caso nuestro país como unidad nacional. ¿El mayor aprendizaje? Cuidemos lo que tenemos, valoremos nuestros activos con inteligencia, seamos prudentes a la hora de tejer todo tipo de alianzas que, seguramente, tendrán un impacto estructural para el devenir de nuestras futuras generaciones.

La Argentina ya sufre mucho por las continuas políticas desacertadas, de mala praxis, sobre las coyunturas. Ojalá visualicemos, con temple y racionalidad, las decisiones más apropiadas para que la mayoría de los niños y niñas de nuestro país puedan usufructuar de las bendiciones que nuestra geografía nos brinda. Que las urgencias, una vez más, no nos impidan poder ver la luz – lamentablemente tenue – de las temáticas trascendentes al final del camino.   

Sálvese quien pueda

Por Pablo Kornblum – Ambito Financiero – 30-3-2021

https://www.ambito.com/opiniones/covid-19/vacunas-salvese-quien-pueda-n5180638

Hace dos meses, Pfizer y BioNTech anunciaron un acuerdo para suministrar hasta 40 millones de dosis de su vacuna COVID-19 al COVAX (el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19). El mecanismo COVAX se creó con el objetivo de evitar una desigual distribución de vacunas, y funciona a través de un sistema de financiación que permite que 92 naciones con economías de ingresos bajos y medios tengan acceso a las vacunas, al menos para el 20% de su población. O sea, magro, con gusto a poco, pero aunque sea es algo.

Para lo que implicaría una lectura ligera, podría hasta parecer un número cuantitativamente relevante. Sin embargo, corresponde solo al 2% de las dosis (de un total de 2.000 millones) comprometidas en los acuerdos alcanzados por las mismas para 2021 y 2022. La respuesta a este escenario donde reinan las inequidades es sencilla: tres de cada cuatro dosis de vacunas de Pfizer están comprometidas mediante acuerdos confidenciales y secretos firmados por los países de altos ingresos, dejando una porción muy pequeña de las dosis para los países en desarrollo y las organizaciones humanitarias.

¿Sería utópico que las empresas compartan su tecnología para que todas las vacunas eficaces se puedan producir en cantidades adecuadas, y de este modo poder satisfacer la necesidad global, independientemente de las cuestiones de propiedad intelectual? Sí. ¿Es utópico pensar que se pueden subscribir acuerdos para que se establezcan los precios de las vacunas al costo de producción? Sí. ¿Es utópico soñar con que se trabaje redobladamente para que las vacunas puedan ser útiles en países donde es imposible mantener la cadena de frío? Sí. Pandemia, aniquilación de la humanidad (o póngale el nombre de la catástrofe que usted desee), nada cambia la puja de intereses inter-estatal y lógica de la acumulación a como dé lugar. ¿Está mal? Como siempre, es una discusión filosófica/ideológica sobre el sistema global que nos gobierna.

Lo que si podemos discutir es si Pfizer debe devolverle algo a la sociedad después de recibir una subvención de 375 millones de dólares del Gobierno alemán a través de su socio BioNTech, y un préstamo preferencial de 100 millones de euros por parte del Banco Europeo de Inversiones. Y ya no estamos hablando del repensar la historia de los inequitativos procesos de producción, donde se evidencian solo las migajas del efecto derrame de la distribución de vacunas. ¿Investigación y desarrollo con recursos propios? Porque no, si la mayoría de las empresas farmacéuticas son enormemente ricas y rentables. Y esperan ganar mucho más luego de esta gran crisis sanitaria global. Los Estados tienen bastantes problemas para hacer beneficencia con ellas. Pero bueno, estamos en pandemia y la ‘necesidad tiene cara de hereje’.

Un claro ejemplo es Israel, que ya ha inoculado a su mayor parte de la población; mientras que por el contrario, en Gaza y Cisjordania las dosis de la Sputnik y Moderna todavía se cuentan de a miles. O sea, hay 60 veces más probabilidades de ser vacunado en Israel que en Palestina Y se sabe que en pacientes que ya sufren afecciones subyacentes como diabetes u otras enfermedades crónicas que no pueden ser tratadas de manera acorde por falta de recursos – como ocurre en diversas áreas desfavorecidas del mundo -, la letalidad se potencia.

Por supuesto, bajo este contexto la dinámica geopolítica también se ha potenciado a niveles más que interesantes: es que la pandemia ha generado un punto de inflexión para con los reacomodamientos estratégicos, sobre todo de las grandes potencias con ‘poder de fuego’ a nivel internacional. En este sentido, China, Rusia e India ya están poniendo vacunas a disposición de los países con los que quieren reforzar sus relaciones, a pesar de sus propias necesidades internas. Esta diplomacia de las vacunas llega lejos y más allá de Europa: se han observado en varios periódicos serbios que “presidentes como Putin están salvando a Serbia”. China, por su parte, estira sus tentáculos  a lo largo de su amplia Ruta de la Seda de la Salud. En el caso de la India, está enviando dosis gratuitas a Nepal, Bangladesh, Birmania, las Islas Maldivas, Sri Lanka, las Islas Seychelles y Afganistán. El propio Ministro de Asuntos Exteriores de India usa habitualmente el lema: “Actuar en el este. Actuar con rapidez”.

Emmanuel Macron fue claro en este sentido: “Europa y Estados Unidos deberían asignar urgentemente hasta el 5% de sus suministros actuales de vacunas a los países en vías de desarrollo; de no ser así, China y Rusia ya se han ofrecido a llenar ese vacío”. Y este tema no es menor en nuestra región. En un mundo multipolar y con Estados de enorme poder en términos políticos, económicos y militares denominados ‘no occidentales’, las posibilidades de inoculación exceden al viejo paradigma que imponía la obligatoriedad de recurrir inevitablemente a la ayuda que pudieran proveer las otras ‘democracias capitalistas’ bajo el ala de la Doctrina Monroe.

Más allá de los tecnicismos morales, políticos y económicos, el escenario descripto conllevará, casi inevitablemente, a generar un boomerang sanitario que, como ocurre en otras áreas de la vida, las elites y los afortunados ciudadanos de los países más desarrollados a la corta o la larga también se verán afectados en términos de la salud pública de sus propias jurisdicciones. Es sabido que a la falta de recursos económicos y herramientas geopolíticas para la compra de las vacunas producidas oligopólicamente, los dilemas del subdesarrollo, de los “Estados Fallidos” en toda la amplitud del término, obstruyen la asistencia a las poblaciones más vulnerables (inseguridad, falta de transporte e infraestructura logística, inoperancia de los sistemas de salud, agua y saneamiento, todo tipo de Vacunagates, etc.). ¿Y los pobres de los países desarrollados? Suelen no ser tan pobres como los miembros del ‘planeta miseria’ que abunda en los mares del subdesarrollo; pero además, como señalara en su momento el economista griego Arghiri Emmanuel, la falta de solidaridad intra-clase se potencia con la lejanía geográfica y cultural. O sea, el pensamiento podría ser: “Si mi país tiene suficientes vacunas, por más que me llegué más tarde a mí porque soy pobre, en algún momento me tocará mi turno para vacunarme”.

Volviendo al dilema ‘incluyente’, como ocurre en las cuestiones de seguridad inter-clasista (donde vemos a las clases acomodadas refugiadas detrás de sus embelesados barrios cerrados, minimizando el contacto con la pobreza creciente), si la mayoría de los países de bajos ingresos continúan con pocas posibilidades de vacunarse contra el Covid-19 en 2021, el virus podría seguir mutando y propagándose a través de nuevas cepas, haciendo inefectivas muchas de las actuales vacunas en aplicación y desarrollo. Y una vez más, todos los Estados – y sus poblaciones – serían perjudicados, con más muertes y otra gran crisis económica (esto último es lo que a muchos más les importa).

¿Evaluará entonces Canadá el argumento de la autoconservación, y donará algo de su excedente de vacunas – cuyas dosis adquiridas multiplican por cinco a su propia población -? Porque al asegurarte de que otros países también tengan acceso a la vacuna, estaría garantizando gran parte el éxito sustentable de la batalla contra el Covid-19. Pero ello es difícil. Porque por ahora, con nuestras mentes – y las de las elites dirigentes – encorsetadas en la lógica del individualismo, seguramente continuaremos viviendo bajo el reino cortoplacista del sálvense quien pueda.

¿Liberal? Depende…

https://www.ambito.com/opiniones/wall-street/caso-gamestop-es-realmente-liberal-n5169644

Por Pablo Kornblum, 13-2-2021

Todo comenzó cuando se hizo público que GameStop, una cadena estadounidense de videojuegos, consolas y electrónica con más de 5.000 tiendas en todo Estados Unidos, estaba a punto de desaparecer. En el último año, la empresa había tenido pérdidas por valor de 275 millones de dólares. En aquel momento, con enormes beneficios varias firmas de Wall Street comenzaron a utilizar la técnica de ‘venta en corto’ para terminar de rematar a la empresa; como respuesta, los usuarios del foro llamado ‘wallstreetbets’ decidieron enfrentarse a las enormes corporaciones con sus propias reglas: utilizando la libertad que brinda – o brindaba hasta ahora – el mercado financiero.

Coordinadamente decidieron empezar a comprar acciones de la empresa, dándole la vuelta a la situación y generando una gran demanda, lo que hizo subir el precio de la acción. Estas, que habían comenzado el corriente año 2021 en 17 dólares, alcanzaron los 350 dólares, provocando deudas millonarias a los ‘vendedores en corto’ ya que estos no podían devolver las acciones en el plazo estipulado sin perder dinero por el camino. Por ende, la tienda de videojuegos se convirtió, increíblemente, en una arena de disputa entre inversores minoristas y grandes fondos especulativos. Hasta ahora, el mercado se movía impulsado por la inercia de los grandes fondos; esta vez, las cotizaciones se habían movido desde abajo hacia arriba. Y este punto no es menor: abre la puerta a que se repita en el futuro, lo que implica la inclusión de un nuevo factor en los análisis de riesgo, inexistente previamente, para los fondos especuladores de inversión.

Ante esta situación, el enfado en Wall Street contra los jóvenes revolucionarios fue tal que pidieron el bloqueo desde las plataformas transaccionales. “Usaron nuestras reglas para ganarnos. Sin embargo, incumplieron la regla principal: siempre ganamos nosotros”, se escuchaba en varias oficinas de los rascacielos neoyorquinos. Las presiones y la convivencia dieron su inmediato fruto: “nosotros monitoreamos los mercados continuamente y hacemos cambios cuando es necesario. Pero eso, a la luz de la reciente volatilidad, y para proteger a la empresa y a los consumidores, estamos restringiendo las transacciones para ciertos valores”, sostuve el Director General de Robinhood, una de las plataformas más importantes de trading.

Solo unos pocos políticos salieron enfáticamente a repudiar lo ocurrido; es claro que hay mucho lobby financiero dando vuelta en las escalinatas del parlamento – bienvenido, a diferencia de los ahora procesados seguidores del ex presidente Donald Trump -. En este sentido, Alexandria Ocasio-Cortez declaró que “apoyaría una audiencia” contra la plataforma Robinhood por su “inaceptable” decisión de bloquear temporalmente las transacciones. Sorpresivamente, el senador republicano Ted Cruz acompañó la crítica de la demócrata al señalar que está “totalmente de acuerdo”. Por su parte, Sherrod Brown, próximo presidente del Comité de Banca del Senado, ha tomado un tono más mediador: planea convocar una audiencia para analizar “el estado actual del mercado de valores. Porque, a decir verdad, la gente de Wall Street solo se preocupa por las reglas cuando son ellos los perjudicados”, sentenció sin poca razón.

La Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos – institución que representa al Estado como un todo -, también entró a la batalla entre los pequeños inversores y los fondos de cobertura de Wall Street, advirtiendo a ambos que está atenta por si hay potenciales irregularidades. En un inusual comunicado, indicó que está trabajando de forma estrecha con otros reguladores y bolsas “para proteger a los inversores e identificar y perseguir potenciales irregularidades”, al tiempo que indicó que “revisará en detalle las acciones (…) que podrían perjudicar a los inversores o dificultar su capacidad de negociar con acciones”. No hay nadie en el mundo más estatista que un capitalista asustado, se podría decir. Aquí no hay teoría que valga: solo el poder coercitivo del Estado puede mantener una – cada vez más descreída e inestable – ‘pax económica’.

Por supuesto, lo descripto no es solo un dilema estadounidense. En España, por ejemplo, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) suspendió en el año 2011 durante más de seis meses las ventas en corto, al igual que ocurrió en otros países como Francia, Italia o Bélgica, para frenar la extrema volatilidad que estaba afectando a los mercados, en especial al sector financiero. Durante el inicio de la pandemia en 2020, las ventas en corto también estuvieron prohibidas en España. Cuando no – y esto debe quedar bien en claro -, las grandes crisis de la ‘economía real’ son las preferidas de los capitales especulativos.

Ante este novedoso escenario, nos deberíamos entonces preguntar: ¿Los mercados no conllevan per se cierta volatilidad? ¿O solo se toman medidas cuando la inestabilidad afecta a ciertos intereses? ¿Por qué los ‘chicos’, el ciudadano de a pie, no puede ganar dinero como los grandes fondos de inversión? ¿Solo los ricos pueden ser más ricos con el mercado financiero y la especulación? ¿Y la libre competencia? ¿Y el libre mercado? ¿Y Adam Smith, David Ricardo, etc.?

Lo que parece falta clarificarse son las reglas de juego. Porque de no ser las mismas para todos, lo expuesto desnuda una realidad que cae por peso propio, que ya no se puede ocultar, que lejos esta de la democratización capitalista occidental que tanto se ufanan los que manejan la ideología neoliberal de la globalización. Libertad para acumular riqueza versus miles de pequeños ahorristas que, sea cual fuere su objetivo (ya sea para ganar dinero, o solo vivenciarlo como parte de un juego), tienen derecho a tomar sus propias decisiones financieras y ganar dinero.

Por otro lado, lo que emerge de esta situación es el poder de una comunidad y el flujo de información que circula en las mismas. Como fue en su momento al inicio de la primavera árabe – el más claro ejemplo fue Libia -, se ha podido coordinar una acción en masa por parte de seres humanos que no tienen ningún contacto entre sí. Una vez más, esto nos trae a colación lo ambivalente de la globalización, específicamente en el ámbito de la tecnología y los medios de comunicación: mientras avala la concentración del poder y la riqueza en unos pocos, genera ciertas ‘grietas o poros’ donde los más desfavorecidos pueden tener algún halo de revancha, aunque sea temporal. Una acción descentralizada, un ataque sin centro visible, una especie de ‘guerra asimétrica’ en términos militares. Que incluyen hasta el uso de ‘memes’, de la ironía, que funcionan como armas para instalar narrativas que mellan el statu-quo.

Contrariamente, no podemos dejar destacar que, con la excepción de algunas pocas personas que sabían lo qué estaba ocurriendo, la mayor parte del público desconoce por completo la dinámica tanto de las comunidades online, como de su contraparte, los fondos de inversión profesionales. Ello explica la difusión y creencia de las más disparatadas versiones: que esto era un ataque de grupos de ‘extrema derecha’, que eran solo unos ‘hippies desvariados’, hasta que el escenario era el preludio del fin del capitalismo. Más allá de discutir la racionalidad de cada discurso, lo expuesto deja algo en evidencia: nos encontramos ante una mayoritaria sociedad incapacitada y desconectada de los grandes movimientos políticos y económicos macro-globales; aquellos cuales son, a veces, los que suelen cambiar el rumbo de la historia.

Lo que si podemos afirmar que son pocos los imaginaron que alguna vez el sujeto social de la revolución no estaría encarnado en el proletariado industrial, en términos marxistas, sino en jóvenes al parecer despolitizados, movidos más por una pulsión de resentimiento activo (al estilo de los “luditas” que rompían las máquinas en los comienzos de la Revolución Industrial) que por el sueño de una nueva sociedad sin clases. Chicos asociados a partir de afinidades algorítmicas. Nerds que habían aprendido las mañas de los poderosos y las usaban en su contra. Un grupo de usuarios de Internet que actúan con una organización descentralizada que desafía los modelos predictivos de los fondos de inversión de Wall Street y los especuladores “profesionales”; un ‘momentum’ histórico donde la línea entre expertos y desconocedores sistémicos se difumina al punto de volverse irreconocible.

¿Sera la cohesión entre los usuarios que coordinan sus acciones para desafiar a un poder establecido mucho más fuerte que el “valor” de las acciones en sí mismo? Está claro que, si querían ir contra el sistema, no lo han logrado: ahora se han convertido en parte del mismo. Pero hoy en día, eso poco importa. El hecho en sí es lo relevante, aquel en el cual observamos, bajo un prisma pragmático, una lectura que nos explica que no solo estamos ante una lucha desigual entre los que quieren a como sea mantener el statu-quo que ‘les asegura el poder y la riqueza eternos’, sino que además nos encontramos ante una economía que muestra poco anclaje en el “valor real”, y se vuelve más frágil cuando ello se combina con el desarrollo tecnológico y el poder “social” de las redes. La propia empresa Gamestop nos explica mucho de ello: al día de hoy continúa cerrando sucursales, recortando la plantilla del personal y sus salarios – en torno a 11 dólares la hora -, con jornadas extenuantes de trabajo.

En definitiva, el dilema basal no solo se cierne en que la disociación de la economía financiera y la real no detiene su marcha, sino que además tampoco se ve un atisbo de que puedan cerrarse – o al menos disminuir – las inequidades intrínsecas sistémicas referidas a la distribución de poder político y económico. Los cambios marginales son solo eso: coyunturales, cosméticos, líquidos. Espejos de colores que abrillantan una realidad sustancialmente opaca. Probablemente, los desafíos a una realidad que solo les sirve realmente a unos pocos, continúen. Esporádicos, llamativos, pero realmente insuficientes si no se solucionan las cuestiones de fondo.

El Censor

Publicado en Ámbito Financiero el 25-1-2021

https://www.ambito.com/opiniones/redes-sociales/el-bloqueo-trump-y-el-poder-censor-las-n5164908

En la película Argentina con titulo homónimo, ‘el censor’, interpretado por el enorme Ulises Dumont, es un funcionario que durante la última dictadura cívico-militar tiene como rol determinante el evitar que determinadas películas – ya sea por cuestiones de índole político o sexual – lleguen a las salas cinematográficas. Casi medio siglo después, esta vez no es el aparato represivo (en este caso virtual) del Estado quien decide bloquear una red social; por el contrario, quien toma el mando y la decisión son los propios imperios de la comunicación, el denominado 4to poder, los cuales, con su ‘oligopólico poder de fuego’ se han alineado en contra de quien, en este caso, ejerce la primera magistratura de la todavía principal potencia del planeta.

En este sentido, las cuentas del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, han sido bloqueadas en Twitter, Facebook e Instagram, entre otras, luego de los disturbios en el Capitolio. ¿El motivo? Según alegan las mismas, Trump dijo frente a miles de personas en Washington que nunca concedería la victoria a su rival debido a que existió fraude electoral; más aún, arengó a sus seguidores a hacer ‘algo memorable’ el día de la confirmación de Joe Biden como presidente. Siguiendo la  misma línea, Snapchat y Youtube anunciaron que todo fue “en aras de la seguridad pública” y por los intentos de Trump “de difundir desinformación e incitar a la violencia”. “Creemos que los riesgos de permitir que el presidente continúe usando nuestro servicio simplemente son demasiado grandes”, explicó Mark Zuckerberg, CEO de Facebook.

¿Nos encontramos entonces con un poder exógeno con intereses económicos encontrados al oficialismo? Seguramente estas enormes y ricas corporaciones, las cuales ya no se encuentran satisfechas con ser oligopolios sobre una de las pocas industrias altamente rentables que quedan, no dejarán de buscar la acumulación de poder político para con sus fines particulares.

¿Son solo una herramienta más para cooptar el poder político por parte de grupos opositores? En este sentido, Michelle Obama pidió a las plataformas de redes sociales bloquear permanentemente las cuentas de Trump. “Ahora es el momento de que las empresas de Silicon Valley dejen de permitir este comportamiento monstruoso y vayan más allá de lo que han hecho al prohibir permanentemente a este hombre en sus plataformas, estableciendo políticas para evitar que los líderes de la nación utilicen su tecnología para alimentar la insurrección”, sostuvo con vehemencia y muy poco cuidado la ex primera dama. Seguramente no ha reflexionado que la discursiva obstaculizadora puede derivar en un boomerang que también podría impactar en el gobierno demócrata que recién comienza.

¿Representan a los paladines de un mundo imaginario del cual ellos consideran ideal, el ‘nuevo paraíso en la tierra’? A la elite tecnológica le encanta aparecer como el ‘policy maker’ del altruismo moral – especialmente progresista -. Sino recordemos como en el año 2018 Naomi Buchwald, una jueza de distrito en Nueva York, determinó que era una violación a la libertad de expresión recibir un bloqueo – justamente de un activista social – por parte de @realDonaldTrump, la cuenta personal en Twitter que usaba cotidianamente el ahora ex presidente estadounidense.

En fin, habría que estar en sus juntas directivas y en la cabeza de los accionistas de las grandes empresas tecnológicas para poder deducir las razones de esta decisión histórica; probablemente haya un poco de todo aquello. En el mientras tanto, el debate ya comenzó. Algunos se preguntarán qué derecho tienen estas empresas para cerrar las cuentas, o sea para decidir lo que debe o no decir el presidente electo democráticamente de un país. Más aún, Zuckerberg agregó que la decisión de Trump de “usar su plataforma para condonar en lugar de condenar las acciones de sus partidarios en el edificio del Capitolio, ha perturbado con razón a la gente en Estados Unidos y en todo el mundo”. O sea, no solo se objeta lo que hizo, sino lo que dejo de hacer.

De ello se derivan varios interrogantes. ¿Cuál es el fino límite de lo que es contrario al bien común? ¿Cómo deciden que una cuenta es terrorista, atenta contra la salud pública, o es ‘demasiado’ de derecha o de izquierda? ¿‘Combatir el Capital’ entonces es peligroso porque iría contra los propios intereses de estas corporaciones tecnológicas? ¿Debería entonces prohibirse a aquellos que promuevan el fin del Estado – como quisiera algún libertario de los que abundan por estos lares -, ya que sería llevarnos a todos a un peligroso mundo semi-anárquico? ¿Ha sido razonable – sin análisis geopolítico mediante – que Twitter suprima un mensaje del guía supremo de Irán, Ali Khamenei, porque afirmaba que no era prudente tener confianza en las vacunas norteamericanas o británicas contra la covid-19? Pareciera ser entonces que ‘el botón de la libertad de escuchar y ver’ se encuentra en manos privadas (mejor dicho en las sedes de Google, Facebook, Twitter, Instagram y otros imperios digitales), y no en la calle, las Asambleas, o el mismísimo voto de una elección democrática. Pareciera que el bloqueo digital de Trump no sería otra cosa que la expansión de una especie de dictadura, en términos de lo que las elites tecnológicas creen políticamente correcto difundir a todos los ámbitos de la sociedad.

Sin embargo, como contraparte de la visión más pesimista, se encuentran aquellos que sostienen que, dado que el capitalismo liberal rige los destinos del mundo, cada uno es libre de buscar otra plataforma e informarse como desee. ¿Pero qué ocurre cuando las mismas son un cuasi monopolio? Pregunta compleja; evidentemente, el capitalismo competitivo solo queda en la pureza de la teoría de los libros clásicos. Sino pregúntenle a los cuatro millones de miembros activos de Parler, quienes observaron inertes como Amazon, Google y Apple eliminaron a la red social de sus plataformas de descargas. Cabe recordar que Parler, creada en Septiembre de 2018, disparó su popularidad en las últimas semanas gracias a sus medidas anti-censura, funcionando como un refugio para grupos conservadores de extrema derecha de los Estados Unidos.

Ahora bien, toda reacción pueden derivar en contextos aún más adversos de los que se quería evitar primariamente: uno de estos escenarios potenciales es que se termine empujando a figuras públicas a plataformas todavía más marginales, donde sus discursos circulen fluidamente entre fanáticos conllevando a una mayor radicalización. Por otro lado, también se podría generar un modelo de ‘ahogo o cuello de botella’, justamente porque se podrían perder a los usuarios moderados, aquellos que utilizan las redes de un modo más generalista e informal, y siguen al personaje político en cuestión solo por cuestiones, por ejemplo, de ‘consumo irónico’.

Por supuesto, todo lo expuesto no es excluyente de los Estados Unidos: la doble moral de lo que ocurre en la arena internacional se encuentra a la orden del día, más aún si se aprovecha lo que está ocurriendo en el país más importante de la tierra para afirmar cuestionamientos de política doméstica. Con mayor o menor veracidad.

En este sentido, el propio Gobierno de Rusia, paladín de la ‘no libertad’ de expresión de los disidentes – líder opositor preso mediante -, ha afirmado desde su Cancillería que la decisión puede ser comparada a una explosión nuclear en el ciberespacio. La destrucción no es tan terrible como las consecuencias”. Por supuesto, avizorando un ‘escenario espejo’, intentan evitar que ocurra algo similar con el presidente Vladimir Putin.

Pero además, para terminar de asestarle el golpe de gracia a sus históricos oponentes, han implementado el habitual ‘chicaneo vulgar’ de la diplomacia del siglo XXI: el contragolpear utilizando ‘su propia medicina’, como lo hace China cuando ataca el proteccionismo estadounidense, sosteniendo que es contrario al sistema internacional neoliberal que los mismos norteamericanos han creado décadas atrás. En este sentido, desde el otro lado de la otrora cortina de hierro, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajarova, sentenció que con el bloqueo al presidente Trump “se ha dado un golpe a los valores democráticos declarados por los países occidentales”.

Justamente hablando de China, con Google censurado y Yahoo tan ralentizado que ‘extrañamente’ se cae permanentemente, el motor de búsqueda más usado en China es Baidu, el cual posee el 75% del mercado. Por supuesto, si uno escribe la palabra Tiananmen en el mismo, no espere encontrar la sobrecogedora imagen del hombre que corta el paso a una columna de tanques; simplemente debe relejarse y disfrutar fotos turísticas de la plaza y, sobre todo, de la entrada a la Ciudad Prohibida bajo el retrato de Mao que aún cuelga en una de sus puertas. Eso sí, ello no implica que ‘business are business’: con un valor de mercado superior a los 40.000 millones de dólares, Baidu fue en 2007 la primera firma tecnológica china que ingresó en el Nasdaq.

Cuando uno le pregunta al Gobierno chino el porqué de las medidas restrictivas, la respuesta es contundente: “La estabilidad social es la misión número uno. El gobierno debe garantizar un ciberespacio limpio, positivo, sano y ordenado”. Más aún, como un deja vú de la guerra fría del siglo pasado, desde la CAC, el Organismo Chino de Control de la Información, se pidió que “toda la sociedad participe en la limpieza y en el desarrollo ordenado de los medios; agradeciendo además a quienes colaboraron denunciando la información ilegal y dañina”.

En tanto en Francia, el ministro de Economía, Bruno Le Maire, puso en tela de juicio que la suspensión de las cuentas no se haya realizado “bajo un marco legal de regulación”. Por lo menos extraño discursivamente, en un país que hace años tiene la intención de desmantelar el Estado de Bienestar, embebido en un claro proceso de desregulación que no es más salvaje debido la oposición de los sindicatos, cierto sector de los chalecos amarillos, grupos universitarios, etc. Igualmente, ello no sería lo más relevante: poco o nada dicen de crear regulaciones cuando se trata de proteger a los millones de usuarios de internet franceses del espionaje masivo del que son objeto en cada segundo de sus vidas. Evidentemente, la principal contradicción del capitalismo ‘democrático’ moderno es aquella que se da entre la posibilidad de producir socialmente bienes de información abundantes y gratuitos, y un sistema de monopolios que se esfuerzan por mantener el control, la ‘auto -propiedad intelectual’ de la información.

Quien quiere dar una especie de solución Estatal es la Unión Europea, la cual está trabajando sobre una nueva jurisprudencia – el Digital Services Act -. Es que como ocurre con el caso de las monedas digitales, donde ya se están creando las monedas digitales estatales para competir con el Bitcoin y otras que no tienen control ni ningún tipo de regulación gubernamental. En este sentido, los actores estatales del viejo continente sostienen que no se puede dejar esta temática en manos del mercado. Es que la estatalidad no es un tema menor; menos ahora que las compañías tecnológicas han perpetrado para muchos ‘el primer golpe de Estado exitoso realizado por los medios’. Sin embargo, entre los funcionarios hay bastante temor de la potencial respuesta ante el intento legislativo de romper el monopolio de la elite tecnológico. ¿A qué tipo de réplica le temen? Con la amenaza, sencilla, de exponer los secretos de las docenas de agencias gubernamentales – y sus funcionarios – que tienen sus datos almacenados en la nube.

Para concluir, Noam Chomsky decía que el objetivo de la educación era mostrarle a la gente como aprender por sí misma; lo demás es adoctrinar. ¿Será el principal inconveniente entonces que la ciudadanía no puede discernir entre el ‘bien y el mal’, por ello se justifica el bloqueo? ¿Vivimos en un contexto donde la mayoría de los seres humanos tiene que trabajar arduamente para sobrevivir, y no tiene ni tiempo ni herramientas para comprender lo que ocurre, por ello necesita un gran hermano que le diga que ‘realidad’ o ‘verdad’ puede o no ver? ¿No sería más lógico mejor mostrar a todos aquellos que se quieren expresar, que bloquear a quienes ellos creen que no representan los ‘intereses’ o el ‘bienestar’ del pueblo? ¿No se estaría de este modo silenciando indirectamente a los millones de representados que han elegido democráticamente un presidente, una forma de hacer política, unas ideas? ¿No están actuando infantilmente (como darle un caramelo a un niño para luego quitárselo), al permitirle a figuras políticas, como en este caso el ex presidente Trump – hablar directamente a través de sus plataformas con su público objetivo sin intermediación, para luego decir que los dichos presidenciales no están a la altura de las circunstancias para resolver institucionalmente los graves dilemas de los Estados? Muchas preguntas, complejas respuestas.

Es aquí interesante entonces destacar las palabras del ensayista británico, Paul Mason, quien sostiene que la tecnología de la información – el producto más fundamental del siglo XXI – está disolviendo al sistema capitalista en general porque corroe los mecanismos de mercado, socava los derechos de propiedad, destruye la tradicional relación entre salarios, trabajo y ganancia y, sobre todo, ataca las bases de la institucionalidad democrática; o sea, nos estaríamos dirigiendo hacia un modelo pos-capitalista. Sin embargo, un análisis profundo pareciera indicar que es difícil sostener un cambio de statu-quo, al menos en el corto y mediano plazo. Puede tener otro rostro, pero la lógica sistémica probablemente prevalezca. Lo que sí es potencialmente realista, tal como indica la economista especialista en temas de tecnología, Paula Bach, es que “los escenarios para la transformación de las nuevas tecnologías en fuerza material continúen dando lugar a convulsiones significativas – en el orden de la economía, la política, la geopolítica y la lucha de clases –, cuyos resultados finales están abiertos”. Y en este sentido, con la reciente adición al escenario de interdependencia compleja global de estos actores tecnológicos preeminentes, seguramente estamos ante un nuevo estilo de batalla que recién comienza.

La manipulación infundada

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero, 11 de Enero de 2020

https://www.ambito.com/opiniones/brexit/consecuencias-economicas-y-la-propagacion-del-miedo-n5161502

La propagación del miedo es un acto eminentemente político. La salida del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte de la Unión Europea es un caso más, un ejemplo burdo, carente de racionalidad y conocimientos técnicos. En este sentido, una gran parte de los medios de comunicación más importantes del mundo señalaron el Brexit como el ‘derrumbe británico’; una especie de apocalipsis símil a la destrucción causada por una bomba atómica. Muy alejado de lo que es en realidad: una decisión política con puntuales consecuencias más vinculadas a la prospectiva estratégica, que a una novedosa cosmovisión de la vida.

Es necesario entonces aclarar que cada vez que se realiza algún tipo de política intra-sistémica, siempre habrá quienes sacan provecho de la situación y quienes pueden reacomodarse (en mayor o menor medida), como así también se encuentran aquellos que, inevitablemente, se encontrarán perjudicados o directamente desaparecerán. Y  algunas cuestiones quedarán igual, con sectores y actores que solo vivenciarán cambios marginales. Por ende, es importante afirmar que el Brexit no ha sido para nada un acto revolucionario. No se terminan las clases sociales o la propiedad privada. No se juega el exterminio de una raza o una religión. No hay un cambio de paradigma tecnológico que modificará para siempre la forma de producción y consumo.

Para no hacer falsa futurología, y aunque es indebido metodológicamente tomar solo algunas variables de tinte económico, las mismas sirven para ilustrar una pequeña muestra de que, al menos en la transición hacia la reciente concreción de la salida de la UE, nada ha cambiado estructuralmente en el Reino Unido en los últimos años. Desde el año 2016 (cuando se decidió el Brexit) hasta el año 2019 – previo a la pandemia, ya que en el año 2020 la economía británica, como en la mayor parte del mundo, se vio fuertemente resentida -, la tasa de crecimiento promedio del PBI se mantuvo en torno al 1,5%, unas décimas menos que los años previos. La inflación promedio fue un poco mayor al 2%, mientras la desocupación se sostuvo en el 4%. Mismo la tasa de interés de referencia se incrementó solo algunas décimas – aunque siembre ubicada por debajo del 1% – con el objetivo de contener los incrementos de precios derivados de los estímulos monetarios y fiscales (en pos de contrabalancear el lógico resquemor de una parte del sector privado – tanto nacional como extranjero -, que ha retraído sus proyectos de inversión).

Siguiendo la misma línea y en pos de la estabilidad a futuro, el acuerdo implica que para los fabricantes británicos, a partir del reciente primero de Enero se mantenga el régimen libre de aranceles del mercado interior de la UE. Por supuesto, el gobierno británico tendrá que renegociar nuevos tratados bilaterales con gobiernos de todo el mundo, otrora incluidos en los acuerdos del bloque comunitario. No podemos negar que en mayor o menor medida, este halo de incertidumbre se traslade a la microeconomía. Es que más allá de la letra chica, las compañías evaluarán permanentemente la dinámica empírica de corto y mediano plazo: solo con el correr del tiempo podrán concluir si tendrán que hacer frente a escaladas tarifarias, si podrán acceder o conservar sus cuotas de mercado, o si podrán realizar operaciones transfronterizas bajo un sistema burocrático relativamente fluido.

En este aspecto y por las dudas, algunas compañías con fuerte presencia en Europa ya han comenzado a tomar medidas para protegerse. Un caso emblema es el de Coca-Cola European Partners, empresa que ha elegido a Países Bajos como sede administrativa tras el Brexit, con un discurso referido a la necesidad de mantener la Directiva sobre Transparencia dictaminada bajo la legislación de la UE. Otra empresa multinacional, Berkeley Energía, también ha comunicado que para la negociación de sus acciones dejará de instituirse en el Reino Unido para situar su sede central en España. Evidentemente, para muchas corporaciones, ante el nuevo reto a lo desconocido lo preferible es ‘cambiar, para que nada cambie’.

Por otro lado y tal como lo hemos mencionado, mientras existen los inciertos ‘grises’, también hay blancos y negros. Por ejemplo, la industria de pesca británica – con derechos de pesca que giran en torno a los 650 millones de euros al año -, ha sido claramente perjudicada en el acuerdo. En este aspecto, las flotas pesqueras de la UE tendrán un período de transición de cinco años y medio con acceso garantizado a las aguas del Reino Unido – solo se reducirán en una cuarta parte, mientras las cuotas británicas se incrementarán inversamente en la misma proporción -. A partir de 2026, el acceso dependerá de las negociaciones anuales entre las partes. Lo acordado lejos se encuentra del requerimiento de total preferencia que exigían las empresas británicas; pero claro, la pesca solo aporta el 0,04% del PBI británico.

Por el contrario, desde una prospectiva pro-positiva, el gobierno de Boris Johnson ha salido a jugar al mundo con sus mejores cartas. Es que para salir de la zona de confort, el paralizarse y quedarse en el ‘glorioso’ pasado no solo es inútil, sino más bien es claramente contraproducente. No por nada la diplomacia británica ya firmó varios acuerdos comerciales pos-brexit – con especial énfasis en la promoción de su sector de servicios (principalmente financieros, cuyas exportaciones contribuyen con el 30% del PBI) – con Japón, Canadá, Suiza, Singapur y varios países de América Latina, encabezados por México y Chile. Por otro lado, también se encuentra negociando TLCs con Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, entre otros. Hay un dato no menor: los acuerdos en preparación o concluidos, incluido el cerrado con la UE, representarían el 80% del comercio exterior británico para 2022. Como sostuvo la Ministra de comercio internacional, Liz Truss, “Ahora que la Gran Bretaña global ha regresado, es hora de que los fabricantes, los hombres y mujeres de acción, y los innovadores, nos ayuden a escribir nuestro capítulo más emocionante hasta la fecha”.

Además de ofrecer lo que saben y mejor tienen, su comprender de la dinámica del juego global implica que ya tienen una parte de la partida ganada. Y no es necesario ser thatcherista para darse cuenta que la globalización neoliberal sigue más viva que nunca, y los procesos de potenciación del capital y tercerización, entre otros ejes del proceso de acumulación, rigen los destinos de la competencia salvaje en cada rincón del planeta. No es extraño entonces el Reino Unido se convierta en una jurisdicción ‘preferencial’,  libre de impuestos y regulaciones para las multinacionales extranjeras. Es que el gobierno de Johnson está planificando “puertos libres” o zonas francas para fomentar la actividad económica: un “Singapur en el Támesis”, una especie de paraíso fiscal enmarcado bajo un sector financiero ultra desregulado, que pueda convertir al Reino Unido en un potente y eximio rival de la UE.

Por supuesto, se encuentran aquellos detractores que sostienen que ello solo aumentará las ganancias de las multinacionales, utilizando mano de obra barata y poco calificada. Un golpe más a la clase trabajadora británica, que con el Brexit consumado ya perdió  las más estrictas regulaciones laborales de la UE, las cuales incluían un máximo de 48 horas semanales de trabajo, beneficios de salud y seguridad, subsidios sociales, etc. Aunque en realidad no debería sorprendernos: sabemos que los trabajadores – en realidad el ser humano en general, sobre todo las mayorías golpeadas por décadas de estancamiento socio-económico  -, es lo que menos importa en toda esta ecuación.

Por ello el planteo sobre las contribuciones de los inmigrantes – ya sea por trabajo o estudio – quedo relegado a un impiadoso proceso altamente burocrático y restrictivo. Donde en las discusiones políticas se han borrado de cuajo los beneficios que generan – consumo, pago de contribuciones -, y solo se quedaron con los perjuicios – competencia con mano de obra, sobre utilización del sistema educativo/de salud -. O mejor dicho, con los prejuicios. Es que ‘darle de comer’ a la derecha conservadora, no es un tema menor en época de elecciones polarizadas hacia extremos que como vedettes, envuelven con discursivas atrayentes falsos nacionalismos centrados en la persona física y no la jurídica.

Es que la salida de la UE no va a implicar, al menos en el corto plazo y mediano plazo, un gran cambio cultural ni social; solo hay que contener las tensiones sociales derivadas de procesos económicos y sociales que han sido adversos y desgastantes a lo largo de los años. Para ello, nada mejor que haber alcanzado un ‘Brexit blando’, con fuerte impacto en el corazón de la ciudadanía británica. Y allí es donde el acuerdo por la frontera entre ambas Irlandas ha sido el corolario más álgido de la disputa puertas adentro del Reino, lo que demuestra donde se encuentra el verdadero foco económico y el control social: la no afectación del comercio y el evitar poner en riesgo los Acuerdos de Viernes Santo ha sido un activo de batalla en todo este proceso. En fin, todo tan lejano de aquel 1975, donde el 67% de los votantes británicos le dijo ‘sí’ a Europa.

Finalmente, es interesante destacar las palabras de Michel Barnier, responsable de las negociaciones con el Reino Unido por parte de la UE: “lo que cambia es que el país que nos deja estará solo, y nosotros seguiremos juntos”. La más relevante respuesta británica no ha sido económica, sino más bien geopolítica: el pasado mes de noviembre el ejecutivo garantizó una inversión adicional de dieciséis mil quinientos millones de Libras Esterlinas para las Fuerzas Armadas en los próximos cuatro años. El propio premier británico sostuvo que “el nuevo compromiso de gasto representa el mayor programa británico de inversión en defensa desde el final de la Guerra Fría”. Un número que incrementa en torno a 10% el presupuesto anual del Ministerio de Defensa y equivale al 2,2% del PBI (mayor al – pocas veces cumplido – 2% requerido por la OTAN para sus miembros), reafirmándose así como el país con mayor gasto militar de Europa, con un gasto en torno a los cincuenta mil millones de Euros.

Este fortalecimiento del gasto tecnológico-militar realza al Reino Unido en su deseo de aseverarse como una potencia estatal, el ‘volver a ser’ aquel imperio con glorioso pasado y mezquino presente. Más aún, el potenciar el desarrollo de las Fuerzas Armadas es un factor clave – ya que siempre lo ha sido a lo largo de su historia – no solo para con la cohesión del ser nacional, sino también para que a través de las inversiones público-privadas en el sector de la defensa (incluido el gasto gubernamental, el rol de financiamiento del sector privado, el aporte de las universidades) se genere un factor dinamizador del motor económico endógeno – atractivo para con la creación de empleo de calidad, sobre todo en zonas remotas donde suele escasear -, siendo ello tan necesario para ayudar a minimizar los costos microeconómicos de la salida de la UE. En definitiva, podríamos decir que la política exterior británica es una especie de ‘copia’ con matices similares al reposicionamiento global chino del último medio siglo, buscando también así recuperar la gloria perdida en algún momento de la historia.

Para concluir, podemos afirmar que detrás de la insistente ‘hecatombe del Reino Unido’, se encuentra entonces la manipulación mediática de los siempre activos intereses particulares de ciertas elites. Que en lugar de procesar el porqué y evaluar la forma de velar por el bienestar colectivo, enmascaran escenarios falsos en pos de sus egoístas objetivos de poder y riqueza. Es que podemos discutir ideológicamente su dudosa moralidad; lo que queda fuera de debate es que la sociedad como un todo sea engañada con información falsa y maliciosa. Por ello, más y mejor educación en ciencias sociales para todos, en conjunción con funcionarios que se encarguen de velar por el bien común – mera razón por la cual fueron elegidos -, debería ser el primer objetivo de un necesario cambio de paradigma social.

Y aquí también se debe hacer un llamado a aquellos políticos que se encuentren en la oposición, sea cual fuera la geografía o la razón en cuestión: deben trabajar honestamente por una sociedad más justa. Plantear rigurosos escenarios alternativos razonables o marcar errores u omisiones groseros, no significa utilizar al cuarto poder para generar alarma difundiendo mentiras, lo cual suele provocar asiduamente un enorme perjuicio en las anestesiadas mayorías. Porque aunque en épocas de ingente frugalidad ‘todo pasa’, en unos años la ‘no implosión’ del Reino Unido nos podrá sorprender; como así también nos terminará consternando, tardíamente pero con consecuencias más palpables, como llegamos a vivir en un mundo cada vez más violento e inequitativo.

El poder de la vacuna

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero 7-12-2020

https://www.ambito.com/opiniones/vacuna/el-poder-la-n5153480

AstraZeneca, Pfizer y BioNtech, y la firma Valneva. Moderna, Johnson & Johnson y Novavax. Nombres inexistentes para la mayoría de la población en cualquier rincón del planeta hasta hace menos de 1 año. Pero que hace décadas son parte del juego que dirime el poder global. En este sentido, la industria de la salud, se erige fundamental al no ser excluyente: tanto ricos y como pobres necesitan inexorablemente medicamentos para mejorar su calidad de vida. Un mercado cuasi infinito donde los gobiernos se encuentran en tiras y aflojes permanentes para con la negociación público-privada a favor de aquellos que, por diversos motivos – especialmente por los altos índices de pobreza de las diversas sociedades -, requieren de un subsidio que suelen tensionar los muchas veces magros presupuestos estatales.

Los números lo reflejan por si solo: las 10 más importantes farmacéuticas tuvieron ingresos en 2019 (o sea pre-pandemia) por 392 mil millones de dólares. No es necesario imaginar lo que ocurrió este año: solo en los Estados Unidos, meses antes del acto eleccionario Donald Trump inició la operación Ward Speed para financiar la investigación de la vacuna y pruebas diagnósticas del virus. ¿El presupuesto? Más de 10.000 millones de dólares en benefició de los grandes conglomerados farmacéuticos: Moderna se llevó 2.455 millones, seguida de GSK Sanofi con 2.100, BioNTech Pfizer con 1.950 millones, Novavax 1.600 millones, Johnson & Johnson 1.456 millones y AstraZeneca se quedó con 1.200 millones de dólares.

Bajo este contexto, no es extraño que hayan florecido los nacionalismos; algunos dirán de tinte preventivo, otros bajo la lógica realista. Nada que no se haya visto en la dinámica estatal de los últimos siglos. Es que aunque el capitalismo en su fase neoliberal que rige los destinos del mundo – con vaivenes cíclicos que muestran un lento languidecer, pero no mucho más – no atenta contra el estatus-quo de las elites políticas, el caso especifico intra-sistémico del COVID-19 conlleva ciertos riesgos: en la era donde prima lo visual y el cinismo (con doble moral incluida), la tolerancia hacia las muertes masivas (por negligencia, omisión, o lo que sea) no es apta para lideres que se quieren perpetuar en el poder. Menos aún para aquellos que tienen una prospectiva de propulsar un liderazgo global.

Es por ello que cada Estado opera la política económica internacional quirúrgicamente en tiempos de COVID-19; en un mundo donde no existe el 100% de autosuficiencia y las materias primas, lamentablemente para muchos miembros del mundo desarrollado, se encuentran en las más diversas latitudes, no es necesario desempolvar los libros de economía clásica de Adam Smith y David Ricardo para observar lo que está ocurriendo: la interdependencia productiva – incluida la eficiencia en las cadenas de valor -, es un valor fundamental para todos los gobiernos del mundo (si lo hemos sufrido en carne propia con el bloqueo a la compra de los aviones de caza FA-50 surcoreanos con componentes británicos).

Y aquí otra vez entra a jugar la geopolítica y la geoeconomía. Un ejemplo clarificador se observó durante la pandemia de gripe H1N1 en el año 2009, cuando se reunieron miembros del directorio de la farmacéutica francesa Sanofi con autoridades de la cancillería en París. ¿El objetivo? Elegir qué países deberían recibir los suministros de manera prioritaria. La lista incluía aquellos Estados que eran proveedores de los productos básicos de los que Francia dependía: gas, petróleo y uranio. En la pandemia actual, nada ha cambiado: mientras al principio algunos países retuvieron cargamentos con insumos médicos que tenían otros destinos (como fue el caso de Turquía), en el último mes un informe de OxFam confirmó que los más ricos y poderosos Estados – los cuales representan el 13% de la población mundial – se garantizaron con la firma de contratos el 51% de la entrega adelantada de las vacunas de los principales laboratorios. Bajo un mundo donde prima la privatización de la agenda de la salud pública – con la patrimonialización de la vacuna a escala mundial incluida – y su consecuente especulación financiera, ello no debería sorprendernos.

Bajo esta premisa de inequidades insalvables, una pregunta racional podría ser: ¿En un mundo globalizado, no es inútil generar una vacunación masiva en los países más desarrollados, mientras los otros esperan ansiosos que se alineen los planetas (llámese el tener los recursos económicos y las alianzas geopolíticas adecuadas para obtener las dosis necesarias para su población)? Porque si por ejemplo, la vacuna llega a una barriada de Kenia recién a finales de 2023, sería realmente una vergüenza con costos socio-económicos que deberían ser intolerables a esta altura del siglo XXI. Sin embargo, lamentablemente hay que ser realistas: incluso en el caso extremadamente improbable de que las cinco principales vacunas tengan éxito, el 61% de la población mundial no se la podrá aplicar hasta al menos hasta el año 2022.

Volviendo a la pregunta previa, la respuesta es ‘no necesariamente’. De barreras esta hecho el mundo, y prohibir la entrada de los visitantes extranjeros u evitar operar logísticamente con países empobrecidos que no pueden asegurar ‘vínculos sanos’, no sería un dilema moral para quienes detentan el ‘America First’, ‘Europe First’, o ‘Japan first’. Por supuesto ello genera roces, rispideces con impactos diplomáticos presentes y futuros para con la mancomunidad global. En este aspecto, ha sido muy claro el presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, cuando la Unión Europea prohibió las exportaciones de equipos de protección y debió recurrir a China. Luego de besar la bandera del gigante asiático, sentenció: “La solidaridad europea no existe. Creo en mi hermano, mi amigo, Xi Jinping. El único país que puede ayudarnos ahora es China”.

Dado lo expuesto, el convertirse en el primer país en desarrollar y aplicar la vacuna tiene un fuerte componente simbólico en términos de poder político. En este sentido, con el debut en la vacuna de Pfizer en el Reino Unido, Boris Johnson desmitifica todo lo malicioso que es el Brexit; es que la realidad muestra que el escenario post salida de la Unión Europea conlleva sus luces y sombras, pero lejos se encontró de generar – como lo quisieron presentar algunos detractores – un escenario rupturista y destructivo para con las bases materiales británicas. También comenzarán los rusos con la aplicación de la vacuna ‘Sputnik V’, en alusión al primer satélite (el Sputnik 1) puesto en órbita construido por el ser humano, en octubre de 1957. ¿Podrán decir que no hay capacidades o un contralor institucional democrático probo bajo jurisdicción de Putin? Este último punto no ha sido menor en el debate global reciente: el papel de los medios de comunicación hegemónicos de Europa y Estados Unidos han tendido a reforzar esta idea centrando el debate no solo en las posibilidades positivas contra fácticas de vacunación de los fármacos occidentales; sino, y principalmente, poniendo en duda la fiabilidad científica de otras vacunas, el subsidio desproporcionado de gobiernos extranjeros a sus empresas estatales, o culpando a Rusia y otros países del robo de información/propiedad intelectual. 

La realidad es que todo ello poco importa: en un mundo donde reina el pragmatismo y la efectividad, los resultados finales coronarán a los ganadores y juzgarán a los perdedores. Por ello y en el mientras tanto, el fondo soberano Russian Direct Investment Fund (RDIF) se ha encargado de negociar con diferentes países acuerdos tanto de suministro, como de fabricación e investigación. A diferencia de la exponencial expansión geoeconómica china (con ruta de la seda mediante a la cabeza), los rusos apuntalan a un ‘revival’ de una guerra fría bajo un eje de reconquista socio-político de tinte fascista, donde ya ha comenzado a ‘abrazar’ a sus ex satélites de la era soviética, como así también ha profundizado su influencia en la Europa oriental. Por supuesto, el sueño de su líder es avanzar más allá de los límites que impone occidente. Inclusive para nuestra América Latina, donde Venezuela ya es el conejillo de indias con un claro foco en el desarrollo del eje petrolero/militar junto a su partenaire China.

Hablando del gigante asiático, este cumple un rol fundamental en la provisión y los resultados que se den a nivel internacional (además de haber propagado un discurso populista de que la ‘vacuna deberá ser puesta al servicio de la humanidad’). Más aún, prestará 1.000 millones de dólares a los países latinoamericanos que quieran adquirir algunas de sus vacunas. Por supuesto después habrá que devolverlo. Sin condicionamientos ni las ataduras del FMI. ¿Sera en especies (soja, petróleo) o en contratos de infraestructura? Ya lo veremos, pero que devolverla, habrá que devolverla.

¿Si se han sentido tocados por la discursiva culpógena del “virus chino”, como lo solía denominar el saliente presidente Trump? De ningún modo. Porque como lo mencionamos previamente, en este mundo de la información liquida y rebatible, todo cambia. Menos el poder y la riqueza. Por ende, la cúpula del Partido Comunista ha tratado de aprovechar la continuidad del proceso de abdicación estadounidense del liderazgo global, mostrándose una vez más como el adalid defensor del sistema de comercio mundial basado en normas y reglas. Sí señor, normas  y reglas del capitalismo neoliberal impuesto como dogma por el propio Estados Unidos en el siglo pasado.

En nuestra América latina, la problemática de la histórica inequidad se traslada proporcionalmente al escenario pandémico. La mayoría de los 630 millones de latinoamericanos viven en zonas de difícil acceso y limitada infraestructura, cálidas – lo que dificulta la conservación de las vacunas -, y en Estados cuyo desarrollo técnico y tecnológico es desigual e insuficiente. Y encima, en épocas de caos y desesperanza, a lo expuesto se le adiciona el eterno envalentonamiento de las disputas políticas domésticas. El más claro ejemplo ha sido el caso de Brasil, donde el gobierno federal ha firmado un contrato con AstraZeneca que le garantiza el acceso a 100 millones de dosis apenas se produzcan. Como contraparte, y sin ningún tipo de coordinación con Bolsonaro, el ensayo en Brasil de la vacuna china Sinovac está siendo financiado por el gobernador de San Pablo y rival del presidente, João Doria, quien tiene la mira puesta en el palacio presidencial.

Por supuesto, en una región donde lo que reina es la carencia para las mayorías, los manotazos de ahogado derivados de la crisis de la pandemia transforman en grises los ‘blancos y negros’ de las alianzas ideológicas. En el caso del ‘derechista’ Bolsonaro, la vacuna de AstraZeneca la producirán dos laboratorios públicos: la fundación Oswaldo Cruz y Bio-Manguinhos. Justo lo opuesto a lo que sucede en la producción para la provisión del resto de Latinoamérica, donde el acuerdo de AstraZeneca y Oxford se realizó con dos laboratorios privados: uno argentino, Abxience, y otro de la farmacéutica mexicana Liomont. Es decir, los gobiernos ‘más progresistas’ de Fernández y López Obrador ‘delegan’ (literalmente) la producción de entre 150 y 250 millones de dosis en el sector privado.

Para finalizar con nuestro país, no podemos negar que poseemos cierto conocimiento y capital acumulado durante años en nuestro sistema público y privado de ciencia y tecnología. Con sus luces y sombras; con gobiernos que han apoyado más, y otros que han denostado directamente el rol de un sector relevante y estratégico para el futuro de nuestro país. ¿Es suficiente? Para nada. Se requieren más inversiones (cuyo norte debiera ser infinito), mejores salarios para los investigadores, y un país pujante que genere y distribuya la riqueza – en todas las áreas – como corresponde. Porque sino, como sostiene el Lic. Alejandro Palombo, “el objetivo de salubridad en una crisis como la actual se termina supeditando desesperadamente a los compromisos financieros que implican necesariamente una economía abierta y en pleno funcionamiento que permita solucionar lo urgente: cerrar la brecha negativa en términos fiscales y de cuenta corriente”.

Para concluir, el Dr. Paulo Botta siempre sostiene que “Si un Estado no tiene poder duro (capacidad de obligar) y tampoco poder blando (capacidad de atraer), solo le queda la retórica (capacidad discursiva). Aunque ello no siempre significa capacidad de convencer”. Y en nuestro caso, mientras las dos primeras son prácticamente inexistentes, ya estamos acostumbrados a que las palabras de los gobernantes se las lleve el viento. Esperemos que cuando todo esto termine, aunque sea nos quede una enseñanza (de mínima): terminar con la lógica del parche y la coyuntura, apostando por un futuro virtuoso donde la educación de calidad, la ciencia y la tecnología, sean de una vez por todas políticas de Estado tangibles y fructíferas en el largo plazo.

Volver a la ‘normalidad’

Pablo Kornblum para Página 12 el 30-11-2020

https://www.pagina12.com.ar/308890-el-vinculo-con-estados-unidos-luego-de-trump

https://www.diario26.com/292409–volver-a-la-normalidad

Volver a la ‘normalidad’. Eso es lo que pretende lograr el gobierno que va a liderar próximamente Joe Biden. Bajo una discursiva cuidadosamente seleccionada, ya ha ilusionado a varios nostálgicos que sueñan con el regreso del orden neoliberal dirigido hegemónicamente desde Washington. Una ‘globalización armoniosa’, en la que sus otrora aliados y potenciales nuevos socios trabajarían para sostener un ‘win-win’ bajo el liderazgo estadounidense.

Para ello, la agenda de la política económica exterior estadounidense, complementando la ya compleja dinámica doméstica, se focalizará en algunas prioridades de corto plazo: desenhebrar las relaciones geoeconómicas con China, volver al multilateralismo amistoso con sus socios europeos, suavizar la presión financiera sobre el ‘eje del mal’ (Irán, Corea del Norte), y alcanzar algún delicado equilibrio para con el contexto socio-económico de los países centroamericanos proveedores de migrantes. ¿Lo relevante para quienes verdaderamente detentan el poder? Mientras Biden desempolvó en su primer discurso la vetusta y oxidada retórica del enfrentamiento entre el ‘legado democrático’ estadounidense versus los autoritarismos de China, Rusia o mismo Cuba – meramente para satisfacer a su mayoritario electorado que cree todavía en los Estados Unidos como ‘faro que guía al mundo libre’ -, el establishment del capital concentrado se regodea pensando en un regreso al liberalismo económico que lo habilite a potenciar sus negocios con aquellos Estados más autoritarios y/o paternalistas, donde – bajo cierta eficacia y suficiencia – la lógica la acumulación de capital ha sido claramente más acelerada.

En nuestra región, podemos afirmar que el escenario económico no variará en demasía en relación a lo que muestran los libros de historia. Los que sostengan con mayor cariño y empeño el Consenso de Washington con rostro sudamericano – principalmente los miembros de la Alianza del Pacífico -, continuarán con ciertos privilegios a la hora de pensar en la profundización de las relaciones bilaterales pro mercado (por supuesto con las carencias socio-productivas que ello conlleva). En contraposición, al mayor escepticismo con el más reacio Mercosur, se le adiciona un novedoso pragmatismo racional latinoamericanista (Argentina + México + Bolivia) que pretenderá un mayor diálogo de ‘igual a igual’, pero que lejos estará de generar cambios económicos estructurales. Eso sí, la mirada de los halcones de Washington se centrará en las dinámicas socio-económicas domésticas con derivaciones inusitadas; no sea que inoculen y/o incrementen, bajo un esquema de ‘nueva guerra fría’ a lo Venezuela, a actores estatales y no estatales indeseados para con los intereses estadounidenses.

Nada va a cambiar, al menos en términos sustanciales (léase nuestra Balanza de Cuenta Corriente históricamente negativa), para la Argentina. ¿Podemos achacarle a nuestro principal proveedor de Inversión Extranjera Directa y tercer socio comercial que son ‘Fans’ de la remisión de utilidades o los aranceles/subsidios? Puja de intereses interestatal capitalista, my friend, dirían desde el norte del Rio Bravo. ¿Nuestra usual respuesta? Algunos ciclos gubernamentales con mayor control de capitales, frecuentes devaluaciones derivadas de la estructuralmente deficitaria escasez de divisas, algo de ‘relaciones carnales’ de algún gobierno nostálgico de la Doctrina Monroe (aunque en la actualidad es imposible – y altamente contraproducente – ponerle un buffer de contención económico al gigante asiático). No sería de extrañar el vivenciar un popurrí ‘light’ de todo ello en el corto y mediano plazo. No mucho más.

Ahora bien, de la esperanza vive el hombre (sobre todo para esperar con ansias la ‘lluvia de dólares’). ¿Podría haber algún ‘coletazo’ positivo indirecto, como por ejemplo el pensar en la potencial suba de los precios de la soja y del etanol, consecuente con un presidente electo pro combustibles alternativos? Es plausible. ¿Es lo que más le importa a nuestro gobierno? Difícilmente. Ahora es el turno de que nuestra cintura política y la suerte, que siempre es necesaria y suele escasear en la arena internacional, logre que el accionista mayoritario del FMI le dé una palmada en la espalda a los técnicos del directorio para que tengamos la mayor flexibilidad posible – una patriada difícil bajo el Acuerdo de Facilidades Extendidas – a la hora de negociar los requerimientos de prudencia macroeconómica, ajuste fiscal, inflación controlada. ¿Otro pedido de auxilio financiero? Improbable en el corto plazo con el binomio Fernandez-Biden. Solo resta esperar que la keynesiana Janet Yellen, con la maquinita de imprimir en mano, incremente los estímulos monetarios y mantenga los tipos de interés bajos por un par de años para que podamos aprovechar el diferencial de tasas y un mundo más amigable para con el crecimiento económico y los intercambios.

Para concluir, el enorme dramaturgo y político francés Víctor Hugo, sostenía que “La utopía es el porvenir que se esfuerza en nacer. Mientras que la rutina es el pasado que se obstina en seguir viviendo”. Mientras esto último pareciera será el fiel reflejo de lo que ocurrirá a partir del próximo Enero en los Estados Unidos, desde el sur del continente esperemos que, de una vez por todas, el idealismo le gane la batalla a la historia rutinaria y doctrinaria de una relación bilateral que se perpetuó como un lastre para con el desarrollo socio-económico equitativo e inclusivo para nuestras empobrecidas mayorías.

El discurso que le pone precio a la libertad

Pablo Kornblum para Ámbito Financiero – 23-11-2020

https://www.ambito.com/opiniones/fmi/el-discurso-que-le-pone-precio-la-libertad-n5150094

La culpa. Esa maldita palabra que mortifica a individuos y sociedades. Y que el Fondo Monetario Internacional (FMI), previo a otorgar la Facilidad de Financiamiento Extendida (EFF en sus siglas en inglés), lo resalta en la propia definición que le provee a sus futuros clientes: “es una modalidad que se ajusta a las necesidades técnicas de la economía. Se trata de una facilidad crediticia de asistencia prolongada para el problema estructural de balanza de pagos, que se evidencia en la caída permanente de las reservas internacionales sin posibilidad de recuperación en las circunstancias actuales de la economía; en el déficit de balanza comercial y de la balanza de capitales; en el arrastre de déficit fiscales crecientes y poco manejables que ha mostrado el sector fiscal en los últimos años”.

Junto a la culpa, por supuesto, conviven las amenazas; si no se cumplen las medidas, el impacto directo – e indirecto – sobre la economía nacional, podría generar un enorme daño al ya resentido escenario que conllevó al pedido de auxilio. Por ejemplo, si en vigencia de un acuerdo, el país signatario no cumple las condicionalidades comprometidas, aunque no utilice el préstamo, el Fondo podría suspender el acuerdo; ello no solo derivaría en la obstaculización – y los ‘potenciales’ beneficios del préstamo en sí -, sino que además provocaría el fin a la protección que tenían los capitales externos ingresados para aprovechar el diferencial de tasas de interés domésticas, o mismo el bajo riesgo devaluatorio que el conjunto de condicionalidades usualmente asegura.

Por supuesto, ello no es exclusivo de un Estado en particular. Justamente porque le ha pasado a muchos países alrededor del mundo en el último medio siglo, la dinámica de la homogenización generalista fue la clave maestra – y por ende errónea – para simplificar lo que per se, a nivel doméstico, es más que complejo. Parece obvio, salvo para muchos de los decisores del FMI, que los dilemas culturales, políticos, productivos, etc., que se enmascaran detrás de los serios desbarajustes macroeconómicos de quienes acuden al Fondo, son de lo más variopinto que uno puede analizar.

En este sentido, si situamos la mirada en Europa, nos encontramos que la relación Deuda/PBI de Georgia se incrementó a 58,5% en 2020 (39,8% en 2019). Bajo este escenario, y dada la recepción de un EFF en el año 2017 para poner sus ‘números en orden’, el gobierno georgiano le prometió al FMI reanudar la consolidación fiscal una vez finalizada la pandemia. ¿Su principal dilema? El alto porcentaje (77,7% en 2019) de deuda denominada en moneda extranjera, proveniente de la ‘lluvia de divisas occidentales’ que llegó al finalizar la guerra fría (mismo Ucrania recibió un EFF de 2.200 millones de dólares en 1998). Evidentemente, la ‘fiesta volátil’ de moneda extranjera dura, no fue acompañada de una ‘prudente’ utilización en términos de los objetivos monetarios y fiscales.

Tampoco el Tratado de Maastricht hizo mella en las políticas de todos los miembros de la Unión Europea. Virando el eje hacia el occidente, Grecia firmó varios acuerdos de EFF entre el año 2012 y 2016. La ‘estabilidad macroeconómica’ (léase el repago de las deudas a la banca europea que había financiado un modelo inviable en términos de productividad y gasto público), tuvo su – esperado – costado más  oscuro: solo para citar un ejemplo, la reforma laboral que eliminó los convenios colectivos de trabajo, junto con una ‘reestructuración’ sanitaria que generó un recorte del gasto en la salud pública, y una reforma previsional que elevó la edad de jubilación hasta los 65 años, implicó que en sólo 4 años se despidieran a 350.000 empleados estatales y la desocupación alcanzase el 25 %. En definitiva, una crisis social de dimensiones bélicas.

En África, la República de Etiopía alcanzó a fines de 2019 un acuerdo por tres años aprobado en el marco del EFF. A pesar que el país había crecido en torno al 9% en los dos años previos, la debilidad de las exportaciones provocó una escasez de divisas (historia Argentina dixit) que requirió la asistencia del Fondo. Al menos eso dijo el gobierno, el cual encontró en los halcones económicos de Washington la excusa perfecta para realizar las reformas estructurales que, por sobre todo, les permitieron hacer negocios no del todo claros. Otro ejemplo es el caso de Túnez, que en el año 2016 recibió un EFF de 2.900 millones de dólares. Para ello, el gobierno tunecino tuvo que hacer ciertos deberes ex ante: como pre-requisito, tuvieron que aprobar en el Parlamento un paquete de leyes que aseguraran la independencia bancaria; una especie de ‘inmunidad’ ante potenciales ‘políticas desacertadas’ por parte de cualquier gobierno de turno a futuro. Es que después de la primavera árabe, cualquier transición entre regímenes pareciera que pudiera socavar el statu-quo. Mejor una ‘condicionalidad’ de cambio, sobre todo para que nada cambie.

Por su parte, Angola, antes de firmar el reciente EFF, utilizó el tipo de cambio como ancla nominal mientras experimentaba una expansión fiscal financiada por su banco central, lo que derivó en la necesidad de imponer restricciones cambiarias que llevaron la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo al 150%. Antes de otorgarle los 15.000 millones de dólares, el FMI le exigió liberalizar el régimen cambiario, como así también eliminar las ‘distorsiones’ del mercado y las restricciones para el retiro de divisas. En este sentido, el FMI propone que, con el dinero provisto, el ajuste hacia la ‘sustentabilidad macroeconómica’ sea de una manera gradual y no abrupta. Realizada por los mismos que, según los propios actores, los llevaron a este desastre. Suponiendo que el FMI tiene la verdad revelada: ¿aprenderán de este modo los causantes que sus políticas previas han sido erradas? Difícil… En él mientras tanto, el gobierno de Angola ya comenzó con la venta de activos del Estado, incluyendo la empresa estatal emblema, la ineficiente petrolera Sonangol – cuyas ventas de hidrocarburos representan el 65% de los ingresos fiscales totales -. Hablando mal y pronto, sería como ‘matar al perro para terminar con la rabia’.

Ya en nuestro continente, el nivel de deterioro de la economía ecuatoriana llevó a las autoridades a solicitar este año un EFF por 6.500 millones de dólares, con el objetivo de, según la discursiva gubernamental, “ayudar a restablecer la estabilidad macroeconómica, apoyar a los grupos más vulnerables, y promover la reforma estructural”. Por supuesto, no ‘queda bien’ afirmar que la finalidad per se es lo último sin, al menos, mencionar los dos primeros. La respuesta del FMI no se quedo atrás: en su informe sobre el préstamo en cuestión, sostiene que “la EFF incluye el ampliar los programas de asistencia social, garantizar la sostenibilidad fiscal y de la deuda, y sentar las bases para un crecimiento sólido que beneficie a todos los ecuatorianos”. Lo interesante aquí es también el orden en que se forma la oración. Como si el focalizarse en los ‘fundamentals macroeconómicos’ fuera lo último, el lastre, lo marginal; cuando sabemos que es todo lo contrario, para con una lógica ortodoxa que desprecia una nefasta realidad social-económica que, sistemáticamente, ha sido permanentemente minimizada y soslayada. Como sostiene el Dr. Andrés Malamud, “se pide que los ‘fundamentals’ deban ser sólidos; las pirámides de Egipto también, pero adentro están todos muertos”.

En este sentido, la historia también demuestra que el EFF que le otorgó el FMI a Colombia en el año 1999, fue inducido por el proceso de desregulación económica que se inició en la década de 1980’ y se consolidó con la Constitución de 1991. Este proceso ‘legalizó’ importantes postulados de la logia neoliberal y, al mismo tiempo, declaró la doctrina social-demócrata como objetivo del Estado. Es decir, que mientras el gobierno se comprometía con la reducción de la intervención del Estado en la regulación de las actividades económicas y la privatización de las empresas públicas, por otro lado incrementaba sus responsabilidades estatales en materia de seguridad social y los compromisos financieros con las regiones y departamentos en el marco de la descentralización. Ello sin mencionar que la desregulación expuso a los productores colombianos, sin un verdadero esfuerzo por cerrar la brecha estructural en materia tecnológica, educativa e infraestructural, en competencia injusta con grandes compañías y consorcios transnacionales. En definitiva, más allá del crecimiento económico que se ha observado a lo largo de este siglo, la continuidad de la lógica intelectual que apoya estas políticas ha obstaculizado todos los intentos de equidad y mejoras sustanciales en la calidad de vida de las mayorías colombianas.

En nuestro país, el proceso neoliberal globalizador, con un basamento previo pero llevado a cabo con toda su fuerza luego de la caída del muro de Berlín, tuvo matices similares. La deuda fraudulenta que había contraído la dictadura y crecido al calor de la nacionalización de deudas privadas, fue reciclada en un proceso de reestructuración que, entre otros, implicó una EFF en el año 1992: bajo la misma, se promovió la privatización del sistema previsional en favor de las AFJP, la eliminación del impuesto a las transacciones financieras, la supresión de las contribuciones patronales, como así también una reforma tributaria regresiva que instrumentó el incremento del IVA, que era del 13 %, primero al 18 % y, luego a la alícuota del 21 % todavía vigente.

En este sentido, y tal como indica la Dra. Noemí Brenta “entre 1982 y 2001, el país estuvo el 81% del tiempo bajo la tutela del FMI”. Para resultados socio-económicos, los números hablan por sí solos: mientras el desempleo pasó de 5,7 % en abril de 1982 al 22 % en abril de 2002, la pobreza, medida por ingresos, que en 1974 afectaba a mucho menos del 10 % de la población, trepó hasta alcanzar el 55% en 2002. Lo peor es que a pesar de ello, y ya entrando a números actuales, desde el último gobierno militar hasta el año 2019 se pagaron más de 600.000 millones de dólares y la deuda no paró de crecer: ascendió de 8.000 millones de dólares antes del golpe de Estado de 1976, a 324.000 millones de dólares en diciembre de 2019. Y pareciera que en el corto y mediano plazo, el esquema económico sometido al rigor del FMI continuará: con el actual EFF, el ajuste presupuestario se encontraría en torno al 10% para el año venidero; mientras que hacia 2025, nuestro país deberá a comenzar a pagar montos cercanos a los 10.000 millones de dólares anuales, a lo que hay que adicionar el pago de la deuda con los privados.

Como eje totalizador, uno podría analizar los causales de esta dinámica bilateral entre los Estados y el FMI; sobre todo para poder, de una vez por todas, atacar la problemática de raíz. En este sentido, en casi todos los documentos del FMI, en el EFF se exige el “fortalecimiento de la transparencia fiscal y de contratación pública, eliminar el ingente déficit fiscal primario, como así también la promoción de la gobernanza como elementos clave del programa de reforma que deben aplicar las  autoridades.” Uno entonces se pregunta: ¿Han colaborado alguna vez con ello? ¿No es su deber? Cambiemos la pregunta, con lógica de retorica: ¿Prestan solo porque es su per se, a sabiendas que nunca los gobiernos deudores han cumplido con sus promesas de pago en tiempo y forma? ¿O mejor dicho, aquellas promesas fallidas para con el beneficio de las mayorías, en realidad fueron aciertos de una lógica que beneficia principalmente – o solamente – a algunos grupos concentrados? ¿Por qué entonces quieren exclusivamente que haya recortes en el gasto? ¿Pidiendo incrementar la recaudación de un país que pide extasiado ayuda, seguramente viviendo una incertidumbre/inestabilidad embebida en un mercado interno recesivo? Muchas preguntas, pocas respuestas (y ambiguas).

Sin faltar a la verdad, aquí debe quedar algo en claro: es innegable la responsabilidad primaria de gobiernos corruptos e ineficaces para con los beneficios colectivos – y sobre todo de los que más lo necesitan -. El problema es que las deudas contraídas no suelen conllevar estos objetivos superadores, sino que su rol primordial es salvar justamente a aquellos políticos afines que viven fuertes tensiones socio-económicas domésticas (a sabiendas que la geopolítica conlleva un rol fundamental); que además suelen terminar, no en contadas ocasiones, generando puertas giratorias hacia los paraísos fiscales para sus amigos de las elites concentradas. Es evidente entonces que ello también implica la corresponsabilidad en quienes liberan los fondos; sino cómo es posible que el FMI acuerde el año pasado un EFF por 6.000 millones de dólares para Pakistán, su DECIMOTERCER programa de rescate desde finales de la década de 1980’. Y no me vengan con que no podían saber que el dinero prestado iba a servir intereses contrarios a las mayorías paquistaníes (O griegas, ecuatorianas, argentinas). Porque para ello, siempre están distraídos. Contrariamente a la rapidez que tienen para generar un discurso que le pone precio a la libertad.

Tal como lo esgrimió el escritor frances Guy Debord en su libro publicado en el año 1973, la Sociedad del Espectáculo, “la sociedad civil se encuentra saturada de limitaciones en cuanto a su capacidad de atención, como así también adolece de memoria para retener demasiadas imágenes o situaciones a traves del tiempo; por lo tanto, es muy voluble de hacerla feliz en el momento, en el aquí y ahora. Y mañana, que la suerte los ayude”. Que la suerte nos ayude entonces. Pero mientras tanto, cuando vayamos a las urnas, intentemos ser lo suficientemente lucidos para saber leer la historia, y entender cuales son los intereses de los complices domésticos. Porque los del Fondo, claramente ya los conocemos.

Todo cambia, para que nada cambie

Publicado en Ámbito Financiero el 09-11-2020

https://www.ambito.com/opiniones/estados-unidos/biden-presidente-que-puede-cambiar-argentina-n5146553

A pesar de las acusaciones, primará la racionalidad institucional: Joe Biden, un hombre del histórico ‘círculo rojo’ de la política estadounidense que cree en el multilateralismo y en el liberalismo económico, será erigido formalmente como el presidente número 46 de los Estados Unidos de Norteamérica. ‘Las instituciones no se manchan’, haciendo un paralelismo al parafrasear al mejor futbolista de la historia. Sería demasiado ordinario, grotesco, y terriblemente negativo para con las prospectivas de política exterior norteamericana como ‘faro democrático del mundo occidental’, continuar insistiendo con esta fantochada.

Para comenzar, debemos aclarar algo. Nada va a cambiar, al menos en términos sustanciales, para nuestro país. La agenda de la política exterior estadounidense, complementando la ya compleja dinámica doméstica, tiene otras prioridades coyunturales: las relaciones económicas – sobre todo comerciales – con China (principalmente para con su contención), Europa y otros actores de relevancia internacional; los dilemas geopolíticos/militares en Medio Oriente, Europa del Este (con Rusia a la cabeza) y el Asia Menor; y el complejo escenario migratorio con Centroamérica, entre otros.

Un poco más al sur, podemos afirmar que tampoco habrá presión ni exigencias para ponerle un coto a la Venezuela de Maduro. Derechos humanos si, hasta ahí. Avasallamiento agresivo a través del Grupo Lima – que puede quedar en semi Stand-by al no haber un claro soporte desde el norte -, no. Seguramente continuarán las relaciones cordiales con los aliados temporales de la era Trump (Brasil, Chile, Colombia), mirando de reojo la dinámica (y sobre todo las potenciales tensiones) de sus escenarios domésticos. Bajo este contexto Argentina podrá liderar, junto con México y ahora Bolivia, un posicionamiento de pragmatismo racional latinoamericanista que busque el dialogo permanentemente. Y no mucho más que ello.

A pesar del cierto distanciamiento expuesto, de ningún modo podemos denostar la relación bilateral existente, nos guste o no. Los Estados Unidos continúan siendo – al menos por ahora – el principal inversor externo en nuestro país, con el 22,7% del stock de Inversión Extranjera Directa; casi 17 mil millones de dólares según los últimos datos del BCRA. En este sentido, se calcula que hay más de 300 empresas estadounidenses-argentinas, la mayoría nucleada en la American Chamber, con inversiones de relevancia en la industria de petróleo no convencional (USD 450 millones para financiar a Vista Oil y Aleph Midstream en Vaca Muerta en los últimos años), en el suministro de energía (AES), en la industria manufacturera (GM, Ford – 700 millones de dólares en inversiones recientemente -, Goodyear, BASF, DuPont, Whirpool), en el sector de los seguros (Metlife, Prudential), los servicios financieros (American Express, Visa, JP Morgan),  los servicios profesionales (Accenture, Manpower Group), y los servicios de información y comunicaciones (IBM, Cisco Systems, Google).

Por otro lado, Estados Unidos es el tercer socio comercial de la Argentina, aun cuando supo ser el primero por un largo tiempo (solo para citar un ejemplo, las exportaciones argentinas a Estados Unidos representaron el 6% del total exportado en 2015, muy lejos del 11% que supieron alcanzar en 2005). Para el año pasado, el intercambio comercial superó los 10 mil millones de dólares (deficitaria para la Argentina en el decenio 2010-2019 en 49.445 millones de dólares; solo con una merma relativa en los últimos dos años – como siempre a lo largo de nuestra historia, por la disminución de las importaciones derivadas de la devaluación y la estructuralmente deficitaria escasez de divisas -). Llevando a la practica la contra fáctica frase ‘vamos ganando’, podemos afirmar que los argentinos, en este campo, ‘seguimos perdiendo’.

Al analizar la composición sectorial del comercio bilateral, se observa que las exportaciones argentinas a los Estados Unidos tienen una fuerte concentración en combustibles y minerales, seguida por los productos metalíferos, así como la industria alimenticia y los productos primarios en general. Del lado de las importaciones originarias en los Estados Unidos, las maquinarias son el principal rubro de importación; aunque los combustibles también tienen un fuerte peso, así como los productos químicos. Aquí tenemos que dejar algo en claro: Argentina y Estados Unidos no son mercados complementarios, lo que implica un vínculo no carente de conflictos o de asuntos pendientes. Llámese aranceles, subsidios, o barreras paraarancelarias de tinte fitosanitario. Y por supuesto, el poder de presión de sus lobbies. No nos olvidemos lo que ocurrió en los últimos años con la suba de aranceles al biodiesel argentino en el mercado estadounidense, o la eliminación de preferencias especiales en comercio exterior para países denominados “en desarrollo”, como la Argentina. Y si, qué difícil es argumentar contra la potencia imperial que nuestras industrias no se encuentran ‘subsidiadas deslealmente’, que no realizamos devaluaciones competitivas adrede, o que ingenuamente disminuimos los requerimientos medioambientales para con la producción. Este escenario, siendo sinceros, tampoco cambiará durante el próximo gobierno demócrata.

Si seria dable esperar un gobierno más aperturista, más pro libre comercio; esa lógica podría ayudarnos, sobre todo pensando en los productos que le vendemos a los Estados Unidos, como el acero y aluminio. A la vez, Biden también es más pro combustibles alternativos; en ese marco, sería plausible la suba de los precios de la soja y del etanol. En tanto a la potencial devaluación del dólar a nivel global en el corto plazo, no es lo más trascendente para la Argentina en los próximos meses: lo que nos debe importar, lamentablemente bajo nuestra eterna fijación mental (derivado generalmente de políticas económicas inapropiadas a lo largo de la historia) es el valor que le den al billete verde nuestra elite empresarial en particular, y nuestra sociedad en general. Por supuesto, para alcanzar la ‘pax cambiaria’ el gobierno deberá contar con el suficiente ‘poder de fuego’ en términos de capacidades políticas y financieras, para apaciguar las demandas racionales y atacar con determinación las amenazas de los provocadores seriales de corridas bancarias.

Bajo el mismo paraguas, no podemos olvidarnos del financiamiento. En este sentido, el accionista mayoritario del FMI (17% de incidencia en los votos del directorio), con el cual el país debe renegociar un acuerdo histórico de 44.000 millones de dólares, dejará que los técnicos hagan su trabajo. Pedir prudencia macroeconómica, ajuste fiscal, inflación controlada, no es exclusivo de Demócratas ni de Republicanos. ¿Otro pedido de auxilio financiero? Improbable en el corto plazo con el binomio Fernandez-Biden. Ello a pesar de que las tasas de interés seguramente se mantendrán bajas por un par de años, al menos para asegurar la sustentabilidad del efecto rebote post-pandemia. Esperemos que cuando los fondos de inversión busquen denodadamente activos más riesgosos, ambos Estados, desde la necesidad y desde el otorgamiento, no permitan la injerencia salvaje que ponga en jaque una vez más al sistema financiero nacional; ya sabemos que la historia de endeudamiento de nuestro país, lejos se encuentra de la utilización ‘bien habida’ para con el crecimiento de la economía real y el desarrollo socio-económico de nuestro pueblo.

En tanto a una temática mayúscula, probablemente se termine la ‘guerra declarada’ de aranceles con China; pero no así la rigurosidad. De hecho, la disputa por ganar mercados se profundizará; la diferencia estará en los modales. Recientemente, Claver Carone, un halcón de Trump erigido flamante presidente del BID que continuará en su cargo después de Enero, ha hecho pública su intención de gestionar un aumento de capital de la institución para ampliar su capacidad de préstamos. Sin tapujos ni tabúes, explícitamente ha justificado que el propósito de tal acción sería ofrecer a los países una alternativa frente a China. Recuperar espacios perdidos por negligencia propia, se diría.

Desde la óptica argentina, China no solo es el principal comprador de los productos relevantes de nuestra oferta nacional (cereales y oleaginosas, carne vacuna), sino que además es muy tentador en términos de inversiones (granjas porcinas, recursos estratégicos), y hoy en día representa el ‘ancho de espadas financiero’ sin cuestionamientos (Swap). Difícil competir con eso. Más allá de todo, cabe aclararse, el ser competitivo – una variable escasa en la historia de nuestro país – tiene que ser una premisa, gobierne quien gobierne. Para negociar con Estados Unidos, China, o con cualquier país del mundo.

El punto más álgido aquí, o diría el más preocupante, es la disputa geopolítica entre ambos colosos, la cual claramente continuará bajo la presidencia de Biden. Generar un buffer de contención financiero y económico en detrimento del avance chino no es suficiente para los Estados Unidos. La lenta agonía de la primacía del dólar, el dejar de ser los adalides de nuestros productos importados – y nuestra balanza comercial deficitaria -, o lo que podríamos denominar el ‘loser takes nothing’ ante el avance de las inversiones en infraestructura (con el ejemplo reciente del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura financiando la ruta de la seda sudamericana), es solo un complemento de la más importante derrota que viene sufriendo ante el gigante asiático en nuestro país: la base satelital – con sus derivaciones militares -, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones con el 5G, y la biotecnología entremezclada con la industria farmacéutica bajo el manto de la conquista Antártica, pronostican un escenario ‘oscuro’ de disputa en el mediano y largo plazo. Con un adicional: podríamos esgrimir que los chinos no nos tratan como su ‘patio trasero’. Es que también, al menos por ahora y haciendo honor a la verdad, hemos aceptado, sin chistar, sus requerimientos. Una vez más, nuestra necesidad (de financiamiento) tiene cara de hereje.

Sin embargo, tarde o temprano, Argentina tendrá que hacer elecciones que disgustaran a la otra parte: el riesgoso equilibrio sobre una soga tensa en ambos extremos. Porque a ciencia cierta, a pesar de la ‘conquista china’, Estados Unidos no retrocederá: defender sus bases militares y los intereses de sus corporaciones, mientras intimida a los actores políticos y de la sociedad que desafíen los objetivos y principios primarios dictaminados por todo el establishment desde el establecimiento de la doctrina Monroe, continuará siendo la piedra basal de la política estadounidense hacia nuestras latitudes.

El gobierno argentino se encuentra entonces obligado a jugar. En este sentido, el presidente Fernández participó el mes pasado de un encuentro de la Asociación de Cámaras Americanas de Comercio de América Latina y el Caribe, una entidad que nuclea a 24 cámaras de la región que colectivamente reúnen unas 20.000 empresas, en el que expuso sobre los beneficios que ofrece el país a la hora de invertir. Por supuesto prometió “reglas claras” (antes de que empiecen los históricos cuestionamientos sobre la necesidad de una flexibilización laboral, el terminar con los frecuentes cambios regulatorios – sobre todo en términos de precios -, o el ordenar ‘institucionalmente’ la macroeconomía, entre otros), esperando la tan ansiada lluvia de dólares. Solo les pidió que cumplan: que den empleo, que inviertan y que paguen sus impuestos. Que difícil todo. Sobre todo esto último.

Para concluir, quisiera tomar las palabras del jefe de Gabinete de la Cancillería Argentina, Guillermo Justo Chaves, quien declaró previo a las elecciones estadounidenses que para nuestro país “era absolutamente indiferente. Con los problemas que tenemos y con la política exterior que planteamos, que gane Trump o Biden no afectará las relaciones entre los países de forma determinante”. En definitiva, necesitamos y debemos hacer, de una vez por todas, las cosas bien. Recobrar la preeminencia regional en pos de los intereses económicos nacionales, y sobre todo de los que menos tienen, tiene que ser la prioridad. Aunque como sabemos, en un país que se encuentra arraigado bajo una asfixiante ‘dependencia estructural’ con las potencias (antes el Reino Unido, ahora Estados Unidos y China), ello es condición necesaria, pero no suficiente. Porque como decía Napoleón, “uno de los atributos que les exijo a mis generales, es que tuvieran suerte”. Apropiadas palabras para las vastas necesidades que representan el actual estadío de nuestro bendito país.

Justificar, la palabra que avala el negocio de la guerra

Pablo Kornblum para el Cronista Comercial, 01-11-2020

https://www.cronista.com/columnistas/Justificar-la-palabra-que-avala-el-negocio-de-la-guerra-20201101-0004.html

La economía de la guerra siempre ha sido enormemente fructífera. Ya sea en su rol como motor de la economía nacional y sus efectos multiplicadores pro-positivos – incluida la generación de miles de puestos de trabajo -; por el ingente aporte de tecnología de punta (drones, cyberdefensa, la carrera espacial); la investigación y el desarrollo realizado por el Capital Humano altamente calificado; o mismo el fortalecimiento de las cadenas de valor de pequeñas y medianas empresas. Un claro ejemplo han sido los Estados Unidos de Norteamérica: mientras la inmersión del keynesianismo en la política estadounidense fue la llave maestra para salir de la gran depresión de 1929, el salto cuali y cuantitativo para embestirse como el hegemón de occidente fue claramente su inmersión total en la Segunda Guerra Mundial.

Azerbaiyán (un Estado rico en hidrocarburos, de confesión musulmana y formado por una mayoría túrquica) lo sabe y ha llevado a cabo en los últimos años importantes acuerdos de producción con Israel, Sudáfrica y Turquía, en su intento de utilizar la tecnología extranjera para desarrollar una industria de armas autóctona y, de este modo, alcanzar una independencia estratégica en el mediano plazo. Para su consecuencia, además ha intentado diversificar sus proveedores, tomando como preeminencia aquellos que aplican políticas flexibles en detrimento de Estados que, por ejemplo, se adhieren a la política de embargos relacionados con conflictos bélicos. Más aún, los azeríes desean evitar al máximo posible la dinámica de la ‘dependencia rusa’; no solo porque la sujeción en sí es un lastre negativo para cualquier sector de la economía, sino que además Armenia, su contrincante en la guerra por Nagorno-Karabaj – una antigua provincia autónoma soviética dentro de Azerbaiyán, de mayoría étnica armenia y cristianos ortodoxos -, tiene una gama limitada de proveedores (Ucrania, Montenegro) y se encuentra supeditado a las ‘relaciones carnales’ con Moscú.

En este sentido, ambos países, en conflicto hace décadas, tienen gastos en defensa muy por encima de la mayoría de los países del mundo (inclusive del 2% del PBI requerido por la OTAN para sus socios): 3,79% del PBI para Azerbaiyán, y 4,79% del PBI en el caso de Armenia en el año 2019. Razones no le faltan: sin ir muy lejos en la historia, la sangrienta guerra de 1988-1994 dejó un balance de 30.000 muertos, 25.000 de los cuales fueron del lado azerí. En aquella oportunidad, la superioridad armenia era abrumadora gracias a su principal aliado, Rusia (desde los tiempos en que estaba gobernada por los zares, los armenios ya contaron con su protección con el argumento de que luchaban contra el Islam), lo que derivó en que Azerbaiyán perdiera control sobre Nagorno- Karabaj y se creará un cinturón alrededor de esta región que pasó a control militar armenio.

Hoy en día, el gobierno ruso es el principal vendedor de armas a Armenia y Azerbaiyán. ¿Su justificación? “De este modo, nos permite controlar las capacidades armamentísticas de nuestros dos vecinos”, indicó su Canciller, Sergei Lavrov. En otras palabras, se dicen los únicos que pueden asegurar la estabilidad en su histórico patio trasero. Sin embargo, ya no estamos en la era de dominio absoluto sobre los satélites soviéticos: pareciera que ni el erróneo final de la guerra desatada, puede justificar los medios. Poco importa, ‘todo pasa’, como diría el ya fallecido expresidente de la AFA. En él mientras tanto, la política de ventas de armamento rusa continúa inmutable: ‘créditos blandos’ para quien este interesado en su industria para la defensa, como los 100 millones de dólares que le otorgó recientemente a la propia Armenia para la adquisición de cuatro aviones de combate SU-30SM.

En el cercano Medio Oriente, la guerra parece vivirse como propia. Y no precisamente por el dilema religioso en sí, sino más bien por la dinámica comercial del componente bélico que se ha generado. Por ejemplo, el viceministro de Asuntos Exteriores azerí, Araz Azimov, declaró hace pocas semanas que Jordania les había vendido armamento. Desde Amán, formalmente nunca llegó la desmentida. Más allá del detalle diplomático, el vínculo descripto es marginal en comparación con lo que ocurre en la frontera oriental jordana. Mientras Armenia le pide a Israel que suspenda la venta de armas a Azerbaiyán (es el principal proveedor del ejercito de Bakú, con ventas por más de 825 millones de dólares en el periodo 2006-2019), el gobierno hebreo solo manifestó su “tristeza” por la violencia en Nagorno-Karabaj y, en un acto de falso altruismo, mostró su disposición a “brindar ayuda humanitaria”. Nada en referencia a la venta de armas. Pero no es extraño: los israelíes, como octavos exportadores de armas en el mundo, están acostumbrados a vivir de la tecnología para la guerra – utilizada contra propios y extraños -. Y como suele ocurrir, sin importar el cómo: el propio diario israelí Haaretz publicó informes bancarios que revelaron transferencias de dinero del gigante de la defensa israelí Israel Aerospace Industries, pocos meses después de que se firmara un acuerdo de armas entre ambos Estados, por un valor de 1.600 millones de dólares a dos empresas sospechosas de lavado de dinero para el Gobierno azerbaiyano.

Así es, comprendió bien: un país cristiano (Armenia) le pide a uno judío (Israel) – donde además ambos pueblos han tenido un pasado común de genocidios el siglo pasado -, que deje de vender armas a uno musulmán (Azerbaiyán). Queda claro entonces que la geoeconomía se transformó en un profeso ex ante que la cultura o la religión en la geopolítica del siglo XXI. O dicho de otro modo, en términos pragmáticos: la empatía es dejada a un costado cuando desde Azerbaiyán, Israel importa el 40% del petróleo que consume.

Si a lo expuesto le adicionamos los vínculos en materia de inteligencia, fundamentales para con la contención y prevención del eterno enemigo del Estado Hebreo, Irán, el negocio cierra por todos lados. Es que los persas históricamente han apoyado financiera y militarmente a Armenia, aunque sus declaraciones siempre conlleven un tinte de mesura: la realidad indica que posee una gran población azerí dentro de sus propias fronteras luego del Tratado de Gulistán firmado en el año 1813, que dividió al pueblo azerí en dos al concluir la primera guerra ruso-persa. Por supuesto, nada es porque sí. Y una mano lava la otra. No por nada pocos le creyeron en el año 2011 al entonces presidente de Armenia, Serzh Sargsyan, cuando afirmó que Ereván nunca vendió armamento a Teherán. Y los que dudaban, tenían sus razones: poco tiempo después, el mismo primer mandatorio confirmó que “varias lanzagranadas desechables de alguna forma llegaron a Irán desde Armenia”.

Complementando lo expuesto, podemos afirmar que Medio Oriente es más que un mero proveedor de armas. En este aspecto, no solo en el terreno se encuentran los actores estatales: bajo la nueva lógica de las “guerras hibridas”, junto con los azerbaiyanos combaten alrededor de 4.000 mercenarios enviados desde Siria a la zona de conflicto – a los cuales se les paga alrededor de 2.000 dólares mensuales a cada uno -. ‘Un ejército militar de reserva’, diría algún nostálgico marxista; es que si intercambiemos la palabra ‘industrial’ por ‘militar’, la resignificación teórica no estaría tan desacertada.

Decir que es un secreto a voces, sería quedarnos con gusto a poco: todos saben que los mercenarios han sido pagados por los bolsillos de Ankara. Por supuesto, en un tono irónico digno de la diplomacia, su primer mandatario, Recep Erdogan, sentenció: “Algunos nos dicen ‘enviaron (combatientes) sirios a Nagorno-Karabaj’. No tenemos una agenda así (…) Ya tienen mucho por hacer en su país”. Aunque el apoyo implícito no sea un tema menor, la madre patria de los azeríes se ha comprometido a brindar el sostén diplomático, moral, militar y económico que sea necesario. Es que además, no es nuevo la animadversión total entre el pueblo armenio y el turco, potenciado exponencialmente luego de que los primeros sufrieran un genocidio por parte de los segundos, el cual terminó con la vida de más de un millón de personas entre 1915 y 1923. Sarven Kocak, un economista representante de la comunidad armenia en nuestro país, sostiene justamente que lo peor del genocidio es el no reconocimiento de Ankara, que continúa insistiendo en que aquellas muertes fueron dentro de la racionalidad de un conflicto armado típico de la época. Y las animosidades no solo no aminoran, sino que crecen al calor del nacionalismo turco, inclusive desde el factor económico: “desde hace 25 años, la República de Armenia ha sido sometida por los gobiernos turcos de Turquía y Azerbaiyán a un bloqueo salvaje, que se agrava porque nuestro país no tiene salida al mar”, sostiene con un dejo de bronca y tristeza.

Es que dentro de la permanente puja de intereses económicos que vivimos, tenemos en claro que – aunque lejos está de ser un juego de suma cero -, mientras algunos se perjudican, otros se benefician. Y sino pregúntenle al presidente serbio, Aleksandar Vucic, quien manifestó, sin ningún tipo de desparpajo, que las ventas de armas a Armenia tienen como objetivo central el salvar la industria militar del país: “Azerbaiyán y Armenia son nuestros amigos. Pero la industria militar serbia cuenta con 17.000 personas que necesitan proteger sus empleos. Y sabemos que a quien sea que le vendamos, la otra parte definitivamente estará insatisfecha”. Porque a decir verdad, y para lavar un poco las culpas con agua bendita, la moral puede ser dejada un poco de lado: mientras a algunos el armamento vendido los conduce a una muerte segura en combate, a otros los ayuda a dinamizar los muchas veces constreñidos mercados internos.

Moviéndonos hacia occidente, la Unión Europea ya mostró su interés ulterior durante el incremento de las tensiones en el año 2016: sentenció un enérgico rechazó a la anexión de Nagorno-Karabaj y al uso de la fuerza en la región por parte de Armenia. Es claro: para los países europeos, la tubería que atraviesa Bakú-Tiblisi-Ceyan suministra recursos cruciales para cubrir sus necesidades energéticas. Y no hay mucho más que ello. Porque dentro de Europa, poco importa el conflicto, salvo para quienes también tienen intereses económicos particulares en la industria armamentística. En este sentido, el más claro ejemplo es España, siendo el país ibérico uno de los mayores exportadores de armamento a Azerbaiyán el año pasado. Pero también bajo la lógica de la triangulación. Por ello, el Embajador de Armenia en España, Vladimir Karmirshalyan, realizó recientemente una declaración en tono de desesperación: “Yo no puedo pedir a España que hoy reconozca la independencia de Artsaj; pero sí quiero pedir encarecidamente al gobierno español que desde hoy no venda más armamento a Turquía”.

Ya adentrándonos en nuestro continente, el ministro de Exteriores canadiense, François-Philippe Champagne, informó recientemente que Canadá suspendía las exportaciones de armas a Turquía para “evaluar la situación más a fondo”, ante las afirmaciones de que se estaría utilizando tecnología canadiense en el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Con una liviandad y una doble moral más propia del autoritarismo o nepotismo vinculados a los actores en disputa, el país norteamericano se refiere a la venta de armamento como si la misma tuviera el rol de paliar el hambre en el mundo o ayudar a encontrar la vacuna contra el HIV. Estados Unidos, por su parte, no se va a involucrar en el conflicto en medio de su contienda electoral presidencial. Porque a ciencia cierta, los estadounidenses son los paladines del mundo libre, hasta que les urgen las problemáticas domésticas. Que no son pocas en tiempos de crisis económicas, asesinatos de minorías, y un coronavirus fuera de control.

Dado lo expuesto y en cuanto a nuestra querida Argentina, solo nos queda observar y tomar nota de lo conveniente, principalmente para ponernos a trabajar ya sobre lo plausible. Por supuesto, con el desarrollo de una potente ‘economía de la guerra’ no alcanza para que el país salga adelante como un todo. Sin embargo, el potenciar una industria de la defensa como sector estratégico proveedor de divisas y generador de fuentes de trabajo en base a la innovación tecnológica, no es poco para nuestras siempre crecientes necesidades nacionales. Esperemos entonces que el FONDEF recientemente aprobado, financiado con un 0,8% del PBI desde el año 2023 con afectación exclusiva para la recuperación, modernización y/o incorporación de material para la defensa, sea el puntapié inicial para generar una industria competitiva y con capacidad de exportación.

Para concluir, casi no vale la pena aclarar que en todo este entramado geoeconómico, a nadie le importan los miles de muertos que ha habido en pocas semanas, ni los 150.000 habitantes de Artsaj que lo único que quieren es vivir en paz y bajo sus propias costumbres, cansados de reclamar que los dilemas económicos y políticos de los involucrados se dejen de tapar con tumbas. En él mientras tanto, y contrabalanceando impunemente el dolor de las víctimas, los negocios de algunos, los cuales no requieren un justificativo moral y se encuentran más allá del derrumbe de la ética en el fragor de la batalla, serán siempre negocios.