Visión histórica de la política económica brasileña


Centro Argentino de Estudios Internacionales 

Observatorio de Brasil, Número 1, Año I, Otoño Sur – Septiembre de 2009

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Con un patrón similar al resto de los países de América Latina, a mediados de Siglo XIX, Brasil comenzó a recibir inversiones de los principales centros mundiales de la época para el desarrollo de la producción de materias primas destinadas a la exportación. Existía un único fin: Abastecer a los países manufactureros de Europa y a los Estados Unidos, mientras ellos proseguían con sus respectivos procesos de industrialización.

En este sentido, la expansión de la economía primaria y especialmente la cafetera, permitió el financiamiento de la inmigración masiva, la construcción de vías férreas y el desarrollo de servicios públicos de energía, gas, comunicaciones y transporte. Las grandes extensiones de tierra en pocas manos, permitieron que los terratenientes observaran con beneplácito este proceso de reconversión productiva que les traería beneficios en el corto y mediano plazo. La problemática recién surgiría en las primeras décadas del siglo XX, cuando la conjunción de dependencia y deterioro de los términos de intercambio comenzó a mermar las arcas de la economía nacional.

Con la llegada de Getulio Vargas a la presidencia en la década de 1930, Brasil da un giro a su programa económico y promueve la industrialización en las zonas más pobladas del país, especialmente en las áreas del cemento, la celulosa y la siderurgia. La idea de contar con una política de industrialización por sustitución de importaciones a través del desarrollo de la producción doméstica, derivó en el primer plan quinquenal del gobierno de Vargas que se completó en el año 1943.

Los costos de las políticas industrialistas se comenzaron a observar durante el gobierno de Dutra en el último lustro de la década de 1940, cuando se apreció el valor del Real que desencadenó en un importante aumento de las importaciones para poder complementar la industria naciente. Esta situación se fue compensando con la creación y nacionalización de las industrias de base, como por ejemplo el nacimiento de la Compañía Siderúrgica Nacional y de Petrobrás en la década de 1950. Mientras tanto, la exportación de materias primas por parte de los grandes latifundios seguía teniendo su cuota de importancia para la economía nacional; aunque en contraposición, las fluctuaciones en precios y demanda no permitían proyectar un crecimiento sustentable para el país basado exclusivamente en una economía agrícola-ganadera.

A finales de los años 50’ y durante la década de 1960, el proceso de industrialización se expandió desde las industrias de base a las manufacturas de primero y segundo orden, entre los que se incluyen la industria automovilística, la petroquímica y la metalmecánica. A esto se le debe sumar el inicio y la continuidad de grandes proyectos de infraestructura de largo plazo, fundamentales para la promoción de una macroeconomía acorde a la necesidad de producir economías de escala y con la potencialidad que ello implicaba en su posición de país referente de América del Sur.

Tal como la mayoría de los países de América Latina, Brasil también absorbió los flujos de capital provenientes de las principales economías del mundo (léase Estados Unidos, Europa, Japón) luego de la crisis del petróleo y el exceso de liquidez con que se encontró la periferia durante la década de 1970. Pero a diferencia de otras economías regionales como la Argentina, donde la cúpula militar gobernante se mantuvo aliada incondicionalmente con la oligarquía agraria, el proceso de industrialización brasilero no se detuvo con la interrupción de los gobiernos democráticos en la década de 1960, sino que se profundizó consolidando a Brasil como la potencia industrial regional a finales de 1970. Los resultados de este proceso han sido claros: el Producto Bruto Interno (PBI) aumentó a una tasa promedio del 8,5% anual de 1970 a 1980.

Ya entrados los años 80’, el aumento de las tasas de interés en los países centrales conllevó a un exponencial aumento de la deuda externa acumulada en los años previos; esta situación derivó en un tipo de cambio insostenible, seguido de un proceso devaluatorio e inflacionario progresivo que afectó fuertemente a la presidencia de José Sarney, el primer presidente democrático después de dos décadas de una sucesión de gobiernos militares.

El fin de la década de 1980 encontró a Brasil en la finalización del proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones y con una apertura al embrión globalizador. El retroceso de una economía puramente industrialista, para reconvertirse lentamente en una economía tecnológica y de servicios, se complementó con la desarticulación de los proteccionismos sectoriales y el nacimiento de un Mercosur que parecía unificar los intereses de la región.

La última década del Siglo XX fue determinada por la disciplina fiscal propulsada por el Consenso de Washington. Los objetivos de las políticas de estabilización y ajuste eran el poder controlar la inercia inflacionaria arrastrada desde la década anterior (que se logró pasando de un 50% como promedio mensual a mediados de 1994, a menos del 0.5% en el año 1997) aumentando a su vez la productividad y eficiencia para competir en una economía mundial cada vez más compleja. En este sentido, las políticas de privatizaciones (durante la década de 1990 se privatizaron 65 empresas estatales y se otorgaron concesiones de 58 servicios públicos) y de flotación cambiaria controlada, cumplieron con los objetivos propuestos, consolidando un esquema macroeconómico más sólido que catapultó a Brasil definitivamente como la potencia regional. A finales del Siglo XX, Brasil ya estaba entre las diez economías más grandes del mundo, con exportaciones que llegaban a los 55.000 millones dólares para el año 2000.

En contraposición, dos problemáticas fundamentales seguían sin poder ser solucionadas. Por un lado, la desigualdad histórica-estructural se había incrementado aún más en los últimos años. La pobreza golpeaba con dureza a la mayor parte de la ciudadanía brasileña, donde según un informe del PNAD del año 1995, el 50% de la población más pobre solo recibía el 10% de la riqueza nacional. Por otro lado, la unión aduanera que implicaba el Mercosur, puesta en marcha en forma definitiva en 1994, no saldaría las divergencias entre sus miembros. La diferencia de tamaño de las economías (con quejas de los gobiernos del Uruguay y Paraguay por su poco poder decisorio ante las problemáticas regionales y globales), sumado a la independencia de las políticas macroeconómicas nacionales de sus miembros, conllevaron a discrepancias que debilitaron la finalidad del acuerdo. Un claro ejemplo han sido las diferencias entre las dos economías más grandes y principales socios comerciales: mientras la Argentina propiciaba la paridad cambiaria 1 a 1 en relación al dólar, Brasil llevaba a cabo una política de flotación cambiaria controlada.

A pesar de las deudas pendientes y los sobresaltos ocasionados en los contagios financieros potenciados por la globalización a finales del Siglo XX (incluido un fuerte coletazo que golpeó al país en los años 1998 y 1999), el comienzo del siglo XXI ya encontraba a Brasil como una potencia de peso y no solo de nombre para liderar los temas clave que afectan al mundo actual. Más aún, en el año 2001, el economista Jim O’ Nelly, del Grupo Goldman Sachs, acuñó el concepto de BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al ver que estos cuatro países se observaban como las próximas economías potencia. Su presunción no ha sido errónea: los BRIC en conjunto, que ocupan el 22% de la superficie continental y reúnen el 41,6% de la población mundial, poseen el 27% del PBI mundial según datos del Banco Mundial del corriente año.

En el año 2002 se produce un cambio de paradigma. Por primera vez en la historia del país, un obrero metalúrgico del Partido de los Trabajadores es electo presidente. Sin enfrentar a las estructuras capitalistas arraigadas a la historia del Brasil, el presidente Lula Da Silva optó por un proyecto de desarrollo económico que comprendía la inclusión social como su eje central, con la razón de poder enfrentar, de esta manera y en el corto plazo, las profundas problemáticas estructurales, como son la desnutrición y la extrema pobreza, que afectan a una significativa parte de la población brasilera.

En este sentido, el gobierno del Brasil comenzó a basarse en las algunas teorías económicas modernas, donde el foco de las políticas no solo se centra en el crecimiento económico, sino que apuntan a un incremento de la producción de bienes y servicios, pero con el agregado de un desarrollo sustentable de los recursos humanos y naturales. Para la consecución de estos objetivos, el presidente Lula incrementó el gasto y la inversión pública a través de una activa participación estatal, con foco en políticas sociales y educativas, de infraestructura, y de financiamiento a las pequeñas y medianas empresas.

Por otro lado, ha tomado vital importancia el desarrollo y la explotación de los recursos naturales como generador de divisas, especialmente en relación a la industria petrolera y los combustibles limpios como el etanol. En el caso del petróleo, podemos mencionar que en el mes de noviembre de 2007 se oficializó el hallazgo de crudo de alta calidad a 300 kilómetros de las costas brasileñas y a una profundidad de 6 mil metros de la superficie del mar. La industria petrolera estatal mueve en la actualidad unos 8 mil millones de dólares, lo que representa alrededor de un 10 por ciento del Producto Bruto Interno. Más aún, según un anuncio del Ministro de Minas y Energía, Edison Lobao, en Julio de 2009, Brasil ha decidido crear una nueva empresa estatal petrolera que compartirá las ganancias de la extracción de crudo con las operadoras privadas en los mega yacimientos submarinos de la Cuenca de Santos.

Por otro lado, las exportaciones de etanol del país son las mayores del mundo, sumando 5.16 mil millones de litros en 2008, siendo el principal destino de exportación los Estados Unidos de Norteamérica. Además, se utiliza el bagazo de caña para generar bioelectricidad, como así también se han creado bio-refinerías para la producción de plástico compuesto enteramente de caña. En datos de 2008, la agro-energía generada a partir de caña de azúcar ya es la segunda fuente de energía más importante del país (representa el 16 por ciento del total), después del petróleo (que aporta 36,7 por ciento) y por encima de la hidroelectricidad (14,7 por ciento).

En cuanto a la política internacional, el gobierno del presidente Lula mantuvo durante todo su gobierno relaciones cordiales con el resto del mundo, ya sea a nivel bilateral, regional o intercontinental. Además, Brasil ha reforzado su rol de potencia regional en el aspecto económico, ya sea tanto a través de su poder de negociación en las rondas de la Organización Mundial de Comercio, como en su posición de país promotor de un comercio mundial más justo. Está fortaleza se basa tanto en la creciente expansión del populoso mercado interno, como así también en su política de fomento de las exportaciones.A nivel político, su situación de liderazgo no es tan clara. A pesar de la mancomunión progresista de la mayoría de los países de la región, el presidente venezolano Hugo Chávez compite por ese status al proveer una retórica más populista que ha logrado apoyos y adeptos en toda América Latina, incluyendo la simpatía de gran parte de los partidos políticos progresistas moderados que conquistaron el poder en la primera década de este siglo.

A pesar de algunas diferencias en los modos y las formas,en el mes de Mayo de 2008 se constituyó la UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas). La misma ha sido conformada por Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela; siendo su principal objetivo construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión cultural, social, económica y política entre sus pueblos, otorgando prioridad al diálogo político y con miras a eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social y la participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir las asimetrías en el marco del fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados. Esta construcción ha sido un gran paso adelante para toda la región, donde se ha llegado a un entendimiento y un acuerdo colectivo sobre la necesidad de un desarrollo endógeno de los pueblos latinoamericanos.

En cuanto a la situación mundial y su afectación sobre Brasil, el continuo debilitamiento norteamericano durante los primeros años de este siglo, sumado a la ya mencionada importancia de la escasez de recursos naturales a futuro para mantener los niveles de crecimiento y desarrollo (incluyendo la alimentación y el mantenimiento de los factores productivos necesarios para el funcionamiento de las economías), han conllevado a que en los últimos años, los principales actores de la arena internacional (China y Rusia entre otros) encuentren en las bondades del suelo y el amazonas brasileño un refugio más que tentador para sus inversiones y sus deseos de posicionarse geo-políticamente en el tablero global. Los datos hablan por sí solos: Según el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria, cuatro millones de hectáreas brasileñas se encuentran registradas a nombre de extranjeros. De ese total, más de la mitad se encuentra en la Amazonia. En la actualidad, Brasil continúa enfrentando la crisis financiera internacional. El mismo ministro de Planificación de Brasil, Paulo Bernardo, afirmaba que el Producto Interno Bruto (PIB) de Brasil no crecería en 2009. “Este año tendremos un crecimiento cero”, fueron sus palabras a principios del corriente año.

Para contrarrestar la coyuntura, el gobierno comenzó a utilizar las armas que han caracterizado a todo el período presidencial del mandatario Lula da Silva: facilitar el crédito, aumentar el gasto público, y estimular el consumo, han sido las principales medidas contracíclicas. Estas políticas parecen haber dado resultados: Según cifras divulgadas por el gobierno en Julio de 2009, Brasil generó este año 401.254 nuevos empleos formales, cerca de la mitad de los que perdió entre noviembre del año pasado y enero de 2009 como consecuencia de la crisis.

Sin embargo, Brasil todavía tiene mucho que mejorar. En el Índice de Desarrollo Humano que realiza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -que mide variables como la educación, la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la calidad de vida en 179 países-, Brasil ocupa el puesto número setenta. Y aunque en el ranking anual del Fondo Monetario Internacional Brasil se encuentra actualmente décimo en términos de su Producto Bruto Interno, en contraposición se ubica en el octogésimo lugar en relación al Producto Bruto Interno per cápita.

Poder sacar a los millones de brasileños de la pobreza y disminuir las inconcebibles desigualdades socio-económicas es la deuda pendiente de aquí a futuro. El presidente Lula ha venido realizando políticas destinadas a ello durante todo su mandato. Para citar un ejemplo reciente, en Junio de 2009 promulgó una ley que regulariza la tenencia de tierras en la floresta por individuos que, en el pasado, se apoderaron de ellas en forma ilícita para cultivar soja y realizar actividades pecuarias. Esto ha significado la entrega de 67,4 millones de hectáreas a manos de personas físicas, familias, que podrán disponer de extensiones de hasta 1.500 hectáreas cada una de ellas.

Lamentablemente, como las falencias son históricas y denotan décadas de desidia y falta de políticas socio-económicas acordes, la actualidad también implica la necesidad de un desarrollo coherente y sustentable en el largo plazo. La búsqueda de consensos entre todos los partidos para realizar un verdadero cambio cultural y político estructural, será la clave para que una nueva institucionalidad perdure en el tiempo y los esfuerzos temporales o coyunturales no se desvanezcan. De este modo, los más humildes podrán, finalmente y de manera definitiva, profundizar sus vidas en el ciclo virtuoso del estudio y el trabajo, evitando de esta manera hundirse en el círculo vicioso de la violencia y la pobreza.