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El control de la información, una variable clave en la competencia geopolítica

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En el tramo final de su mandato, el expresidente de los Estados Unidos de América (EE.UU.), Donald Trump, firmó tres órdenes ejecutivas para prohibir el uso de redes sociales chinas, incluyendo a la más popular, TikTok. Esta red social de vídeos cortos, que cuenta con más de 100 millones de usuarios tan solo en EEUU, nunca llegó a ser prohibida de forma efectiva, ya que la justicia estableció que podía seguir operando en territorio estadounidense mientras determinaba si la orden de Trump era o no legal.

Antes de que terminara 2023, su sucesor, Joe Biden, en un tono algo menos belicoso, ha pedido una revisión del Departamento de Comercio para determinar los problemas de seguridad que pueden plantear este tipo de aplicaciones. En un comunicado, la Casa Blanca ha especificado que sus medidas no se dirigen a apps o empresas chinas en concreto, sino que buscan promover un «Internet seguro, confiable, interoperable y abierto; la protección de los derechos humanos ‘online’ y ‘offline’ y el apoyo de la economía digital global y vibrante”. Una suerte de discurso contrario de lo que hacen los chinos, pero en la realidad haciendo lo mismo.  

Cabe destacar que la idea de Biden no es propia de un presidente o una gestión. Existe además un proyecto de ley bipartidista que busca “facultar al gobierno de los EE.UU. para evitar que ciertos gobiernos extranjeros exploten los servicios tecnológicos, de una manera que represente riesgos para los datos confidenciales de los estadounidenses y nuestra seguridad nacional”.

Más aún, el temor no es solo quien posee la base de datos, o el control de quién tiene el algoritmo; sino, y, sobre todo, el rol en las operaciones de influencia. “Ha ido mucho más allá de sus raíces como aplicación de sincronización de labios y baile; crea tendencias y fomenta conexiones profundas con los creadores que mantienen a los usuarios comprometidos, vídeo tras vídeo. Los anunciantes quieren llegar a un público apasionado y entregado, y TikTok puede ofrecerlo”, destacan sus directivos. Sus números así lo indican: para 2024, los ingresos publicitarios de TikTok ascenderán a 23.580 millones de dólares.

Por ende, nos referimos a una variable que puede ser igual o más relevante que los 760.000 millones de dólares que suman ambos países en comercio bilateral: estamos hablando de futuro; mejor dicho, como se moldea el porvenir. Esto es el control de las mentes, de las ideas, del traspaso de información. De los procesos de inteligencia que pueden observar las debilidades del enemigo. Ese plus que puede hacer la diferencia cuando las tensiones se acrecientan y la diplomacia se resquebraja. Sobre todo, cuando EE.UU. coquetea permanentemente con Taiwán, el talón de Aquiles de cualquier acercamiento de buena voluntad con China. ¿Acaso no es una noble excusa que Taiwán sea uno de los principales centros de fabricación de chips y semiconductores, principal proveedor de la industria estadounidense? A Xi Jinping poco le importa. Acá no hay grises.

En el mientras tanto, China bloquea el ingreso a varias aplicaciones como Facebook, Instagram y Twitter. Aunque no están oficialmente prohibidas, no se puede acceder a ellas de manera convencional. ¿Que sostienen los funcionarios del gigante asiático? Si Facebook ha admitido proporcionar información al gobierno de EE.UU. para misiones de espionaje, ¿cómo no nos vamos a proteger nosotros?

Bajo este marco de conflicto bilateral, podemos – y debemos – transpolar el mismo a la lógica sistémica bipolar (Occidente y sus aliados vs. Rusia, China y compañía), en un mundo que se encuentra abierto para que cada país elija donde posicionarse. Y en el actual escenario global, donde la dirección se dirige claramente hacia gobiernos orwellianos, lo difícil para la alta política es balancear las lógicas domésticas con los requerimientos de una diplomacia realmente compleja. ¿Pragmatismo? Seguro, el tema es a que costo.

Por supuesto, cada gobierno vela por sus propios intereses, entendiendo sus fortalezas y objetivos. En Occidente (léase Canadá, Francia, Dinamarca, entre otros) han restringido el uso de TikTok para sus funcionarios gubernamentales. En este aspecto, un reciente informe del Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido, establece que «podría haber un riesgo en torno a la forma en que ciertas plataformas acceden y utilizan datos sensibles del Gobierno”. Cuando se habla de espionaje, adicción conjugada con ceguera, y confidencialidad de la información, ‘es preferible que sobre y no que falte’, como indica el viejo dicho popular. O como indica uno de los autores de la reciente Ley de Servicios Digitales (DSA) de la Unión Europa: «Se trata de una medida de precaución. Sabemos que ya hay un uso limitado de TikTok en el Gobierno, pero también es una buena medida de ‘higiene cibernética’”.

La contraofensiva corporativa china pareciera no estar dando resultados. Y aunque ByteDance, la empresa matriz de TikTok, ha propuesto la instalación de centros de datos locales en el viejo continente, asegurando desde hace tiempo que no comparte los datos de los usuarios con el Gobierno chino y que se gestiona de forma independiente, se ha hecho caso omiso a sus reclamos. Mismo la propia TikTok, la cual rechaza las acusaciones de que recopila más datos de los usuarios que otras empresas de redes sociales, calificando las prohibiciones de «desinformación básica» decidida sin «deliberación ni pruebas». Es que, para los expertos, todas las medidas preventivas que se toman no abordan de manera efectiva los riesgos fundamentales que exponen a la sociedad europea a posibles influencias chinas. Aquí tampoco hay vuelta atrás para con el ‘relajamiento’ sobre las decisiones tomadas. Coerción sin límites; y bajo la mayor cantidad de fronteras posibles.

Pero no todo es infiltración de espías; la geopolítica también juega. Para citar un ejemplo, al calor del conflicto militar entre China y la India por Cachemira, en julio de 2020, el choque fronterizo entre las fuerzas de seguridad de ambos países en el Himalaya occidental que dejó al menos 20 soldados indios muertos y más de 70 heridos, tuvo sus represalias cibernéticas: el gobierno hindú prohibió TikTok y otras 59 aplicaciones provenientes de China. Por supuesto, no todo es pérdida en este juego de suma cero: mientras TikTok, con 120 millones de usuarios en la India, perdió 6.000 millones de dólares en aquel año pandémico (cuando justamente se observó un crecimiento exponencial de este tipo las plataformas), el Facebook de Zuckerberg acaparó una enorme proporción de esa gigantesca audiencia huérfana.

Finalmente, los diversos ‘Gran Hermano’ de otras partes del mundo oriental, tienen otros objetivos, en este caso ‘más filosóficos que materiales’. En octubre de 2020, las autoridades paquistaníes prohibieron temporalmente TikTok, alegando que la aplicación promueve contenidos inmorales. Por otro lado, los dirigentes talibanes de Afganistán prohibieron la aplicación en 2022, con el argumento de proteger a los jóvenes de «ser engañados». Finalmente, Nepal anunció recientemente que va a prohibir la red social debido a los efectos negativos de esta aplicación en la «armonía» del país. La propia Ministra de Comunicaciones y Tecnología de la Información, Rekha Sharma, explicó que el gobierno tomó la decisión porque TikTok se utiliza de forma sistemática para compartir contenidos que «afectan las estructuras familiares y las relaciones sociales». Gagan Thapa, dirigente del opositor Partido Congreso Nepalí, alzó la voz repudiando el hecho e indicando que “parece que el ejecutivo busca reprimir la libertad de expresión». Un oxímoron inexistente en el actual mundo en que vivimos. 

En definitiva, podemos resumir algunas cuestiones fundamentales. Control (¿justificado?), para estar a la altura de las circunstancias ante el avasallamiento de enemigos externos (¿o internos?). Lo único claro parece ser el objetivo final de las elites gubernamentales: poder seguir acumulando poder y riqueza en un mundo diversificado, complejo y agresivo, generando un temor hacia adentro que permita el hacer ‘más dóciles’ a unas masas necesitadas, justamente, de lo contrario: empoderarse, mejor su estatus socio-económico, tener mayores libertades para expresarse. Vivir mejor, se diría. En la actual dinámica de la coyuntura global, difícil. Y TikTok, cual plataforma de entretenimiento transnacional, conjuga, entremezcla y nos muestra demasiado de todo lo que existe. Y algo, quien dice, de lo que debemos cambiar.

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL en el sistema mundo

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Klaus Schwab, autor del Best Seller La cuarta revolución industrial, afirmó no hace mucho que la era en la que vivimos se caracteriza por una fusión de tecnologías que difumina las fronteras entre lo físico, lo digital y lo biológico. Ninguna revolución tecnológica anterior se basó en tantos avances distintos a la vez y, seguramente, tampoco a una velocidad comparable. En este sentido, la celeridad de la innovación ocasionada por esta transformación múltiple ha desatado un acalorado debate sobre el futuro de la humanidad, el cual nos exige analizar los límites de nuestra propia capacidad para comprender y utilizar transformaciones tecnológicas antes impensables.

Hasta el momento, los avances en Inteligencia Artificial (IA de aquí en más) se han limitado a tareas muy específicas. Lo que con más eficiencia puede hacer la IA es procesar grandes cantidades de información sobre algo muy concreto, como el desarrollo de un juego, un diagnóstico sanitario o el reconocimiento de voz. En términos productivos, se calcula que hasta una quinta parte de las tareas desempeñadas por seres humanos en el trabajo consisten en operaciones informáticas repetitivas que pueden automatizarse.

Sin embargo, la IA no puede pensar lateralmente para aplicar sus conocimientos a un entorno distinto. Tampoco puede formar una opinión sobre lo que hace. Ni, desde luego, esto le produce sentimiento alguno. ¿Ahora bien, es esto importante en términos sistémicos? ¿A la hora de acumular capital? ¿Favorece al trabajador? ¿A algún tipo de trabajador? Seguramente a los cientistas sociales, los que quieren explicar el funcionamiento de la sociedad y como mejorar la calidad de vida – inclusive bajo la utilización de la IA -, poco les afecte. Simplemente porque la complejidad con la que ellos trabajan, aunque nunca podrá ser reemplazada, continuará siendo denostada. Con o sin inteligencia artificial, el ser vital para que la humanidad pueda comprenderse y superarse, no solo es inútil sino también peligroso.

Por otro lado, los recientes procesos de automatización a través de la IA, ya comenzaron lentamente a socavar las capas medias del mercado laboral, abaratando los costos como objetivo primario. Como complemento, el economista Daron Acemoglu sostiene que la automatización refuerza la monitorización de los trabajadores, reduciendo aún más los salarios. E indica que La única solución realista posible a largo plazo es que la tecnología deje de estar en manos de los dueños de una sociedad basada en la competencia desenfrenada. “Si la IA permanece bajo el control de las fuerzas del mercado, inexorablemente resultará en un oligopolio súper rico de multimillonarios de datos que cosecharán la riqueza creada por robots que desplazan el trabajo humano, dejando un desempleo masivo a su paso”, afirma con seguridad.

Evidentemente, una parte de la academia observa una imagen distópica del futuro donde, en particular, cuando se habla del trabajo reemplazado por máquinas “eficientes y precisas”, las y los trabajadores aparecen como algo que puede volverse inservible y eventualmente descartable. Esta construcción de una imagen sombría que genera incertidumbre y temor, también constituye un mecanismo de disciplinamiento que presiona en el sentido de naturalizar la pérdida de salarios y, en conjunto, las condiciones actuales de trabajo como un “mal menor”.

Los marxistas toman esta posición y explican que la intensificación y el desarrollo de sistemas de IA perpetúan el capitalismo y maximizan las ganancias económicas de las grandes corporaciones a través de la sumisión de un nuevo tipo de individuo, el usuario, y bajo una nueva forma de dominación, el ‘tecnocolonialismo’. Bajo esta forma, un cúmulo de empresas privadas que son manejadas por humanos, pero también por agentes ‘no humanos’ (la IA), llevan a cabo funciones de control individual y grupal. Ello puede implicar que tengamos una manipulación más eficaz de los procesos políticos democráticos, o que la información personal corra el riesgo de ser utilizada de manera indebida, lo que sería de enorme gravedad institucional. Por todo lo expuesto proponen que, ante la inevitabilidad del desempleo masivo y la demanda por el bienestar universal, el propio proletariado se deberá autoconducir hacia un ideario de ‘socialización’ de la IA.

Más allá de esta visión extremista – o continuista a intensificarse, según quien lo analice -, otro sector de la academia y el sector privado observan a futuro un escenario estilo de ‘sistema mixto’, el cual ha ganado espacio en los sectores más progresistas de la actual lógica capitalista. En algunas esferas como el diagnóstico médico, se puede llegar a una simbiosis entre las personas y las máquinas. Por ejemplo, los médicos, a partir de los datos de los que disponen, pueden recurrir a la IA para diagnosticar con más precisión ciertas enfermedades, en tanto que ellos posee la capacidad de proporcionar no solo la planificación del tratamiento, sino la calidez y la confianza de que implica la interacción humana, lo cual suele tener una influencia determinante en la calidad de los tratamientos sanitarios.

En consecuencia, en tanto que la tecnología continúa alterando los procesos y las formas de trabajar actuales, las cualificaciones específicas tendrán menos peso que las transferibles, la adaptabilidad, el pensamiento crítico, la compasión y la autoconciencia. Estas son las herramientas que permitirán a los jóvenes manejarse en el cambiante mundo laboral. Por ello, los expertos coinciden en señalar la educación como la medida más importante; trabajos donde prime la creatividad; una necesaria inversión en una educación que entremezcle el arte entre la ingeniería y las matemáticas. 

Volviendo al punto central, que las máquinas y hombres se aúnen en la tarea mancomunada de mejorar la vida de todas las personas, es consensuado, desde la mayor parte de las visiones, como de ‘vital importancia’. Lo que se debe recalcar es el nunca olvidar nuestra posición ‘antropológica’ respecto de la ubicación de la humanidad en el cosmos, donde el ser humano no pierda su lugar de sujeto histórico. No solo en términos de actor social, sino también productivo: el trabajo humano es el factor activo en la creación de la riqueza y la transformación del mundo, no importa cuán ‘exquisita’ o ‘automatizada’ se vuelva esta relación.

Pero como diría Isaac Asimov, «El problema no está en la propia tecnología, sino en la humanidad. Es más probable que sea el hombre con intenciones malignas quien provoque una posible guerra entre humanos y máquinas”. Por ende, si logramos un balance armónico en la producción que generan los hombres y la IA, lo único que faltaría sería el trabajar a conciencia y puntillosamente lo más importante: la ética, aquella que permita un sistema más justo, equitativo y cuidadoso con nuestro planeta. Esa instancia superadora que nos permita mejorar nuestra calidad de vida y hacerla más cómoda.

Porque, en definitiva, el destruir y someter a hombres, sea probablemente solo el deseo de otros seres humanos, y no de las máquinas. Esperemos entonces que, en un futuro no muy lejano, lo más relevante vuelva a ser el priorizar la dignidad de todas las personas por sobre todas las cosas. ¿O ello, en definitiva, no es lo más importante?

Objetivos puntuales, decepciones generalizadas – Ámbito Financiero – Octubre 2022

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Así está el mundo. Alejado de los grandes acuerdos programáticos e ideológicos, con objetivos puntuales, ya que cambiar el sistema es imposible. ¿O en realidad, según la interpretación que se puede embeber de los medios de comunicación masivos, las modificaciones marginales que satisfacen intereses particulares pueden ser suficientes para alimentar el gran estímulo de consumo capitalista que nos asegure la felicidad? Lo único que podemos afirmar es que los oficialismos, el Estado, no lo puede proveer en cantidad y calidad para todos; más aún, se suele estar cada vez peor, donde para las mayorías todo es más costoso y complejo. Entonces no sorprende que se persiga lo opuesto y más agresivo, más intolerante. Aunque en realidad, no queda bien en claro que pueda brindar soluciones. Más aún, generalmente – para no decir casi siempre – esto no es así.

La absurda muerte de Mahsa Amini, el 16 de septiembre, tres días después de que la llamada ‘policía de la moral’ la arrestara por no llevar correctamente puesto el velo, desató una revuelta nunca vista desde la Revolución Islámica. Ellas solo piden derechos y libertades, en un país en el que sufren discriminaciones en todos los niveles, donde les es imposible compatibilizar la lucha cotidiana por expresarse y vivir según sus gustos y deseos, con un régimen enajenadamente represivo. Por suerte, prima el altruismo: ellas no promueven el ‘ojo por ojo’, dejando en claro que no reniegan la premisa que sostiene que la potestad de uno termina donde empieza la del otro, y que cada mujer puede escoger si vestir atuendos occidentales o más conservadores.

En realidad, el problema de fondo es la pérdida de control. Y ello no es algo de ahora; previo a la revolución había ciertas libertades sociales, pero no políticas. Todos los partidos estaban controlados por el rey: era una sociedad vigilada, la prensa no podía ser independiente, y cualquier tipo de activismo político podía llevar a los ciudadanos a prisión. Pero, además, el complemento de no poder dominar es, sencillamente, el miedo. Temor a que se desmorone el preciado statu-quo que algunos tan sigilosamente protegen. Solo para citar un ejemplo, los clérigos sostienen que, si conquistan ciertos derechos profesionales y sociales, las mujeres van a descuidar su rol de madres y esposas.

Algunos podrán decir que lo expuesto es lo contrario a lo que ha ocurrido en Cuba hace pocos días: la mayor parte de la población ha dicho ‘sí’ al referéndum que aprobó un nuevo ‘Código de las Familias’, el cual permitirá el matrimonio igualitario, la adopción por parejas del mismo sexo y la ‘gestación solidaria’ (vientre subrogado sin compensación económica), entre otros avances que garantizan derechos durante décadas vedados y que suponen un paso de vital relevancia social, en un país que en los años sesenta del siglo pasado marginó a los homosexuales y los internó en campos de trabajo forzado.

Sin embargo, la victoria para las minorías ha sido empañada por la coyuntura – es razonable que así sea -, y también debe exponerse: los derechos sociales, jurídicos, políticos y económicos deben ir de la mano, y no ser excluyentes a tal punto conque sea suficiente que se solapen unos con otros. Si escasean los alimentos y las medicinas, si es costoso alcanzar la supervivencia material básica, los esfuerzos podrán ser valorados, pero siempre serán insuficientes. Sobre todo, para una oposición que grita a los cuatro vientos “Patria y Vida” contra la administración del presidente y primer secretario del Partido Comunista, Díaz Cannel.  Es que, en el mediano o largo plazo, la realidad siempre termina decantando en el pedido oxigenante para vivir mejor: desconocer, limitar y hasta criminalizar el disenso, o el ocultar errores e insuficiencias propias, termina pulverizando el medianamente válido argumento de que ‘la culpa la tiene el bloqueo’, o que no todas las variables económicas endógenas o exógenas puedan ordenarse propositivamente.

En sentido similar, observar el ascenso al poder de la líder fascista Giorgia Meloni en Italia deja entrever los temores, pero especialmente la apatía o el desconocimiento – la abstención da un salto histórico al alcanzar el 36% -, sobre todo porque la historia ha demostrado que libertad política y los indicadores socio-económicos han sido desfavorables para la mayoría de los italianos de aquella época. Por ello no es extraño que haya algo más, ese empujoncito siempre necesario para terminar de conquistar el ‘voto anti’ de los decepcionados corazones: las políticas del anterior gobierno de centro-izquierda, no han hecho más que favorecer el ascenso de la derecha, sin constituir ninguna alternativa apreciable en materia de derechos, condiciones favorables para la clase trabajadora y desarrollo económico sustentable. Más aún, solo han normalizado conceptos como ‘represión’, ‘nacionalismo’ y ‘militarismo’.

A todo esto, hay que adicionarle que este contexto también muestra un mal sistémico de nuestra época: la confirmación de la gran desconexión entre los partidos ‘gobernantes’, las instituciones y la masa de ciudadanos; especialmente entre los jóvenes (donde la tasa de abstención se acerca al 50%) y el Sur olvidado. Pobres, confundidos e ignorantes; eso es lo que desean aquellos que solo quieren mantener sus privilegios. Los de adentro y los de afuera.

Porque, finalmente, todo termina siendo una pelea entre ‘la casta’. La propia Úrsula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión de la Unión Europea, había dicho con expresión autoritaria y ambigua: «Veremos el resultado de la votación en Italia. Si las cosas van en una dirección difícil, tenemos instrumentos, como en Polonia y Hungría». Se refería, con tono amenazante, a las potenciales sanciones a países con gobiernos «iliberales» que no votan según los ‘valores de Europa’. ¿Se posiciona la ‘Europa democrática’ en contra de las derechas eclesiásticas nacionalistas? No. Solo quieren ‘paz social’ y poder acordar con ‘pares’ que manejen los mismos ‘códigos institucionales’ para hacer negocios. Nada le interesan los desclasados y los parias de la exigua seguridad social.                                                                                            

Bajo lo expuesto, podemos afirmar que estamos cada vez más lejos de la anarquía, pero más cercanos a una decepción cíclica que nos hace olvidar el pasado recurrentemente. Y ese es el peor error: podemos dejar pasar todo, banalizar situaciones, pero nunca olvidar la historia. Porqué para avanzar hacia un escenario superador (de eso se trata la vida, que las futuras generaciones vivan mejor que nosotros), tenemos que entender que hay ciertas cuestiones que no se pueden volver a repetir.

En definitiva, la temática del velo, en el fondo, es un símbolo. Reconciliarse con un pasado cercano de intolerancia y discriminación, es un avance insuficiente. Y las mayores restricciones a los derechos civiles de los grupos LGBT y los inmigrantes, es un retroceso peligroso. Toda una muestra de película de época. La triste conjunción es tener que darle algo de razón a los que insisten que la historia es cíclica, que la violencia junto con la apatía sectaria sean el plafón de pujas de intereses por el poder y la riqueza que, lamentablemente, continúan siendo el per se de la humanidad.  

¿Es posible la semana laboral de cuatro días?

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero

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En la década de 1930’, John Maynard Keynes vaticinaba que el avance tecnológico redundaría en un aumento de la productividad y una sostenida reducción de las horas semanales de trabajo. El primer vaticinó se cumplió. El segundo fue una utopía: el aumento de la competencia y la vorágine para con la acumulación de capital fueron un ‘buffer’ de contención inexpugnable para aquellos que promueven una menor carga laboral para los trabajadores.

Para lograr este cometido, se llevó a la ética protestante a su máxima expresión: una sociedad que no concibe otra lógica que no sea la de trabajar duro para conseguir los sueños. Un capitalismo que nos dice que ‘Somos pobres porque no somos productivos’. Mentira: a partir de la década de los cincuenta la productividad, sobre todo en los países industrializados de la OCDE, ha crecido de forma sostenida. Sin embargo, ni las horas trabajadas ni la remuneración por hora trabajada ha seguido una evolución proporcional a este patrón. Solo para dar un par de ejemplo, en el Reino Unido dos tercios de las 8 millones de personas que viven por debajo del umbral de pobreza, tienen un trabajo estable. Según el sindicato español UGT, en 2020, en España el 12,7% de los empleados entrarían en la categoría de trabajadores pobres.

Estamos entonces ante un sistema que nos mantiene en un estado constante de ansiedad por conseguir un trabajo que nos dignifique moral y económicamente, en muchas ocasiones realizando trabajos nocivos para no sufrir la miseria y el estigma del desempleo. Por supuesto, en los países más empobrecidos este per se tomó mayor fuerza que en los países occidentales desarrollados, pero también en aquellos en donde los factores culturales, la obediencia y el paternalismo político, o la abdicación para con los preceptos religiosos, juegan un rol relevante; ello se observa con claridad en países como Corea del Sur, Turquía o Chile, donde cerca de la mitad de los empleados trabaja más de 48 horas a la semana.

Expuesto este sucinto escenario, la actual propuesta en varios países es que se pueda establecer cuatro días de trabajo por tres de descanso. Los que apoyan la moción sostienen que la reducción y flexibilización de las jornadas laborales elevaríala productividad, conciliaría la vida laboral con lo familiar y lo personal – ya sea más tiempo para estudiar, actividades recreativas culturales y deportivas, etc. -, incentivaría la actividad económica derivada de un mayor nivel de empleo y consumo, protegería el medio ambiente al reducir la movilidad, y prevendría una mayor cantidad de contagios – como por ejemplo con el actual escenario de COVID-19 – derivados de un menor contacto físico interpersonal. Y algunos hasta se atreven a mirar más allá: proponen que la redistribución de la riqueza vaya de la mano de una lógica que implique que una parte de las ganancias derivadas del incremento de la productividad sean utilizadas a través de la inversión para continuar los procesos de innovación, mientras otra ‘porción no menor’ de la rentabilidad corporativa sirva para disminuir progresivamente las horas trabajadas, hasta llegar a un nivel que permita una vida digna y satisfactoria para todos los trabajadores.

Para dar algunos ejemplos, en España el partido Más País propuso un plan de tres años, con un costo de 50 millones de euros, para incentivar a las compañías a que prueben la jornada reducida sin temor a que ello impacte demasiado en sus resultados. La intención es cubrir el ‘precio’ de incorporar la semana laboral de cuatro días al 100% durante el primer año, al 50% el siguiente año, y al 33% en el tercero; con un objetivo de cubrir entre 200 y 400 empresas para que, a cambio de la ayuda financiera, reduzcan la jornada de los trabajadores sin que ello conlleve la pérdida de su salario. Cabe destacar que el subsidio estatal también tiene un claro objetivo de negocio, más allá de las bondades hacia los trabajadores: el ‘fin de semana largo’ generaría un mayor gasto en esparcimiento, en turismo y en gastronomía. Pero además, ciertos números de la dinámica histórica macro también avalan al país ibérico: en el 2017, España redujo las horas de trabajo de 40 a 35 por semana, generando un posterior crecimiento de su PBI de 1,5%, la generación de 560.000 nuevos empleos, y un incremento salarial a nivel nacional de un 3,7%.

En tanto en Japón, la filial de Microsoft en aquel país fue la primera multinacional en aplicar la jornada laboral de cuatro días. Los resultados de las primeras semanas no pudieron ser más exitosos: la productividad mejoró un 40% en los 2.300 empleados en los que se aplicó, las ventas se incrementaron en más de un 50%, y la empresa redujo gastos en la factura de electricidad y en la impresión de papel en un 23.1% y un 58,7% respectivamente.

Por supuesto, el debate tiene varios grises. El diputado chileno Raúl Soto, impulsor de la propuesta en el país trasandino, sostiene que “esta distribución de la jornada no podrá significar, bajo ningún concepto, una disminución en la remuneración, ni tampoco alguna afectación a los derechos individuales y colectivos del trabajador”. El sector empresarial advirtió que los recortes aumentarán los costos de las empresas y que podrían tener efectos negativos en los salarios y el empleo. Una discusión parecida ocurrió en el año 2003, cuando ese pasó de 48 a 45 horas laborales a la semana. ¿Qué ocurrió? Nada. Los chilenos siguieron viviendo bajo la misma estabilidad macro – y por supuesto rentabilidad empresarial – e inserción al mundo que tanto los representa ante los ajenos, pero también con el mismo nivel de pobreza y desigualdad. 

Por otro lado, no todos los sectores de la economía tienen la misma facilidad de llevar a cabo la medida. Generalmente, a mayor tecnología, automatización de procesos y digitalización, mayor flexibilidad y adaptación al cambio. Por ende, siendo realistas, también hay que tener en cuenta la estructura productiva de cada empresa. Y en muchos casos los costos: hay servicios, como por ejemplo la hotelería, que menos días laborales implica proporcionalmente la contratación de más personal; como consecuencia, más trabadores implicaría sine qua non menor rentabilidad empresarial.

Al debate se le adiciona entonces, el cómo balancear la mejora del bienestar de los empleados reduciendo sus horas de trabajo, pero manteniendo a su vez la relación productividad-sueldo de forma eficiente para las empresas en términos de objetivos y resultados. Y aquí surgen otras ideas: «La primera pregunta no debería ser si se debe o no reducir las horas de trabajo. Por el contrario, tendríamos que preguntarnos ¿qué podemos hacer para mejorar el ambiente de trabajo? Tal vez cosas distintas funcionan mejor para diferentes grupos», refiere un informe de la Universidad Autónoma de Madrid sobre el tema.

Finalmente, se encuentran aquellos que se oponen a la medida. «No creemos que provoque un aumento del desempleo, aunque podría influir en una disminución de las remuneraciones o de ciertos beneficios laborales»; o mismo el “estando en la situación en la que estamos, no es el momento de plantear estos debates, pueden generar desconfianza», dicen, con lógica corporativa, desde ciertos sectores empresariales. La realidad es que cuando afectan sus intereses, nunca es momento. Y las remuneraciones o los beneficios laborales pueden ser ‘siempre manipulados’, tanto por su disposición individual, o mismo por una situación específica del mercado.

Por su parte, algunos sindicatos pro-sistema consideran que es una aspiración irrenunciable, pero admiten que está lejos de poder aplicarse hoy en día y prefieren centrarse en reclamar, por ejemplo, el controlar los excesos con respecto a las horas extras de trabajo. Es que las reformas marginales son más digeribles para la media de la sociedad; y aunque ya hace tiempo se esté desarrollando un contexto de polarización – inclusive en términos antropológicos -, la dinámica política todavía tiene ciertos paradigmas de centro que todavía determinan gran parte de los resultados electorales.   

También la reducción de la jornada laboral se convierte en un mecanismo de captación de talento. ¿Pero qué ocurre con el ‘ejercito industrial de reserva’ de los trabajadores menos calificados? Aquí nos encontramos con una disyuntiva de dudosa moralidad, como por ejemplo es el caso de ‘Shake Shack’, la cadena de comida rápida estadounidense que comenzó a experimentar con la jornada de cuatro días en algunas de sus sedes de Las Vegas en marzo del pasado año. Su ‘leitmotiv’ era atraer, retener y encontrar «empleados de alta calidad, ya que nunca antes había sido tan difícil hallarlos», según su CEO, Randy Garutti. Lo que no mencionó es el nivel – por el piso – de los salarios que paga la empresa.

En nuestro país, la jornada laboral promedio es de 39 horas semanales, aunque la ley fija como tope un máximo de 8 horas diarias o 48 horas semanales, muy similar a otros países de la región como Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay. Sin embargo, pareciera que los dilemas endógenos nos exceden como para comenzar a pensar en discutir el tema. ¿No sería mejor combatir el empleo no registrado, los bajos salarios, o la desocupación que impacta fuertemente en los índices de pobreza? Algunos dirán que sí, otros sostendrán que el escalonamiento solo entibia las luchas, que las conquistas se deben pelear todas juntas, en todo momento y en todo lugar.

En definitiva, lo único certero es que nadie es totalmente libre si no tiene tiempo para sí mismo. Y muchos de nosotros estamos viviendo una vida estresante, con escaso tiempo para el interés propio, donde solemos terminar el día agotados. ¿Dónde entra a valer aquí la salud mental? ¿Y la conciliación con el deseo? En definitiva, por más que algunos les pesen, los trabajadores asalariados no son ni más ni menos que seres humanos.

Y aquí creo que vale la pena traer a colación una frase de Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”. A esta altura del siglo XXI, el bienestar de la mayoritaria clase trabajadora global, debe ser una prioridad. Y durante esta transición, los monstruos deben ser derrotados por la ética racional de quienes entienden que sin un esquema sustentable para todos, no hay futuro posible de calidad para nadie.