Autor: Pablo Kornblum

Política Económica de Brasil Marzo 2010 – Mayo 2010

Centro Argentino de Estudios Internacionales 

Observatorio de Brasil, Número 4, Año I, Otoño Sur 2010

http://www.caei.com.ar/es/pfp/brasil/brasil4.pdf

Autor: Pablo Kornblum

Políticas económicas activas para una

salida estabilizada hacia el crecimiento

económico. Un programa de desarrollo

para afirmar el rol de potencia mundial

en el largo plazo.

Medidas del gobierno que generan confianza en el sector corporativo transnacional

No hay duda que Brasil ya es visto por el sector privado corporativo transnacional como la gran potencia regional y un decisor de peso en la arena internacional. En este sentido, no solo el pensamiento se ve traducido en las palabras de los presidentes de 3M o de la Generalitat Valenciana cuando remarcan que Brasil será el futuro motor económico de Sudamérica y una de las cinco economías del siglo XXI; sino que también y sobre todo, se ve plasmado en hechos concretos, como los 530 millones de Euros que el grupo
francés de vehículos PSA Peugeot Citroën invertirá en Brasil hasta 2012 para desarrollar nuevos autos, la decisión de la Ford Motor Company de aumentar a 4.500 millones de reales (2.528 millones de dólares) su plan de inversiones en Brasil hasta el año 2015, o el anunció de Telefónica de destinar a Brasil el 20 por ciento de su inversión total para 2010, desembolsando para el gigante sudamericano un total de 3.500 millones de reales (1540 millones de euros) para el corriente año.Esta confianza de las grandes empresas multinacionales sobre el futuro de Brasil conlleva grandes beneficios, como ser el primer país de testeo en donde se realizarán las principales inversiones para muchas de estas corporaciones de alcance mundial. Pero por otro lado, también el poder y la trascendencia generan responsabilidades. Si Brasil no demuestra la solidez ni cumple con las expectativas de rentabilidad que han puesto en el país los inversores, la situación puede tornarse contraproducente; incluyendo la fuga de
capitales, el corte en la cadena productiva de las Pymes proveedoras de bienes y servicios, o la recesión provocada por la escasez de liquidez.

Retomando el punto anterior, uno de los puntales en los cuales se basa esta confianza es la política de superávit comercial permanente que busca el país a través de un sector privado exportador dinámico, más aún en la difícil situación internacional actual que conlleva a que la penetración sobre los nichos de mercado se torne dificultosa. Por ello es interesante el paquete de incentivos para ampliar las exportaciones que informo el Ministro de Hacienda, Guido Mantenga, en el mes de Marzo. Las medidas contemplan una
extensión de los beneficios fiscales a más empresas, dado que anteriormente para acceder a los mismos se requería exportar un 60 por ciento del total de la producción y ahora este monto se reducirá al 40 por ciento.El desarrollo de ideas novedosas para tratar de que empresas sin posibilidad o voluntad de exportar tengan el incentivo de hacerlo, reforzará sin dudas la generación de divisas para la economía brasileña.

Otro tema importante relacionado es el respeto hacia la justicia comercial internacional y las decisiones de los Organismos Internacionales. Para citar un ejemplo, solo luego de haber sido autorizado por la Organización Mundial del Comercio, el Gobierno Brasileño anunció sanciones comerciales contra una gran variedad de productos provenientes de Estados Unidos – medida que se tomó luego que el país norteamericano no eliminara los subsidios aduaneros ilegales a sus granjeros -. No solo el empresariado corporativo observa el poder político y la independencia de las importaciones/exportaciones para con el país más poderoso de la tierra, sino que también fomenta un apego a las reglas que provee previsibilidad a los ojos del mundo.

El último punto generador de confianza es la estabilidad. En este sentido, el Banco Central decidió mantener estable hasta último momento (en 8,75 por ciento anual) la tasa básica que rige los tipos de interés en el país, a pesar de las tensiones inflacionarias acumuladas en los primeros meses del año – un alza del 1,54 por ciento entre enero y febrero, probablemente derivado del despegue económico que ya se vislumbro en el
último trimestre de 2009 (2%) -, demostrando discrecionalidad en la utilización de la política monetaria solo para acompañar los vaivenes del ciclo económico. Recién el 28 de Abril, el Comité de Política Monetaria (COPOM) del Banco Central, aumentó la tasa referencial de interés en 75 puntos básicos para llevarla al 9,50 por ciento. La decisión, que se tomó en forma unánime, representa la primera modificación de la tasa en dos años. El COPOM informó que la decisión da “seguimiento al proceso de ajustes de las condiciones monetarias al escenario prospectivo de la economía, para asegurar la convergencia de la inflación con la trayectoria de metas”.

El escenario internacional: Un continuismo del pragmatismo multilateral

Otro tema a destacar ha sido el intenso trabajo del gobierno de Brasil para vitalizar y promover las relaciones económicas bilaterales con diversos países del mundo. Para comenzar, podemos mencionar el hecho que el presidente Lula de Silva manifestó que Brasil y Jordania pueden lograr una asociación económica con la colaboración del sector privado en el marco de un foro empresarial jordano-brasileño reunido en Amman.
Además, el primer mandatario se comprometió con su par bielorruso, Alexander Lukashenko, a intensificar las relaciones bilaterales para fortalecer el intercambio comercial –que en 2009 alcanzó los 1300 millones de dólares- y de esta manera posibilitar diversos acuerdos. Si a ello le agregamos el dialogo con su homólogo libanés, Michel Sleiman, al que le manifestó su deseo que el Líbano recupere su lugar como plataforma y
puerta privilegiada de acceso a las inversiones brasileñas en el mundo árabe, nos encontramos con un escenario interesante de análisis.

Por un lado, Brasil estimula la idea de avanzar hacia tratados bilaterales cuando el sistema multilateral se encuentra en recesión o estancado en discusiones (más políticas que técnicas) que provocan retrasos, desestimulan las transacciones internacionales y seguramente derivarán en una crisis aún más profunda. Por otro lado, la idea de fomentar los lazos con países en vías de desarrollo tiene dos lecturas: A) el deseo de un dialogo justo entre pares que tienen necesidades comunes pero quieren construir bases económicas sólidas para salir adelante. B) Evitar las relaciones económicas con países occidentales viciados de soberbia y sin un futuro con tasas de crecimiento importantes (su nivel de desarrollo y la dinámica actual del sistema mundial los conlleva a un bajo crecimiento estructural), que realza la idea del gobierno de Lula de buscar otros horizontes. Más aún, en el caso de la visita a China del Viceministro de Energía, André Amado, donde se
propuso establecer una cooperación trilateral junto a países africanos para el cultivo y desarrollo de bioetanol,Brasil se destaca por su proactividad para generar y fortalecer los vínculos, como así también por su posición como intermediario y actor principal en las gestiones – en este caso Brasil desarrollaría la tecnología, China aportará capital y los países africanos involucrados, tierras de cultivo -.

En definitiva, lo mencionado anteriormente refuerza el trabajo de la diplomacia Brasileña en los últimos años: Brasil no quiere ser un actor más en el escenario internacional y lo demuestra con un pragmatismo sólido pero sin apresuramientos. Y esto se ve reflejado en varios frentes. En la Asamblea anual del BID celebrada en Cancún en el mes de Marzo, por ejemplo, se mencionó que nos encontramos con una América Latina más
fuerte en la que Brasil afianza su liderazgo. Por otro lado, se celebró la II Cumbre del Grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), en la cual ejerció de anfitrión Lula da Silva y donde se reiteró la necesidad de una nueva arquitectura multilateral y la voluntad de buscar una alternativa al dólar como moneda de referencia. Si a ello le agregamos que Brasil aportará 286 millones de dólares al FMI para colaborar con los esfuerzos para
contener la crisis en Grecia; y que el Banco Mundial acordó aumentar el poder de votación de los países en desarrollo en un 3,13 por ciento – donde Brasil junto a México han sido los Estados latinoamericanos que más aumentaron su peso -, la situación de Brasil a futuro como actor de peso en el mundo parece continuar por un camino sin fisuras.

En la búsqueda de soluciones estructurales para las problemáticas coyunturales

El 26 de Mayo, el director gerente del FMI, Dominique Stauss-Kahn, sostuvo que Brasil ha enfrentado la crisis mundial en forma correcta, pero alertó sobre el posible “recalentamiento” económico en los próximos meses: “Ha llegado la hora en que el Gobierno brasileño debe comenzar a retirar los estímulos a la economía” (…) a fin de “evitar que la situación actual pueda provocar un nivel excesivamente elevado de crecimiento” y desate un proceso inflacionario.

Para contrarrestar los efectos negativos provocados por los factores endógenos y exógenos de cualquier ciclo económico, la respuesta de Brasil para con su política económica doméstica se aleja de los condicionamientos/consejos de los Organismos Internacionales y, basado en las experiencias que los países latinoamericanos han vivenciado en las ultimas décadas, decide atacar a su manera las rigideces estructurales que potencian la suba de precios y dañan a las clases más desprotegidas.

En este sentido, las mejoras en infraestructura para aumentar la producción y a consecuencia la autodependencia, son claves para el corto, mediano y largo plazo. Para ello, el gobierno ha tomado una serie de medidas de fondo. Por un lado, la empresa EDP Renováveis Brasil ha iniciado la construcción de su tercer parque eólico en Tramandai, Estado de Río Grande do Sul. El parque tendrá la capacidad de generación de
energía eólica suficiente para abastecer a una ciudad de 20.000 habitantes. Además, el presidente Lula da Silva anunció que lanzará un segundo megaplan de obras públicas llamado Programa de Aceleración del Crecimiento II (PACII), estimado en 550.000 millones de dólares y que se desarrollará en el periodo 2011 – 2014, teniendo como destino a la población más pobre. Y Según el Plan Decenal de Expansión de Energía
Eléctrica (PED), Brasil, dependiente actualmente de la importación de derivados líquidos del petróleo, en 2014 no sólo será autosuficiente sino que pasará a exportar dichos productos.

La creación de industrias de base, junto con el aumento de la producción de commodities para el desarrollo autosustentable, también será clave para revertir el déficit exterior acumulado de 49.000 millones de dólares previsto para el 2010, que justamente es mayor al estimado previamente en gran parte por el aumento de las importaciones necesarias para mantener/aumentar la actividad económica. Si a ello le agregamos la búsqueda de un comercio intraregional con moneda local (como ya ocurre con Argentina y con la reciente
propuesta del 11 de Abril al electo presidente de Chile, Sebastián Piñera) donde se eliminarán costos innecesarios de conversión cambiaria que podrán ser destinados al aparato productivo, el paquete de medidas aborda y entrelaza todas las variables que envuelven al sistema de producción como un todo.

En definitiva, Brasil parece no dejar nada al libre albedrío. El coqueteo con el capital corporativo transnacional, la decisión de actuar proactivamente en todos los frentes del escenario internacional, y una política económica endógena con énfasis en la integración latinoamericana, son la clara muestra de ello.

La Latinoamericanización Francesa

Publicado en el diario BAE, 20 de Julio de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

En el año 2005, Clichy–sous–Bois, un suburbio cerca de París, vivió una serie de enfrentamientos donde una enorme cantidad de automóviles fueron incendiados. La furia había estallado por la muerte accidental de dos adolescentes de origen musulmán que, creyéndose perseguidos por la policía, se escondieron en un local donde había un transformador eléctrico y murieron electrocutados. En ese momento, el desempleo entre los franceses originarios se ubicaba en 9,2%, mientras que el desempleo entre los franceses de origen extranjero era del 14%. Por otro lado, mientras que para los graduados universitarios el desempleo era del 5%, para los graduados universitarios descendientes de nacionales del norte de África era del 26,5%.

Dos años más tarde, la violencia se traslado a Villiers–Le–Bel, en la región de Val d’Oise. Hubo otra vez autos incendiados, locales destruidos y decenas de heridos luego de que dos jóvenes que circulaban en una moto murieron cuando chocaron contra un patrullero. En aquella ocasión, ya no quedaron dudas que la creciente desigualdad social entre los habitantes de los suburbios pobres, en general hijos de inmigrantes musulmanes con enormes problemas para la integración, era la causa principal de la furia. Finalmente, unos días atrás las tensiones se trasladaron a una barriada pobre de la ciudad de Grenoble, donde ardieron automóviles y comercios en protesta por la muerte de un joven acribillado por la policía en una confusa persecución después de un robo.

Sin embargo, esta situación no puede entenderse como aislada ni exclusiva de un grupo social en particular. Podemos observar que en cuanto al desempleo, el segmento poblacional más castigado por la desocupación son los jóvenes entre los 15 y los 24 años, con una tasa del 24,6%. A ello le podemos agregar que Francia registró casi 2.700.000 de personas sin empleo en el mes de Mayo pasado, situando el índice de desempleo en 9,9% (0,5% más que en el mismo mes del año anterior); un nivel exorbitante para el país desde el fin de la 2da post-guerra mundial. Finalmente, un informe divulgado por el Ministerio de Economía el mes pasado señalo además que los habitantes más afectados por el desempleo son los mayores de 50 años.

Por otro lado, existen también otros sectores perjudicados. En este sentido, el gobierno del presidente Sarkozy, al intentar reducir a la mitad el déficit público – que llega al 6% del PBI – quiere implementar una política clara y concisa: recortar empleos estatales, pensiones, subsidios por desempleo, deducciones fiscales e inversiones gubernamentales, potenciando negativamente una coyuntura donde la recesión no esta cambiando las expectativas del sector privado. A esto debemos añadir que el pasado 24 de junio, más de un millón de franceses salieron a las calles de las principales ciudades para protestar contra la reforma jubilatoria que llevaría la edad jubilatoria de los 60 a 62 años, atentando contra los derechos conseguidos por las clases trabajadoras a lo largo de la historia sindical del país.

A este contexto altamente negativo, debemos agregarle que la Comisión contra el Racismo y la Intolerancia del Consejo de Europa (ECRI), afirmó la semana pasada que la crisis económica ha expandido el racismo en Europa, pues las poblaciones locales culpan a los inmigrantes de sus problemas. «A menudo se atribuye a los inmigrantes, refugiados y solicitantes de asilo la responsabilidad del deterioro de las condiciones de seguridad, desempleo y los déficits en sistemas sanitarios. Como consecuencia, las comunidades quedan estigmatizadas», sostiene el documento.

En definitiva, extranjeros, descendientes de árabes, trabajadores adultos, el sector pasivo, jóvenes universitarios o sin calificación, y asalariados de toda índole, sufren cada vez más los avatares económicos de un espiral negativo que se intensifica con el tiempo. En un proceso adverso con tintes sistémicos globales, las crisis económicas derivan en tensiones políticas y sociales, golpeando con dureza a cada vez mayores capas de la sociedad e incrementando la brecha con una minoría enriquecida y con fuertes vinculaciones políticas.

El caso L’Oreal es un ejemplo de esta situación. Mientras que el país se encuentra sumergido en políticas de ajuste y en plena reducción de todas las esferas estatales, el mismo gobierno que promueve la austeridad se ve envuelto en escuchas que implican desde el financiamiento ilegal a la UMP (el partido de gobierno), hasta un eventual conflicto de intereses del ministro y tesorero de la UMP, Eric Woerth, colaborador íntimo del presidente Francés.

Como ha sido tan característico en la historia latinoamericana, Francia se encuentra en la actualidad en un proceso de inequidades y corrupción que hasta hace poco tiempo, parecía ajeno a países europeos con importantes grados de desarrollo. Sin embargo y más allá de cualquier dinámica global adversa, las experiencias de los países “tercermundistas” no parecen mellar en las veleidades ideológicas irrefutables que promocionan los gobernantes franceses. El ejemplo más claro es que mientras gran parte de los países latinoamericanos entendieron que la base de todas las problemáticas son las desigualdades y la falta de oportunidades, en Francia los programas sociales son recortados y reemplazados por la represión contra grupos desfavorecidos que, expresándose de modos y formas diferentes, reclaman mejoras sustanciales en su calidad de vida.

En definitiva, si Francia no cambia de postura, probablemente solo nos encontraremos con una implosión sistémica; hasta que el gobierno encuentre un nuevo punto de partida basado en una política inteligente y sustentable en el largo plazo. Mientras tanto, millones de franceses sufren y esperan un cambio. 

Elecciones Mexicanas: Entre las contradicciones y la superficialidad

Publicado en el diario BAE, 06 de Julio de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

http://www.uba.ar/popup/index.php?id=51576

Más allá de los resultados del Domingo pasado, donde el Partido Revolucionario Institucional (PRI) se impuso en la mayoría de los Estados donde se elegía gobernador, las elecciones mexicanas han mostrado una vez más las dos falencias más graves que puede tener un proceso político democrático, y que alejan a México de aquellos países que quieren lograr una solidez institucional definitiva que vele por mejorar la calidad de vida de su población tan necesitada.

El primer gran dilema es la contradicción que han encontrado sus ciudadanos al observar como dos partidos políticos de ideología totalmente opuesta, como son el Partido de Acción Nacional (PAN) – de una clara tendencia derechista y conservadora – y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) – que abarca diferentes vertientes de la izquierda progresista -, han llevado a cabo alianzas electoralistas para vencer al histórico PRI.
Un proceso político regular implicaría que cada partido plasme sus ideales en su plataforma política, para luego poder explayarla y explicarla con detenimiento en los diferentes medios de comunicación. De este modo, podrá seducir a los votantes que se sientan representados por ese ideario político. Pero si el partido donde posan sus esperanzas, teje una alianza espuria con un partido de un tinte ideológico y político totalmente opuesto, las políticas que sus votantes desean ver plasmadas probablemente nunca se llevarán a cabo.
Las bases de un partido representan su razón de ser, su vida política. En un país donde las promesas electoralistas son pocas veces llevadas a cabo, más difícil aún será lograr que se ejecuten luego de que los políticos partidarios hayan creado compromisos y forjado intereses que atentan contra las ideas que sus votantes apoyaron.     

El otro punto fundamental ha sido la superficialidad y la coyunturalidad de las discusiones pre-electorales. Sin restarle importancia a la problemática de la violencia, las chicanas políticas o las discusiones sobre los indicadores macroeconómicos, se observa claramente que los dilemas estructurales no son tratados con la seriedad y la profundidad que se requiere. Más aún, unas elecciones de tinte legislativo, municipal y estadual, como las vividas el pasado Domingo, deberían focalizar su espectro en las problemáticas microeconómicas de las últimos eslabones de la cadena productiva, los programas sociales gubernamentales para las poblaciones más necesitadas, y el fortalecimiento de la legislación vigente para la protección de los ciudadanos más carentes y débiles.

México es un país donde existe una pobreza generalizada y una anarquía dirigencial que conlleva a la profundización de las estructuras de poder económico y político concentradas ajenas a las mayorías necesitadas. Las derivaciones históricas de la desigualdad, la corrupción y la pauperización en los niveles de vida de los estratos más humildes, solo pueden tener lugar en un ambiente macro-despersonalizado contenido dentro de un escenario de descreimiento para con el cambio, la falta de educación generalizada, y una telaraña de intereses que mantienen el status-quo como una simple continuidad de lo que siempre se ha vivido.

Las elecciones del domingo pasado parecen no haber quebrado este patrón histórico. La discusión política se volvió a centrar en las guerras entre los carteles que erosionan la imagen de México y alejan las inversiones extranjeras del país, la reducción del gasto público y la elevación de impuestos provocados por la contracción de la economía mexicana del 6,5% el año pasado, las presiones de los inversores para la aprobación de reformas como la flexibilización del mercado laboral, y una mayor apertura en las normas sobre la inversión extranjera en el sector energético que controla el Estado – sobre todo debido a que por la falta de nuevos proyectos petrolíferos la producción petrolera en México se redujo notablemente en los últimos años -. 

En definitiva y por lo tanto, las esperanzas de la ciudadanía se deberán volver a centrar en factores coyunturales que deriven en mejoras graduales sin consecuencias directas positivas sobre las especificidades estructurales. Los grandes y verdaderos cambios, por lo pronto, deberán esperar; por lo menos, hasta las próximas elecciones.

El moderno nacionalismo impregnado en las elecciones Belgas

Publicado en el diario BAE, 15 de Junio de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

Históricamente, las luchas nacionalistas han sido concebidas como aquellas emprendidas por una población que mantiene una identidad cultural basada en la lengua, la religión, la etnia y la historia y que, por efectos de conquistas o colonizaciones, quedaron bajo el dominio de un Estado con el que no comparten esa identidad cultural. Son las naciones que durante siglos, han buscado convertirse en un Estado. Pero desde mediados del siglo XX y en los albores del XXI, han aparecido grupos independentistas cuyos movimientos se basan en la emancipación política y económica, bien porque se sienten dominados o explotados, o bien porque existe un sentimiento de superioridad frente al Estado al que pertenecen.

El domingo pasado, este sentimiento de superioridad quedo en evidencia. La Nueva Alianza Flamenca (NVA) independentista consiguió la victoria con el 29% de los votos en la región flamenca (60% de la población y más de dos tercios de la economía belga). Y el líder de la NVA, Bart de Wever, brindó un discurso post-electoral con una mirada que refuerza el nacionalismo económico de la región de Flandes: «Tiendo la mano a los francófonos, pero hay que acometer cuanto antes la reforma del estado, las cosas no pueden ser así. Existen demasiadas diferencias entre flamencos y valones, es hora de hablar de muchas cosas».

Las crisis económicas europeas no han sido ajenas a los votantes Flamencos. El efecto contagio y las cargas colectivas que implican una responsabilidad conjunta como Nación, conllevan a una profundización de las ideas separatistas, al potenciar y entremezclar las causales económicas con las que no lo son. En este sentido, De Weber exige el fin de la seguridad social única –los flamencos pagarían con sus fuertes ingresos su precioso estado del bienestar y los francófonos tendrían que recortar gastos brutalmente –, para que el país se convierta en una confederación como último paso hacia la independencia de Flandes.

Esta situación no es extraña a los ojos europeos de las últimas décadas. El Partido Nacionalista Vasco y la Liga del Norte Italiana llevan adelante un ideario similar. Sus regiones son ricas; pero en lugar de buscar la manera de transmitir sus conocimientos y colaborar con las otras regiones más desfavorecidas, tienen la creencia que las otras jurisdicciones que forman el Estado-Nación no son lo suficientemente aptas ni poseen las condiciones adecuadas para generar riqueza. Los cambios necesarios no parecen ser posibles para los grupos separatistas: constantemente sacan a relucir las diferencias históricas, culturales y hasta lingüísticas para explicar los fracasos de sus con-nacionales. 
En este sentido, Bélgica esta viviendo esta situación de carencia/debilidad institucional de desintegración nacional, a lo que se le suma un endeudamiento fuera de control que conlleva a una crisis de difícil resolución, preocupando a los decisores políticos y económicos de todo el viejo continente.

Los inversores, que se encuentran en una situación de cautela excepcional dadas las incertidumbres de la coyuntura Europea, tornan su mirada hacia otros horizontes. Sin ir más lejos, la semana pasada el ‘Financial Times’ bautizó a Bélgica como la «Grecia del Norte», por su nivel de deuda pública y privada – la deuda pública equivalente al 100% del PBI – , cuando al mismo tiempo el Tesoro belga colocaba sus bonos con dificultad a un interés medio punto por encima de la semana anterior, y mientras Standard & Poor’s cambiaba la perspectiva de inversión en Bruselas a «negativa».

Las grandes potencias de la región tampoco desean que la presidencia de la Unión Europea quede en manos de un Estado con dificultades para el autocontrol, generando una inestabilidad aún mayor a las discrepancias actuales de los países lideres. Bélgica asume el 1 de julio la presidencia de la Unión Europea y lo hará, previsiblemente, sin gobierno. La partición de Bélgica sería un golpe muy duro de superar para la UE, que continua lidiando con los avatares provocados por sus “indisciplinados” miembros y que ponen en tela de juicio la idea de una Unión Europea homogénea y unida.

Finalmente, observamos que tal como los grupos extremistas violentos pierden su espacio y dejan lugar a partidos políticos que representan las mismas ideas pero de modo más racional y tolerante – por ello el NVA le ha dado al separatismo «la imagen de respetabilidad» que le falta al Vlaams Belang, el partido de extrema derecha -, las diferencias socio-culturales que generan rispideces o tensiones también han sido reemplazadas por una indiferencia no cooperativa. Por ello los flamencos culpan pero a su vez se desentienden de los Francófonos pobres del Sur. Por lo tanto, podemos afirmar entonces que las cosas han cambiado y que, aunque en la actualidad los medios son diferentes, los fines parecen ser los mismos. 

La seguridad volvió a primar en las elecciones Colombianas

Autor: Pablo Kornblum

La previa de las elecciones colombianas del domingo pasado ya reflejaba las ambiguas y confusas declaraciones sobre la seguridad nacional, tema central sobre el que se adhieren y ramifican todo el resto de las problemáticas que ha tenido Colombia a lo largo de las últimas décadas.

Juan Manuel Santos, candidato oficialista y continuista de las políticas del actual presidente Álvaro Uribe, señaló la semana pasada que “va a acabar con las FARC con el apoyo de todos los colombianos, con el ejercicio legítimo de la fuerza y con la Constitución en la mano”. Habría que preguntarse si la mayoría de los integrantes de las FARC no son colombianos, o si el uso de la fuerza puede considerarse legitimo en cualquiera de sus formas.

Por otro lado, el principal opositor, profesor universitario y dos veces alcalde de la capital, Antanas Mockus, se había referido a su deseo de relacionarse con las FARC desde una visión filosófica-romántica: “donde hay confianza hay comunicación, donde hay comunicación hay transparencia, donde hay transparencia hay solidaridad, y entonces la violencia se hace obsoleta”. Pero tampoco brindó una respuesta concisa sobre la forma y los términos en los que se iba a efectivizar este dialogo con la guerrilla más antigua y poderosa de la región.

Finalmente, las elecciones mostraron una aplastante victoria de Santos (alrededor de los 25 puntos de ventaja) con más de 6,6 millones de votos contra un poco más de 3 millones de Mockus, aunque no haya alcanzado para el 50% que le hubiera dado la victoria en primera vuelta.

Podemos afirmar entonces que la política de seguridad democrática ha triunfado desde la visión más reaccionaria de una sociedad derechizada. En este sentido, poco sirvió la transparencia idealizada en el uso de los recursos públicos, la lucha contra el desempleo y la pobreza (el desempleo llegó al 12% y la economía, según se prevé, crecerá sólo un 2% este año), o la eficiencia administrativa demostrada por Mockus en su gestión gubernamental. Tampoco un contexto regional ideológicamente opuesto al gobierno oficialista (donde gobiernos de Centro-Izquierda han mostrado interesantes mejoras en el campo social a través de un desarrollo endógeno), o la relación bilateral con su vecino y uno de los principales socios comerciales, Venezuela, donde su presidente Hugo Chávez declaró que podría haber una guerra con Colombia si Santos ganaba las elecciones. 

Esta situación nos lleva a pensar que la violencia histórica divisionista pareciera encontrarse por encima de las problemáticas socio-económicas estructurales colombianas. Es preferible entonces alejarse de Chávez por su afinidad con las FARC antes que reestablecer las relaciones comerciales a través de un dialogo fraterno con Venezuela para generar divisas. Como así también es mejor la mano dura de un caudillo a una verdadera democracia inclusiva que permita entender las raíces de las necesidades de los diversos grupos sociales. 

La problemática de seguridad y la situación socio-económica son situaciones interdependientes, pero a su vez deben tratarse como pares y atacarse de manera simultánea, y no como condiciones derivadas la una de la otra de manera inconexa con fines electoralistas. Para ello se deben entender las bases de los problemas y definir soluciones complementarias que la sociedad toda entienda como racionales y pragmáticas. Aunque Santos aclame por la ayuda divina – ya que declaró en el momento de emitir su voto que solo quiere “Que se cumpla la voluntad de Dios y la voluntad del pueblo” -, los colombianos requieren de respuestas concretas para combatir un miedo estructural que ha mellado en las mentes de toda la ciudadanía y que no permiten mirar hacia delante para lograr un futuro con crecimiento y desarrollo sustentable.

Por lo pronto, Santos concurrirá al ballottage del 20 de junio casi sin la necesidad de armar alianzas. El efecto aluvional del 46,5% de los votos que obtuvo lo deja en una posición inmejorable para obtener los 3,5 puntos que le restan para consagrarse presidente: Sólo con parte del 10,1% de Germán Vargas Lleras, al fin y al cabo un uribista, podrá alcanzar la presidencia. Lo que sí podemos afirmar es que en definitiva, los únicos que salieron satisfechos y tranquilos con los resultados del domingo han sido los grandes inversionistas: Santos es un amigo del libre mercado y de las políticas pro-empresariales. Ya no deberán lidiar con el fantasma de Mockus, que en su último discurso antes de la contienda, abogó por aumentar los impuestos para contener el alto déficit fiscal que tiene el país.

Más democracia y racionalidad en las elecciones Uruguayas

Publicado en el diario BAE, 11 de Mayo de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

En la primera elección tras el ascenso de Mujica al poder, se inauguró el domingo pasado un nuevo sistema electoral que creó 89 alcaldías en localidades de más de 5.000 habitantes de todo el país. La Ley de Descentralización, impulsada por el ex presidente Tabaré Vázquez (2004-2010), creó este tercer nivel de administración, más local, y que se encuentra por debajo del intendente (jefe del gobierno municipal). Por lo tanto, unos 2,5 millones de uruguayos estuvieron habilitados para escoger a 19 intendentes, 89 alcaldes, 589 ediles y 356 concejales en todo el territorio uruguayo.

Lo interesante de esta elección han sido los cuestionamientos – especialmente desde el arco opositor – sobre las formas y los objetivos de la misma, en lugar de discutir las plataformas políticas en si. En este sentido y como punto más saliente, se cuestionó extrañamente el porqué de este proceso de mayor descentralización política. Sin embargo, esta claro que aunque los regímenes unitarios y centralizados se jactan de diseñar proyectos macroestructuralmente sólidos y sustentables en el tiempo, dejan de lado las especificidades micro y la flexibilidad necesaria para atender las problemáticas coyunturales del pueblo.

El segundo punto en cuestión se focalizó en la enorme cantidad de cargos electivos que supuestamente “marean” y confunden a la mayor parte del electorado. Lo que no reparan es que en contraposición, la elección directa representativa evita lidiar con las “listas sábana” y la evasión de las responsabilidades políticas. Una sociedad madura requiere de compromisos: en este sentido, las estructuras partidarias verticalistas serán más responsables al verse afectadas directamente y de manera más visible por las políticas ejecutadas a todo nivel.

El último tema se relacionaba con la asiduidad y el cansancio que provocó a la ciudadanía tener que concurrir a las urnas en cinco ocasiones en menos de un año (elecciones legislativas, ejecutivas nacionales e internas partidarias). No parece muy afortunado plantear que los pueblos se encuentren “desgastados” para ejercer su derecho democrático; más aún, en un país donde los requerimientos populares fueron acallados en largos periodos de la historia, la posibilidad de expresar los deseos políticos deberían ser momentos de esperanza, reflexión y zozobra para todos los uruguayos.

Finalmente, un párrafo aparte merece el resultado de la elección. El oficialismo, reciente triunfador en las elecciones presidenciales, retuvo los departamentos más importantes  (Montevideo, Canelones, Florida, Maldonado, Rocha, Treinta y Tres, Salto y Paysandú; los cuales representan 73% de la población y 81% del PIB), reforzando la idea de continuidad y apoyo a las políticas realizadas por el Frente Amplio desde su llegada al poder en los albores de este siglo XXI.

Lo interesante y paradójico es el contexto internacional en la que estuvo inmersa esta contienda electoral. Mientras la Unión Europea, abarcativa, populosa y económicamente poderosa, reclama un ajuste salvaje para con los más necesitados – sin ningún tipo de reflexión ni miramientos sobre los verdaderos culpables de la crisis – y continua utilizando las viejas recetas de resultados macroeconómicos inciertos pero socialmente destructivos; del otro lado del Océano Atlántico los uruguayos eligieron otro camino. Un pueblo atento y racional que proclamó una vez más la necesidad de un mayor y mejor Estado que promueva el bienestar y la justicia social.

Será que cada pueblo tiene su momento histórico para reflexionar sobre su pasado y entender su presente. Uruguay ha demostrado el domingo pasado haber encontrado su norte. Como lo expresa la electa jefa comunal de Montevideo, Ana Olivera, la primera mujer comunista a cargo de la intendencia: «Pensar que el mundo es transformable y que todos tenemos derecho a vivir bien». Es hora entonces de aprender del ejemplo uruguayo, volver a repasar la historia, y continuar por el verdadero camino que definitivamente cambie y mejore los destinos de la inmensa cantidad de pobres que sobreviven día a día en todas las latitudes.

La crisis alimentaria no se encuentra en boca de todos

 Publicado en el diario BAE, 27 de Abril de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

Parece poco creíble que a esta altura del siglo XXI tengamos que estar hablando de escasez alimentaria y hambrunas endémicas a nivel mundial. Es que las mismas no son problemáticas novedosas; más bien conviven con la humanidad desde su existencia. Por lo que no podemos hablar de una civilización inmadura o inexperta; sino que debemos entender los intereses creados en una arena internacional cada vez más interrelacionada y compleja.

Un primer enfoque nos sitúa en una población mundial que ha crecido exponencialmente en las últimas décadas, con una necesidad cada vez mayor en cuanto a alimentos y agua potable para satisfacer los requerimientos de todos los seres humanos. Un segundo punto que complementa el anterior, implica además un aumento en la cantidad de personas que ingresaron al mercado de consumo. Aunque las mejoras en la calidad de vida de las poblaciones de muchos países en desarrollo hayan sido relativas y parciales (China, India, el Sudeste Asiático, etc.), esta situación conllevó a incrementos sustanciales en la demanda de alimentos. Finalmente, la falta de desarrollo social y económico de países históricamente subdesarrollados y atrasados, afectan especialmente a los índices nutricionales y de calidad de vida de sus poblaciones. Latinoamérica es un claro ejemplo de ello. Un informe de la FAO de 2008, indica que el 10% de la población de América Latina y el Caribe padece hambre en una región que produce un 40% más de los alimentos que necesita para abastecerse.

Este contexto se complejiza con los diversos actores e intereses existentes a nivel internacional. Por un lado, las grandes corporaciones transnacionales entendieron que el ensanchamiento del mercado de consumidores derivaría en un consecuente aumento en las ganancias para los oferentes. La compra de grandes extensiones de tierra para producir alimentos a gran escala es un negocio cada vez más rentable para los que puedan conquistar los mercados de millones de consumidores.  Por ejemplo, en los Estados Unidos los mayores productores de cultivos genéticamente modificados, Cargill, ADM y el competidor Zen Noh, controlan entre ellos un 81% de todas las exportaciones de maíz y un 65% de todas las exportaciones de soja.

Por otro lado, nos encontramos con las diversas Cámaras Empresariales y Sindicatos que velan por sus intereses particulares. En muchos casos nos referimos a productores locales y trabajadores que, por cuestiones coyunturales que pueden convertirse en estructurales, pierden competitividad en el mercado global. Estos Lobbys deben lidiar con los gobiernos nacionales, presionando para que los mismos defiendan sus intereses ante los diversos Organismos Internacionales (llámese FMI, OMC, etc.).

En este sentido, los gobiernos nacionales no solo tienen que tratar de evitar políticas exógenas que puedan dañar su estabilidad domestica (ajustes, aperturas comerciales indiscriminadas, etc.), sino que además deben lidiar con una serie de contradicciones entre sus prioridades. La falta de políticas distributivas acordes, ineficacia en la asignación presupuestaria, inacción en políticas de subsidios para aumentos de capital/productividad, y una balanza comercial inestable que no permite el acceso pleno a los mercados internacionales de alimentos, son solo algunos de los inconvenientes más comunes de los países menos desarrollados. Un claro ejemplo ha sido la crisis del año 2008, donde los precios del arroz y del trigo subieron un 130% y 141%  respectivamente en un periodo de 6 meses, desatando graves disturbios sociales en países pobres como Indonesia, Mauritania o Haití.

Ante esta realidad compleja, podemos identificar algunas tendencias que parecen difíciles de revertirse. En primer término, nos encontramos con una revalorización de los productos alimentarios con su consecuente interés y concentración en manos de monopolios y oligopolios trasnacionales. Por otro lado, nuevos y existentes Lobbys se refuerzan y multiplican para proteger sus intereses en una era globalizadora cada vez más competitiva. Finalmente, tenemos dos tipos de Estados. Los inoperantes, negligentes o desinteresados que afectan el presente de sus ciudadanos, pero también condenan el futuro de sus naciones al no tener en cuenta los gastos crecientes en salud y las mermas en la productividad de sociedades desnutridas. Los otros, concientes que el deterioro de los términos de intercambio para los alimentos es parte de un pasado que probablemente nunca regrese, intentan realizar políticas activas a nivel nacional e internacional para poder abastecer a sus poblaciones. China es el gran ejemplo: Solo el 10% de su tierra es cultivable y ha buscado en la Argentina a un socio para la provisión de aceite de soja. Pero esta es solo una política coyuntural del gobierno Chino; en el futuro no muy lejano, podría autoabastecerse de soja de su producción en las 3 millones de hectáreas adquiridas en África. 

Por lo pronto, lograr una justicia alimentaria a través de una racionalidad global pareciera ser cada vez más difícil. Intereses creados, interrelaciones complejas y crisis recurrentes, parecen ser obstáculos inexpugnables para poder cambiar una historia dolorosa para cientos de millones de personas alrededor del mundo.         

Las bases del presupuesto público norteamericano

Autor: Pablo Kornblum 

La discusión sobre el nuevo sistema de salud norteamericano ha disparado una serie de preguntas, entre las cuales se encuentra el cómo se reparte el presupuesto público en los Estados Unidos. Para ello, es fundamental poder comprender la idiosincrasia norteamericana, los fundamentos de sus instituciones y su destino manifiesto como Nación. 
Para comenzar, el “sueño americano” solo ha conllevado a focalizar todo el peso del éxito y el fracaso en el individuo y no en el colectivo. En este sentido, el efecto directo de las políticas públicas sobre la economía ha sido permanentemente denostado por aquellos sectores conservadores que exigen un Estado minúsculo dedicado solamente a la regulación de las bases macroeconómicas y las cuestiones diplomáticas. Sin embargo, la dialéctica de un Estado en exceso solo ha quedado en la retórica de los miembros más conservadores del Partido Republicano. Con excepción de la década de 1920, algunos períodos de la décadas de 1940 y 1950 (como por ejemplo entre los años 1947-1949 o 1956-1957) y a finales de la década de 1990 – desde el año 1998 al 2001 -, el resto de la historia del presupuesto público norteamericano, en mayor o menor medida, ha sido deficitario.     
El haber conseguido la hegemonía mundial – determinada para muchos en la visión de los padres fundadores -, implicó además comprometer un rol internacional que generó deberes y derechos determinantes. La diseminación de los intereses – ya sean económicos o geopolíticos – alrededor del mundo y las alianzas/enemigos derivados de ello, conllevó indefectiblemente a disponer de una suma de recursos humanos y tecnológicos a nivel nacional e internacional necesarios para defender las conquistas ganadas y sus valores morales como Nación. Esta situación queda claramente demostrada en el presupuesto militar, donde para citar un ejemplo, podemos mencionar que en el año 2005 el 48% de los 1, 2 billones de dólares de gasto militar a nivel mundial correspondieron a los Estados Unidos. Más aún, en el presupuesto norteamericano del año 2001 – antes del atentado a las torres gemelas y en un momento de relativa paz internacional -, el gasto público en defensa se situaba en un importante 14% sobre las erogaciones totales, mientras que en salud o educación solo representaban el 19%. 
No podemos dejar de mencionar las implicancias que ha tenido para los diversos gobiernos el tener que manejar el presupuesto de una sociedad que glorifica el consumo. Al individuo medio norteamericano poco le interesa si su poder adquisitivo proviene del ahorro externo, de créditos provenientes del sistema financiero, o de un Estado que subsidia el poder de compra. Hasta el mismo Gobierno Nacional ha potenciado históricamente este círculo vicioso. Para citar un ejemplo, durante el período 1999-2002 el gasto público en consumo final triplicó el gasto en bienes de capital  – un promedio de 1.500 millones contra 500 millones de dólares respectivamente –. Ante esta situación, los decisores del presupuesto, con un ojo puesto en las cuentas públicas y otro en las mentes de los votantes, deben balancear con precisión rigurosa los intereses de la sociedad y las capacidades macroeconómicas del Estado. 
Finalmente, las demandas sobre el presupuesto en sí han tenido un común denominador estructural: disminuir los impuestos mientras se aumenta el gasto social. Esta contradicción económica ha llevado a eternas discusiones entre Republicanos y Demócratas sobre el cómo distribuir las cargas contributivas para financiar las crecientes erogaciones públicas, en un país que requiere cada día de una mayor intervención estatal para paliar las desigualdades y los descalabros en aumento generados por el mercado. En este sentido, debemos recordar el plan de estímulo económico de 787.000 millones de dólares de comienzos de 2009 propuesto por el presidente Obama para salir rápidamente de la crisis financiera; o su decisión más reciente de aumentar los impuestos a los ricos – aquéllos con ingresos familiares de más de $250,000 – en $955,000 millones durante un período de 10 años para poder reducir los de otras familias de menores recursos en $770,000 millones hasta el año 2020.
En definitiva, la recientemente aprobada reforma de salud ha tenido un poco de todos estos condimentos. Incapacidades e irresponsabilidades individuales, imposibilidad de seguir incrementando un presupuesto fuera de control –  el déficit de 2009 ha sido de 1,75 billones, lo cual equivalió al 12,3 por ciento del PIB – y la necesidad de cubrir otras “prioridades” nacionales, han sido algunas de las declaraciones más resonantes de sus detractores. Para los que estuvieron a favor, sin embargo, el razonamiento fue mucho más sencillo: solo fue necesario ponerse en el lugar de alguno de los 32 millones de norteamericanos que de ahora en más podrán poseer una cobertura de salud digna y obligatoria.

La reconversión de la izquierda Latinoamericana

EADI – Seminario Madrid 2010

http://www.eumed.net/entelequia/es.art.php?a=12a08

 Autor: Pablo Kornblum

Consecuencias de una desigualdad estructural

¿Por qué surgen los grandes cambios sociales? La respuesta pareciera no ser tan compleja. Simplemente debemos entender que existe una necesidad de cambio para que la tendencia histórica-estructural quiera ser corregida y modificada. Y cuando una minoría oprimida pasa a convertirse en una mayoría unificada, el sufrimiento contenido aflora y la búsqueda de una realidad diferente forma una cadena de hechos fácticos palpables, que según el propio entendimiento y capacidad de los revolucionarios, intenta cambiar un futuro per se adverso en sus más profundas raíces. Esto es lo que ha ocurrido en América Latina. Una desigualdad crónica y acentuada con el paso del tiempo, ha llegado a un límite que ha provocado un quiebre. Que no sabremos si será definitivo. Pero seguro sentará un precedente.

Pero para entender lo que ha ocurrido en la región, no podemos abstraernos y desestimar el sistema mundo en el que estamos inmersos. Sin inmiscuirnos en profundidades ideológicas o políticas, nos podríamos preguntar cuales han sido los países del mundo que mejores índices de calidad de vida han logrado desde la segunda post-guerra mundial hasta la actualidad. Sin lugar a dudas, nos estaremos refiriendo a los países nórdicos: Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, etc.

Estos Estados han mostrado las mejores tasas conjuntas de alfabetismo, salud, seguridad social y PBI (Producto Bruto Interno) per capita. ¿Qué políticas han llevado a cabo sus gobiernos para conseguir estos logros? La respuesta abarca un conjunto de medidas. Políticas de Inversión y Gasto Público eficiente asentadas en una elevada base impositiva progresiva lograron efectos redistributivos eficaces en toda la pirámide social; que sumado a un consenso social justo y acordado entre los diversos actores económicos (empresariales, sindicatos y gobiernos), fueron el punto de partida de una dinámica productiva guiada por el Estado Nacional y profundizada por un sector privado que logró insertar sus productos en el mundo. Si a ello le sumamos una verdadera democracia enraizada conjuntamente con una solvencia institucional jamás cuestionada, nos encontramos con un sistema político y socio-económico, aunque siempre perfectible, profundamente equitativo y con altos estándares de calidad de vida. Aquello que alguna vez ha sido denominado una “verdadera social-democracia”.

¿Qué ha pasado en América Latina? Si bien cada país tiene sus especificidades, en términos generales podemos afirmar que se ha observado todo lo contrario a lo recién mencionado; o para ser más precisos, lo que sería la búsqueda de un ideal en materia de desarrollo social y económico.

La historia de América Latina nos ha mostrado conquista con sumisión, seguida por una concentración de la propiedad y los recursos naturales históricamente amalgamados a los intereses de las potencias centrales dominantes en cada uno de los periodos históricos de los últimos dos siglos, desde las primeras colonias hasta nuestros días.

Desde los comienzos de las independencias latinoamericanas, ha existido una sensación de explotación duplicada y potenciada para los trabajadores de la región. Esta comienza en los grupos concentrados nacionales y extranjeros que actúan en el medio local, que a su vez cumplen el rol transitivo de cinturones transmisores (mayoritariamente sin ningún filtro) de los requerimientos de las corporaciones transnacionales y los países centrales desarrollados.

En este sentido, las oligarquías agrícolas mantuvieron el control de la economía, a través del reaseguramiento y la consolidación de los vínculos de una falsa mutua dependencia con las metrópolis. El deterioro de los términos de intercambio no inmutaba a las elites locales, que se abastecían de las manufacturas de lujo para saciar sus intereses, creyendo que el efecto derrame sería eternamente suficiente para mantener la paz social.

Luego la historia gira, para algunos países latinoamericanos más bruscamente que para otros, cuando la teoría de la dependencia pasa a ser un hecho fáctico inocultable, los planes de industrialización comienzan a vislumbrarse, y el socialismo ya domina la mitad de la tierra.

Pero el quiebre incipiente se pospone. La guerra fría ciega al vecino del norte y cataloga enemigos sin discriminar. Las viejas estructuras agrícolas y monoproductivas, con sus representantes valentonados, reflotan y refuerzan la alianza oligarquía-cúpula militar-iglesia. Cada uno cumple su función, ya sea dirigiendo los destinos económicos del país, manteniendo la paz social a través de un firme control, o prometiendo una mejor vida en el más allá si los milagros no provenían el efecto esperado en la tierra.

Mientras tanto, los desarrollos nacionales eran dejados de lado. Aunque los niveles de crecimiento fluctuaron en las últimas décadas y variaron según el país, los diversos aparatos productivos estuvieron desasociados a las necesidades sociales que hubieran permitido mejorar los estándares de vida. Pero como indican los defensores del neoliberalismo, el mercado está para obtener beneficios y no para hacer caridad. Y donde el mercado no encuentra rentabilidad, se retira.

El problema surgió cuando el Estado no solo no reemplazó a un mercado ajeno y desinteresado, sino que tampoco cumplió con la mayoría de sus funciones básicas. Si a esto le sumamos que la globalización neoliberal de la década de 1990 potenció el desinterés, la corrupción enraizada y la administración ineficiente, el sufrimiento de las mayorías se incrementó incesantemente. Aun peor: los más necesitados eran totalmente desoídos. La única dulce melodía que resonaba en sus oídos era la propagada por los Organismos Multilaterales de Crédito, en consonancia y con el apoyo de los países centrales desarrollados y sus corporaciones transnacionales.

Por lo que políticas neoliberales de gobiernos elitistas, discursos falaces y dictaduras sangrientas que multiplicaban exponencialmente la riqueza, eran lo único que conocían los latinoamericanos cuando el siglo XXI se encontraba a la vuelta de la esquina. Cualquier cambio sería mejor. Así se denominara progresista, populista, o socialista. Vocabulario endemoniado por aquellos que previamente nunca dieron nada. No había nada que perder.

Hasta que muchos pueblos dijeron basta. Las frustraciones le ganaron la batalla al miedo y a los fantasmas del caos. Mayorías despojadas de verdaderas democracias habían soportaron décadas de desidia y humillación. Muchas veces no entendieron de dilemas teóricos o ideologismos, pero comenzaron a tener plena conciencia de las penumbras vividas que no querían repetir. Los círculos viciosos de pobreza debían ser cortados. Y un mayor respeto por las relegadas culturas autóctonas era una utopía que debía transformarse en un derecho para todos. Sin excepción.

Y una historia diferente se comenzó a escribir en los albores del siglo XXI. Entonces Hugo Chávez Frías triunfó en Venezuela. Luiz Ignacio Da Silva en Brasil. Evo Morales en Bolivia. Tabaré Vázquez en Uruguay. Rafael Correa en Ecuador. La Concertación se consolidó en Chile. Los Sandinistas triunfaron en Nicaragua y el FMNL en El Salvador. Y la izquierda se quedó a un paso de lograr el triunfo en Perú y México. Colombia es la gran excepción. Bastión de la derecha y aliado de los Estados Unidos y su blindaje militar. Pero existen razones lógicas. Años de luchas encarnizadas, bombas y secuestros entre cárteles de la droga, guerrillas de izquierda desideologizadas y carentes de valores morales para autofinanciarse, y ejércitos paramilitares solventados por los grupos concentrados que buscaban proteger sus intereses, sentaron las bases para un descreimiento democrático. Si a esto le agregamos un Estado inerte por incapacidad o complicidad, la necesidad de políticas reaccionarias para lograr una paz duradera relegó el bienestar económico a un segundo plano. Retornando a las izquierdas, los matices son claramente diferentes. Desde retóricas mas combativas y revolucionarias en el plano social como son los casos de Venezuela y Bolivia; más economicistas como es el caso de Ecuador; más pragmáticas como son los casos de Uruguay y Chile; hasta las más nacionalistas como la Brasileña. ¿Cuáles han sido los resultados hasta hoy en día? Los indicadores sociales han mejorado en toda la región, sin lugar a dudas. Estarán los detractores que hablarán de una coyuntura global favorable en esta década, de mayores beneficios obtenidos por una profundización en los intercambios económicos internacionales que poco tienen que ver con la acción del Estado, o con mercados que han crecido y han derramado riqueza.   Por otro lado, los progresistas indicarán que la izquierda se ha logrado aggiornar al contexto internacional, que la intervención positiva del Estado tanto a nivel económico como de programas sociales era una necesidad, y que la eficiencia y programación institucional democrática han sido claves para lograr un mayor efecto redistributivo que incrementó el bienestar general. Lo que queda claro es que todo cambio estructural se debe al disconformismo insoportable para con un pasado injusto y una visión de futuro sombría que, de mantenerse, solo reproduciría un círculo vicioso de pobreza para las futuras generaciones. El paradigma socio-económico de Latinoamérica y su derivación actual   
¿Es posible que se haya generado una desigualdad tan profunda con su consecuente miseria y pobreza, al punto que las clases dominantes no hayan podido mantener el status quo que perpetúe un sistema injusto desde sus bases y sus raíces?La respuesta comienza con la conquista de América. Las coronas Española y Portuguesa tenían un objetivo que parece perdurar, en otro contexto y bajo otras formas de explotación, en la actualidad. Extraer oro, piedras preciosas y todo tipo de especias para aumentar las riquezas de los reinos europeos era el único fin, sin pensar en ningún tipo de desarrollo local ni en sus poblaciones indígenas, las cuales fueron mayoritariamente asesinadas o esclavizadas. América Latina aparece en el sistema mundo como proveedor de materias primas, situación que será perpetuada a lo largo de su historia y se convertirá en un factor clave que potenciará la dependencia con los futuros imperios y potencias del mundo.En teoría, podríamos afirmar que las respectivas Monarquías y luego Estados Nacionales, solo defendían sus intereses en la región como en cualquier otro lugar del mundo conocido. América Latina proveía y cubría muchas de las necesidades en las continuas luchas contra las otras potencias de la época, en pro de conquistar riquezas y poder en un mundo de guerras y cambios geo-políticos constantes.

Pero esta forma de proceder podría considerarse lógica y valida hasta un punto de inflexión en la historia: cuando se conquistan las independencias y se crean los Estados-Nación en la región. En ese momento, las elites locales pasaron a tomar el control y las decisiones de los nuevos Estados soberanos. Pero en lugar de buscar un crecimiento económico diversificado y un desarrollo social equitativo, prevalecieron en la región dos políticas principales que sentenciarían hasta nuestros días las desigualdades estructurales de Latinoamérica.

Por un lado, una de las claves fue la distribución concentrada de las riquezas naturales. La conquista de los territorios vírgenes derivo en el automático cumplimiento de entrega de grandes extensiones de tierras a los vencedores; un grupo donde se encontraban inicialmente los militares, políticos y miembros de la alta sociedad. Una América Latina vasta en abundancia y diversidad de recursos naturales para ser explotados, fue distribuida entre un grupo social reducido. 

A consecuencia y a diferencia de los Estados Unidos, donde la aleatoria conquista del Oeste y una guerra civil que debilitó a los derrotados grandes terratenientes confederados conllevó a una distribución de la tierra en limitadas parcelas de tierra de pocas hectáreas, los ricos y poderosos terratenientes latinoamericanos se convirtieron en los formadores de precios y los decisores políticos en todos los temas claves del Estado. Estos monopolios agrícola-ganaderos, en anuencia y sustentados por la cúpula de la iglesia y los altos mandos militares, han delineado y estructurado una sociedad donde el resto de los habitantes, una mayoría de peones, asalariados y pequeños comerciantes de productos básicos, luchaba día a día para sobrevivir.      

El otro punto fundamental ha sido el sistema económico global y la función que cumplió América Latina. Dotado por la naturaleza de recursos en cantidad y calidad (desde todo tipo de ganado, pasando por maíz hasta la producción de cacao o bananos), los países latinoamericanos se insertaron en el mundo como proveedores de materias primas de las potencias que comenzaban a industrializarse (primero la Gran Bretaña y luego los Estados Unidos).

¿Qué va a implicar esta situación en materia de desigualdad? Nos vamos a encontrar con una economía poco diversificada, hasta monoproductora en algunos países, donde desde el exterior y con la complicidad de las elites locales, solo se pregonaba el crecimiento de la riqueza de los señores de la tierra a través del comercio a gran escala y la provisión de la tecnología y la infraestructura de la época para mantener el flujo constante de materias primas desde la periferia hacia los centros. Mas aún, el efecto derrame era mínimo ante la compra casi exclusiva de productos suntuarios importados por parte de las elites – los únicos con poder de compra – en conjunción con inexistentes mercados internos. El siglo XIX nos encontraba con una población mayoritariamente campesina conformada por millones de peones que solo percibían lo mínimo indispensable para su subsistencia y reproducción; y que a su vez no contaban con la institucionalidad y legislación necesaria para hacer valer de reclamos que les permitan mejorar su calidad de vida.

Esta relación de dependencia se tornaría todavía más difícil en el siglo XX, con la complejización del escenario mundial debido a una profundización de las interrelaciones políticas y económicas transnacionales. En este sentido, dos factores claves entraran en juego en el escenario distributivo regional.

Por un lado, el crecimiento y fuerte asentamiento del capitalismo en el mundo occidental, especialmente vertido en América Latina por los Estados Unidos a través de la Doctrina Monroe y su firme decisión de dominar el hemisferio. El Capitalismo es un sistema concentrador de riqueza per se, por lo que requiere de un Estado fuerte y presente para balancear el poder de un mercado cada vez más influyente. Definitivamente, la fortaleza de los Estados latinoamericanos solo sirvió para profundizar las inequidades del sistema y defender la riqueza y el poder de las elites que se vieron claramente beneficiadas por la dinámica del sistema capitalista.

El otro tema a resaltar ha sido el comercio internacional, que comenzó como simples intercambios de bienes convenientes tanto para las periferias latinoamericanas como para los centros industriales (las primeras proveyendo materias primas y las segundas intercambiándolos por productos manufacturados), pero que en los hechos fácticos, determinó lo que luego se denominaría el “deterioro de los términos de intercambio” a nivel económico, y que luego derivaría en la “teoría de la dependencia” en el campo de la política.

Esta situación se ha observado a través de series temporales comerciales a nivel internacional. Las mismas han demostrado que en el largo plazo, el precio de los commodities y las materias primas decrecían en relación a los bienes manufacturados, provocando el deterioro de los términos de intercambio. Esta situación no solo tiene la implicancia de provocar importantes pérdidas económicas para los países latinoamericanos como un todo; sino que también, contribuyen a que la disminución en términos reales de la riqueza conlleve a una serie de vertientes negativas de índole distributivo.

Desde una visión Marxista, el plusvalor se traslada, injusta e inexplicablemente, desde la periferia a los centros a través de los vasos comunicantes del comercio internacional. Cuando un país pierde, todos sus habitantes pierden. Por lo menos en términos absolutos. Por otro lado, la retórica neoclásica establece que los países de centro, productores de manufacturas, le adicionaban un mayor valor agregado a sus productos. Por el contrario, las cadenas de valor son mínimas en América Latina, por lo que sus materias primas conllevan un menor valor que intensifica las perdidas en el intercambio comercial a través del tiempo.

Finalmente y luego de evaluar dos puntos en los que toda la sociedad latinoamericana se ha visto perjudicada, debemos mencionar un último caso, tal vez el más importante y dañino para la calidad de vida de las clases medias y bajas. La convivencia y acuerdo entre las elites locales y los intereses foráneos – llámese gobiernos de las potencias desarrolladas (especialmente los Estados Unidos) o corporaciones trasnacionales -, conlleva a una aceptación del status-quo. Las elites concentradas locales, realizando mínimos esfuerzos para modernizar un aparto agrícola-productivo simple y hasta las primeras décadas del siglo XX inagotable – permitiéndoles acumular enormes riquezas – , obviaban el hecho que las clases menos favorecidas reciban apenas un salario mínimo de subsistencia. Solo bastaba obedecer los mandatos externos: Estabilidad política y mantenimiento de la paz social era suficiente para que el sistema económico fluya con solidez.

Mientras tanto, a los trabajadores del mundo desarrollado poco les podía interesar esta situación de pobreza de sus pares latinoamericanos. La solidaridad internacional era prácticamente inexistente en el mundo occidental, ya que las problemáticas domésticas (guerras, crisis económicas, inconvenientes climáticos, etc.) junto con el desconocimiento derivado de una tecnología obsoleta a nivel de comunicaciones internacionales en la época, cercioraban la posibilidad de confraternizar entre las capas trabajadoras tanto de los centros como de la periferia. Si a esta situación le agregamos el individualismo característico observado en las sociedades imperiales de la época (especialmente de la emergente potencia norteamericana y su preponderancia en América Latina), difícilmente podríamos haber encontrado, desde una visión clasista del mundo desarrollado, una mirada proactiva puesta en las humildes mayorías latinoamericanas en la primera mitad del siglo XX.

Para complementar los factores económicos generales que incrementaron las desigualdades históricas de América Latina, la segunda post-guerra mundial acentúo las diferencias creadas por las estructuras económicas paradigmáticas, pero fundamentalmente a través del ala política y su intromisión a través de los gobiernos de turno.

En consonancia con un mundo desilusionado por la inexistente mano invisible del mercado que pudiera regular eficientemente los activos de las economías del mundo – especialmente luego de devastadora crisis de 1929’ que desembocó en el cierre de las fronteras comerciales y sus derivaciones altamente negativas en un ciclo económico -, las materias primas de América Latina comienzan a perder valor y los gobiernos latinoamericanos empiezan a plantearse la posibilidad de reemplazar las manufacturas importadas cada vez más costosas, por productos terminados de producción nacional.

Para ello, un nuevo rol del Estado era fundamental en cada uno de los países de la región.
En este sentido, la segunda post-guerra mundial remarcó la entrada con fuerza de los factores político-institucionales. Como lo mencionamos anteriormente, luego del fracaso caótico del libre mercado, junto con la pobreza y los conflictos intra e inter-estatales derivados de la falta de regulación estatal, la economía Keynesiana tomó pleno vigor en el mundo occidental. Esta situación se vio potenciada luego de que el triunfante Estados Unidos comenzara a mostrarle al mundo las bondades, en términos de crecimiento y desarrollo, de una economía con un Estado involucrado, promotor, y guía de una nueva y moderna infraestructura productiva. Si a ello le agregamos la creación de industrias de base, junto con implementación de diversas políticas sociales a través del “Estado de Bienestar”, podremos entender las claves para que los Estados Unidos se convierta, junto con la Unión Soviética, en la primera potencia del mundo a nivel socio-económico.

Entre esta vertiente Keynesiana y el comunismo Oriental, los dos grandes paradigmas de la época, comenzaron a surgir grupos de profesionales, comerciantes de clase media y obreros sindicalizados que quisieron introducir cambios para lograr un sistema político mas justo y equitativo, con Estados más transparentes e involucrados en el desarrollo económico y social de los pueblos en la región latinoamericana. 

En algunos países avanzaron tibiamente con procesos de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), mientras que otros intentaron realizar reformas agrarias que pudieran mejorar la distribución de la tierra y la calidad de vida de los campesinos. Pero en la plenitud de la guerra fría, esta reconversión productiva, económica y social era, para los Estados Unidos, una peligrosa forma de subversión que no podría ser tolerada.

Aquí entraron en juego otra vez los inconvenientes para los pueblos de América Latina. El miedo y las políticas de terror fueron homogéneas para toda la región, sin distinguir la potencialidad real de que estos pedidos de cambio deriven realmente en gobiernos comunistas que desestabilicen los intereses norteamericanos en Latinoamérica.

El producto de ello han sido políticas de control social (ya sea a través de gobiernos elegidos por el pueblo o, como ha sido en su generalidad, por intermedio de gobiernos militares afines a los Estados Unidos) que minaron las decisiones verdaderamente democráticas, especialmente en relación a las políticas económicas exógenas aplicadas que han perjudicado a los países de la región. Simplemente porque han sido políticas diseñadas para beneficiar casi exclusivamente a los países que las imponen. No por nada el deterioro en los términos de intercambio, los tratados bilaterales de comercio inequitativos o las licitaciones preferenciales relacionadas a contratos o inversiones, han sido un fiel reflejo de la historia latinoamericana. Y lamentablemente, las políticas económicas gubernamentales solo remarcaron y acentuaron las diferencias entre los diversos estratos sociales; sentando precedentes y fijando posiciones prácticamente inamovibles que perduran hasta la actualidad.

Pero existe aún otro punto más adverso que desagrega estas perdidas como país y profundiza las consecuencias negativas para con las capas medias, medias-bajas y bajas. Estos atisbos de cambio que fueron desmantelados en los albores de su nacimiento, eran construcciones políticas que buscaban como fin último la justicia social, la redistribución de la riqueza y el fortalecimiento de un Estado con capacidad de promover una sociedad más democrática y plural. El corte dramático de las mismas solo imposibilitó una mayor institucionalización, con la consecuente merma en la capacidad administrativa y una  regulación ineficiente por parte de los gobiernos en todos los países de la región.

Al finalizar la década de 1960 y ya entrados los años 70’, la política exterior norteamericana le proveyó a sus bases de apoyo locales el programa ideológico necesario para afianzar de manera definitiva el sistema imperante. En este sentido, el tridente compuesto por las Fuerzas Armadas, la iglesia y las elites agrícolas comenzó a sustentar su discurso en el liberalismo surgido en la escuela de Chicago. El anti-estatismo y la promoción de un sistema financiero sin vinculaciones con los aparatos productivos, solo podían derivar en una mayor concentración de la riqueza en grupos minoritarios, con estrechos lazos con el poder, y reconvertidos hacia el sistema financiero. Una vez más, esta reconversión económica ha ido en detrimento de las ya perjudicadas clases medias y bajas, quienes necesitan de un Estado activo para que a través de sus Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES) y de su producción de bienes y servicios en la denominada “economía real”, sean motoras de una economía más inclusiva y generadora de empleos.    
Mientras tanto, ¿Qué había ocurrido con la esperanza que conllevaban los procesos de industrialización independentista? Solo algunos casos puntuales (como es el caso de Brasil por sus dimensiones y su representatividad en Sudamérica, o México por su cercanía y su histórica relación con los Estados Unidos) intentaron desarrollar industrias de base (como es el caso del cemento, la celulosa, la industria metal-mecánica o la química). Pero el impulso se realizó bajo el mismo concepto y generando las mismas problemáticas que los antiguos sectores agro-exportadores claves para las economías de la región: con la anuencia y convivencia de las elites estatales para monopolizar los mercados rentables y generadores de riqueza. Estos arreglos con vicios de corrupción tienen tres implicancias altamente negativas para la economía como un todo – en un mundo cada vez más competitivo e interdependiente -, pero sobre todo para las clases asalariadas que dependen de un crecimiento de la riqueza constante y en magnitud.

En un primer concepto, estás economías latinoamericanas monopólicas y oligopólicas en  sus sectores económicos claves, conspiraron contra los ideales teóricos de competencia de cualquier economía capitalista. Una economía competitiva implica más posibilidades para el desarrollo de PYMES, quienes son las mayores creadoras de empleo y permiten motorizar y dinamizar el mercado interno.

En sintonía con lo mencionado, los monopolios no promueven la innovación productiva, la tecnologización o el mejoramiento de procesos. Simplemente porque no lo necesitan, ya que operan en mercados cautivos. La consecuencia directa es la imposibilidad de competir en un mercado internacional cada vez más complejo; con la excepción de una baja de costos, que en su defecto se traduce en la baja de salarios. Por lo tanto, la economía como un todo se ve dañada por la falta de competitividad y la baja de salarios, con su consecuente depresión de los mercados internos, y conllevando aún más a una distribución de la riqueza más concentrada e inequitativa.

El último punto que debemos resaltar es que los monopolios y oligopolios han sido y son formadores de precios. Y en América Latina han abusado de esa condición, aumentando precios sin una justificación válida (es decir, contando con stock de producción y una rentabilidad más que aceptable) y generando una inflación que no solo ha recortado históricamente el poder adquisitivo del salario, sino que también ha perjudicado especialmente a los últimos y más débiles eslabones de la cadena productiva – en su mayoría pequeños comerciantes y cuentapropistas – en relación a la dificultad creciente para aprovisionarse de insumos, materias primas y capital de trabajo. Si a ello le agregamos la carencia e incapacidad de estos últimos para generar un ahorro suficiente, el aparato productivo se torna claramente ineficiente y sesgado hacia los capitales concentrados.

La década del 1970 no solo implicaría para América Latina la puesta en práctica de toda una batería de medidas de liberación comercial y financiera, sino que además significaría el comienzo de un ciclo que aún hoy constituye una mochila para los países latinoamericanos y sus habitantes: el peso de un endeudamiento externo que ya comenzaba a resentir las variables macroeconómicas. Los mismos provenían de los préstamos recibidos por parte gobiernos desarrollados, Organismos Multilaterales de Crédito nacidos con el fin de la segunda guerra mundial, o capitales financieros de toda índole que comenzaban a circular cada vez con más fuerza en el mercado internacional.

Debemos recalcar que el origen de los préstamos puede haber tenido las mejores intenciones en sus valores y fundamentos. Entre ellos podemos encontrar la estabilidad macroeconómica a través de la regulación de las tasas de interés y los tipos de cambio, o el desarrollo económico y social de los pueblos latinoamericanos a través de proyectos de infraestructura, microemprendimientos y programas sociales. Pero con instituciones enfermas y corruptas embebidas en gobiernos sin directrices claras ni vocación social, ha resultado imposible que la mayor parte de estos flujos de divisas se canalicen como debió haberse producido. Por otro lado, el interés foráneo generalmente no ha coincidido con las necesidades de la región. El altruismo de los prestamistas (incluyendo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo), tiene sus limitaciones, preferencias y requerimientos, lo que ha implicado que sus préstamos no siempre han constituido técnicamente las mejores opciones para el país que requería del influjo de capitales.

Las consecuencias de la deuda externa – que en un primer momento parecía poder ser controlada por todos los países de la región – han llegado hasta nuestros días, transformándose en la problemática más importante a nivel macroeconómico que debe enfrentar cada vez que asume un nuevo gobierno en la región. El oneroso pago de los intereses y la deuda en si misma, se han ido acumulando a través de los años y ha provocado que muchas de las divisas genuinas que los países obtienen por sus aparatos productivos y que contribuyen al crecimiento del Producto Bruto Interno, sean dirigidas al pago de la deuda y no a Inversiones y Gasto Público que tanto necesitan los pueblos latinoamericanos.        

La década de los 80’ ha sido denominada la “década perdida” en materia económica para América Latina. Y su denominación se debe a las muy bajas tasas de crecimiento del producto en la mayoría de los países de la región, junto con un proceso de reacomodamiento al paradigma liberal (con los ejemplos del “Reaganomics” y el Tachtcherismo a nivel internacional), y una deuda externa cada vez más difícil de controlar. Desafortunadamente para los pueblos de América Latina, las políticas económicas correctivas pasaron a un segundo plano ante los inexorables movimientos y cambios políticos que se observaban en la región. Enfrentamiento entre guerrillas y paramilitares, guerras civiles, y procesos de incipiente democratización, eran moneda corriente en toda América Latina; dejando de lado cualquier tipo de atisbo de cambio que haya podido reducir la brecha entre ricos y pobres. Entonces la problemática se potenció, ya que cuando la pobreza y las inequidades son estructurales, la pasividad gubernamental solo deteriora los indicadores de desigualdad, ya que los ciclos vicios de desempleo y marginalidad son acumulativos y dinámicos. En una economía desarrollada, una baja tasa de crecimiento coyuntural puede ser tolerada con bajas tasas de natalidad. Pero este no ha sido el caso de América Latina, ya que para mejorar los niveles de calidad de vida de sus pueblos, los gobiernos debieron haber mantenido políticas redistributivas más allá de cualquier tipo de cambios en las variables macroeconómicas o en la coyuntura política- institucional. 

La década de 1990 estuvo marcada por el Consenso de Washington y la doctrina globalizadora neoliberal. La teoría del libre mercado que incluía la total movilidad de los flujos de capital a nivel internacional, las privatizaciones, la reducción de un Estado ineficiente, la disminución del Gasto público que logre eliminar el déficit fiscal, y la búsqueda de una balanza comercial superavitaria, fueron las bases, erróneamente homogéneas, que el mundo debía aplicar. Y América Latina no fue la excepción.

¿Cuál era la visión de los expertos promotores del Consenso, los Organismos Multilaterales de Crédito y los Estados Unidos junto con las principales potencias aliadas  Occidentales triunfantes de la guerra fría?

Según su visión, América Latina debía ordenarse macroeconomicamente, hacer más eficiente sus instituciones, y por sobre todo aprovechar la enorme liquidez internacional de capitales para promover un sólido crecimiento económico. Y sobre este último punto, la retroalimentación constante de los flujos de capitales generaría intereses y beneficios para los prestamistas del primer mundo (directa o indirectamente a través del reflujo motorizador de las de los mercados internos en las economías desarrolladas).

El gran inconveniente de estas políticas de puertas abiertas ha sido que los préstamos e inversiones llegaron a Latinoamérica en búsqueda de la obtención de enormes tasas de rentabilidad y no a realizar beneficencia con el tercer mundo. Y los distintos gobiernos nacionales de América Latina no han tenido las condiciones institucionales, técnicas y morales para administrar eficientemente estos recursos, ya sea a través de una sólida regulación de los mismos, guiando y promoviendo ciertos sectores claves de la economía, o focalizándose en la histórica y estructural problemática social en las que se encuentran inmersos todos los países de la región.

En los últimos años, la globalización y un mercado más complejo y competitivo a nivel internacional, han conllevado a que las tasas de ganancia doméstica en los países desarrollados sean cada vez menores (una calidad de vida digna para sus habitantes que implica mayores costos salariales, devaluaciones competitivas de otras monedas, menor innovación con mayor dificultad para encontrar nichos de mercado en donde insertarse, etc.) y ha derivado en que la búsqueda de una mayor rentabilidad que significaría culminar en el punto menos ético del desarrollo del capitalismo: terciarizar la producción de bienes y servicios al mundo sub-desarrollado, pagando salarios mínimos y provocando daños muchas veces irreversibles al medio ambiente. Y lo importante es entender que estas políticas no hubieran podido ser llevadas a cabo sin el apoyo recibido por los gobiernos de turno que el mismo capital internacional soborna. La América Latina de fines del siglo XX, abierta al mundo y deseosa de inversiones extranjeras – ya sea a través de IED (Inversión Extranjera Directa) o Capitales Volátiles (o comúnmente denominados Capitales Golondrina) – , ha sido la región ideal para llevar estos planes a cabo. Las endebles regulaciones en materia laboral y de medioambientales, junto con una corrupción enraizada en todas las esferas gubernamentales, han permitido a los flujos trasnacionales mantener altas tasas de ganancia con una mínima inversión (cuando la hubo) y sin ningún tipo de interés en los desarrollos locales.   

Las consecuencias de la apertura de mercado de la década de 1990 pusieron el acento en el aumento indiscriminado de las ya abultadas deudas externas, creando nuevos mercados monopólicos en los sectores claves de la economía (servicios, telecomunicaciones, recursos naturales), y profundizando una dependencia como nunca antes había vivido la región: los capitales extranjeros se adueñaron de los bienes nacionales, terciarizando, reorganizando y decidiendo de manera casi integra la forma y los beneficios a obtener en los mercados latinoamericanos.

En definitiva, el comienzo del siglo XXI no podría haber sido peor para las mayorías más pobres de América Latina. Con una deuda externa opresiva que no permitió proyectar un futuro con toda la potencialidad de cada país, elites locales y capitales extranjeros con un enorme poder y control nacional pero desasociados totalmente a los intereses de sus pueblos, y un Estado que varia entre el cortoplacismo, la incapacidad para generar ideas sólidas, y la falta de decisión política para mejorar de manera definitiva la distribución de la riqueza y la calidad de vida de todos los pobres de la región; la llegada de un nuevo siglo requería sin duda de cambios paradigmáticos para torcer el rumbo y mejorar el destino de los pueblos latinoamericanos. 

Entendiendo el pasado para explicar el futuro: Un siglo XXI de cambios y deudas pendientes

Lo vertido en el capítulo anterior explica por si solo este cambio drástico en una región donde se hacia insostenible vivir para la gran mayoría de los latinoamericanos. Lo que podríamos preguntarnos es el porqué de este momento histórico y no con anterioridad, ya que como hemos reflexionado, los puntos de inflexión y la necesidad de una mejora en la calidad de vida ha sido una constante en la historia de los pueblos latinoamericanos. Esta demás decir que cada país tiene sus especificidades. Pero solo a principios del siglo XXI se dieron las condiciones generales para que, democráticamente, las denominadas izquierdas latinoamericanas lleguen al poder.   El siglo XIX implicó un reacomodamiento de las sociedades latinoamericanas a lo que representaba ser nuevos Estados Soberanos. Lentamente, fueron encontrando su plenitud en diversos procesos de reconversión productiva que lideraban las elites agrícolas. Mientras tanto, los peones rurales y trabajadores de distintos oficios no veían más allá de la obtención de su sustento diario para sobrevivir. No podemos dejar de mencionar que durante el siglo XIX todavía no se había abolido la esclavitud (por lo menos de manera formal) en varios países de América Latina, lo que recrudeció y retrotrajo aún más la necesidad de un cambio profundo a nivel socio-jurídico e institucional. Las primeras décadas del siglo XX y hasta la finalización de la segunda guerra mundial, fueron años de inmigración masiva, principios de industrialización (incluyendo en materia de infraestructura urbana) y organización obrera; junto con el desarrollo de comercios y ciertas profesiones que vislumbraban el nacimiento de lo que luego conformaría la vida moderna tal como la conocemos en la actualidad. Aunque comienza a existir una mayor conciencia social de las clases trabajadoras y se obtuvieron ciertos beneficios sociales en sus respectivos oficios y en su calidad de vida en general, no se generó un pensamiento revolucionario que pudiera cambiar la estructura socio-económica y productiva en los países de la región. Los años 50’ y 60’ trajeron consigo vientos de igualdad provenientes de Oriente. La Unión Soviética y sus satélites mostraban que un mundo de equidades era posible; y grupos de profesionales, intelectuales y sindicalistas, nacidos durante un proceso de mayor institucionalización, buscaron la posibilidad de terminar con las desigualdades existentes. Pero sistemáticamente, cada uno de los procesos de cambio, ya sea por la vía democrática o la insurgencia civil, fueron abatidos y diezmados por las fuerzas militares; bajo las directivas y el aval ideológico de las elites locales que deseaban mantener el status quo económico y político, junto con el mandato de Washington de contener al comunismo “de cualquier manera” en la región. Y a medida que los años transcurrían, las posibilidades de cambio se hicieron cada vez más remotas. Estados Unidos crecía cada vez más ante una debilitada Unión Soviética que solo se ocupaba de lo macro pero se olvidaba del individuo. Y los promotores de los cambios eran acallados a través de la omisión, el repudio o sencillamente la muerte. Los años 1970s y 1980s ya mostraban un capitalismo triunfante a través de las pantallas del mundo. La globalización de las telecomunicaciones creó monopolios mediáticos que desde su nacimiento, pasaron a ser una base fundamental y arma poderosa de los grupos concentrados de poder. Esta exposición tecnológica iba a ser clave para diseminar en toda Latinoamérica la ola liberal nacida en la escuela de Chicago a fines de los años 1960s. En este sentido, mientras el socialismo era denigrado e igualado al nivel de cualquier dictadura totalitaria – sin ningún análisis racional de los beneficios socio-económicos que podría llevarle a los trabajadores en regiones del mundo específicas y ante casos puntuales – , los pobres de América Latina eran educados a través de los programas televisivos sobre la importancia de pagar una deuda externa que ellos no habían generado ni les había brindado algún tipo de beneficio (sin mencionar la incertidumbre de saber en donde se encontraban esos recursos).
Más aún, la retribución del pagar religiosamente la deuda externa tampoco llegaría en la década de los 1990s. La globalización neoliberal traería supuestamente un crecimiento económico constante y los ingresos se redistribuirían a través de un efecto derrame que muy pocos entendían (y a muchos menos beneficiaría). Lo único que ocurrió empíricamente ha sido un incremento en los niveles de concentración de la riqueza, pero con el agravante de que como nunca antes en la historia latinoamericana, los capitales extranjeros controlaban gran parte de los bienes materiales y los servicios esenciales; manejando de cierta forma, aunque de manera indirecta, los destinos de los países de América Latina. De esta manera, el ya restringido margen de maniobra de los gobiernos de la región, se resiente aún más y obstaculiza la realización de políticas autonómicas que puedan favorecer a sus ciudadanos más desprotegidos.         Pero para los grandes medios de comunicación concentrados, esta transformación ha sido solo parte de un proceso de reconversión productiva para lograr mayores “eficacias y eficiencias” en las variables macroeconómicas. Aunque algunas economías nacionales mejoraban como un todo – varias solo de manera momentánea – , el sentimiento popular comenzaba a entender que las mejoras no se traducían en términos microeconómicos y/o abarcativos sectorialmente.Los últimos años del siglo XX permitieron que una parte importante de la ciudadanía, anteriormente excluida y desentendida de los quehaceres nacionales, comience a evaluar su propio pasado personal y a su vez, contextualizarlo a nivel nacional. La profundización y diversidad de los medios de comunicación (Internet, Cadenas Internacionales de Noticias, Etc.) y una mayor conciencia social que se reflejaba en la creación de ONGs (Organizaciones no Gubernamentales) y Cooperativas de Trabajadores, eran los síntomas de los cambios que se iban a producir en el nuevo siglo que se avecinaba.  Finalmente, el siglo XXI nos encontró con la conjunción de una serie de variables comunes a toda Latinoamérica, que van a explicar el porqué de este giro a una izquierda más democrática y pluralista.
Por un lado, la consolidación de la democracia en la región. Establecida como un consenso global post-guerra fría, la democracia continua siendo ambigua en términos económicos para América Latina; aunque no así en términos políticos. Las desigualdades socio-económicas existentes no permiten un acceso pleno de toda la población a los bienes y servicios que brinda la economía como un todo; pero por el contrario, existe un mayor desarrollo de diversas vías políticas (llámese partidos, ONGs o cooperativas) que aprovechan una mayor institucionalidad desarrollada durante el transcurso de la experiencia democrática de las ultimas décadas en la mayoría de los gobiernos de la región.    

Un segundo punto fundamental es la estructuralidad de los ciclos viciosos de la pobreza, donde cuatro o más generaciones de latinoamericanos han vivido y continúan viviendo en la marginalidad, y sin percibir una marcada acción proactiva ni positiva por parte del Estado que pudiera asentar las bases sólidas de la educación y el trabajo. Mas aún, por el lado del sector privado concentrado, este no podía estar más a favor de la permanencia del status quo: salarios deprimidos a causa de altos niveles de desocupación junto con sindicatos débiles y corruptos; mercados no competitivos que erosionan el salario y los eslabones más sensibles de la cadena productiva; e instituciones ineficientes que potencian el poder de las elites e incrementan las inequidades socio-económicas.

Por el contrario, las esperanzas de los más humildes se posaron sobre los gobiernos constitucionales, los cuales deberían tener como objetivo primordial lograr balancear estas desigualdades, para proveer sociedades más inclusivas y con índices de calidad de vida dignos para sus poblaciones. Sin embargo, la historia acumula fracasos sustanciales y fundamentales por parte de los gobiernos latinoamericanos: Falta de políticas sociales para paliar las necesidades más básicas; carencia de una infraestructura acorde para el contexto habitacional; desidia para con la salud y la educación pública que atenta contra el futuro de los más pequeños; falta de inversión en ciencia, investigación y desarrollo que perpetua recursos humanos poco calificados y solo funcionales a una producción básica que favorece a los grupos concentrados de poder; y falta de acceso al crédito para la vivienda y la creación de pequeñas y medianas empresas – multiplicadoras en la creación de todo tipo de empleos -, solo para nombrar a las carencias más importantes.

El gran cambio de mentalidad surgido a principios de este siglo radica entonces en el entendimiento y convencimiento de gran parte de la ciudadanía postergada que el mercado per se no brindó ni brindaría a futuro soluciones para los más necesitados. Sus objetivos últimos y únicos se relacionan directamente con la obtención de mayores beneficios a través del aumento de la rentabilidad empresaria, en consonancia y en pleno confort con el status quo. Pero por el contrario, el Estado sí tiene las herramientas y el deber de cambiar en beneficio y en pos del bienestar general de los que menos tienen. Solo debe aplicar coherencia y ética para realizar políticas económicas (monetarias, fiscales y cambiarias) y sociales, con el foco en mejorar sustancialmente la distribución de la riqueza y terminar definitivamente con las estructuras socio-económicas exclusivas y carentes de movilidad social. Básicamente, poner la mirada en la gran base de pobres que tienen todas las sociedades latinoamericanas. Y el giro a la izquierda ha ido en busca de ello.      

El último gran replanteo ha sido a consecuencia de la información provista por los masivos y novedosos medios de comunicación, cuando los pueblos latinoamericanos comenzaron a comprobar que las explicaciones teóricas históricas conllevaban fundamentos falaces que nunca provocaron los resultados esperados en la vida real. En este sentido, la globalización de las últimas dos décadas ha sido clave para diseminar estos conceptos. Por lo que aunque la internacionalización neoliberal ha traído aspectos muy negativos para los trabajadores – llámese la terciarización con flexibilización laboral que ha depredado los salarios a nivel internacional, los tratados de libre comercio que pocas veces favorecieron a las empresas del mundo sub-desarrollado, o el incremento indiscriminado de flujos de capital financiero que no han respetado las culturas autóctonas, los recursos naturales o las autónomas nacionales -, también ha traído consigo un cambio reflexivo en la mentalidad de los pueblos a través de una diversidad de medios de comunicación y fuentes de información nunca antes vista. Aunque todavía no tienen el alcance masivo necesario para llegar absolutamente a toda la población, han superado las barreras intra-clasistas a través de una tecnología cada vez menos costosa y más accesible para los pueblos latinoamericanos, logrando un objetivo que hasta hoy en día ha sido clave: el poder contraponer y analizar hechos políticos, económicos y sociales a través de una mirada crítica y en pos de mejorar su calidad de vida.  

Este cambio en la mentalidad de los pueblos latinoamericanos ha sido acompañado por un cambio en el discurso político de la mayoría de los partidos de izquierda de la región. En este sentido, nos encontramos con dos cambios fundamentales que han sido los bastiones para que los partidos políticos más progresistas puedan llegar al poder en este siglo XXI.

El primer punto clave ha sido el fuerte componente nacionalista en la dialéctica de los partidos de izquierda. Aunque como hemos analizado la retórica nacional es falsa en sus bases cuando nos encontramos con sociedades tan desiguales, es muy efectiva en cuanto a la unión social a través de un objetivo común (deportivo, comunitario, institucional). Más aún en una región en donde el concepto patria ha sido realzado históricamente por las elites políticas y castristas, justamente para evitar que las diferencias sociales existentes provoquen un caos que desafíe el status quo. Por el contrario, la versión nacionalista de la nueva izquierda y de gran parte de la población más humilde en este siglo XXI, no posa su discurso en proezas militares o aranceles proteccionistas, sino que vierte su mirada en las mejoras socio-económicas para todos los pobres de las naciones latinoamericanas.    

Concatenándolo con el punto recién descripto, el otro factor diferenciador ha sido el pragmatismo promovido por los partidos de izquierda. La izquierda Latinoamérica menos radical (la mayoría), dejó de lado los ideologismos clásicos basados en discursos de épocas de guerra fría, y centraron sus posiciones en la problemática social como caballito de batalla para ganar las elecciones.  La idea de un cambio se montaba en dos principales motivos: a nivel mundial, la caída de la Unión Soviética y el “fracaso del Comunismo”, exacerbado por los ahora enormes holdings mediáticos Occidentales, le quitaron totalmente el encanto y el romanticismo de la pureza teórica. Por otro lado, en los ámbitos nacionales las palabras “comunista” o “socialista” no solo habían sido enseñadas por décadas como sinónimos de peligro y violencia, sino que muchos de sus partidarios habían sido perseguidos y asesinados mientras los partidos de izquierda eran desmantelados. Por lo tanto, las principales y más representativas voces de las camadas actuales encontraron en un discurso más “marketinero y pragmático”, la seducción necesaria para atraer los votos de las clases más desfavorecidas.  

En definitiva, los actuales gobiernos de izquierda tratan de parecerse más a las “social-democracias” europeas que a las antiguas estructuras mentales de la izquierda latinoamericana. Buscan utilizar sus mejores armas para ampliar el margen de maniobra, intentan insertarse en el sistema capitalista internacional dialogando y consensuando con las grandes corporaciones financieras e industriales nacionales e internacionales, y profundizan exponencialmente las políticas y programas sociales pero sin desafiar el status quo. Por lo tanto y a diferencia de lo que indicaría la teoría tradicional, la mayor parte de la izquierda se aggiorno y adaptó a la supra-estructura vigente.

¿Es posible y/o conveniente que se vuelva al viejo modelo de la izquierda más tradicional? Difícilmente ocurra en el corto plazo, con un comunismo mundial vencido y bastardeado – con logros pasados casi nunca realzados -, y aparatos locales que se asientan en una discursiva post-guerra fría. ¿Podrá entonces perdurar está “nueva izquierda” como gobierno – y no simplemente como oposición crítica – en América Latina? De ser así, ¿Cumplirá su cometido? 

Evidentemente, todavía quedan muchos puntos de mejora que son claves. Los vicios de corrupción institucional se mantienen y minan las eficiencias requeridas para lograr políticas de Estado efectivas que penetren profundamente en la población necesitada. Si a esto le agregamos la escasa predisposición para realizar reformas estructurales básicas que modifiquen de raíz las insoportables inequidades distributivas – llámese una adecuada reforma agraria, políticas anti-monopólicas, o programas que igualen el acceso a la salud y educación -, las deudas pendientes difícilmente se subsanen de manera definitiva; por lo menos en lo mediato.   

         
Finalmente y como lo habíamos mencionado, las estadísticas socio-económicas en la primera década del siglo XXI han sido alentadoras y avalan positivamente estos vientos de cambio para la mayoría de los pueblos latinoamericanos. Igualmente, no será tarea sencilla la cumplimentación de un proyecto a largo plazo que pueda llevar a los países de la región a un contexto de equidad y desarrollo sustentable para todos sus habitantes. Intereses corporativos y gubernamentales transnacionales, junto con la presión de las elites locales y las falencias partidarias intrínsecas (corrupción, administración ineficiente, disputas de contenido estrictamente electoralista), serán, sin dudas, obstáculos difíciles de sortear para lograr este objetivo.

Por ahora, la reconversión de la izquierda latinoamericana ha reflejado el principio de un cambio con algunas victorias incipientes. Pero la gran enseñanza que ha fecundado está vuelta de página en la región ha sido el entendimiento de su propia historia de los que siempre fueron marginados. La izquierda está triunfando porque la derecha nunca hizo bien las cosas. Y no debe perder la oportunidad histórica para realizar un verdadero cambio que mejore definitivamente la vida de todos, absolutamente todos, los habitantes de América Latina.