Categoría: Publicaciones en Revistas Especializadas

El legado de Lula

Revista veintitres internacional – Septiembre 2010

Autor: Pablo Kornblum

http://www.elargentino.com/nota-110428-El-legado-de-Lula.html

Hasta el 1ro de Enero de 2003, día en que Lula da Silva recibió la banda presidencial, habían coexistido históricamente dos tipos de país. Por un lado, el Brasil dinámico, industrial, exportador de commodities, inteligente en la diplomacia y con una admirable capacidad de timonear las fluctuaciones macroeconómicas en un mar de inestabilidades regionales. Por el otro, el Brasil estático, con una estructura productiva socio-económicamente rígida, una brecha social/racial inamovible sustentada desde las elites, y un esquema centro-periferia interestadual funcional a los intereses foráneos y a los grupos concentrados.  

No había sido difícil mantener el esquema. Un futuro repleto de placeres en la divinidad del más allá, la lucha contra el “maléfico” comunismo o la necesidad de ajustes y sacrificios por el bien de la nación, eran la dialéctica preferida para mantener el control social. Hasta que cierto día, la maduración democrática y el cansancio de unas mayorías empobrecidas, llevaron a que las cúpulas militares, el gran empresariado industrial y la oligarquía terrateniente cedieran el paso a aquel obrero metalúrgico de origen humilde que desde hacia dos décadas aspiraba ser el presidente del país más grande de Sudamérica.

Sorpresivamente para algunos, Lula comprendió el contexto histórico en el que se encontraba; un momento único que no podía ser desaprovechado, que desperdiciado podría dar lugar a los sectores más conservadores a evitar para siempre una segunda oportunidad. Por lo que la dialéctica revolucionaria le dejo lugar al pragmatismo, la humildad se amoldó a un discurso inteligente, y la flexibilidad del dialoguismo permitió consensos clasistas de corto y largo plazo, sin descuidar las raíces ni los objetivos finales que le habían permitido acceder a la primera magistratura.

La claridad fue la mejor presentación para sus previamente temerosos opositores políticos. La política económica, de neto corte keynesiano, mostró un notable incremento del gasto y la inversión pública a través de una activa participación estatal (entre las cuales se encontraron diversas políticas sociales, educativas y de infraestructura). Se facilito el crédito para la producción y el consumo, a la vez que se reducían las tasas de interés e incrementaban los préstamos por parte de los bancos públicos para aumentar la adquisición de bienes de capital. Además, se comenzaron a otorgar tasas especiales para la exportación, extensión de los beneficios fiscales a más empresas, e incentivos para la innovación tecnológica. Todo esto contextualizado y regulado dentro de megaplanes de obras públicas como el denominado PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento), el cual tendrá una segunda versión en el que se estima se invertirán 550.000 millones de dólares para su desarrollo el año venidero.
 
Por otro lado, del miedo al descontrol macroeconómico, siempre latente por parte de los gurues neoliberales, se pasó a una calma solidez. Un superávit comercial creciente – en 2009 fue de 25,348 millones de dólares -, un PBI que se espera crecerá alrededor de un 7% este año (después de haber sorteado con dignidad la crisis financiera mundial desatada en 2008), y el estricto control de la inflación a través de una fuerte regulación de las tasas de interés (incluyendo tres aumentos este año para evitar el recalentamiento de la economía), han sido algunas de las variables positivas que muestra con orgullo el gobierno. En este sentido, los vaivenes causados por las cíclicas recesiones e inflaciones estructurales que suelen visualizarse en los países de la región (derivadas principalmente de los cuellos de botella productivos y monopolios formadores de precios), parecen no ser parte de la actual coyuntura de acuerdos socio-productivos entre los diversos actores políticos, económicos y sociales. Ello se observa también con claridad en el trabajo conjunto entre el gobierno y el sector privado. Uno de los más renombrados ejemplos ha sido la creación de Nova Braskem, la mayor compañía petroquímica de América y la octava mayor del mundo, que tendrá como principales socios a la estatal Petrobrás y a la empresa privada Odebrecht.

Pero las mieles de la bonanza coyuntural no enceguecieron a los ideólogos del modelo; el presidente Lula ha dejado bien en claro que quería un Brasil sustentable en el largo plazo. Por ello, el desarrollo y la explotación de los recursos naturales no solo sirvieron como generador de divisas, sino también como un bastión de autosustentabilidad futura; en este sentido, el gobierno ha puesto el foco en los recursos no renovables y la seguridad alimentaria como problemáticas centrales. Por otro lado, la emisión de bonos de deuda con vencimiento en 2041 por 1250 millones de dólares en el mercado estadounidense y europeo, consolidó la independencia y previsibilidad del país ante los ojos del mundo. Para redondear la sustentabilidad del modelo, la geopolítica no puede ser dejada de lado dentro de un contexto de planeamiento estratégico. Para citar un ejemplo, el acuerdo de cooperación en materia de defensa con Francia, más allá de los beneficios económicos derivados de la tecnología y el conocimiento adquirido, consolidan definitivamente a Brasil como la potencia militar de la región latinoamericana. El gobierno del presidente Lula ha comprendido que es imposible formar una potencia económica sin convertirse previamente en una potencia militar en la cual respaldarse.

Pero para sorpresa de muchos, el presidente no quedo conforme con la solidez del crecimiento y desarrollo doméstico, sino que además quiso sustentarlo bajo el paraguas de un Brasil potencia a nivel regional y mundial. Para ello tomó una serie de medidas inéditas para la política exterior y la diplomacia Brasilera. La adquisición de deuda pública norteamericana, la inserción brasileña en los organismos multilaterales – incluyendo importantes aportes al programa de Nuevos Acuerdos de Crédito (NAB) del FMI -, y el fomento de una nueva arquitectura multilateral para buscar una alternativa al dólar como moneda de referencia, son solo algunos de los objetivos logrados durante los últimos años.

Para lograr este posicionamiento, Lula demostró una firmeza que fue apañada por su apego a las reglas de los organismos internacionales y al respeto por la autonomía jurisdiccional. Este pragmatismo internacional se vio reflejado en varias oportunidades: los quince acuerdos cooperación en materia energética y petrolera con el gobierno de Venezuela; las sanciones comerciales (con el respaldo de la  OMC) contra una gran variedad de productos provenientes de Estados Unidos – debido a la no eliminación de subsidios aduaneros ilegales para con sus granjeros -; o el estimular tratados bilaterales cuando el sistema multilateral se encuentra estancado en discusiones (más políticas que técnicas) que provocan retrasos y desestimulan las transacciones internacionales, dan cuenta de ello. En este sentido, la idea de fomentar los lazos con países en vías de desarrollo tiene dos lecturas: A) por un lado, el deseo de un dialogo justo entre pares que tienen necesidades comunes pero quieren construir bases económicas sólidas para salir adelante. B) por el otro, evitar las relaciones económicas con países occidentales, los cuales se encuentran en muchos casos viciados de soberbia y alejados de un crecimiento económico promisorio a futuro dado su nivel de desarrollo y la dinámica actual del sistema económico mundial.

Por lo expuesto, podemos afirmar que el gobierno del presidente Lula logró su cometido. La rentabilidad empresarial, tanto de los industriales como los grandes exportadores agrícolas, percibió una sustancial mejora durante sus dos períodos de gobierno. Pero por sobre todo, su base política vivenció en carne propia una sensible mejora en su calidad de vida. Las estadísticas lo refuerzan: mientras la tasa de desempleo durante el primer semestre de 2010 se situó en el 7,3%, el Instituto Brasilero de Geografía y Estadística (IBGE) indicó que las familias brasileras que viven en situación de insuficiencia alimentaria disminuyeron del 46,7% en el período 2002-2003, al 35% en el período 2008-2009. Más importante aún, cabe resaltar la profundización de los diversos programas de enseñanza formal e informar. Para citar un ejemplo, el Programa Río Estado Digital, que provee conexión Wi-Fi gratuita en la favela más grande de Brasil (“Rocinha»), no solo brinda educación y capacitación fundamental para un mercado de trabajo cada vez más competitivo; sino que además, el mayor y mejor acceso a la información permiten que los más humildes adquieran un mayor entendimiento del contexto en el que viven y los cambios que deberían llevar a cabo – sean estos plausibles o no en el corto/mediano plazo – para mejorar su calidad de vida.

Sin embargo, falta mucho por hacer y el ganador del ballotage del próximo 31 de Octubre tendrá que desafiar una historia todavía adversa para la mayoría de los brasileros. Por un lado, no debemos olvidar que el actual crecimiento económico es también viable por la histórica estructura socio-económica del Brasil. El salto cuantitativo y cualitativo del país sudamericano se condice con el retraso histórico de una economía con un mercado interno cautivo y deudas pendientes con grandes masas de la población excluidas. Por otro lado, el concepto de desarrollo implica además mejoras sustanciales a nivel de infraestructura, buenas condiciones laborales y educativas, y posibilidades concretas para lograr un desarrollo profesional y personal que puedan satisfacer los deseos y expectativas de la población. Mientras Brasil se encuentra actualmente décimo en términos de su Producto Bruto Interno (fuente FMI), el Índice de Desarrollo Humano que realiza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -que mide variables como la educación, la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la calidad de vida en 179 países-, indica que todavía Brasil ocupa el puesto número setenta. Finalmente, el próximo presidente deberá centrar su análisis en términos absolutos, evitando descansar en una cómoda política de mejoras relativas. Los cambios marginales positivos intra-sistémicos obtenidos durante la era Lula, han sido necesarios pero no suficientes; mientras la discusión política se aleja cada vez más de cambios estructurales/radicales, más necesario aún será consolidar y profundizar los programas socio-económicos redistributivos y realmente inclusivos a largo plazo para lograr, en palabras del saliente presidente Lula, “un país decente para todos los Brasileros”. 

La reconversión de la izquierda Latinoamericana

EADI – Seminario Madrid 2010

http://www.eumed.net/entelequia/es.art.php?a=12a08

 Autor: Pablo Kornblum

Consecuencias de una desigualdad estructural

¿Por qué surgen los grandes cambios sociales? La respuesta pareciera no ser tan compleja. Simplemente debemos entender que existe una necesidad de cambio para que la tendencia histórica-estructural quiera ser corregida y modificada. Y cuando una minoría oprimida pasa a convertirse en una mayoría unificada, el sufrimiento contenido aflora y la búsqueda de una realidad diferente forma una cadena de hechos fácticos palpables, que según el propio entendimiento y capacidad de los revolucionarios, intenta cambiar un futuro per se adverso en sus más profundas raíces. Esto es lo que ha ocurrido en América Latina. Una desigualdad crónica y acentuada con el paso del tiempo, ha llegado a un límite que ha provocado un quiebre. Que no sabremos si será definitivo. Pero seguro sentará un precedente.

Pero para entender lo que ha ocurrido en la región, no podemos abstraernos y desestimar el sistema mundo en el que estamos inmersos. Sin inmiscuirnos en profundidades ideológicas o políticas, nos podríamos preguntar cuales han sido los países del mundo que mejores índices de calidad de vida han logrado desde la segunda post-guerra mundial hasta la actualidad. Sin lugar a dudas, nos estaremos refiriendo a los países nórdicos: Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia, etc.

Estos Estados han mostrado las mejores tasas conjuntas de alfabetismo, salud, seguridad social y PBI (Producto Bruto Interno) per capita. ¿Qué políticas han llevado a cabo sus gobiernos para conseguir estos logros? La respuesta abarca un conjunto de medidas. Políticas de Inversión y Gasto Público eficiente asentadas en una elevada base impositiva progresiva lograron efectos redistributivos eficaces en toda la pirámide social; que sumado a un consenso social justo y acordado entre los diversos actores económicos (empresariales, sindicatos y gobiernos), fueron el punto de partida de una dinámica productiva guiada por el Estado Nacional y profundizada por un sector privado que logró insertar sus productos en el mundo. Si a ello le sumamos una verdadera democracia enraizada conjuntamente con una solvencia institucional jamás cuestionada, nos encontramos con un sistema político y socio-económico, aunque siempre perfectible, profundamente equitativo y con altos estándares de calidad de vida. Aquello que alguna vez ha sido denominado una “verdadera social-democracia”.

¿Qué ha pasado en América Latina? Si bien cada país tiene sus especificidades, en términos generales podemos afirmar que se ha observado todo lo contrario a lo recién mencionado; o para ser más precisos, lo que sería la búsqueda de un ideal en materia de desarrollo social y económico.

La historia de América Latina nos ha mostrado conquista con sumisión, seguida por una concentración de la propiedad y los recursos naturales históricamente amalgamados a los intereses de las potencias centrales dominantes en cada uno de los periodos históricos de los últimos dos siglos, desde las primeras colonias hasta nuestros días.

Desde los comienzos de las independencias latinoamericanas, ha existido una sensación de explotación duplicada y potenciada para los trabajadores de la región. Esta comienza en los grupos concentrados nacionales y extranjeros que actúan en el medio local, que a su vez cumplen el rol transitivo de cinturones transmisores (mayoritariamente sin ningún filtro) de los requerimientos de las corporaciones transnacionales y los países centrales desarrollados.

En este sentido, las oligarquías agrícolas mantuvieron el control de la economía, a través del reaseguramiento y la consolidación de los vínculos de una falsa mutua dependencia con las metrópolis. El deterioro de los términos de intercambio no inmutaba a las elites locales, que se abastecían de las manufacturas de lujo para saciar sus intereses, creyendo que el efecto derrame sería eternamente suficiente para mantener la paz social.

Luego la historia gira, para algunos países latinoamericanos más bruscamente que para otros, cuando la teoría de la dependencia pasa a ser un hecho fáctico inocultable, los planes de industrialización comienzan a vislumbrarse, y el socialismo ya domina la mitad de la tierra.

Pero el quiebre incipiente se pospone. La guerra fría ciega al vecino del norte y cataloga enemigos sin discriminar. Las viejas estructuras agrícolas y monoproductivas, con sus representantes valentonados, reflotan y refuerzan la alianza oligarquía-cúpula militar-iglesia. Cada uno cumple su función, ya sea dirigiendo los destinos económicos del país, manteniendo la paz social a través de un firme control, o prometiendo una mejor vida en el más allá si los milagros no provenían el efecto esperado en la tierra.

Mientras tanto, los desarrollos nacionales eran dejados de lado. Aunque los niveles de crecimiento fluctuaron en las últimas décadas y variaron según el país, los diversos aparatos productivos estuvieron desasociados a las necesidades sociales que hubieran permitido mejorar los estándares de vida. Pero como indican los defensores del neoliberalismo, el mercado está para obtener beneficios y no para hacer caridad. Y donde el mercado no encuentra rentabilidad, se retira.

El problema surgió cuando el Estado no solo no reemplazó a un mercado ajeno y desinteresado, sino que tampoco cumplió con la mayoría de sus funciones básicas. Si a esto le sumamos que la globalización neoliberal de la década de 1990 potenció el desinterés, la corrupción enraizada y la administración ineficiente, el sufrimiento de las mayorías se incrementó incesantemente. Aun peor: los más necesitados eran totalmente desoídos. La única dulce melodía que resonaba en sus oídos era la propagada por los Organismos Multilaterales de Crédito, en consonancia y con el apoyo de los países centrales desarrollados y sus corporaciones transnacionales.

Por lo que políticas neoliberales de gobiernos elitistas, discursos falaces y dictaduras sangrientas que multiplicaban exponencialmente la riqueza, eran lo único que conocían los latinoamericanos cuando el siglo XXI se encontraba a la vuelta de la esquina. Cualquier cambio sería mejor. Así se denominara progresista, populista, o socialista. Vocabulario endemoniado por aquellos que previamente nunca dieron nada. No había nada que perder.

Hasta que muchos pueblos dijeron basta. Las frustraciones le ganaron la batalla al miedo y a los fantasmas del caos. Mayorías despojadas de verdaderas democracias habían soportaron décadas de desidia y humillación. Muchas veces no entendieron de dilemas teóricos o ideologismos, pero comenzaron a tener plena conciencia de las penumbras vividas que no querían repetir. Los círculos viciosos de pobreza debían ser cortados. Y un mayor respeto por las relegadas culturas autóctonas era una utopía que debía transformarse en un derecho para todos. Sin excepción.

Y una historia diferente se comenzó a escribir en los albores del siglo XXI. Entonces Hugo Chávez Frías triunfó en Venezuela. Luiz Ignacio Da Silva en Brasil. Evo Morales en Bolivia. Tabaré Vázquez en Uruguay. Rafael Correa en Ecuador. La Concertación se consolidó en Chile. Los Sandinistas triunfaron en Nicaragua y el FMNL en El Salvador. Y la izquierda se quedó a un paso de lograr el triunfo en Perú y México. Colombia es la gran excepción. Bastión de la derecha y aliado de los Estados Unidos y su blindaje militar. Pero existen razones lógicas. Años de luchas encarnizadas, bombas y secuestros entre cárteles de la droga, guerrillas de izquierda desideologizadas y carentes de valores morales para autofinanciarse, y ejércitos paramilitares solventados por los grupos concentrados que buscaban proteger sus intereses, sentaron las bases para un descreimiento democrático. Si a esto le agregamos un Estado inerte por incapacidad o complicidad, la necesidad de políticas reaccionarias para lograr una paz duradera relegó el bienestar económico a un segundo plano. Retornando a las izquierdas, los matices son claramente diferentes. Desde retóricas mas combativas y revolucionarias en el plano social como son los casos de Venezuela y Bolivia; más economicistas como es el caso de Ecuador; más pragmáticas como son los casos de Uruguay y Chile; hasta las más nacionalistas como la Brasileña. ¿Cuáles han sido los resultados hasta hoy en día? Los indicadores sociales han mejorado en toda la región, sin lugar a dudas. Estarán los detractores que hablarán de una coyuntura global favorable en esta década, de mayores beneficios obtenidos por una profundización en los intercambios económicos internacionales que poco tienen que ver con la acción del Estado, o con mercados que han crecido y han derramado riqueza.   Por otro lado, los progresistas indicarán que la izquierda se ha logrado aggiornar al contexto internacional, que la intervención positiva del Estado tanto a nivel económico como de programas sociales era una necesidad, y que la eficiencia y programación institucional democrática han sido claves para lograr un mayor efecto redistributivo que incrementó el bienestar general. Lo que queda claro es que todo cambio estructural se debe al disconformismo insoportable para con un pasado injusto y una visión de futuro sombría que, de mantenerse, solo reproduciría un círculo vicioso de pobreza para las futuras generaciones. El paradigma socio-económico de Latinoamérica y su derivación actual   
¿Es posible que se haya generado una desigualdad tan profunda con su consecuente miseria y pobreza, al punto que las clases dominantes no hayan podido mantener el status quo que perpetúe un sistema injusto desde sus bases y sus raíces?La respuesta comienza con la conquista de América. Las coronas Española y Portuguesa tenían un objetivo que parece perdurar, en otro contexto y bajo otras formas de explotación, en la actualidad. Extraer oro, piedras preciosas y todo tipo de especias para aumentar las riquezas de los reinos europeos era el único fin, sin pensar en ningún tipo de desarrollo local ni en sus poblaciones indígenas, las cuales fueron mayoritariamente asesinadas o esclavizadas. América Latina aparece en el sistema mundo como proveedor de materias primas, situación que será perpetuada a lo largo de su historia y se convertirá en un factor clave que potenciará la dependencia con los futuros imperios y potencias del mundo.En teoría, podríamos afirmar que las respectivas Monarquías y luego Estados Nacionales, solo defendían sus intereses en la región como en cualquier otro lugar del mundo conocido. América Latina proveía y cubría muchas de las necesidades en las continuas luchas contra las otras potencias de la época, en pro de conquistar riquezas y poder en un mundo de guerras y cambios geo-políticos constantes.

Pero esta forma de proceder podría considerarse lógica y valida hasta un punto de inflexión en la historia: cuando se conquistan las independencias y se crean los Estados-Nación en la región. En ese momento, las elites locales pasaron a tomar el control y las decisiones de los nuevos Estados soberanos. Pero en lugar de buscar un crecimiento económico diversificado y un desarrollo social equitativo, prevalecieron en la región dos políticas principales que sentenciarían hasta nuestros días las desigualdades estructurales de Latinoamérica.

Por un lado, una de las claves fue la distribución concentrada de las riquezas naturales. La conquista de los territorios vírgenes derivo en el automático cumplimiento de entrega de grandes extensiones de tierras a los vencedores; un grupo donde se encontraban inicialmente los militares, políticos y miembros de la alta sociedad. Una América Latina vasta en abundancia y diversidad de recursos naturales para ser explotados, fue distribuida entre un grupo social reducido. 

A consecuencia y a diferencia de los Estados Unidos, donde la aleatoria conquista del Oeste y una guerra civil que debilitó a los derrotados grandes terratenientes confederados conllevó a una distribución de la tierra en limitadas parcelas de tierra de pocas hectáreas, los ricos y poderosos terratenientes latinoamericanos se convirtieron en los formadores de precios y los decisores políticos en todos los temas claves del Estado. Estos monopolios agrícola-ganaderos, en anuencia y sustentados por la cúpula de la iglesia y los altos mandos militares, han delineado y estructurado una sociedad donde el resto de los habitantes, una mayoría de peones, asalariados y pequeños comerciantes de productos básicos, luchaba día a día para sobrevivir.      

El otro punto fundamental ha sido el sistema económico global y la función que cumplió América Latina. Dotado por la naturaleza de recursos en cantidad y calidad (desde todo tipo de ganado, pasando por maíz hasta la producción de cacao o bananos), los países latinoamericanos se insertaron en el mundo como proveedores de materias primas de las potencias que comenzaban a industrializarse (primero la Gran Bretaña y luego los Estados Unidos).

¿Qué va a implicar esta situación en materia de desigualdad? Nos vamos a encontrar con una economía poco diversificada, hasta monoproductora en algunos países, donde desde el exterior y con la complicidad de las elites locales, solo se pregonaba el crecimiento de la riqueza de los señores de la tierra a través del comercio a gran escala y la provisión de la tecnología y la infraestructura de la época para mantener el flujo constante de materias primas desde la periferia hacia los centros. Mas aún, el efecto derrame era mínimo ante la compra casi exclusiva de productos suntuarios importados por parte de las elites – los únicos con poder de compra – en conjunción con inexistentes mercados internos. El siglo XIX nos encontraba con una población mayoritariamente campesina conformada por millones de peones que solo percibían lo mínimo indispensable para su subsistencia y reproducción; y que a su vez no contaban con la institucionalidad y legislación necesaria para hacer valer de reclamos que les permitan mejorar su calidad de vida.

Esta relación de dependencia se tornaría todavía más difícil en el siglo XX, con la complejización del escenario mundial debido a una profundización de las interrelaciones políticas y económicas transnacionales. En este sentido, dos factores claves entraran en juego en el escenario distributivo regional.

Por un lado, el crecimiento y fuerte asentamiento del capitalismo en el mundo occidental, especialmente vertido en América Latina por los Estados Unidos a través de la Doctrina Monroe y su firme decisión de dominar el hemisferio. El Capitalismo es un sistema concentrador de riqueza per se, por lo que requiere de un Estado fuerte y presente para balancear el poder de un mercado cada vez más influyente. Definitivamente, la fortaleza de los Estados latinoamericanos solo sirvió para profundizar las inequidades del sistema y defender la riqueza y el poder de las elites que se vieron claramente beneficiadas por la dinámica del sistema capitalista.

El otro tema a resaltar ha sido el comercio internacional, que comenzó como simples intercambios de bienes convenientes tanto para las periferias latinoamericanas como para los centros industriales (las primeras proveyendo materias primas y las segundas intercambiándolos por productos manufacturados), pero que en los hechos fácticos, determinó lo que luego se denominaría el “deterioro de los términos de intercambio” a nivel económico, y que luego derivaría en la “teoría de la dependencia” en el campo de la política.

Esta situación se ha observado a través de series temporales comerciales a nivel internacional. Las mismas han demostrado que en el largo plazo, el precio de los commodities y las materias primas decrecían en relación a los bienes manufacturados, provocando el deterioro de los términos de intercambio. Esta situación no solo tiene la implicancia de provocar importantes pérdidas económicas para los países latinoamericanos como un todo; sino que también, contribuyen a que la disminución en términos reales de la riqueza conlleve a una serie de vertientes negativas de índole distributivo.

Desde una visión Marxista, el plusvalor se traslada, injusta e inexplicablemente, desde la periferia a los centros a través de los vasos comunicantes del comercio internacional. Cuando un país pierde, todos sus habitantes pierden. Por lo menos en términos absolutos. Por otro lado, la retórica neoclásica establece que los países de centro, productores de manufacturas, le adicionaban un mayor valor agregado a sus productos. Por el contrario, las cadenas de valor son mínimas en América Latina, por lo que sus materias primas conllevan un menor valor que intensifica las perdidas en el intercambio comercial a través del tiempo.

Finalmente y luego de evaluar dos puntos en los que toda la sociedad latinoamericana se ha visto perjudicada, debemos mencionar un último caso, tal vez el más importante y dañino para la calidad de vida de las clases medias y bajas. La convivencia y acuerdo entre las elites locales y los intereses foráneos – llámese gobiernos de las potencias desarrolladas (especialmente los Estados Unidos) o corporaciones trasnacionales -, conlleva a una aceptación del status-quo. Las elites concentradas locales, realizando mínimos esfuerzos para modernizar un aparto agrícola-productivo simple y hasta las primeras décadas del siglo XX inagotable – permitiéndoles acumular enormes riquezas – , obviaban el hecho que las clases menos favorecidas reciban apenas un salario mínimo de subsistencia. Solo bastaba obedecer los mandatos externos: Estabilidad política y mantenimiento de la paz social era suficiente para que el sistema económico fluya con solidez.

Mientras tanto, a los trabajadores del mundo desarrollado poco les podía interesar esta situación de pobreza de sus pares latinoamericanos. La solidaridad internacional era prácticamente inexistente en el mundo occidental, ya que las problemáticas domésticas (guerras, crisis económicas, inconvenientes climáticos, etc.) junto con el desconocimiento derivado de una tecnología obsoleta a nivel de comunicaciones internacionales en la época, cercioraban la posibilidad de confraternizar entre las capas trabajadoras tanto de los centros como de la periferia. Si a esta situación le agregamos el individualismo característico observado en las sociedades imperiales de la época (especialmente de la emergente potencia norteamericana y su preponderancia en América Latina), difícilmente podríamos haber encontrado, desde una visión clasista del mundo desarrollado, una mirada proactiva puesta en las humildes mayorías latinoamericanas en la primera mitad del siglo XX.

Para complementar los factores económicos generales que incrementaron las desigualdades históricas de América Latina, la segunda post-guerra mundial acentúo las diferencias creadas por las estructuras económicas paradigmáticas, pero fundamentalmente a través del ala política y su intromisión a través de los gobiernos de turno.

En consonancia con un mundo desilusionado por la inexistente mano invisible del mercado que pudiera regular eficientemente los activos de las economías del mundo – especialmente luego de devastadora crisis de 1929’ que desembocó en el cierre de las fronteras comerciales y sus derivaciones altamente negativas en un ciclo económico -, las materias primas de América Latina comienzan a perder valor y los gobiernos latinoamericanos empiezan a plantearse la posibilidad de reemplazar las manufacturas importadas cada vez más costosas, por productos terminados de producción nacional.

Para ello, un nuevo rol del Estado era fundamental en cada uno de los países de la región.
En este sentido, la segunda post-guerra mundial remarcó la entrada con fuerza de los factores político-institucionales. Como lo mencionamos anteriormente, luego del fracaso caótico del libre mercado, junto con la pobreza y los conflictos intra e inter-estatales derivados de la falta de regulación estatal, la economía Keynesiana tomó pleno vigor en el mundo occidental. Esta situación se vio potenciada luego de que el triunfante Estados Unidos comenzara a mostrarle al mundo las bondades, en términos de crecimiento y desarrollo, de una economía con un Estado involucrado, promotor, y guía de una nueva y moderna infraestructura productiva. Si a ello le agregamos la creación de industrias de base, junto con implementación de diversas políticas sociales a través del “Estado de Bienestar”, podremos entender las claves para que los Estados Unidos se convierta, junto con la Unión Soviética, en la primera potencia del mundo a nivel socio-económico.

Entre esta vertiente Keynesiana y el comunismo Oriental, los dos grandes paradigmas de la época, comenzaron a surgir grupos de profesionales, comerciantes de clase media y obreros sindicalizados que quisieron introducir cambios para lograr un sistema político mas justo y equitativo, con Estados más transparentes e involucrados en el desarrollo económico y social de los pueblos en la región latinoamericana. 

En algunos países avanzaron tibiamente con procesos de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), mientras que otros intentaron realizar reformas agrarias que pudieran mejorar la distribución de la tierra y la calidad de vida de los campesinos. Pero en la plenitud de la guerra fría, esta reconversión productiva, económica y social era, para los Estados Unidos, una peligrosa forma de subversión que no podría ser tolerada.

Aquí entraron en juego otra vez los inconvenientes para los pueblos de América Latina. El miedo y las políticas de terror fueron homogéneas para toda la región, sin distinguir la potencialidad real de que estos pedidos de cambio deriven realmente en gobiernos comunistas que desestabilicen los intereses norteamericanos en Latinoamérica.

El producto de ello han sido políticas de control social (ya sea a través de gobiernos elegidos por el pueblo o, como ha sido en su generalidad, por intermedio de gobiernos militares afines a los Estados Unidos) que minaron las decisiones verdaderamente democráticas, especialmente en relación a las políticas económicas exógenas aplicadas que han perjudicado a los países de la región. Simplemente porque han sido políticas diseñadas para beneficiar casi exclusivamente a los países que las imponen. No por nada el deterioro en los términos de intercambio, los tratados bilaterales de comercio inequitativos o las licitaciones preferenciales relacionadas a contratos o inversiones, han sido un fiel reflejo de la historia latinoamericana. Y lamentablemente, las políticas económicas gubernamentales solo remarcaron y acentuaron las diferencias entre los diversos estratos sociales; sentando precedentes y fijando posiciones prácticamente inamovibles que perduran hasta la actualidad.

Pero existe aún otro punto más adverso que desagrega estas perdidas como país y profundiza las consecuencias negativas para con las capas medias, medias-bajas y bajas. Estos atisbos de cambio que fueron desmantelados en los albores de su nacimiento, eran construcciones políticas que buscaban como fin último la justicia social, la redistribución de la riqueza y el fortalecimiento de un Estado con capacidad de promover una sociedad más democrática y plural. El corte dramático de las mismas solo imposibilitó una mayor institucionalización, con la consecuente merma en la capacidad administrativa y una  regulación ineficiente por parte de los gobiernos en todos los países de la región.

Al finalizar la década de 1960 y ya entrados los años 70’, la política exterior norteamericana le proveyó a sus bases de apoyo locales el programa ideológico necesario para afianzar de manera definitiva el sistema imperante. En este sentido, el tridente compuesto por las Fuerzas Armadas, la iglesia y las elites agrícolas comenzó a sustentar su discurso en el liberalismo surgido en la escuela de Chicago. El anti-estatismo y la promoción de un sistema financiero sin vinculaciones con los aparatos productivos, solo podían derivar en una mayor concentración de la riqueza en grupos minoritarios, con estrechos lazos con el poder, y reconvertidos hacia el sistema financiero. Una vez más, esta reconversión económica ha ido en detrimento de las ya perjudicadas clases medias y bajas, quienes necesitan de un Estado activo para que a través de sus Pequeñas y Medianas Empresas (PYMES) y de su producción de bienes y servicios en la denominada “economía real”, sean motoras de una economía más inclusiva y generadora de empleos.    
Mientras tanto, ¿Qué había ocurrido con la esperanza que conllevaban los procesos de industrialización independentista? Solo algunos casos puntuales (como es el caso de Brasil por sus dimensiones y su representatividad en Sudamérica, o México por su cercanía y su histórica relación con los Estados Unidos) intentaron desarrollar industrias de base (como es el caso del cemento, la celulosa, la industria metal-mecánica o la química). Pero el impulso se realizó bajo el mismo concepto y generando las mismas problemáticas que los antiguos sectores agro-exportadores claves para las economías de la región: con la anuencia y convivencia de las elites estatales para monopolizar los mercados rentables y generadores de riqueza. Estos arreglos con vicios de corrupción tienen tres implicancias altamente negativas para la economía como un todo – en un mundo cada vez más competitivo e interdependiente -, pero sobre todo para las clases asalariadas que dependen de un crecimiento de la riqueza constante y en magnitud.

En un primer concepto, estás economías latinoamericanas monopólicas y oligopólicas en  sus sectores económicos claves, conspiraron contra los ideales teóricos de competencia de cualquier economía capitalista. Una economía competitiva implica más posibilidades para el desarrollo de PYMES, quienes son las mayores creadoras de empleo y permiten motorizar y dinamizar el mercado interno.

En sintonía con lo mencionado, los monopolios no promueven la innovación productiva, la tecnologización o el mejoramiento de procesos. Simplemente porque no lo necesitan, ya que operan en mercados cautivos. La consecuencia directa es la imposibilidad de competir en un mercado internacional cada vez más complejo; con la excepción de una baja de costos, que en su defecto se traduce en la baja de salarios. Por lo tanto, la economía como un todo se ve dañada por la falta de competitividad y la baja de salarios, con su consecuente depresión de los mercados internos, y conllevando aún más a una distribución de la riqueza más concentrada e inequitativa.

El último punto que debemos resaltar es que los monopolios y oligopolios han sido y son formadores de precios. Y en América Latina han abusado de esa condición, aumentando precios sin una justificación válida (es decir, contando con stock de producción y una rentabilidad más que aceptable) y generando una inflación que no solo ha recortado históricamente el poder adquisitivo del salario, sino que también ha perjudicado especialmente a los últimos y más débiles eslabones de la cadena productiva – en su mayoría pequeños comerciantes y cuentapropistas – en relación a la dificultad creciente para aprovisionarse de insumos, materias primas y capital de trabajo. Si a ello le agregamos la carencia e incapacidad de estos últimos para generar un ahorro suficiente, el aparato productivo se torna claramente ineficiente y sesgado hacia los capitales concentrados.

La década del 1970 no solo implicaría para América Latina la puesta en práctica de toda una batería de medidas de liberación comercial y financiera, sino que además significaría el comienzo de un ciclo que aún hoy constituye una mochila para los países latinoamericanos y sus habitantes: el peso de un endeudamiento externo que ya comenzaba a resentir las variables macroeconómicas. Los mismos provenían de los préstamos recibidos por parte gobiernos desarrollados, Organismos Multilaterales de Crédito nacidos con el fin de la segunda guerra mundial, o capitales financieros de toda índole que comenzaban a circular cada vez con más fuerza en el mercado internacional.

Debemos recalcar que el origen de los préstamos puede haber tenido las mejores intenciones en sus valores y fundamentos. Entre ellos podemos encontrar la estabilidad macroeconómica a través de la regulación de las tasas de interés y los tipos de cambio, o el desarrollo económico y social de los pueblos latinoamericanos a través de proyectos de infraestructura, microemprendimientos y programas sociales. Pero con instituciones enfermas y corruptas embebidas en gobiernos sin directrices claras ni vocación social, ha resultado imposible que la mayor parte de estos flujos de divisas se canalicen como debió haberse producido. Por otro lado, el interés foráneo generalmente no ha coincidido con las necesidades de la región. El altruismo de los prestamistas (incluyendo el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo), tiene sus limitaciones, preferencias y requerimientos, lo que ha implicado que sus préstamos no siempre han constituido técnicamente las mejores opciones para el país que requería del influjo de capitales.

Las consecuencias de la deuda externa – que en un primer momento parecía poder ser controlada por todos los países de la región – han llegado hasta nuestros días, transformándose en la problemática más importante a nivel macroeconómico que debe enfrentar cada vez que asume un nuevo gobierno en la región. El oneroso pago de los intereses y la deuda en si misma, se han ido acumulando a través de los años y ha provocado que muchas de las divisas genuinas que los países obtienen por sus aparatos productivos y que contribuyen al crecimiento del Producto Bruto Interno, sean dirigidas al pago de la deuda y no a Inversiones y Gasto Público que tanto necesitan los pueblos latinoamericanos.        

La década de los 80’ ha sido denominada la “década perdida” en materia económica para América Latina. Y su denominación se debe a las muy bajas tasas de crecimiento del producto en la mayoría de los países de la región, junto con un proceso de reacomodamiento al paradigma liberal (con los ejemplos del “Reaganomics” y el Tachtcherismo a nivel internacional), y una deuda externa cada vez más difícil de controlar. Desafortunadamente para los pueblos de América Latina, las políticas económicas correctivas pasaron a un segundo plano ante los inexorables movimientos y cambios políticos que se observaban en la región. Enfrentamiento entre guerrillas y paramilitares, guerras civiles, y procesos de incipiente democratización, eran moneda corriente en toda América Latina; dejando de lado cualquier tipo de atisbo de cambio que haya podido reducir la brecha entre ricos y pobres. Entonces la problemática se potenció, ya que cuando la pobreza y las inequidades son estructurales, la pasividad gubernamental solo deteriora los indicadores de desigualdad, ya que los ciclos vicios de desempleo y marginalidad son acumulativos y dinámicos. En una economía desarrollada, una baja tasa de crecimiento coyuntural puede ser tolerada con bajas tasas de natalidad. Pero este no ha sido el caso de América Latina, ya que para mejorar los niveles de calidad de vida de sus pueblos, los gobiernos debieron haber mantenido políticas redistributivas más allá de cualquier tipo de cambios en las variables macroeconómicas o en la coyuntura política- institucional. 

La década de 1990 estuvo marcada por el Consenso de Washington y la doctrina globalizadora neoliberal. La teoría del libre mercado que incluía la total movilidad de los flujos de capital a nivel internacional, las privatizaciones, la reducción de un Estado ineficiente, la disminución del Gasto público que logre eliminar el déficit fiscal, y la búsqueda de una balanza comercial superavitaria, fueron las bases, erróneamente homogéneas, que el mundo debía aplicar. Y América Latina no fue la excepción.

¿Cuál era la visión de los expertos promotores del Consenso, los Organismos Multilaterales de Crédito y los Estados Unidos junto con las principales potencias aliadas  Occidentales triunfantes de la guerra fría?

Según su visión, América Latina debía ordenarse macroeconomicamente, hacer más eficiente sus instituciones, y por sobre todo aprovechar la enorme liquidez internacional de capitales para promover un sólido crecimiento económico. Y sobre este último punto, la retroalimentación constante de los flujos de capitales generaría intereses y beneficios para los prestamistas del primer mundo (directa o indirectamente a través del reflujo motorizador de las de los mercados internos en las economías desarrolladas).

El gran inconveniente de estas políticas de puertas abiertas ha sido que los préstamos e inversiones llegaron a Latinoamérica en búsqueda de la obtención de enormes tasas de rentabilidad y no a realizar beneficencia con el tercer mundo. Y los distintos gobiernos nacionales de América Latina no han tenido las condiciones institucionales, técnicas y morales para administrar eficientemente estos recursos, ya sea a través de una sólida regulación de los mismos, guiando y promoviendo ciertos sectores claves de la economía, o focalizándose en la histórica y estructural problemática social en las que se encuentran inmersos todos los países de la región.

En los últimos años, la globalización y un mercado más complejo y competitivo a nivel internacional, han conllevado a que las tasas de ganancia doméstica en los países desarrollados sean cada vez menores (una calidad de vida digna para sus habitantes que implica mayores costos salariales, devaluaciones competitivas de otras monedas, menor innovación con mayor dificultad para encontrar nichos de mercado en donde insertarse, etc.) y ha derivado en que la búsqueda de una mayor rentabilidad que significaría culminar en el punto menos ético del desarrollo del capitalismo: terciarizar la producción de bienes y servicios al mundo sub-desarrollado, pagando salarios mínimos y provocando daños muchas veces irreversibles al medio ambiente. Y lo importante es entender que estas políticas no hubieran podido ser llevadas a cabo sin el apoyo recibido por los gobiernos de turno que el mismo capital internacional soborna. La América Latina de fines del siglo XX, abierta al mundo y deseosa de inversiones extranjeras – ya sea a través de IED (Inversión Extranjera Directa) o Capitales Volátiles (o comúnmente denominados Capitales Golondrina) – , ha sido la región ideal para llevar estos planes a cabo. Las endebles regulaciones en materia laboral y de medioambientales, junto con una corrupción enraizada en todas las esferas gubernamentales, han permitido a los flujos trasnacionales mantener altas tasas de ganancia con una mínima inversión (cuando la hubo) y sin ningún tipo de interés en los desarrollos locales.   

Las consecuencias de la apertura de mercado de la década de 1990 pusieron el acento en el aumento indiscriminado de las ya abultadas deudas externas, creando nuevos mercados monopólicos en los sectores claves de la economía (servicios, telecomunicaciones, recursos naturales), y profundizando una dependencia como nunca antes había vivido la región: los capitales extranjeros se adueñaron de los bienes nacionales, terciarizando, reorganizando y decidiendo de manera casi integra la forma y los beneficios a obtener en los mercados latinoamericanos.

En definitiva, el comienzo del siglo XXI no podría haber sido peor para las mayorías más pobres de América Latina. Con una deuda externa opresiva que no permitió proyectar un futuro con toda la potencialidad de cada país, elites locales y capitales extranjeros con un enorme poder y control nacional pero desasociados totalmente a los intereses de sus pueblos, y un Estado que varia entre el cortoplacismo, la incapacidad para generar ideas sólidas, y la falta de decisión política para mejorar de manera definitiva la distribución de la riqueza y la calidad de vida de todos los pobres de la región; la llegada de un nuevo siglo requería sin duda de cambios paradigmáticos para torcer el rumbo y mejorar el destino de los pueblos latinoamericanos. 

Entendiendo el pasado para explicar el futuro: Un siglo XXI de cambios y deudas pendientes

Lo vertido en el capítulo anterior explica por si solo este cambio drástico en una región donde se hacia insostenible vivir para la gran mayoría de los latinoamericanos. Lo que podríamos preguntarnos es el porqué de este momento histórico y no con anterioridad, ya que como hemos reflexionado, los puntos de inflexión y la necesidad de una mejora en la calidad de vida ha sido una constante en la historia de los pueblos latinoamericanos. Esta demás decir que cada país tiene sus especificidades. Pero solo a principios del siglo XXI se dieron las condiciones generales para que, democráticamente, las denominadas izquierdas latinoamericanas lleguen al poder.   El siglo XIX implicó un reacomodamiento de las sociedades latinoamericanas a lo que representaba ser nuevos Estados Soberanos. Lentamente, fueron encontrando su plenitud en diversos procesos de reconversión productiva que lideraban las elites agrícolas. Mientras tanto, los peones rurales y trabajadores de distintos oficios no veían más allá de la obtención de su sustento diario para sobrevivir. No podemos dejar de mencionar que durante el siglo XIX todavía no se había abolido la esclavitud (por lo menos de manera formal) en varios países de América Latina, lo que recrudeció y retrotrajo aún más la necesidad de un cambio profundo a nivel socio-jurídico e institucional. Las primeras décadas del siglo XX y hasta la finalización de la segunda guerra mundial, fueron años de inmigración masiva, principios de industrialización (incluyendo en materia de infraestructura urbana) y organización obrera; junto con el desarrollo de comercios y ciertas profesiones que vislumbraban el nacimiento de lo que luego conformaría la vida moderna tal como la conocemos en la actualidad. Aunque comienza a existir una mayor conciencia social de las clases trabajadoras y se obtuvieron ciertos beneficios sociales en sus respectivos oficios y en su calidad de vida en general, no se generó un pensamiento revolucionario que pudiera cambiar la estructura socio-económica y productiva en los países de la región. Los años 50’ y 60’ trajeron consigo vientos de igualdad provenientes de Oriente. La Unión Soviética y sus satélites mostraban que un mundo de equidades era posible; y grupos de profesionales, intelectuales y sindicalistas, nacidos durante un proceso de mayor institucionalización, buscaron la posibilidad de terminar con las desigualdades existentes. Pero sistemáticamente, cada uno de los procesos de cambio, ya sea por la vía democrática o la insurgencia civil, fueron abatidos y diezmados por las fuerzas militares; bajo las directivas y el aval ideológico de las elites locales que deseaban mantener el status quo económico y político, junto con el mandato de Washington de contener al comunismo “de cualquier manera” en la región. Y a medida que los años transcurrían, las posibilidades de cambio se hicieron cada vez más remotas. Estados Unidos crecía cada vez más ante una debilitada Unión Soviética que solo se ocupaba de lo macro pero se olvidaba del individuo. Y los promotores de los cambios eran acallados a través de la omisión, el repudio o sencillamente la muerte. Los años 1970s y 1980s ya mostraban un capitalismo triunfante a través de las pantallas del mundo. La globalización de las telecomunicaciones creó monopolios mediáticos que desde su nacimiento, pasaron a ser una base fundamental y arma poderosa de los grupos concentrados de poder. Esta exposición tecnológica iba a ser clave para diseminar en toda Latinoamérica la ola liberal nacida en la escuela de Chicago a fines de los años 1960s. En este sentido, mientras el socialismo era denigrado e igualado al nivel de cualquier dictadura totalitaria – sin ningún análisis racional de los beneficios socio-económicos que podría llevarle a los trabajadores en regiones del mundo específicas y ante casos puntuales – , los pobres de América Latina eran educados a través de los programas televisivos sobre la importancia de pagar una deuda externa que ellos no habían generado ni les había brindado algún tipo de beneficio (sin mencionar la incertidumbre de saber en donde se encontraban esos recursos).
Más aún, la retribución del pagar religiosamente la deuda externa tampoco llegaría en la década de los 1990s. La globalización neoliberal traería supuestamente un crecimiento económico constante y los ingresos se redistribuirían a través de un efecto derrame que muy pocos entendían (y a muchos menos beneficiaría). Lo único que ocurrió empíricamente ha sido un incremento en los niveles de concentración de la riqueza, pero con el agravante de que como nunca antes en la historia latinoamericana, los capitales extranjeros controlaban gran parte de los bienes materiales y los servicios esenciales; manejando de cierta forma, aunque de manera indirecta, los destinos de los países de América Latina. De esta manera, el ya restringido margen de maniobra de los gobiernos de la región, se resiente aún más y obstaculiza la realización de políticas autonómicas que puedan favorecer a sus ciudadanos más desprotegidos.         Pero para los grandes medios de comunicación concentrados, esta transformación ha sido solo parte de un proceso de reconversión productiva para lograr mayores “eficacias y eficiencias” en las variables macroeconómicas. Aunque algunas economías nacionales mejoraban como un todo – varias solo de manera momentánea – , el sentimiento popular comenzaba a entender que las mejoras no se traducían en términos microeconómicos y/o abarcativos sectorialmente.Los últimos años del siglo XX permitieron que una parte importante de la ciudadanía, anteriormente excluida y desentendida de los quehaceres nacionales, comience a evaluar su propio pasado personal y a su vez, contextualizarlo a nivel nacional. La profundización y diversidad de los medios de comunicación (Internet, Cadenas Internacionales de Noticias, Etc.) y una mayor conciencia social que se reflejaba en la creación de ONGs (Organizaciones no Gubernamentales) y Cooperativas de Trabajadores, eran los síntomas de los cambios que se iban a producir en el nuevo siglo que se avecinaba.  Finalmente, el siglo XXI nos encontró con la conjunción de una serie de variables comunes a toda Latinoamérica, que van a explicar el porqué de este giro a una izquierda más democrática y pluralista.
Por un lado, la consolidación de la democracia en la región. Establecida como un consenso global post-guerra fría, la democracia continua siendo ambigua en términos económicos para América Latina; aunque no así en términos políticos. Las desigualdades socio-económicas existentes no permiten un acceso pleno de toda la población a los bienes y servicios que brinda la economía como un todo; pero por el contrario, existe un mayor desarrollo de diversas vías políticas (llámese partidos, ONGs o cooperativas) que aprovechan una mayor institucionalidad desarrollada durante el transcurso de la experiencia democrática de las ultimas décadas en la mayoría de los gobiernos de la región.    

Un segundo punto fundamental es la estructuralidad de los ciclos viciosos de la pobreza, donde cuatro o más generaciones de latinoamericanos han vivido y continúan viviendo en la marginalidad, y sin percibir una marcada acción proactiva ni positiva por parte del Estado que pudiera asentar las bases sólidas de la educación y el trabajo. Mas aún, por el lado del sector privado concentrado, este no podía estar más a favor de la permanencia del status quo: salarios deprimidos a causa de altos niveles de desocupación junto con sindicatos débiles y corruptos; mercados no competitivos que erosionan el salario y los eslabones más sensibles de la cadena productiva; e instituciones ineficientes que potencian el poder de las elites e incrementan las inequidades socio-económicas.

Por el contrario, las esperanzas de los más humildes se posaron sobre los gobiernos constitucionales, los cuales deberían tener como objetivo primordial lograr balancear estas desigualdades, para proveer sociedades más inclusivas y con índices de calidad de vida dignos para sus poblaciones. Sin embargo, la historia acumula fracasos sustanciales y fundamentales por parte de los gobiernos latinoamericanos: Falta de políticas sociales para paliar las necesidades más básicas; carencia de una infraestructura acorde para el contexto habitacional; desidia para con la salud y la educación pública que atenta contra el futuro de los más pequeños; falta de inversión en ciencia, investigación y desarrollo que perpetua recursos humanos poco calificados y solo funcionales a una producción básica que favorece a los grupos concentrados de poder; y falta de acceso al crédito para la vivienda y la creación de pequeñas y medianas empresas – multiplicadoras en la creación de todo tipo de empleos -, solo para nombrar a las carencias más importantes.

El gran cambio de mentalidad surgido a principios de este siglo radica entonces en el entendimiento y convencimiento de gran parte de la ciudadanía postergada que el mercado per se no brindó ni brindaría a futuro soluciones para los más necesitados. Sus objetivos últimos y únicos se relacionan directamente con la obtención de mayores beneficios a través del aumento de la rentabilidad empresaria, en consonancia y en pleno confort con el status quo. Pero por el contrario, el Estado sí tiene las herramientas y el deber de cambiar en beneficio y en pos del bienestar general de los que menos tienen. Solo debe aplicar coherencia y ética para realizar políticas económicas (monetarias, fiscales y cambiarias) y sociales, con el foco en mejorar sustancialmente la distribución de la riqueza y terminar definitivamente con las estructuras socio-económicas exclusivas y carentes de movilidad social. Básicamente, poner la mirada en la gran base de pobres que tienen todas las sociedades latinoamericanas. Y el giro a la izquierda ha ido en busca de ello.      

El último gran replanteo ha sido a consecuencia de la información provista por los masivos y novedosos medios de comunicación, cuando los pueblos latinoamericanos comenzaron a comprobar que las explicaciones teóricas históricas conllevaban fundamentos falaces que nunca provocaron los resultados esperados en la vida real. En este sentido, la globalización de las últimas dos décadas ha sido clave para diseminar estos conceptos. Por lo que aunque la internacionalización neoliberal ha traído aspectos muy negativos para los trabajadores – llámese la terciarización con flexibilización laboral que ha depredado los salarios a nivel internacional, los tratados de libre comercio que pocas veces favorecieron a las empresas del mundo sub-desarrollado, o el incremento indiscriminado de flujos de capital financiero que no han respetado las culturas autóctonas, los recursos naturales o las autónomas nacionales -, también ha traído consigo un cambio reflexivo en la mentalidad de los pueblos a través de una diversidad de medios de comunicación y fuentes de información nunca antes vista. Aunque todavía no tienen el alcance masivo necesario para llegar absolutamente a toda la población, han superado las barreras intra-clasistas a través de una tecnología cada vez menos costosa y más accesible para los pueblos latinoamericanos, logrando un objetivo que hasta hoy en día ha sido clave: el poder contraponer y analizar hechos políticos, económicos y sociales a través de una mirada crítica y en pos de mejorar su calidad de vida.  

Este cambio en la mentalidad de los pueblos latinoamericanos ha sido acompañado por un cambio en el discurso político de la mayoría de los partidos de izquierda de la región. En este sentido, nos encontramos con dos cambios fundamentales que han sido los bastiones para que los partidos políticos más progresistas puedan llegar al poder en este siglo XXI.

El primer punto clave ha sido el fuerte componente nacionalista en la dialéctica de los partidos de izquierda. Aunque como hemos analizado la retórica nacional es falsa en sus bases cuando nos encontramos con sociedades tan desiguales, es muy efectiva en cuanto a la unión social a través de un objetivo común (deportivo, comunitario, institucional). Más aún en una región en donde el concepto patria ha sido realzado históricamente por las elites políticas y castristas, justamente para evitar que las diferencias sociales existentes provoquen un caos que desafíe el status quo. Por el contrario, la versión nacionalista de la nueva izquierda y de gran parte de la población más humilde en este siglo XXI, no posa su discurso en proezas militares o aranceles proteccionistas, sino que vierte su mirada en las mejoras socio-económicas para todos los pobres de las naciones latinoamericanas.    

Concatenándolo con el punto recién descripto, el otro factor diferenciador ha sido el pragmatismo promovido por los partidos de izquierda. La izquierda Latinoamérica menos radical (la mayoría), dejó de lado los ideologismos clásicos basados en discursos de épocas de guerra fría, y centraron sus posiciones en la problemática social como caballito de batalla para ganar las elecciones.  La idea de un cambio se montaba en dos principales motivos: a nivel mundial, la caída de la Unión Soviética y el “fracaso del Comunismo”, exacerbado por los ahora enormes holdings mediáticos Occidentales, le quitaron totalmente el encanto y el romanticismo de la pureza teórica. Por otro lado, en los ámbitos nacionales las palabras “comunista” o “socialista” no solo habían sido enseñadas por décadas como sinónimos de peligro y violencia, sino que muchos de sus partidarios habían sido perseguidos y asesinados mientras los partidos de izquierda eran desmantelados. Por lo tanto, las principales y más representativas voces de las camadas actuales encontraron en un discurso más “marketinero y pragmático”, la seducción necesaria para atraer los votos de las clases más desfavorecidas.  

En definitiva, los actuales gobiernos de izquierda tratan de parecerse más a las “social-democracias” europeas que a las antiguas estructuras mentales de la izquierda latinoamericana. Buscan utilizar sus mejores armas para ampliar el margen de maniobra, intentan insertarse en el sistema capitalista internacional dialogando y consensuando con las grandes corporaciones financieras e industriales nacionales e internacionales, y profundizan exponencialmente las políticas y programas sociales pero sin desafiar el status quo. Por lo tanto y a diferencia de lo que indicaría la teoría tradicional, la mayor parte de la izquierda se aggiorno y adaptó a la supra-estructura vigente.

¿Es posible y/o conveniente que se vuelva al viejo modelo de la izquierda más tradicional? Difícilmente ocurra en el corto plazo, con un comunismo mundial vencido y bastardeado – con logros pasados casi nunca realzados -, y aparatos locales que se asientan en una discursiva post-guerra fría. ¿Podrá entonces perdurar está “nueva izquierda” como gobierno – y no simplemente como oposición crítica – en América Latina? De ser así, ¿Cumplirá su cometido? 

Evidentemente, todavía quedan muchos puntos de mejora que son claves. Los vicios de corrupción institucional se mantienen y minan las eficiencias requeridas para lograr políticas de Estado efectivas que penetren profundamente en la población necesitada. Si a esto le agregamos la escasa predisposición para realizar reformas estructurales básicas que modifiquen de raíz las insoportables inequidades distributivas – llámese una adecuada reforma agraria, políticas anti-monopólicas, o programas que igualen el acceso a la salud y educación -, las deudas pendientes difícilmente se subsanen de manera definitiva; por lo menos en lo mediato.   

         
Finalmente y como lo habíamos mencionado, las estadísticas socio-económicas en la primera década del siglo XXI han sido alentadoras y avalan positivamente estos vientos de cambio para la mayoría de los pueblos latinoamericanos. Igualmente, no será tarea sencilla la cumplimentación de un proyecto a largo plazo que pueda llevar a los países de la región a un contexto de equidad y desarrollo sustentable para todos sus habitantes. Intereses corporativos y gubernamentales transnacionales, junto con la presión de las elites locales y las falencias partidarias intrínsecas (corrupción, administración ineficiente, disputas de contenido estrictamente electoralista), serán, sin dudas, obstáculos difíciles de sortear para lograr este objetivo.

Por ahora, la reconversión de la izquierda latinoamericana ha reflejado el principio de un cambio con algunas victorias incipientes. Pero la gran enseñanza que ha fecundado está vuelta de página en la región ha sido el entendimiento de su propia historia de los que siempre fueron marginados. La izquierda está triunfando porque la derecha nunca hizo bien las cosas. Y no debe perder la oportunidad histórica para realizar un verdadero cambio que mejore definitivamente la vida de todos, absolutamente todos, los habitantes de América Latina.

Política Económica de Brasil Septiembre-Noviembre de 2009

Centro Argentino de Estudios Internacionales 

Observatorio de Brasil, Número 2, Año I, Invierno/Primavera Sur 2009

http://www.caei.com.ar/es/pfp/brasil/brasil2.pdf

Autor: Pablo Kornblum

Un dato fundamental para la macroeconomía Brasileña ha sido el hecho que las cuentas públicas han mostrado un superávit de más de veinte mil millones de reales en los primeros siete meses de 2009. A pesar del fuerte decrecimiento con respecto al mismo período de 2008 – cuando totalizaba 68.580 millones de reales – el superávit actual brinda un todavía importante margen de maniobra para capear los resabios recesivos que parecen lentamente ir quedando en el pasado. Por otro lado, el PBI creció un 1,9% en el segundo trimestre con respecto al primero; la tasa de desocupación mantiene una tendencia decreciente – alcanzando el 7,5% en el mes de Octubre, contra el 8,1% en el mes de Agosto –; y el Banco Central de Brasil mantuvo las tasas de interés en un 8,75%, coherente con un escenario de inflación benigna – la inflación acumulada en los primeros nueve meses de 2009 alcanzó un 3,21%, número que está por debajo del 4,76 registrado en igual periodo de 2008 -. Esta situación es importante a nivel macroeconómico, ya que denota la ocupación, más que la preocupación, por parte del gobierno nacional por el incremento de los precios, aunque el contexto actual sea contrario a una situación de recalentamiento económico. Es importante recalcar que una baja inflación es positiva y necesaria en ciertas variables claves que acompañan al crecimiento económico. Finalmente y para concluir con los datos positivos, el déficit de cuenta corriente disminuyó a 2,311 millones de dólares en Septiembre, en relación a los 2,761 millones de dólares en el mismo mes de 2008. Esta realidad económica positiva de Brasil, sobre todo en términos relativos a nivel internacional, se explica principalmente por la actitud proactiva del Estado para enfrentar las diversas problemáticas que surgieron en un contexto mundial adverso en el último año y medio.

Una serie de decisiones políticas trascendentales lo demuestran día a día. Para comenzar, se observa la firmeza gubernamental para defender los 2000 puestos de trabajo y las inversiones previstas por parte de la empresa minera Vale, a pesar de su decisión de construir una acería de 3.700 millones de dólares en el Estado norteño de Pará. Los recortes previstos, seguramente por la coyuntura mundial desfavorable, no son una razón suficientemente sólida para el gobierno del presidente Lula, que entiende que la rentabilidad empresarial todavía es más que suficiente para continuar con los planes programados.

Por otro lado, el entendimiento de la importancia económica que brindan los recursos naturales, y que provocan un efecto diferenciador clave para una importante cantidad de sectores económicos que se ven altamente beneficiados con su uso, conllevan a una férrea defensa de un profundo y sustentable desarrollo gubernamental de los mismos. En este sentido, la nueva legislación gubernamental propone un aún mayor control de las reservas de crudo submarinas. Por otro lado, Petrobrás encontró petróleo y gas en otro pozo del bloque BM-S-9 en la Cuenca de Santos, que sumado a las enormes reservas de hidrocarburos ya halladas en la región del «presal», permitirán al país pasar del actual decimosexto lugar al octavo puesto en la lista de naciones con mayores reservas de petróleo a nivel mundial. En este aspecto, no hay amistades ni ideologías que puedan obstaculizar el pragmatismo internacional del gobierno Brasilero. La reunión entre Lula da Silva y Hugo Chávez en el mes de Octubre pasado, donde firmaron quince acuerdos cooperación en materia energética y petrolera, lo refleja claramente.

En relación a las políticas económicas propiamente dichas, la promovida regulación de los flujos financieros internacionales, a través de un 2% de gravamen sobre la inversión financiera extranjera que ingresa a través de la Bolsa o renta fija, y cuyo objeto es el de frenar la entrada masiva de divisas del exterior, será fundamental para evitar las presiones sobre el tipo de cambio y los desequilibrios macroeconómicos que esta situación conlleva. La experiencia vivida durante el período de la convertibilidad en la Argentina de los años 1990’ – con sus negativas consecuencias asociadas – , han sido una clara muestra de la falta de control en la entrada y salida de flujos del país. Profundizando en el contexto domestico, la exención impositiva para una serie de artículos para el hogar – que alcanza entre otros a algunos tipos de heladeras, lavarropas y microondas –, y que le costará al Estado unos 132,1 millones de reales, se muestra en concordancia con las políticas Keynesianas que estimulan el consumo y el mercado interno, mostrando la firme decisión gubernamental de promover un Estado activo en favor del sector industrial, bastión de la economía nacional.

En cuanto a las relaciones económicas internacionales, Brasil actuó conforme a su jerarquía internacional, pero apelando a la justicia y a las regulaciones acordadas. En este sentido, la amenaza de sanciones comerciales por un total de 800 millones de dólares contra los Estados Unidos, respaldadas totalmente por la OMC (Organización Mundial del Comercio), dan cuenta que el foco de la diplomacia se centra en pro de la justicia comercial internacional y en contra de cualquier tipo de sumisión económica.

Para reforzar el concepto, podemos afirmar que un país potencia no solo tiene que serlo y demostrarlo en términos fácticos, sino que los demás Estados también lo deben creer. Cuando el Tesoro Nacional anuncia la emisión de bonos de deuda con vencimiento en 2041 por 1250 millones de dólares en el mercado estadounidense y europeo, este hecho nos está indicando que el mundo cree en un Brasil sólido y con proyección de potencia mundial en el largo plazo.

Para concluir con el aspecto internacional, el que Brasil eleve los aportes al programa de Nuevos Acuerdos de Crédito (NAB) del FMI (Fondo Monetario Internacional), y que ello implique la obtención del derecho a veto en relación a la toma de decisiones dentro del Organismo, es un paso fundamental que conlleva a un mayor poder de decisión del país en el plano económico y financiero internacional.

Para ir cerrando el círculo de las diversas políticas aplicadas por el Estado Brasilero, debemos entender que la confianza es una variable clave en la realización de cualquier análisis económico. Y aunque la coyuntura y el corto plazo muestren algunos síntomas negativos – como el hecho de que Brasil redujo un 26% sus exportaciones de vacuno a la Unión Europea entre enero y agosto de 2009; o que el Sector Público Consolidado registró en septiembre un déficit fiscal de 5,763 millones de reales, comparado con el superávit de 6,618 millones de reales de septiembre de 2008 –, los augurios por parte del gobiernos son, como mínimo, esperanzadores.

Un claro ejemplo de ello han sido las declaraciones del Ministro de Hacienda en el mes de Octubre pasado, cuando afirmó que Brasil crecerá un 5% en 2010, y agregó que para el año 2026, el país aspira a convertirse en la quinta economía a nivel mundial. Esta visión positiva de parte del Estado que se derrama a toda la sociedad, brinda una sólida confianza a la población en relación a que si se mantienen las políticas de largo plazo, a pesar de coyunturas adversas que puedan acaecer, Brasil logrará ser una potencia mundial en un período prudencial de tiempo.

Antes de finalizar, hay que recalcar que a las directrices estatales, se le debe sumar un sector privado que acompaña la decisión política de lograr un Brasil potencia en el corto o mediano plazo. En este sentido, el sector privado juega un rol fundamental para que Brasil logre sus objetivos a nivel internacional. Las políticas de adquisiciones y fusiones que otrora caracterizaron al corporativismo transnacional de los países desarrollados, es reproducido en la actualidad por el empresariado Brasilero. La adquisición de la quebrada estadounidense avícola Pilgrim’s Pride Corporation por parte de la brasilera JBS SA, convirtiéndola en la principal procesadora de carnes del mundo, es un claro ejemplo de ello. Es sabido que en el actual sistema económico internacional, no hay Estado fuerte sin un mercado fuerte, ni viceversa.

Para concluir, el punto más importante a resaltar de este último periodo es el acuerdo de cooperación en materia de defensa con Francia. El mismo consolida definitivamente a Brasil como la potencia militar de la región latinoamericana. Más allá de la importancia económica que implica la transferencia de tecnología de punta y la capacitación del capital humano, no existe una potencia económica sin una potencia militar que lo respalde. La historia de la humanidad lo ha demostrado y el gobierno de Brasil lo sabe.

Las elecciones en Alemania, con solo unos pocos cambios a resaltar

Publicado en el diario BAE, 29 de Septiembre de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

La conservadora canciller alemana Angela Merkel logró el Domingo pasado un segundo mandato en las elecciones legislativas de su país. De inmediato, anunció que su partido, los conservadores democristianos (CDU/CSU) que obtuvieron la victoria con el 33,8% de los votos, formará un gobierno de centro-derecha con los liberales del FDP –terceros con  el 14,6%- , poniendo fin a la «gran coalición» con los socialdemócratas del SPD, que conquistaron solo el 23% de los sufragios.

En términos políticos, nos encontramos ante una elección conservadora, donde los dos partidos mayoritarios coquetearon con las ideas de centro para no perder su base electoral. Por ejemplo, en materia fiscal la CDU proponía bajar la tasa impositiva del catorce al doce por ciento, mientras que los socialdemócratas proponían reducirla al diez por ciento. Otro caso similar es en materia medioambiental, donde el SPD proponía respetar el plazo de 2020 para el abandono de la energía nuclear, mientras que los conservadores prefieren retrasar esa fecha y construir centrales de nueva generación. Por lo tanto, las diferencias han sido más bien marginales que estructurales, y las propuestas se basaron más en situaciones coyunturales y preelectorales que en proyectos a largo plazo superadores como podrían ser el cambio climático, las migraciones o el desarrollo social.

Sin embargo, podemos resaltar dos puntos importantes. Por un lado, la idea en común que sí tenían ambos partidos mayoritarios: La regulación del sistema financiero internacional. El SPD se focalizó en el control y la regulación del mismo para proteger a los trabajadores, mientras que la canciller del CDU Merkel se presentará en la cumbre del G-20 “con el ferviente deseo de marcar reglas a los bancos internacionales para que en el futuro una crisis como la actual no vuelva a producirse nunca más”. El colapso internacional que provocó los desequilibrios macro y microeconómicos en Alemania, puede debilitar a cualquier gobierno y erosionar gravemente su base electoral. Los coletazos a la economía nacional no solo provocan un aumento en las tasas de desempleo y el gasto social, sino que también potencian otras problemáticas sociales derivadas de la pérdida de competitividad internacional y el aumento de la inmigración. 

El otro punto importante es el crecimiento, lento pero sostenido, de los partidos políticos más modernos. Los Verdes, con una agenda centrada en la necesidad de proteger el medio ambiente y de equiparar los derechos de hombres y mujeres, obtuvieron el 10,6% de los sufragios. Mientras que el 28% de una nueva generación de votantes alemanes apoyó a otros grupos minoritarios. Desencantados con la vieja política y el incumplimiento de las plataformas electorales, muchos jóvenes alemanes se reniegan a reavivar viejas disputas ideológicas y teóricas macro-generalistas a las que consideran parte del pasado. Sus requerimientos se basan en deseos o inquietudes específicas, instantáneas e individualistas. Su importancia reside en su base electoral: al ser mayoritariamente juvenil, implica un potencial crecimiento en el mediano o largo plazo, donde estos partidos podrán pasar de ser minoritarios a mayoritarios dependiendo de la coyuntura socio-cultural que nos encuentre los próximos años.

Finalmente, podemos afirmar que ante las fallas sistémicas que han emergido en el escenario internacional, la coalición gobernante deberá actuar inteligentemente para hacer sustentable en el tiempo las bondades del alto nivel de desarrollo doméstico. Para ello, deberá utilizar su influencia a nivel global para promover políticas estructurales que mejoren la distribución de la riqueza en el mundo, fortalezcan los procesos de mejora del medio ambiente y refuercen la regulación económica necesaria para evitar nuevos colapsos financieros. De este modo, los síntomas negativos generados por la pérdida de competitividad y puestos de trabajo con economías de bajos salarios, el empeoramiento de la calidad de vida derivada de los efectos negativos del cambio climático, y las problemáticas sociales provocada por una inmigración desmedida, podrán ser mitigados; eliminando de este modo los principales obstáculos que amenazan con detener la marcha del motor que en las últimas décadas ha arrastrado a todo el resto de los países de Europa. 

Visión histórica de la política económica brasileña


Centro Argentino de Estudios Internacionales 

Observatorio de Brasil, Número 1, Año I, Otoño Sur – Septiembre de 2009

http://www.caei.com.ar/es/brasil.pdf

Con un patrón similar al resto de los países de América Latina, a mediados de Siglo XIX, Brasil comenzó a recibir inversiones de los principales centros mundiales de la época para el desarrollo de la producción de materias primas destinadas a la exportación. Existía un único fin: Abastecer a los países manufactureros de Europa y a los Estados Unidos, mientras ellos proseguían con sus respectivos procesos de industrialización.

En este sentido, la expansión de la economía primaria y especialmente la cafetera, permitió el financiamiento de la inmigración masiva, la construcción de vías férreas y el desarrollo de servicios públicos de energía, gas, comunicaciones y transporte. Las grandes extensiones de tierra en pocas manos, permitieron que los terratenientes observaran con beneplácito este proceso de reconversión productiva que les traería beneficios en el corto y mediano plazo. La problemática recién surgiría en las primeras décadas del siglo XX, cuando la conjunción de dependencia y deterioro de los términos de intercambio comenzó a mermar las arcas de la economía nacional.

Con la llegada de Getulio Vargas a la presidencia en la década de 1930, Brasil da un giro a su programa económico y promueve la industrialización en las zonas más pobladas del país, especialmente en las áreas del cemento, la celulosa y la siderurgia. La idea de contar con una política de industrialización por sustitución de importaciones a través del desarrollo de la producción doméstica, derivó en el primer plan quinquenal del gobierno de Vargas que se completó en el año 1943.

Los costos de las políticas industrialistas se comenzaron a observar durante el gobierno de Dutra en el último lustro de la década de 1940, cuando se apreció el valor del Real que desencadenó en un importante aumento de las importaciones para poder complementar la industria naciente. Esta situación se fue compensando con la creación y nacionalización de las industrias de base, como por ejemplo el nacimiento de la Compañía Siderúrgica Nacional y de Petrobrás en la década de 1950. Mientras tanto, la exportación de materias primas por parte de los grandes latifundios seguía teniendo su cuota de importancia para la economía nacional; aunque en contraposición, las fluctuaciones en precios y demanda no permitían proyectar un crecimiento sustentable para el país basado exclusivamente en una economía agrícola-ganadera.

A finales de los años 50’ y durante la década de 1960, el proceso de industrialización se expandió desde las industrias de base a las manufacturas de primero y segundo orden, entre los que se incluyen la industria automovilística, la petroquímica y la metalmecánica. A esto se le debe sumar el inicio y la continuidad de grandes proyectos de infraestructura de largo plazo, fundamentales para la promoción de una macroeconomía acorde a la necesidad de producir economías de escala y con la potencialidad que ello implicaba en su posición de país referente de América del Sur.

Tal como la mayoría de los países de América Latina, Brasil también absorbió los flujos de capital provenientes de las principales economías del mundo (léase Estados Unidos, Europa, Japón) luego de la crisis del petróleo y el exceso de liquidez con que se encontró la periferia durante la década de 1970. Pero a diferencia de otras economías regionales como la Argentina, donde la cúpula militar gobernante se mantuvo aliada incondicionalmente con la oligarquía agraria, el proceso de industrialización brasilero no se detuvo con la interrupción de los gobiernos democráticos en la década de 1960, sino que se profundizó consolidando a Brasil como la potencia industrial regional a finales de 1970. Los resultados de este proceso han sido claros: el Producto Bruto Interno (PBI) aumentó a una tasa promedio del 8,5% anual de 1970 a 1980.

Ya entrados los años 80’, el aumento de las tasas de interés en los países centrales conllevó a un exponencial aumento de la deuda externa acumulada en los años previos; esta situación derivó en un tipo de cambio insostenible, seguido de un proceso devaluatorio e inflacionario progresivo que afectó fuertemente a la presidencia de José Sarney, el primer presidente democrático después de dos décadas de una sucesión de gobiernos militares.

El fin de la década de 1980 encontró a Brasil en la finalización del proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones y con una apertura al embrión globalizador. El retroceso de una economía puramente industrialista, para reconvertirse lentamente en una economía tecnológica y de servicios, se complementó con la desarticulación de los proteccionismos sectoriales y el nacimiento de un Mercosur que parecía unificar los intereses de la región.

La última década del Siglo XX fue determinada por la disciplina fiscal propulsada por el Consenso de Washington. Los objetivos de las políticas de estabilización y ajuste eran el poder controlar la inercia inflacionaria arrastrada desde la década anterior (que se logró pasando de un 50% como promedio mensual a mediados de 1994, a menos del 0.5% en el año 1997) aumentando a su vez la productividad y eficiencia para competir en una economía mundial cada vez más compleja. En este sentido, las políticas de privatizaciones (durante la década de 1990 se privatizaron 65 empresas estatales y se otorgaron concesiones de 58 servicios públicos) y de flotación cambiaria controlada, cumplieron con los objetivos propuestos, consolidando un esquema macroeconómico más sólido que catapultó a Brasil definitivamente como la potencia regional. A finales del Siglo XX, Brasil ya estaba entre las diez economías más grandes del mundo, con exportaciones que llegaban a los 55.000 millones dólares para el año 2000.

En contraposición, dos problemáticas fundamentales seguían sin poder ser solucionadas. Por un lado, la desigualdad histórica-estructural se había incrementado aún más en los últimos años. La pobreza golpeaba con dureza a la mayor parte de la ciudadanía brasileña, donde según un informe del PNAD del año 1995, el 50% de la población más pobre solo recibía el 10% de la riqueza nacional. Por otro lado, la unión aduanera que implicaba el Mercosur, puesta en marcha en forma definitiva en 1994, no saldaría las divergencias entre sus miembros. La diferencia de tamaño de las economías (con quejas de los gobiernos del Uruguay y Paraguay por su poco poder decisorio ante las problemáticas regionales y globales), sumado a la independencia de las políticas macroeconómicas nacionales de sus miembros, conllevaron a discrepancias que debilitaron la finalidad del acuerdo. Un claro ejemplo han sido las diferencias entre las dos economías más grandes y principales socios comerciales: mientras la Argentina propiciaba la paridad cambiaria 1 a 1 en relación al dólar, Brasil llevaba a cabo una política de flotación cambiaria controlada.

A pesar de las deudas pendientes y los sobresaltos ocasionados en los contagios financieros potenciados por la globalización a finales del Siglo XX (incluido un fuerte coletazo que golpeó al país en los años 1998 y 1999), el comienzo del siglo XXI ya encontraba a Brasil como una potencia de peso y no solo de nombre para liderar los temas clave que afectan al mundo actual. Más aún, en el año 2001, el economista Jim O’ Nelly, del Grupo Goldman Sachs, acuñó el concepto de BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al ver que estos cuatro países se observaban como las próximas economías potencia. Su presunción no ha sido errónea: los BRIC en conjunto, que ocupan el 22% de la superficie continental y reúnen el 41,6% de la población mundial, poseen el 27% del PBI mundial según datos del Banco Mundial del corriente año.

En el año 2002 se produce un cambio de paradigma. Por primera vez en la historia del país, un obrero metalúrgico del Partido de los Trabajadores es electo presidente. Sin enfrentar a las estructuras capitalistas arraigadas a la historia del Brasil, el presidente Lula Da Silva optó por un proyecto de desarrollo económico que comprendía la inclusión social como su eje central, con la razón de poder enfrentar, de esta manera y en el corto plazo, las profundas problemáticas estructurales, como son la desnutrición y la extrema pobreza, que afectan a una significativa parte de la población brasilera.

En este sentido, el gobierno del Brasil comenzó a basarse en las algunas teorías económicas modernas, donde el foco de las políticas no solo se centra en el crecimiento económico, sino que apuntan a un incremento de la producción de bienes y servicios, pero con el agregado de un desarrollo sustentable de los recursos humanos y naturales. Para la consecución de estos objetivos, el presidente Lula incrementó el gasto y la inversión pública a través de una activa participación estatal, con foco en políticas sociales y educativas, de infraestructura, y de financiamiento a las pequeñas y medianas empresas.

Por otro lado, ha tomado vital importancia el desarrollo y la explotación de los recursos naturales como generador de divisas, especialmente en relación a la industria petrolera y los combustibles limpios como el etanol. En el caso del petróleo, podemos mencionar que en el mes de noviembre de 2007 se oficializó el hallazgo de crudo de alta calidad a 300 kilómetros de las costas brasileñas y a una profundidad de 6 mil metros de la superficie del mar. La industria petrolera estatal mueve en la actualidad unos 8 mil millones de dólares, lo que representa alrededor de un 10 por ciento del Producto Bruto Interno. Más aún, según un anuncio del Ministro de Minas y Energía, Edison Lobao, en Julio de 2009, Brasil ha decidido crear una nueva empresa estatal petrolera que compartirá las ganancias de la extracción de crudo con las operadoras privadas en los mega yacimientos submarinos de la Cuenca de Santos.

Por otro lado, las exportaciones de etanol del país son las mayores del mundo, sumando 5.16 mil millones de litros en 2008, siendo el principal destino de exportación los Estados Unidos de Norteamérica. Además, se utiliza el bagazo de caña para generar bioelectricidad, como así también se han creado bio-refinerías para la producción de plástico compuesto enteramente de caña. En datos de 2008, la agro-energía generada a partir de caña de azúcar ya es la segunda fuente de energía más importante del país (representa el 16 por ciento del total), después del petróleo (que aporta 36,7 por ciento) y por encima de la hidroelectricidad (14,7 por ciento).

En cuanto a la política internacional, el gobierno del presidente Lula mantuvo durante todo su gobierno relaciones cordiales con el resto del mundo, ya sea a nivel bilateral, regional o intercontinental. Además, Brasil ha reforzado su rol de potencia regional en el aspecto económico, ya sea tanto a través de su poder de negociación en las rondas de la Organización Mundial de Comercio, como en su posición de país promotor de un comercio mundial más justo. Está fortaleza se basa tanto en la creciente expansión del populoso mercado interno, como así también en su política de fomento de las exportaciones.A nivel político, su situación de liderazgo no es tan clara. A pesar de la mancomunión progresista de la mayoría de los países de la región, el presidente venezolano Hugo Chávez compite por ese status al proveer una retórica más populista que ha logrado apoyos y adeptos en toda América Latina, incluyendo la simpatía de gran parte de los partidos políticos progresistas moderados que conquistaron el poder en la primera década de este siglo.

A pesar de algunas diferencias en los modos y las formas,en el mes de Mayo de 2008 se constituyó la UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas). La misma ha sido conformada por Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela; siendo su principal objetivo construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión cultural, social, económica y política entre sus pueblos, otorgando prioridad al diálogo político y con miras a eliminar la desigualdad socioeconómica, lograr la inclusión social y la participación ciudadana, fortalecer la democracia y reducir las asimetrías en el marco del fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados. Esta construcción ha sido un gran paso adelante para toda la región, donde se ha llegado a un entendimiento y un acuerdo colectivo sobre la necesidad de un desarrollo endógeno de los pueblos latinoamericanos.

En cuanto a la situación mundial y su afectación sobre Brasil, el continuo debilitamiento norteamericano durante los primeros años de este siglo, sumado a la ya mencionada importancia de la escasez de recursos naturales a futuro para mantener los niveles de crecimiento y desarrollo (incluyendo la alimentación y el mantenimiento de los factores productivos necesarios para el funcionamiento de las economías), han conllevado a que en los últimos años, los principales actores de la arena internacional (China y Rusia entre otros) encuentren en las bondades del suelo y el amazonas brasileño un refugio más que tentador para sus inversiones y sus deseos de posicionarse geo-políticamente en el tablero global. Los datos hablan por sí solos: Según el Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria, cuatro millones de hectáreas brasileñas se encuentran registradas a nombre de extranjeros. De ese total, más de la mitad se encuentra en la Amazonia. En la actualidad, Brasil continúa enfrentando la crisis financiera internacional. El mismo ministro de Planificación de Brasil, Paulo Bernardo, afirmaba que el Producto Interno Bruto (PIB) de Brasil no crecería en 2009. «Este año tendremos un crecimiento cero», fueron sus palabras a principios del corriente año.

Para contrarrestar la coyuntura, el gobierno comenzó a utilizar las armas que han caracterizado a todo el período presidencial del mandatario Lula da Silva: facilitar el crédito, aumentar el gasto público, y estimular el consumo, han sido las principales medidas contracíclicas. Estas políticas parecen haber dado resultados: Según cifras divulgadas por el gobierno en Julio de 2009, Brasil generó este año 401.254 nuevos empleos formales, cerca de la mitad de los que perdió entre noviembre del año pasado y enero de 2009 como consecuencia de la crisis.

Sin embargo, Brasil todavía tiene mucho que mejorar. En el Índice de Desarrollo Humano que realiza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo -que mide variables como la educación, la esperanza de vida, la tasa de alfabetización y la calidad de vida en 179 países-, Brasil ocupa el puesto número setenta. Y aunque en el ranking anual del Fondo Monetario Internacional Brasil se encuentra actualmente décimo en términos de su Producto Bruto Interno, en contraposición se ubica en el octogésimo lugar en relación al Producto Bruto Interno per cápita.

Poder sacar a los millones de brasileños de la pobreza y disminuir las inconcebibles desigualdades socio-económicas es la deuda pendiente de aquí a futuro. El presidente Lula ha venido realizando políticas destinadas a ello durante todo su mandato. Para citar un ejemplo reciente, en Junio de 2009 promulgó una ley que regulariza la tenencia de tierras en la floresta por individuos que, en el pasado, se apoderaron de ellas en forma ilícita para cultivar soja y realizar actividades pecuarias. Esto ha significado la entrega de 67,4 millones de hectáreas a manos de personas físicas, familias, que podrán disponer de extensiones de hasta 1.500 hectáreas cada una de ellas.

Lamentablemente, como las falencias son históricas y denotan décadas de desidia y falta de políticas socio-económicas acordes, la actualidad también implica la necesidad de un desarrollo coherente y sustentable en el largo plazo. La búsqueda de consensos entre todos los partidos para realizar un verdadero cambio cultural y político estructural, será la clave para que una nueva institucionalidad perdure en el tiempo y los esfuerzos temporales o coyunturales no se desvanezcan. De este modo, los más humildes podrán, finalmente y de manera definitiva, profundizar sus vidas en el ciclo virtuoso del estudio y el trabajo, evitando de esta manera hundirse en el círculo vicioso de la violencia y la pobreza.

¿Australia llega al acuerdo de libre comercio con los Estados Unidos?

Publicado en la la revista AGENCIA INTERNACIONAL, visión desde el sur; Año 2, Número 7, Enero-Marzo de 2006.

Autor: Pablo Kornblum

Australia: Las causas para llegar a un acuerdo bilateral de libre comercio con los EEUU.

Introducción:

En los últimos 20 años, Australia había tratado de llegar a un acuerdo bilateral de libre comercio de libre comercio con los Estados Unidos que mejoraría la competitividad de ambos países y promocionaría una relación económica más igualitaria y justa. La idea de un acuerdo bilateral se concretó en Febrero de 2004, y después de algunos meses ajustes, se puso en práctica el 1ro de Enero de 2005.1

¿Porqué Australia decidió entrar a este acuerdo?
Las exportaciones a los Estados Unidos representan el 11% de las exportaciones totales de Australia. Por lo tanto, cualquier cambio en las relaciones entre los dos países tiene un impacto significante en la economía Australiana.2 Actualmente Australia esta compitiendo regionalmente con países en desarrollo que se encuentran en pleno crecimiento y que están utilizando sus bajos salarios y devaluadas monedas para penetrar en el vasto mercado norteamericano. Teniendo la garantía de un acuerdo preferencial para algunas áreas vitales de su economía, el gobierno australiano asegura que el acuerdo bilateral de libre comercio, denominado FTA (Free Trade Agreement en sus siglas en Inglés), traerá un incremento anual de 2 billones de dólares americanos en el PBI Australiano hasta el año 2010.3
El estar cerca de una región tan inestable (sobre todo por el sudeste asiático) también provoca miedo a una posible futura crisis económica. Para evitar incertidumbres, el gobierno australiano cree fehacientemente en la futura estabilidad de los Estados Unidos como la superpotencia económica hegemónica. Un australiano miembro del grupo que promueve el acuerdo de libre comercio bilateral entre ambos países (el Australia US Free Trade Agreement Business Group) dijo que el acuerdo ?apuntala a la economía de Australia por los próximos 50 años?. 4 Como Mark P. Thirlwell explica, lograr acuerdos con los mayores actores globales en términos económicos por lo menos minimiza las distorsiones que implica firmar una mayor cantidad de acuerdos con muchas economías pequeñas.5 

El gobierno Australiano plantea con una pregunta otra razón válida por la cual ve como muy favorable el haber llegado en un acuerdo bilateral preferencial: ¿Sino hay un acuerdo bilateral, que opciones quedan para comerciar en este mundo globalizado? La respuesta es simple: Acuerdos regionales o multilaterales. El Australia US Free Trade Agreement Business Group da una explicación de porqué el gobierno Australiano llegó al FTA bilateral con los Estados Unidos: El lento progreso y la falta de consenso en las negociaciones multilaterales (como vimos que ocurrió en estos días en la ronda del OMC en Hong Kong), no es beneficioso para las compañías australianas.6

Los grupos domésticos de presión también influencian las decisiones gubernamentales, y en este caso en particular, los que estuvieron de acuerdo con el FTA vinieron especialmente de aquellos sectores más poderosos y con mayor capacidad de lobby. Podemos mencionar, entre otros, a empresas transnacionales que trasladaron sus fábricas al exterior, grandes terratenientes con capacidad exportadora, o financistas con importante flujos de capitales de alta disponibilidad. 7 

Finalmente, el gobierno australiano ha relacionado el FTA con la alianza de seguridad que fortaleció con los Estados Unidos post 11 de Septiembre. Australia depende de los Estados Unidos para repeler cualquier agresión externa (sus fuerzas armadas rondan los 50.000 hombres). Corea del Norte, China e Indonesia siguen siendo temas álgidos dentro de la agenda australiana, por lo que para el gobierno cualquier otro tipo de relación más allá de lo estrictamente militar, será útil para fortalecer la relación bilateral. Para mostrar la importancia del FTA, el más reciente informe del gobierno Australiano en comercio y asuntos exteriores (DFAT), resaltaba que el FTA ?pone nuestras relaciones económicas a la altura de nuestras relaciones políticas y militares?.8

Conclusión:

El gobierno Australiano ha realizado el FTA con los Estados Unidos por varias razones; desde asuntos estrictamente económicos hasta una pura estrategia militar, pasando por asuntos de política nacional.
En estos momentos donde se debate la forma que nuestro país debe insertarse en la globalización y se discute el modo de encarar la relación con los Estados Unidos, (ya sea a través del Mercosur, el ALCA o a través de acuerdos económicos bilaterales), el estudiar otros ejemplos (aunque el contexto regional e histórico sea diferente), nos llevará a encontrar similitudes y diferencias que nos harán reflexionar sobre cual es nuestra mejor opción. 
Referencias:

1 Phillips, D. 2005, Reordering the world: An interpretive introduction to American Foreign Policy, University of Sydney, Sydney, p. 89.
2 Hawthorne, S. 2003, Why the Australia-United States Free Trade Agreement is Bad for Us, Department of Communication, Language and Cultural Studies, Victoria University, St Albans Campus, Melbourne, Australia.
3 Phillips, D. 2005, Reordering the world: An interpretive introduction to American Foreign Policy, University of Sydney, Sydney, p. 89.
4 The Australia United States Free Trade Agreement Group, Available:  http://www.austa.net
5Thirwlwell, M. 2004, The Good, the Bad and the Ugly: Assessing Criticism of the Australia-United States Free Trade Agreement, Lowy Institute for International Policy, Sydney.
6 The Australia United States Free Trade Agreement Group, Available:  http://www.austa.net
7 Hawthorne, S. 2003, Why the Australia-United States Free Trade Agreement is Bad for Us, Department of Communication, Language and Cultural Studies, Victoria University, St Albans Campus, Melbourne, Australia.
8 Australian Free Trade & Investment Network, Available: http://www.aftinet.org.au

Biografía:

? Australian Free Trade & Investment Network, Available: http://www.aftinet.org.au
? Hawthorne, S. 2003, Why the Australia-United States Free Trade Agreement is Bad for Us, Department of Communication, Language and Cultural Studies, Victoria University, St Albans Campus, Melbourne, Australia.
? Phillips, D. 2005, Reordering the world: An interpretive introduction to American Foreign Policy, University of Sydney, Sydney.                                                      
? The Australia United States Free Trade Agreement Group, Available:  http://www.austa.net
? Thirwlwell, M. 2004, The Good, the Bad and the Ugly: Assessing Criticism of the Australia-United States Free Trade Agreement, Lowy Institute for International Policy, Sydney.

¿Deben las naciones darle la bienvenida o temerle a la OMC?

Publicado en la la revista ÁGORA INTERNACIONAL; Año 2, Número 3, Mayo de 2007.

Autor: Pablo Kornblum

¿Deben las naciones darle la bienvenida o temer a la OMC?

Los Estados-Naciones y su política exterior:

El Estado-Nación ha sido visto tradicionalmente como el actor clave en las políticas-de comercio internacional. En esta visión, los gobiernos de los Estados-Nación articulaban los intereses políticos de sus conciudadanos para realizar políticas de comercio y negociación con otros gobiernos y actores internacionales para alcanzar objetivos de política.1 Una visión más contemporaria sostiene que los Estados-Nación han visto sus poderes pulverizados por el crecimiento del capital transnacional, la tecnología y el crecimiento en la difusión de autoridad hacía otras organizaciones internacionales, como la OMC. 2  Este ensayo intentará responder si los Estados-Nación deben temerle o darle la bienvenida a la OMC, explicar los propósitos de la OMC,  y como los Estados-Nación (donde también se mostraran las diferencias entre ellos) y otros actores han tomado diferentes perspectivas y acercamientos a la OMC en calidad de obtener el mayor beneficio.

La Organización Mundial de Comercio

La Organización Mundial de Comercio (OMC), creada en 1995, es la sucesora y a su vez la organización que incorpora al GATT (el cuerdo general de comercio y aranceles); un tratado entre los mercados económicos Occidentales firmado al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Hubo acuerdos entre los países miembros para regular los tiempos en los cuales se pueden incrementar las barreras comerciales (especialmente los aranceles), con el objetivo de prevenir que se utilicen políticas comerciales que puedan dañar otros países. El GATT pasó ocho rondas de negociaciones multilaterales, culminando en la Ronda de Uruguay con la creación de la OMC. 3 La OMC se hizo cargo de temas que el GATT no había cubierto, entre los que se incluyen el comercio de servicios, los aranceles sobre agricultura, y la protección de la propiedad intelectual. También ofrece y ayuda a fortalecer más amplias, profundas y transparentes reglas para lograr acceso a mercados sin ningún tipo de discriminación.4
Además, la OMC no le indica a los gobiernos como deben conducir sus políticas comerciales. 5 Es una organización que no actúa en oposición de las supuestamente ?intervencionistas? políticas de los estados; es en cambio un instrumento por el cual las políticas nacionales se reconcilian.
Finalmente, podemos decir que la OMC es el foro donde se legitimizan los principios y normas ? una fuente de información; un lugar para discutir las reglas, tomar decisiones, y solucionar las disputas.6

Deben los Estados-Nación brindarle la bienvenida o temerle a la OMC?

Una perspectiva general:

Tratando de resolver los crecientemente complejos temas políticos, sociales y económicos de un mundo cada vez más globalizado7, la OMC ha traído consecuencias tanto negativas como positivas para los Estados-Nación.

Perspectivas positivas:

La creación de la OMC ha ayudado a preservar la soberanía nacional ante la presencia de la globalización. Proveyendo disciplina sobre temas como los aranceles, el objetivo es preservar la soberanía de los gobiernos miembros y mejorar las relaciones entre ellos.8 Sin el GATT y luego la OMC, el mundo podría haber caído en una guerra comercial o una serie de devaluaciones competitivas e incrementos de aranceles, como ocurrió en los años 1930s. 9

Además, las restrictivas reglas de la OMC, en vez de limitar el foco del activismo estatal, ha llevado a que los países se centren más en la tecnología y los estimula a tener un acercamiento más estratégico y dinámico sobre las políticas comerciales.10

Para agregar otro punto, los tratados internacionales actúan como un mediador externo; pueden fortalecer el poder del gobierno y cambiar el balance de poder de los grupos de intereses dentro de la esfera doméstica.
Las negociaciones intergubernamentales y el cumplimiento de las obligaciones internacionales  ayudan a proteger a los gobiernos contra los poderosos intereses proteccionistas del ámbito local, y a su vez realizan un fuerte apoyo a los grupos exportadores locales. Las reglas de la OMC  proveen derechos de accesos a los mercados para las exportaciones, y al mismo tiempo derechos contra la protección arbitraria sobre las importaciones. Esto es particularmente importante para los países en desarrollo.

Finalmente y probablemente lo más importante (aunque muchas veces desestimado), las reglas multilaterales pueden ser el empujón necesario para que se lleven a cabo las reformas domésticas necesarias que busquen fortalecer la claridad, coherencia y credibilidad de la política comercial para los ojos de los exportadores, importadores, inversores locales y extranjeros y también y no menos importante, los consumidores. Este es otra manera de decir que la OMC  tiene como mejor cualidad el hecho de poder ayudar a la buena gobernabilidad nacional.11

Perspectivas Negativas:

Primero que nada, dado el substancial crecimiento en el rango y la autoridad de las leyes de globales de comercio (como Razzen la nombre, la  ?hiperinflación de la OMC?)12, muchos grupos civiles han desarrollado considerables intereses en la OMC. Con una influencia muy importante en la distribución de recursos alrededor del mundo, la institución ha pasado a ocupar un prominente lugar en la agenda de numerosos lobbys empresariales, sindicatos de trabajadores, organizaciones agrícolas, grupos ambientales, asociaciones feministas, sindicatos de consumidores, defensores de los derechos humanos, think-tanks, y otros elementos de la sociedad civil.  Muchos de estos actores no gubernamentales buscan un contacto directo con la OMC, salteando las autoridades gubernamentales para insertarse dentro de la institución multilateral.13 Por ejemplo, un ejemplo de lo que Bhagwati llama ?meterse por la puerta trasera?, son los intereses organizados en países ricos que presionan por un complejo, costoso y rígido estándar legal en la OMC, para a que a través de las disputas dentro del organismo, les sea más fácil lograr sus objetivos proteccionistas en perjuicio de países menos desarrollados que no tienen la posibilidad de afrontar los gastos que implican los nuevos estándares.14

El nacionalismo es otro tema donde la OMC parece ser un actor limitante para los Estados-Nación. Por ejemplo, muchas de las objeciones sobre la participación de los Estados Unidos en la WTO son expuestos en el congreso de los Estados Unidos y también entre algunas elites políticas, medios de comunicación y miembros del mundo académico. Ellos centran su idea de que aceptando la jurisdicción de la OMC en disputas comerciales (que por supuesto incluyen decisiones en conjunto que tomen otros países), estarán obstaculizando y sentando precedente sobre las decisiones de las cortes norteamericanas.15  Este es un ejemplo común donde los gobiernos podrían estar renunciando a un elemento vital de su soberanía en manos de un cuerpo transnacional o supranacional.

Finalmente, podríamos decir que la OMC es la organización internacional más importante que regula el mundo del comercio y dictamina sobre las disputas económicas entre estados. La idea es cada país miembro debe tener la voluntad para seguir estar reglas.
El problema se desata cuando aparecen algunas áreas donde la OMC no extiende su autoridad. Las áreas ?muy discutidas- donde la OMC no ha extendido su autoridad son los estándares laborales y temas ambientales. Por ejemplo y a pesar de que muchos países desarrollados utilizan a su favor políticas comerciales para este propósito, hay resistencia desde el mundo en vías de desarrollo, como así también de corporaciones que emplean trabajo y construyen fábricas en el tercer mundo que han prevenido que estos temas ni siquiera sean discutidos.16  Estas presiones probablemente lleven a una auto-defensiva ?carrera hacia abajo?, en la cual cada gobierno se resista a incrementar (y hasta reduzca) ? los estándares laborales y ambiéntales que le aplican a sus productores, para preservar o mejorar la competitividad de estos en el mercado internacional.17

Diferencias entre Estados-Nación ricos y pobres:

Hoy en día, las diferencias entre países desarrollados y en desarrollo existen en cada área de estudio. Y la OMC no es la excepción:
Una cuestión que se discute regularmente en los ámbitos académicos es ¿Que poder de negociación tiene cada miembro en cada fase del proceso de negociación dentro de la OMC? Básicamente, la gran mayoría de los miembros solo tiene algún poder al principio donde se pueden oponer a apoyar el lanzamiento de una ronda, mientras que las potencias como Estados Unidos o la Unión Europea tienen un poder de negociación a través de todo el proceso, ya que participan activamente en todas las fases de las negociaciones. Por consiguiente, la mayoría de las rondas han sido largas batallas entre Estados Unidos y la Unión europea, con el resto persiguiendo una agenda muy reducida donde solo tiene poder para firmar compromisos que diriman alguna diferencia bilateral entre los Estados Unidos y la Unión Europea.

Sin embargo, los que preparan la agenda de los países más poderosos deben tener buena información sobre las preferencias de cada país, y ser tolerantes ?sobre todos los temas que podrían ser cubiertos- para entender las potenciales zonas de acuerdo en un paquete que sea aceptable para todos.18 

Finalmente, otros miembros de la sociedad civil son también el puente entre el mundo  desarrollado y en vías de desarrollo. Nader pone como ejemplo a las compañías multinacionales que pueden usar a los países en desarrollo para forzar cambios en países desarrollados a través de la OMC. Él explica que firmas transnacionales que buscan conquistar el vasto mercado americano pueden ?contratar? gobiernos de pequeños países para presionar en la OMC contra los Estados Unidos, y así debilitar la protección que los Estados Unidos tiene sobre sus leyes ambientales, laborales y de protección a los consumidores.19

Beneficios para los Estados-Nación más poderosos y desarrollados:

Los Realistas largamente han argumentado que ?empíricamente- los países más poderosos solo permiten las decisiones mayoritarias en organizaciones que son legalmente competentes para producir leyes ?suaves?, para que exista un bajo riesgo sobre las resoluciones que los pueden afectar.20  Además, es posible que los estados más poderosos respeten las reglas y los procedimientos, y a la vez, realicen practicas para eludir los contratiempos intrínsicos a esas reglas.21

Por otro lado, las naciones más poderosas suelen usar su influencia para dominar a las de menor peso en las votaciones; y el uso de ?palos y zanahorias? para apoyar la adopción de resoluciones de la OMC, es una manera de ver las reacciones de algunos de los países en desarrollo y también para decidir el futuro de las relaciones bilaterales (no solo en materia económica, sino también en cuestiones políticas, militares y en otras áreas de interés). 

Los países poderosos son los únicos que tiene continuamente la capacidad para evadir las decisiones de la OMC y de esta manera poder favorecer a grupos de intereses locales ó a un más conveniente plan macroeconómico. Por ejemplo, en datos de 1998, las naciones de la OECD gastaron un total de 362 billones de dólares para apoyar políticas agrarias, llegando al increíble monto de de 363 dólares per cápita en los Estados Unidos, 381 dólares en Europa y 449 dólares en Japón. Las formas más comunes de políticas intervencionistas son subsidios, barreras arancelarias, y medidas fijadoras de precios.22

Finalmente, mientras que las negociaciones comerciales tienen forma de apertura de mercados, cláusulas de mercado, o una combinación de ambas, los más grandes y desarrollados mercados están más preparados que los mercados pequeños para las negociaciones comerciales. La magnitud de la economía doméstica y el impacto político dado un cambio absoluto en el acceso al comercio varía inversamente con la envergadura de la economía nacional. Como consecuencia, las economías más grandes tienen muchas más posibilidades de comercio doméstico que las de menor mercado interno en caso de cambios en la balanza comercial.23

Beneficios para los Estados-Nación en vías de desarrollo:

Primeramente, el consensuar puede darles más oportunidades e incentivos a los diplomáticos de los estados más débiles para que le provean información sobre sus preferencias a los estados más poderosos. Esto es, si los países más débiles perciben que la información que ellos proveen va a ser tomada en cuenta por los más poderosos cuando preparan la agenda, entones tienen un incentivo para ofrecerles información detallada sobre sus preferencias.24

Como segundo punto, países en vías de desarrollo que tratan de resistirse el proceso de confeccionamiento de la agenda no dando a conocer sus preferencias, corren el riego que no tengan en cuenta sus intereses en el armado del paquete final de propuestas. 25 Si son excluidos pueden perder más que si son incluidos aunque tengan un poder marginal. Como consecuencia, la participación en lugar de la exclusión será más beneficiosa para sus intereses. 

Una buena estrategia durante las rondas de la OMC puede traer además importantes beneficios para los países en vías de desarrollo. Por ejemplo, India tuvo dos fracasos en las rondas de Uruguay y Doha, porque solo se dedicaron a bloquear los proyectos que los perjudicaban desde todos frentes posibles. Por otro lado, Brasil ha obtenido buenos resultados buscando diferenciar intereses y adoptando un mix de posiciones defensivas y ofensivas (especialmente formando coaliciones durante las deliberaciones). 26

Finalmente, un volumen determinado de liberalización comercial le ofrece proporcionalmente mayor bienestar y empleo a los países más pequeños (como así también una mayor implicación política) que los de mayor envergadura.27

Conclusión

Los regímenes internacionales son esenciales dado que el orden internacional no es algo dado por alguna fuerza de la naturaleza: La OMC es una construcción política que responde a cambios en las sociedades y los mercados. Los Estados-Nación no deben ni temerle ni darle la bienvenida a la OMC, simplemente deben lidiar con ella para sacarle el máximo beneficio posible. Una participación efectiva en las rondas de la OMC requiere de un eficiente mecanismo de decisiones de política comercial en los respectivos países. Una precisa definición sobre los intereses nacionales en la formulación de políticas, con un fuerte sentido en como las políticas comerciales encajan dentro de la estrategia de la economía nacional (incluyendo una efectiva implementación interna de medidas unilaterales y acuerdos internacionales), es importante antes de empezar a lidiar con otros países en las rondas de negociaciones de la OMC. 28

Además, los países no solo tienen que ?encontrar? espacio para moverse, sino también deben pensar en estrategias para creativamente crear esos espacios. Ejemplos van desde nuevos tipos de sociedades comerciales que incluyan al gobierno para expandir las exportaciones, siguiendo por mejorar las técnicas para incrementar la inversión extranjera, hasta la comercialización de la base de conocimientos que tiene la nación.29

Para finalizar, se podría decir que las diferencias económicas han existido desde antes de la creación de la OMC y no desaparecerán en el corto plazo; pero si los países pueden mejorar sus políticas y además respetar las reglas y decisiones de la OMC, el bienestar general del mundo entero mejorará, y la brecha entre el mundo desarrollado y los países más atrasados podrá ser acortada.  

Referencias:

1 Pigman, G.A, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, p. 194.
2 Strange, S. 1996: The retreat of the State, Ch. 1, Cambridge University Press,       p.4.
3 Schott, J. 1996, The future role of the WTO in World trade after Uruguay round, eds. H. Sander and A. Inotai, Routledge, London, p. 105.
4  Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round,  Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute, p.5.
5 WTO 2000: Seven Common Misunderstandings about the WTO in F.J Lechner & J. Boli 2000: The Globalization Reader, p. 236.
6  Wolfe, R, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade    Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, p. 210.
7 OECD 1999, Policy Coherence Matters, Paris, p.9.
8 Bagwel, K & R.Straiger 2001, National Sovereignty in the world trading system. Harvard International Review.
9 Deardoff, A.V. and R.M.Stern 2002, What you should know about globalization    and the World Trade Organization, Review if International Economics, vol.10, no.3, p. 413.
10 Weiss, L 2005: Global Governance, National Strategies: How states Make Room to move under the WTO. Review of International Political Economy, December (forthcoming), p.2.
11 Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round,  Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute, p.3.
12 Ibid, p.8.
13 Scholte, J.A., O?Brien R. and Williams M. 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, p. 163.
14 Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round,  Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute, p.6.
15 Pigman, G.A, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, p. 195.
16 Deardoff, A.V. and R.M.Stern 2002, What you should know about globalization    and the World Trade Organization, Review if International Economics, vol.10, no.3, p. 415.
17 Bagwel, K & R.Straiger 2001, National Sovereignty in the world trading system. Harvard International Review.
18 Steimberg, R.H. 2002, In the shadow of law and power? Consensus-based bargaining and outcomes in the GATT/WTO, International Organization, vol 56, no2, p. 361.
19 Pigman, G.A, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, p. 199.
20 Steimberg, R.H. 2002, In the shadow of law and power? Consensus-based bargaining and outcomes in the GATT/WTO, International Organization, vol 56, no2, p. 340.
21 Ibid. 346.
22 Davis, C.L 2003, Food fights over free trade, Princeton University Press, New Jersey, p.5.
23 Steimberg, R.H. 2002, In the shadow of law and power? Consensus-based bargaining and outcomes in the GATT/WTO, International Organization, vol 56, no2, p. 347.
24 Ibid, 367.
25 Ibid, 367.
26 Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round,  Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute, p.28.
27 Steimberg, R.H. 2002, In the shadow of law and power? Consensus-based bargaining and outcomes in the GATT/WTO, International Organization, vol 56, no2, p. 347.
28 Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round,  Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute, p.29.
29 Weiss, L 2005: Global Governance, National Strategies: How states Make Room to move under the WTO. Review of International Political Economy, December (forthcoming), p.16.

Bibliografía:

? Bagwel, K & R.Straiger 2001, National Sovereignty in the world trading system. Harvard International Review.
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? OECD 1999, Policy Coherence Matters, Paris.
? Pigman, G.A, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, pp. 194-207.
? Razzen, Sally 2003, Whiter the WTO? A progress report on the Doha Round, Trade Policy Analysis Paper #23, Cato Institute.
? Scholte, J.A., O?Brien R. and Williams M. 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, pp. 162-178.
? Schott, J. 1996, The future role of the WTO in World trade after Uruguay round, eds. H. Sander and A. Inotai, Routledge, London, pp. 105-114.
? Steimberg, R.H. 2002, In the shadow of law and power? Consensus-based bargaining and outcomes in the GATT/WTO, International Organization, vol 56, no2, pp. 339-374.
? Strange, S. 1996: The retreat of the State, Ch. 1, Cambridge University Press.
? Weiss, L 2005: Global Governance, National Strategies: How states Make Room to move under the WTO. Review of International Political Economy, December (forthcoming).
? Wolfe, R, 1999, The World Trade Organization and Civil Society in Trade Politics, eds. B Hocking and S. Mc Guire, Routledge, London, pp. 208-224.
? WTO 2000: Seven Common Misunderstandings about the WTO in F.J Lechner & J. Boli 2000: The Globalization Reader.

¿Es la economía socialista de mercado solo otra forma de nombrar al capitalismo?

Publicado en la la revista AGENCIA INTERNACIONAL, visión desde el sur; Año 2, Número 8, Marzo-Junio de 2006.

Autor: Pablo Kornblum

Introducción:

Para empezar a responder la pregunta debemos definir que es una economía socialista y una economía capitalista. Para simplificarlo, si entendemos una economía completamente socialista como aquella economía donde el estado es el dueño de todos los medios de producción y donde no hay propiedad privada, entonces China definitivamente no es una economía socialista. ¿Pero esto significa que es una economía puramente capitalista?

En el capitalismo, el deseo individual de obtener beneficio propio es el motor de la economía. Cuanto más eficiente es el capitalismo, menos es necesario que el estado intervenga en el control de la economía. Como resultado, en las economías neo-capitalistas la mano invisible del mercado regula la economía. Por lo tanto, en el caso de China, tampoco podemos decir que es una economía totalmente capitalista.

En estos tiempos, la mayoría de los países del mundo esta en una posición intermedia entre una economía puramente socialista y una puramente capitalista; y China no es la excepción. En este ensayo se explicará los términos en los cuales el gobierno Chino desarrolla sus políticas, las diferencias y similaridades con otros países, y el futuro del país desde la visión de los que gobiernan y los que son gobernados.

¿Economía Socialista de Mercado o Capitalismo?:

¿Por qué el gobierno Chino se esmera en explicar que la economía China es una ?economía socialista de mercado? y no una economía capitalista? La visión socialista descripta por Marx y Lenín, nunca mencionó de forma explícita el desarrollo de una economía capitalista para alcanzar los objetivos socialistas. A pesar de ello, el Partido Comunista Chino (PCC) ha estado explicando desde los años de la reforma que el desarrollo del mercado y la propiedad privada son un paso intermedio necesario para poder lograr, en la última fase, llegar al socialismo. La explicación que ha brindado el gobierno es que no hubo una reforma total, sino una parcial y temporal; y que la reforma es simplemente una transición y una manera diferente de continuar los ideales de la revolución de 1949.

La pregunta es: ¿Cuando y como China llegará a esa fase final? El gobierno Chino todavía sigue desarrollando la respuesta. El PCC no lo explicita exactamente, pero si quieren lograr el objetivo socialista cuando la economía este totalmente desarrollada, el gobierno Chino debería nacionalizar todas las empresas privadas para tomar el control del 100% de la economía nuevamente. ¿Cuando ocurrirá? Es imposible de saber, ya que un país siempre puede crecer y desarrollarse más. ¿Será entonces cuando los salarios chinos lleguen al mismo nivel que los salarios europeos? ¿O tal vez cuando el PBI de China exceda ampliamente al de los Estados Unidos?

El Partido Comunista Chino ha usufructuado de esta pregunta sin resolución cierta, ya que le ha permitido eludir la presión de dos de los principales grupos sociales. Por un lado, la ciudadanía en general observa que la economía sigue creciendo y cree que el esfuerzo de hoy se verá reflejado en la prosperidad futura. Por otro lado, con la promesa de un ?futuro socialista?, el PCC se quita la presión de los miembros más conservadores del partido que no ven con buenos ojos la vía rápida? en la que se ha realizado la reforma.

El punto clave es que China sigue siendo un régimen de partido único, donde el Partido Comunista detenta todo el poder. El sistema político y la manera ?comunista? de gobierno es lo único que los líderes del partido no piensan cambiar.

¿Porqué China no intenta alcanzar mayores niveles de desarrollo a través de una economía Socialista?

Antes que el proceso de reforma empezara, el PCC había desarrollado una economía centralizada totalmente planificada. Como ejemplos podemos incluir pilares económicos tales como la colectivización de las áreas rurales y la creación de enormes compañías estatales (especialmente en las industrias de base).

¿Por qué el sistema no ha producido los resultados esperados? Los principales inconvenientes que surgieron fueron la ineficiencia y la baja productividad de las empresas estatales, como así también la falta de tecnologización y la modernización del sector agrícola. Además, la ausencia de coordinación entre los diferentes niveles de gobierno y la falta de supervisión de tareas no contribuyeron al manejo efectivo de las políticas económicas. No podemos dejar de mencionar que los inconvenientes se vieron agravados por el deseo de los oficiales de menor rango por acceder al poder y recibir premios, a través de la falsificación de datos y estadísticas que mostraban una situación irreal que terminó siendo insostenible en el tiempo.

Finalmente, el otro gran problema fue la falta de incentivos para los trabajadores. A pesar de que el PCC proveía los servicios básicos para los mismos, la mayoría no había visto importantes mejoras en su calidad de vida durante los años que se cumplieron desde la revolución hasta los principios de la reforma. La economía socialista no había reflejado su crecimiento en mejores condiciones de vidas para aquellos que habían contribuido a los objetivos económicos.

La comunicación entre el gobierno y el pueblo:

Los líderes del PCC deben haber pensado muchas veces sobre la forma de comunicarse con el pueblo. Si en lugar de decir que China es una economía socialista de mercado, los mismos le transmitirían directamente que ahora viven en un país capitalista, ¿Que ocurriría?

Para evitar una férrea oposición, el cambio de denominación ha sido un acto político para legitimar el poder y las políticas del PCC. El impacto de decir que simplemente se usan las fuerzas del Mercado para alcanzar el objetivo socialista, no tiene la misma connotación negativa y tampoco acarrea la misma oposición que si se expresa claramente que se vive bajo un sistema capitalista.

La otra cuestión es como el pueblo recibe la información que le brinda el gobierno. En 1998, muchas generaciones de chinos que habían aprendido sobre la grandeza del socialismo y leído el libro rojo de Mao, escuchaban el anuncio del Premier Zhu: ?La olla popular basada en las grandes empresas estatales, que alimenta a la clase trabajadora industrial China, ha llegado a su fin. A partir de este momento, se dará mayor responsabilidad individual sobre las pensiones, el seguro medico y la vivienda.?1.

Hoy en día, el pueblo Chino se da cuenta que están actuando como sus pares de las economías capitalistas. La existencia de grandes corporaciones que obtienen enormes beneficios con empleados que trabajan por un salario (muchas veces menor que el de subsistencia), causa confusión y desconfianza entre la ciudadanía. Antes de la reforma, el plusvalor iba directamente a las manos del estado. Hoy en día, su destino son las manos de las clases urbanas y rurales capitalistas. Además, la ciudadanía se da cuenta que el gobierno ?retiró los subsidios estatales de varias áreas sociales y económicas, removió la distribución centralizada y permitió que los ?libre mercados? (ziyou shichang) se expandan alrededor de todo país?2. La controversia solo complica aun más el entendimiento de la gente, y como fue mencionado anteriormente, provoca desconfianza en el gobierno y los valores que el partido dijo haber siempre representado.

El gobierno y el mercado:

Contrariamente a las expectativas, el mercado ha sido el mayor aliado del PCC desde la reforma. Así lo expresa Wang, cuando menciona que ?el status hegemónico del neoliberalismo Chino tomo forma como parte de un proceso en el cual el estado utilizó la liberación económica para sobrellevar la crisis de legitimidad?3.

En contraposición y a pesar de que el gobierno Chino esta utilizando las fuerzas del mercado para lograr crecimiento económico, se encuentra por otro lado ?compitiendo? contra el mercado para mantener el control ideológico en la ciudadanía. Wang explica que ?la tan llamada marketización China no es simplemente una afirmación del mercado, sino que representa un esfuerzo por subyugar todas las reglas de la actividad social a las reglas del mercado. Como consecuencia, la visión de la marketización no se limita solamente a la esfera económica, sino que también incluye la política, la sociedad y la cultura.?4. En referencia al impacto social, Tang Xiaobing argumenta que ?se puede identificar dos discursos sociales en la cultura China contemporánea. Por un lado, hay una ansiosa afirmación de una ordinaria vida diaria dentro de los hábitos de consumo materialistas. Por otro lado, hay una continua negociación con los remanentes del la utopía Maoista que piden a gritos que el pueblo rechace este tipo de vida.?5

Ante esta situación, el gobierno debe tener cuidado cuando utiliza al mercado y las posibilidades de consumo como una forma de legitimizar su poder. Hann afirma que ?el problema principal del consumo como un argumento de paliativo social es fundado por la suposición materialista de que mientras las masas pueden satisfacer sus necesidades materiales se producirá una población políticamente satisfecha.?6. Si el país entra en una profunda recesión, el PCC no tendrá argumentos para salir de la crisis: la ideología socialista que ellos mismos han descartado y el tan utilizado mercado que no da respuestas, pondrán al gobierno en un callejón sin salida.

Reacciones Internacionales:


La mayoría de los países alrededor del mundo han aceptado a China como una economía de mercado, y a su vez han o están negociando acuerdos comerciales bilaterales o multilaterales con el gobierno de Beijing. Esto muestra a las claras que no le dan mayor importancia a como el PCC nombre a su sistema de gobierno. Solo les interesa exportar sus productos al inmenso mercado interno Chino, y a su vez, importar sus manufacturas de muy bajo precio.

Una pregunta interesante que nos podemos hacer es si existen otros casos alrededor del mundo donde la apertura económica no ha estado asociada con una apertura política. Ciertamente, pareciera ser que China es el único caso (aunque en los últimos años Vietnam esta siguiendo los mismos pasos). Por ejemplo, todos los países satélites pertenecientes a la ex Unión Soviética han dado un ?salto? hacia el capitalismo con una apertura a los partidos políticos al mismo tiempo. Como Hann lo explica, en la Europa del este las ?privatizaciones y las nuevas políticas electorales han dado un corte decisivo a las estructuras pasadas?7. Por otro lado, el resto de los países que mantienen una economía socialista (como Cuba o Corea del Norte) solo permiten un partido político único (el Partido Comunista). Una vez más, esto refuerza las contradicciones observadas anteriormente, donde vemos a China como único caso de una economía capitalista con un sistema de gobierno de partido único (con la paradoja que es el Partido Comunista que lleva los destinos del país).

¿Puede la economía ?socialista de mercado? ser expandida a otros países? Es muy difícil que este sistema político-económico único sea ?exportado?. Los detractores del sistema explican que a pesar del hecho de que la economía ha mostrado un enorme crecimiento, este crecimiento también ha sido relacionado con su ?falta de desarrollo?. Cualquier país capitalista que: 1) Tiene muy bajos salarios (y como consecuencia un factor muy importante de competitividad internacional) que promueve las exportaciones, 2) que además ha recibido y continua recibiendo un fuerte flujo de inversiones internacionales que modernizan su economía, y 3) que tiene un enorme mercado doméstico que después de décadas de restricción, ahora esta abierto para el consumo y para el ahorro (que puede ser destinado a proyectos privados de inversión); verá su economía crecer a altas tasas por muchos años. Por lo tanto, cualquier economía capitalista puede alcanzar lo que China ha alcanzado bajo estas condiciones.

Agregando otro punto en contrarío a la expansión del sistema Chino, los valores democráticos tienen un fuerte apoyo popular alrededor del mundo (con lo que implica la libertad de expresión, la creación de sindicatos, etc.).Además, la calidad de vida de los ciudadanos Chinos sigue estando todavía muy lejos de los principios abogados por el socialismo: los salarios siguen muy por debajo de los países desarrollados, la brecha entre los ricos y pobres se esta agrandando, y los derechos humanos siguen siendo una materia pendiente.

Como conclusión, la combinación de los factores mencionados muestra que la posibilidad de expansión del modelo Chino hacía otros países es poco probable.

El futuro de China:

En ?Capitalismo y la vida Material 1400-1800? Fernando Braudel realiza una fundamental distinción ?entre capitalismo y economía de mercado; la economía de mercado es gobernada por la competencia, y como resultado, el intercambio bajo sus condiciones es igualitario. Por su parte y en contraposición, el capitalismo crea y utiliza posiciones monopólicas que resaltan las desigualdades en el intercambio. Como consecuencia, el capitalismo es un sistema antimercado que siempre tiende hacía el monopolio?8. Tomando esta definición, pareciera ser que China esta llevando su economía socialista hacía el ?capitalismo? y no hacía una economía de mercado. Los privilegios que mantienen los oficiales del PCC, la concentración de la riqueza, y las diferencias entre regiones y sectores económicos ratifican esta tendencia.

¿China cambiará su posición? La respuesta probablemente sea no. La economía China esta avanzando en un proceso de transformación hacia el capitalismo. Si la transformacióncontinua creciendo de manera desigual y sin un proceso redistributivo, los trabajadores se sentirán defraudados en el mediano o largo plazo. Observarán que las promesas del PCC no son llevadas a cabo, que su calidad de vida no ha sido mejorada, y que una minoría burguesa es la dueña del poder y la riqueza del país. Esta crisis de legitimidad puede destruir al PCC y desestabilizar políticamente al país. Con este tema en la agenda, el gobierno esta tratando de mantener la economía en crecimiento para que el efecto derrame de las ganancias empresarias sea suficiente para mantener la paz social, y con su poder sobre los medios de comunicación, tratar de esconder de la mayoría de la población las consecuencias negativas de la brecha creciente en los más ricos y los más pobres.

Sin embargo, ¿Que pasaría si de repente, el PCC cree que la economía ya esta suficientemente desarrollada y madura como para volver a la tan prometida fase final socialista, re-nacionalizando todas las empresas y re-colectivizando la economía? El PCC tendría probablemente que enfrentar dos grandes dilemas. Internamente, las clases ahora capitalistas no querrán perder todos los beneficios que han ganado desde la reforma. Aunque son la minoría, buscarán apoyo en lobbys y grupos de presión domésticos e internacionales. Los inconvenientes internos son más fáciles de controlar, pero el sector internacional puede traer graves consecuencias geopolíticas. Miles de empresas extranjeras han invertido capitales y tienen intereses en China. Con el apoyo de sus países, cualquier cambio en el status-quo disparará una crisis política internacional. Además, el control total de la economía podría llevar a cambios por fijación estatal de precios de la mayoría de los productos que los otros países importan, trayendo como consecuencia la elevación de los precios en las otras economías. Otro problema que puede surgir es si el gobierno decide realizar una selección de importaciones contrario a las leyes del mercado. Los productores extranjeros que obtienen la mayoría de sus ganancias de las ventas al vasto mercado Chino se verán totalmente perjudicados. Y el cierre de empresas puede provocar un incremento en las tasas de desempleo de los otros países.

En resumen, será muy difícil para China volver a una economía Socialista nuevamente. Hay demasiadas fuerzas nacionales y transnacionales que no permitirán que estas suposiciones se hagan realidad.

Conclusión:

Desde la visión Marxista, una economía en donde existe una clase burguesa que posee el capital y los medios de producción, y trabajadores que poseen solo su fuerza de trabajo y trabajan para ellos, es una economía capitalista. Si el estado tiene mayor control o es más intervencionista, esto no cambia la existencia del sistema. Como resultado, podemos afirmar que la China es una economía capitalista con un poderoso estado intervencionista. El PCC regula la economía recaudando impuestos y redistribuyéndolos; pero también sigue manejando la mayor parte de la economía a través de las todavía enormes empresas estatales y el firme planeamiento macroeconómico.

Pero por otro lado, podemos mencionar que en un sentido, el gobierno también promueve políticas neoliberales. ¿A que nos referimos? Como explica Wang, ?el neoliberalismo solo se desarrolla en un sentido ?siendo solo una cuestión de crecimiento económico-, sin atender la conexión entre este crecimiento y las libertades políticas y beneficios sociales.?9. Y en este sentido y a pesar del fuerte crecimiento económico, el gobierno Chino no está tomando en cuenta el rol democrático, la diversidad, y el desarrollo de la sociedad. El foco actual no se centra en el desarrollo propiamente dicho. Como consecuencia, el ?modo de vida socialista? que el gobierno fomenta en el día a día es una ilusión.

Como conclusión, probablemente la respuesta más adecuada para el bienestar del pueblo Chino sería poder alcanzar un proceso democrático, con una educación pluralista que les permita llegar a la verdad. Si la ciudadanía entiende lo que ocurre, ellos podrán elegir a través de la vía democrática si prefieren vivir en una economía capitalista o una socialista. Pero cualquiera sea la elección, lo que es seguro es que si eligen vivir en una economía capitalista, será una en la cual el estado preserve la libre competencia, la igualdad social y una activa regulación de la economía; si en cambio la elección es un sistema socialista, esperarán un estado que maneje la economía de manera eficiente, permita la libertad de expresión y provea una digna calidad de vida para todos los ciudadanos.

Por el momento, solo podemos decir que es muy difícil para los ciudadanos reconocer en que sistema se encuentran. La mejor respuesta podría ser un sistema único, creado por los miembros de un partido que intentan de todas las maneras posibles mantener su poder y legitimidad.

Referencias:

1 Saich Tony, ?Governance and Politics of China?, Palgrave MacMillan (New York, 2004), p. 278.

2, Hann, C.M., Postsocialism: Ideals, ideologies and practices in Eurasia, Routledge (2002), p.218.

3 Wang, H., China?s new order: Society, Politics, and Economy in Transition, (Harvard University Press 2003), p.44.

4 Ibid., p.171.

5 Hann, C.M., Postsocialism: Ideals, ideologies and practices in Eurasia, Routledge, (2002), p.221.

6 Ibid., pp.229-230.

7Ibid,. p.15.

8 Wang, H., China?s new order: Society, Politics, and Economy in Transition, (Harvard University Press 2003), p.122.

9 Ibid., p.104.

Bibliografía:

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