Autor: korukoresh

Los Cisnes no solo saben amar – Infobae

https://www.infobae.com/cultura/2025/07/06/los-cisnes-no-solo-saben-amar-una-distopia-argentina-sobre-las-pasiones-sociales-de-finales-del-siglo-xxi/

‘Los cisnes no solo saben amar’. Una distopía donde la Política y la Economía atraviesan las pasiones sociales en la argentina de finales del siglo XXI.

Con ‘Los cisnes no solo saben amar’, el Economista y Doctor en Relaciones Internacionales Pablo Kornblum vuelve a incursionar en el terreno de la ficción para presentar su segunda novela distópica ambientada en la Argentina de finales de siglo XXI.

Luego de mi primera novela, distópica, ‘La equilibrista que llegó del espacio’, quise volver a conjugar mis conocimientos de economía, política y relaciones internacionales, con todo lo que he absorbido a través de las lecturas sobre escenarios de distopía.

Tal como lo he hecho en mi primera novela, ‘La Equilibrista que llegó del espacio’, ello implicó plasmar la dinámica social de un modo diferente; que los dilemas morales y las pasiones que existen en cada ser humano lleguen al lector a través de una historia de ciencia ficción que los atrape, por un lado, pero que también los haga reflexionar sobre el complejo mundo en que vivimos.

No creo que las ideologías estén muertas; si en confusos imperativos ideológicos que buscan condicionar nuestros pensamientos. Podrán encontrarse escondidas, o mismo embebidas en ‘micro luchas’ de seres humanos que no tienen tiempo ni herramientas para reflexionar sobre ‘cómo funciona el mundo’. Pero se encuentran allí, siempre latentes.

En consonancia, los poderes fácticos saben que las mayorías ‘anestesiadas’ son necesarias. Necesarias para consumir y producir en un sistema que requiere de una retroalimentación permanente. Todo para vivir bien. ¿Pero que es vivir bien? ¿Y cuantas personas en el mundo viven realmente con las necesidades materiales cubiertas, disfrutando de la vida como se merecen a estas alturas del siglo XXI?

Difícil respuesta, sobre todo en un mundo donde las fake news y la información subjetivada emanada por los diversos medios de comunicación con intereses espurios, son la norma y no la excepción. Los que controlan las banderas de la derecha y la izquierda lo saben perfectamente; será por ello que su lucha primaria – y para muchos principal – es por el control de la pos verdad y no por cumplir con lo que prometen en campaña electoral para con el verdadero bienestar del pueblo.  

Pero desarrollar la explicación requiere de un ejercicio teórico que, para quienes buscan tanto el disfrutar de la lectura, como el vivir un poco mejor día a día, se torna muchas veces lejano y desgastante. Entonces escribí una novela que pueda contraponer las creencias instaladas con la verdad que implica el pragmatismo de lo micro, lo cotidiano. Para ello, me propuse contar una historia que gira alrededor de la pasión de un grupo de jóvenes que simplemente desean lo mejor para sus vidas, con historias familiares donde las miserias socio-económicas se conjugan con el ocultamiento y las mentiras que genera la tecnología.

Este escenario además se embebe en una guerra mundial, entre el capitalismo más despiadado y un enmascarado comunismo tardío. Todo ello observado a través del prisma de un nacionalismo que propugna el clonar para matar, una política internacional falaz que busca atemperar las tensiones sociales, la utilización de la ciencia y la difusión de la información para lograr ‘discutidos’ cometidos, y la promoción permanente de incentivos marginales que buscan generar una fantasía de progreso dentro del ‘modo de vida’ sistémico venerado.

La reflexión necesaria llega en un ‘clímax’, un punto de inflexión donde se conjuga la amistad más profunda con la muerte. Ello es plasmado en un monumento que refleja una foto de la historia; y allí, en el trascender de la memoria, es donde se genera un proceso de comprensión holístico, con el amor como faro que alimenta la esperanza de los protagonistas.

Concluyendo la novela, se percibe en cada vuelta de página expresiones de pasión y de cariño; variables que se tornan fundamentales para poder ‘respirar’, tomar distancia de las problemáticas que parecen estructuralmente irresolubles. Quise que mis últimas palabras conlleven el anhelar de un próspero futuro colectivo, algo mucho mejor que el presente. Urge que nuestros hijos y nietos vivan mejor que nosotros. Estoy convencido que sería inmoral y anti natura conformarse con menos.     

Al finalizar esta segunda novela distópica, me puse a pensar en el futuro de Malena y Camila, mis pequeñas hijas: solo espero que puedan desarrollarse en aquello que las apasiona, que materialicen esos sueños convertidos en deseos. Que puedan reflexionar libremente sobre qué tipo de injusticias estén dispuestas a tolerar; en un mundo donde, lamentablemente, reina la ambición por el poder y la riqueza. Siempre con altruismo, con ética, y con amor. Mucho amor.

Quiero que mis hijas vivan en un país y en un mundo con mucha menos crueldad que el actual. Tengo claro que la felicidad, en medio de tanta miseria colectiva, no es sustentable. Entonces el legado de lucha, de nunca rendirse ante las injusticias, vuelve una y otra vez a interpelar mi pensamiento: ojalá ‘Los cisnes no solo saben amar’ sirva para envalentonar tanto el espíritu de Malena y Camila, como el de todos los lectores que entienden las novelas distópicas como la oportunidad de vislumbrar un mundo mejor.

MEDIO ORIENTE – La economía como crisis y oportunidad

https://www.ambito.com/opiniones/medio-oriente-la-economia-como-crisis-y-oportunidad-n6157935

A casi dos años del inicio del conflicto entre Israel e Irán y sus milicias proxys – uno más en el siempre tumultuoso Medio Oriente –, podemos afirmar que la situación económica global se ha mantenido ‘contenidamente’ estable.

Ello se da básicamente por una serie de razones. Por un lado, el conflicto de ISRAEL se ha centrado en zonas geográficas irrelevantes para la lógica internacional: la Franja de Gaza, el Sur del Líbano, el Oeste Sirio. No hay recursos naturales estratégicos en abundancia en las limitadas porciones de tierras descriptas.

Más aún, aunque Israel es líder mundial en tecnologías de vanguardia – especialmente en software y telecomunicaciones -, su poderío real reside en su know how. Por ende, a diferencia, por ejemplo, de las ‘tierras raras’ o el litio, el conocimiento es reemplazable: el capital humano es siempre y en todo lugar lo suficientemente flexible y maleable para desarrollarse en otras latitudes. Solo se debe ajustar la necesidad temporal con los objetivos productivos. 

Por el contrario, sí hubo efectos propios específicos circunscriptos a algunos actores regionales. El propio Israel es un claro ejemplo: ha visto restringida sus exportaciones a Estados que condenan su accionar militar en la Franja de Gaza, tiene casi nulo turismo desde octubre de 2023, o vivencia permanentemente una incertidumbre que ahuyenta inversores y consumidores, lo que derivó en un fuerte incremento del Gasto Público para paliar la crisis y la retracción del sector privado.

El otro gran actor regional, Irán, continúa sufriendo las sanciones económicas estadounidenses. Sin embargo, el gobierno iraní sabe que la prioridad es mantener el régimen a como sea, por lo que ha decidido aumentar el presupuesto militar en un 200% para el año próximo, pasando de 10.000 a 30.000 millones de dólares.

Por supuesto, también hay derivaciones indirectas: la escalada de violencia vivida en los últimos días hace temblar al vecino Egipto, país que acaba de formar un comité de crisis buscando una solución feasible para atenuar las potenciales consecuencias derivadas de su dependencia del gas israelí. Ni que hablar sus vecinos gazaties, que ya no pueden contar con el beneplácito de la beneficencia iraní y catarí – 100 y 120 millones de dólares por año respectivamente -. Hoy en día, solo esperan sobrevivir.

Ahora bien, ¿Existen temores fundados de un efecto fuertemente negativo a nivel internacional? ¿Podemos temer una disrupción energética global por el rol de Irán?  El bloqueo logístico para con las cadenas de valor globales es una realidad: por el Estrecho de Ormuz se transporta el 28% del tráfico de hidrocarburos a nivel global.  Sin embargo, aunque puede haber algún coletazo en el corto plazo derivado de las capacidades de uno de los líderes de la OPEP – en 2024 la producción iraní ha supuesto la segunda mayor contribución a la oferta global de crudo -, no hay nada que el Shale Oil estadounidense y algún acuerdo espurio del gigante norteamericano con sus aliados sunníes sauditas no pueda estabilizar. No olvidemos que los EE.UU. de Trump quiere volver a ser el garante del orden internacional.  Y en un mundo convulsionado, lo que menos quiere es un escenario financiero disruptivo.

Un escenario económico más optimista también tiene sus bases en el pasado reciente. Si tomamos el otro gran ejemplo, el de los ataques de los huties yemeníes a los buques ‘enemigos occidentales’ que, desde hace más de año y medio, intentar cruzar el estrecho de Bab-el Mandeb, se ha observado que a pesar de que la vuelta por el cuerno de África para llegar a Asia era realmente costosa en términos logísticos, el cambio de bandera de las embarcaciones de las potencias occidentales, u otros acuerdos político-económicos con los propios líderes huties, suavizaron los efectos negativos que implica el control de la zona por parte de los enemigos de Israel.

Ahora bien y dado la expuesto, ¿podemos decir que la guerra solo venera aspectos defensivos de escenarios económicos? De ninguna manera. En este mundo donde la búsqueda de la paz es solo una falsa metáfora en la boca de los poderosos, las industrias de la defensa, concentradas justamente en las potencias que deberían poner un freno a la locura inmoral, están de parabienes.  Drones, misiles hipersónicos, bombas de penetración, armamento ligero. Y así podría seguir.

El caso de EE.UU. y su lobby militar que todo lo controla, lo podemos reafirmar con números que asombran: en solo uno de sus proyectos, en el último año le proveyó a Israel de 20.000 millones de dólares para la adquisición de dos nuevos Escuadrones F-15EX – unas 50 aeronaves -, y para la modernización de un Escuadrón de F-15E Ra’am (Trueno). Por supuesto, para comprárselo a los propios estadounidenses.

Cabe recalcar que los EE.UU. asistió a su aliado estratégico desde 1948 con 200.000 millones de dólares a valores actuales. Una cifra descomunal y única en términos de las alianzas estratégicas de la principal potencia militar mundial. Pensemos que el presupuesto en defensa del país que tiene las dimensiones de Tucumán, ha sido de 67.000 millones de dólares para el corriente año.

Como contraparte, el principal apoyo de Irán es Rusia. Sin excavar en mucha profundidad, Irán ha recibido la licencia de Rusia para producir los cazas rusos Su-30 y Su-35. Además, Rusia ha completado la entrega de 12 aeronaves de entrenamiento avanzado Yak-130. Todo ello en adición a que Moscú les prometió entregar en el corto plazo sistemas de armas complejos, como son los Misiles Iskander y de guerra electrónica Murmansk-BN. Como vemos, es mucho dinero; aire fresco para una industria de la defensa que quiere recuperar el esplendor que supo alguna vez poseer en la otrora era soviética. 

Finalmente, podemos concluir que la puja de intereses sobre como repartirse la ‘torta de la guerra’, debe esconderse quirúrgicamente. La industria de la guerra da mucho dinero, genera muchos puestos de trabajo, dinamiza las economías locales. ¿Está mal entonces velar por la continuidad del conflicto? Lo contrario pareciera ser cosa del pasado. Lo que sí es seguro es que la ‘mundialización’ política del conflicto, no tiene la suficiente fuerza ética para parar esta locura. Bajo esta nube de humo, cada actor ‘cuida su quintita’.

Y en cuanto a lo económico, como quien deambula en el barco de la ‘mano invisible del mercado’, hemos observado que todo se termina acomodando. Eso sí: mientras tanto, los muertos, de uno y otro lado, se siguen contando de a miles.  

La guerra contra el pensamiento

https://www.ambito.com/opiniones/la-guerra-contra-el-pensamiento-n6142082

“Las universidades son el enemigo”, afirmó J.D. Vance – como mero detalle, abogado por la Facultad de Derecho de Yale -, en diversas conferencias antes de que fuera elegido como Vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica. No ha sido una mención aislada o un mero furcio. El actual gobierno republicano intenta demostrarlo a cada paso que da.

Muchas de las medidas que ha tomado el gobierno de Donald Trump desde que asumió el poder – desde recortes de financiación y la congelación de fondos de investigación, pasando por la detención y deportación de estudiantes y profesores con visado o permiso de residencia, además de una serie de amenazas (abolición del Ministerio de Educación, Organismo que garantiza que las universidades públicas cumplan con las leyes que protegen a los estudiantes vulnerables, entre otras funciones) y exigencias inauditas (una orden ejecutiva que prohíbe el “adoctrinamiento radical” y promueve una educación “patriótica”) –, parecen pensadas para sojuzgar, o directamente destruir, al sistema universitario estadounidense tal como lo conocemos hasta el día de hoy.

La postura gubernamental simplemente refleja, explícitamente, lo que antes era solo una variable de cuidadoso control: la desconfianza de la derecha estadounidense hacia los centros intelectuales del país, a quienes lo ve como nidos de adoctrinamiento progresista – sino más bien de sublevación política y perversidad moral -. Las protestas pro-palestinas son un claro ejemplo de la lectura que tiene el gobierno sobre los espacios ‘librados a la subversión’.

Esta novedosa ‘caza de brujas anticomunista’, la cual trae reminiscencias al siglo pasado, tiene como aliados, por un lado, al miedo de las universidades (racionalmente fundado, bajo un gobierno que no duda en tomar represalias directas a quien se le oponga – sea una persona, una institución o un país -), pero también es el deseo de las mismas de evitar cualquier tipo de publicidad negativa para con otro tipo de financiamiento privado – inclusive familias adineradas de potenciales alumnos capaces de pagar astronómicas matrículas -.

Es que la competencia entre universidades crece proporcionalmente a medida que pierde los aportes del Estado: todas las universidades, públicas y privadas, tienen una fuerte dependencia económica del gobierno, cuyas agencias no solo financian miles de proyectos de investigación – solo el Instituto Nacional de Salud gasta 35.000 millones de dólares anuales – sino que también sostienen el sistema de educación superior, con 135.000 millones de dólares en becas y préstamos para estudiantes de grado y posgrado. 

Este contexto de precariedad financiera, que a su vez potencia la feroz competencia, podría explicar la falta de solidaridad y de acción colectiva, pero también implica que muchas de las decisiones en los campus de los Estados Unidos se tomen, o dejen de tomar, en función de la “marca universidad”. Y dado que lo que venden las universidades hoy en día parece no ser, en primera instancia, una educación per se sino un capital cultural – una promesa de avance social, la realización de las aspiraciones, el acceso a una red de exalumnos – lo que termina importando, más que nada, es proyectar prestigio, éxito y excelencia.

Podemos culpar a las propias administraciones universitarias por su lógica neoliberal, burocrática y mercadotécnica; pero, al fin de cuentas, se encuentran dentro de un sistema económico más amplio del cual es difícil ‘sacar los pies del plato’. Y de este modo obran. Un claro ejemplo es que los órganos directivos de las universidades no se atreven a desobedecer al gobierno, por más anticonstitucionales que sean sus acciones; pero tampoco permiten que los estudiantes desobedezcan los estatutos internos de las casas de estudio.

Ya hablamos de las causas, por lo que ahora vamos a lo que le imprime una mayor gravedad a la situación: los obstáculos a la misión principal que tiene la educación superior, como es el investigar, cuestionar, aprender, argumentar, y disentir. Está claro que en los Estados Unidos (y en la mayor parte de los países de la tierra que quieren ser resilientes y brindarles dignidad a sus habitantes), la educación superior no deja de ser una pieza central de su poderío económico y cultural.

Y dentro de este esquema, las Ciencias Sociales son el eje del ataque. Allí se estudian las ideas sobre la verdadera libertad: aquella que trabaja sobre el desarrollo socio-económico de los pueblos, la búsqueda de un modelo con mayor equidad de oportunidades bajo un esquema de sustentabilidad ambiental, o el poder alcanzar una justicia sin vicios de corrupción como eje institucional para encontrar los consensos ciudadanos. 

Pa esta lógica la actual política republicana es peligrosa. Estos no quieren oír hablar del cambio climático, ni de estadísticas que demuestren el efecto virtuoso para la población de un Estado bien administrado. Por el contrario, con un vocabulario soez y agresivo – pero sobre todo erróneo -, tildan a cualquiera que opina diferente de ‘comunista’, o a quienes sostienen  políticas que defienden a las minorías o a los débiles como ‘antinaturalistas y antinacionalistas’.

Para ello suelen ‘meter mucho ruido’ que impide toda inteligibilidad política, toda comprensión simple pero efectiva, todo modelo que incluya, sin mentiras ni fundamentos vacíos, a los interlocutores. “Vamos a ahogar financieramente a las universidades que contribuyan con el asalto marxista a nuestra herencia estadounidense y a la propia civilización occidental», declaró el actual presidente de los Estados Unidos. Y aquí me gustaría tomar las palabras del gran cientista social Mark Fisher, quien sostenía que en el capitalismo actual, se vive en una “atmosfera general que condiciona y regula la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.

Quiero concluir sosteniendo que la derecha más conservadora ello lo tiene más que claro: para lograr la victoria material definitiva, es necesaria, indefectiblemente, la victoria cultural. Para ello deben no solo impedir la posibilidad de que las personas determinen sus propias vidas y se comporten de una manera más autónoma; sino que, además, tienen que embeberles en sus mentes que la solución a los dilemas de sus vidas no se encuentran en la comprensión científica racional basada en la educación de excelencia, sino en el esfuerzo individual a imagen y semejanza de ellos, los ricos y poderosos, para que, alguna vez, ‘los ahora pobres y excluidos puedan sentarse en su misma mesa, llegar a ese lugar tan deseado’.

Aunque sabemos que, en la mayoría de los casos, este modelo utópico solo terminará quedando en su imaginación: un horizonte de largo plazo indica que, bajo un nefasto círculo vicioso, los indigentes, marginados y anestesiados, solo buscarán defender con uñas y dientes lo poco que poseen.

¿Hasta dónde aguantará Estados Unidos la pérdida de hegemonía?

https://www.cronista.com/columnistas/del-win-win-al-lose-lose-adonde-va-la-disputa-entre-estados-unidos-y-china/

Podríamos situar como punto de inflexión histórico el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio en el año 2001, aunque los conocedores del tema saben que la raíz de lo que vivimos en la actualidad proviene de fines de la década de 1970, con la llegada de Den Xiaoping al poder, y su objetivo de ‘alcanzar el socialismo utilizando las herramientas del capitalismo’.  

A partir de allí, con la idea de ser el proveedor global a través de su gran ‘chimenea industrial’, China creció y se desarrolló hacia afuera y hacia adentro, balanceándose en las diferentes coyunturas históricas. Pero siempre hacia adelante: inversiones, exportaciones y producción como ejes inamovibles de sus políticas de Estado.    

Obama probablemente fue el primero que puso el ojo con más atención en el crecimiento del gigante asiático. Le hablo de su tipo de cambio, de llegar a acuerdos financieros. Un ‘win-win’ razonable, mientras China todavía se encontraba en un estadío manufacturero semi-primario, pero ya habiendo comenzado a poner ‘pie firme’ en las diferentes regiones del mundo.

En el medio vino el huracán financiero global que parecía todo lo arrasaba. Pero China, con su paciencia confuciana, siguió avanzando, y cada vez con mayor solidez. Para sortear la gran crisis de 2008-2009, incrementó su potencial tecnológico, además de desarrollar el interior agrícola otrora postergado.

Entonces llegó la primera presidencia de Trump. La preocupación era mayor. China era un enemigo a temer desde lo económico primero (déficit de balanza comercial) y lo geopolítico después (Taiwán). Fue la época de jugar al ‘win-lose’, el sacar los dientes y demostrar quién es todavía el poder magnánimo dominante.

Tampoco volvió a salir bien.  Fomentando una potente ‘nueva Ruta de la Seda global’, China no dejó camino, mar o aire por surcar. Pragmáticamente, pero con un norte claro. Por ello, China no solo continuó con la consolidación de su mercado de capitales; sino que, además, comenzó a buscar el cambio cultural hacia una sociedad donde el consumo responsable vaya a todo motor.

Después de una época de relativa estabilidad durante el Gobierno de Biden – con salida de pandemia y guerra en Ucrania incluida -, el mismísimo Trump volvió recargado. Y pareciera ser el momento del ‘lose-lose’: peleémonos en lo económico, y que gane el más fuerte. O, mejor dicho, el que menos pierda durante la contienda.

Bajo este marco, China está decidida a no ‘tirar los guantes’: continuará explotando sus tierras raras, potenciando la inteligencia artificial, y jugando fuerte en la carrera cibernética y espacial. Mostrándole al mundo que sus bajos costos se deben cuasi exclusivamente al esfuerzo de la productividad, y no con prácticas marketineras y financieras espurias sacando provecho de las economías del mundo subdesarrollado. 

Pero además, China tiene bien en claro que no quiere perder su capacidad de innovar a costa de dinamitar su base manufacturera. Una economía balanceada, donde los servicios empiezan a ganarse su lugar, pero sin descuidar lo productivo. Y, por supuesto, la lógica financiera subsumida a las necesidades sociales y de la economía real.  

Por el contrario, Estados Unidos crece, pero con debilidad relativa en relación a su gran rival. Ve que sus aliados de la OTAN le generan una dependencia, un lastre para su economía y para con sus objetivos geopolíticos. Por el contrario, China aúna esfuerzos, voluntades, alianzas. El BRICS es un gran ejemplo de ello. Y cuando tiende puentes con otros Estados no objeta, no de órdenes. Solo espera que el receptor de la ayuda, a su manera y como pueda, cumpla con los compromisos asumidos. Más aún, podría jugar fuerte vendiendo los mayoritarios Bonos del Tesoro estadounidense, pero no lo hace. Por ahora, solo va al ojo por ojo en la guerra comercial.

Para concluir, tenemos que hablar del punto más relevante. El presupuesto de Defensa chino ha crecido sin prisa, pero sin pausa, en los últimos años: No dejará que nada – ni nadie – se atreva a penetrar en los mares, las tierras, y los cielos que ellos entienden como designios históricos propios. No le tienen temor a ningún Grupo de Tareas con portaviones, buques, drones, cazas de combate. Ni de Estados Unidos (cuya industria bélica depende en gran medida de las tierras raras que posee China), ni del Reino Unido, ni de nadie.

Algunos dirán que China no tiene la capacidad tecnológica militar para hacerle frente a los Estados Unidos, ni a otras potencias europeas. Pero todos saben que el gigante asiático se está acercando en términos cuantitativos y de capacidades tecnológicas. Y no juega solo. La cortina oriental del nuevo ‘muro global’ se está afianzando: su alianza tácita con Rusia y Corea del Norte es inquebrantable.

¿Aceptará este nuevo status-quo los Estados Unidos? ¿Claudicará el hegemón después de casi un siglo de dominio económico, político y militar global? ¿Dejará que otro país comparta las riendas del mundo? ¿O mismo se convertirá en aquel Estado que corra, con sus valores y presencia, ‘desde atrás’? Difícilmente Trump claudique. O cualquier presidente estadounidense que le siga. El destino manifiesto es muy claro: la excusa de preservar la paz global a través de la ética de los padres fundadores – aunque ya pocos lo podrán sostener con consistencia – seguirá siempre allí.

Del otro lado, solo se puede aseverar que los chinos se continúan preparando. Ya sea para con la disputa geoeconómica, o la pelea final por Taiwán. Ellos tampoco van a dar marcha atrás. Y ejemplos de esta reciente guerra alocada de aranceles sobran: desde el devolver los primeros Boening a los Estados Unidos, hasta utilizar activamente los medios de comunicación masivos para atacar al falso mercado global del lujo.   

¿Estaremos entonces ante una guerra fría ‘in eternum’, o en los próximos años nos encontraremos ante un ‘gran conflicto transnacional’ entre las dos mayores potencias globales? Todos tienen en claro que esta opción debe ser la última, sino queremos acercarnos al final del mundo tal cual lo conocemos. Mientras tanto, nos desayunamos con disputas ‘menores’ en países satélites (Medio Oriente, el Sudeste Asiático), o a través del apoyo a grupos armados (África, Latinoamérica), que es lo seguramente vamos a continuar vivenciando en los años venideros.

Lo que sí, téngase presente: ya no hay vuelta atrás. La época del unilateralismo está muerta. Si vamos a vivir en un multilateralismo escuetamente cooperativo, o bajo un bilateralismo de confrontación profunda, está por verse. Aunque a la distancia, suave y sigilosamente, ya se escuchan con escalofríos los tambores de la guerra.    

Ventajas, desafíos y riesgos de una moneda propia para los BRICS

https://www.cronista.com/columnistas/ventajas-desafios-y-peligros-de-que-los-brics-tengan-su-propia-moneda/

La moneda tiene un valor incalculable para cualquier Estado que quiera posicionarse en la arena internacional. Su fortaleza y credibilidad son claves a la hora de realizar cualquier tipo de negociación. Su relevancia en el uso implica un menor costo de los préstamos, la capacidad de mantener déficits fiscales más elevados, o la estabilidad de los tipos de cambio que deriva en los inversores acudan a la moneda apreciada por su estabilidad. Su anclaje en su rol de intercambio o de reserva que representa una lógica de dominación – más o menos consiente para las partes – de quienes desean detentar el poder. 

El recientemente ungido presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.), Donald Trump, lo tiene bien en claro. Por ello advirtió que impondrá aranceles del 100 % a los países de los BRICS – que seguro cumpliría, como lo acaba de hacer con China, México y Canadá -, si intentan crear o respaldar una moneda alternativa al dólar estadounidense. No es algo que deba sorprender: en los últimos años, el grupo ha buscado reducir su dependencia del dólar en el comercio global, principalmente impulsando acuerdos bilaterales en sus respectivas monedas locales.

Es que la bipolaridad – disfrazada para algunos de multipolaridad -, avanza. Está claro que en el corto plazo se puede observar como un intento de ‘repartija del mundo’ en áreas de influencia (Rusia quiere recuperar Euroasia, China desea prevalecer en su Mar meridional y el sudeste asiático, India en el Asia-Pacifico, Sudáfrica y Brasil en sus respectivas regiones);

sin embargo, la gran división tiene que ver con una forma de ver la vida, de encarar el sistema global: por un lado, tenemos un ‘mundo democrático occidental, neoliberal, otanista’; y, por el otro, ‘una lógica nacionalista, con una fuerte impronta de valores religiosos y culturales, bajo un férreo control social y de la política económica por parte del Gobierno’. 

Desde el BRICS sostienen que la moneda común es parte de una decisión de tomar medidas de prevención (recordemos que su creación se planteó por primera vez poco después de la crisis financiera de 2008/2009 nacida en los EE.UU., cuando la escasa regulación casi provoca el colapso de todo el sistema bancario mundial), y retaliación, ante los ‘incisivos ataques económicos’ de Occidente.

En este sentido, así como los países occidentales están enfatizando la reducción de riesgos en el comercio y la inversión con el sur global a nivel de la cadena de suministros, los países no occidentales también están reduciendo sus riesgos ante lo que ellos denominan ‘la ineptitud y el avasallamiento’ de EE.UU. y sus aliados.

Por ejemplo, en respuesta a las sanciones económicas encabezadas por Occidente contra Rusia, después del estallido de la guerra ruso-ucraniana, Moscú presentó el sistema “BRICS Bridge”, una red de mensajería de pagos basada en monedas digitales, blockchain y tokens, que se propuso como una alternativa a Swift, el sistema global utilizado para procesar billones de dólares en pagos bancarios. Así es: la tecnología aplicada a las finanzas juega un rol relevante en el mundo actual.

Por otro lado, los BRICS tienen diferentes acuerdos entre sí para usar sus propias monedas en los intercambios comerciales. Para citar un ejemplo, China ya realiza el 95% de su comercio con Rusia en yuanes, además de tener acuerdos para negociar en moneda local con Brasil, India, Sudáfrica, Indonesia, Arabia Saudita, Egipto y Etiopía.

Pero como se expuso previamente, más allá de la lógica sistémica, podemos suponer que el conflicto no terminará aquí. Simplemente porque el dilema no se cierna en una mera discusión de política monetaria o cambiaria, sino que va mucho más allá. Se juega el cómo se entiende la producción, el consumo, la tecnología aplicada a las finanzas. La forma en que deben desarrollarse los pueblos. La moneda es solo una variable más.

¿Quién prevalecerá en está arena de confrontación? Dependerá de un sinfín de alianzas, lógicas productivas, concatenamientos de proyectos de desarrollo socio-económico, objetivos de poder militar para adquirir espacio, apoderarse de recursos. Así es, cuando todo está en juego, los ganadores serán los que mejor conjuguen eficazmente el poder duro y blando; quienes articulen eficientemente todas sus herramientas con las capacidades que cada Estado haya podido generar a lo largo de su historia.  

En este sentido, no es nada fácil amalgamar los acuerdos interestatales. Pensemos que, para los BRICS, una nueva moneda común supondría una ingente tarea, plagada de complejidades. Un ejemplo de ello, aunque no sea una condición sine qua non para su creación, son los diferentes sistemas políticos y económicos de los miembros actuales, que además se encuentran en distintas fases de crecimiento y desarrollo económico.

China, por ejemplo, es responsable de cerca del 70% del producto interno bruto total del bloque, con 17,8 billones de dólares. El gigante asiático registra un superávit comercial y mantiene una gran tenencia de dólares para respaldar su competitividad como gran exportador. India, por su parte, registra déficit comercial, y su economía solo asciende, en comparación a China, a los 3,7 billones de dólares. A la hora de hacer una política monetaria, comercial y financiera con una moneda en común entre los miembros del bloque y hacia afuera, este escenario, como mínimo, debe tener que tomarse en consideración.   

Por supuesto, se pueden aplicar cambios operativos para morigerar los diferenciales que puedan surgir. Por ejemplo, se podría crear una moneda BRICS como una cesta de monedas similar a los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, en la que el peso relativo de la moneda de cada miembro del BRICS se determinaría en función de su fortaleza económica. Esta moneda no tendría por qué sustituir a las monedas nacionales – los países conservarían su soberanía monetaria – y no requeriría que los BRICS establecieran un banco central unificado -, ya que el Nuevo Banco de Desarrollo del bloque podría encargarse de la emisión de la moneda.

También se puede pensar que la moneda BRICS inicialmente no se utilizaría en escenarios de consumo personal, sino que sólo se utilizaría para acuerdos comerciales internacionales entre bancos. O que se lance en forma de moneda digital, y a su vez se encuentre vinculada a la moneda digital de un banco central en común.

Del otro lado de la ‘cortina de hierro’ que separa al Norte del Sur Global, es hora de que los EE.UU. y la mayoría de los gobiernos occidentales, comiencen a reflexionar. A pesar de la eficiencia de liquidación y la facilidad de uso que ha ofrecido el dólar en las últimas décadas, y ha convertido a la moneda estadounidense en una parte indispensable del sistema comercial multilateral de posguerra, el BRICS es un recordatorio de los peligros que entraña ignorar las legítimas demandas de países y pueblos de todo el mundo para tener mayor protagonismo, influencia y poder en las estructuras de gobernanza mundial que determinan su destino.

Sino pensemos en cómo la Reserva Federal de los EE.UU. ha aumentado las tasas de interés en los últimos años, lo que ha perjudicado enormemente a los países del sur global por el pago de intereses más altos sobre su deuda en dólares, como así también para con los efectos negativos sobre el tipo de cambio por un dólar fortalecido.

Aquí hay que hacer un alto: ojo con el buscar el desacoplamiento, dando lugar a un ‘eterno y estructural rival sistémico’. Porque el BRICS supera a la Alianza Occidental en muchos aspectos: población, tamaño de la economía real, energía, recursos y capacidades de fabricación industrial. El equilibrio de poder entre EE.UU. y sus aliados, y los países Orientales, es hoy muy diferente del que existía durante la Guerra Fría entre Occidente y el antiguo bloque soviético.

Para concluir, en esta disputa por la creación o no de la nueva moneda BRICS, una disputa explícitamente agresiva entre ambos polos sería peligrosamente contraproducente. Por ejemplo, en la actualidad China sigue poseyendo 830.000 millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense, además de otros 2 billones de dólares en otros activos denominados en dólares. Perder su influencia no sólo podría dificultar que China contrarrestara las presiones estratégicas estadounidenses, sino que también provocaría un daño mutuo en caso de que Estados Unidos cometiera un error de cálculo estratégico.

En definitiva, probablemente no tengamos una moneda BRICS en el corto plazo; una serie de variables, en un mundo distante de procesos serenos y cohesionados, parecerían demorar el acuerdo. Lo que es pareciera seguro es que, una nueva moneda BRICS, no terminará con las desigualdades sistémicas, la pobreza en el mundo, las guerras por los recursos enmascaradas en disputas culturales. Sin embargo, podríamos afirmar que las potencias del sur global, en un punto de no menor importancia, podrán tildar ‘moneda propia de relevancia global’ de su checklist en el papel.

TRUMP y la ARGENTINA

https://www.ambito.com/opiniones/donald-trump-y-la-argentina-n6108352

Los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.) tienen nuevo presidente. Y como principal potencia del mundo, líder continental, y aliado estratégico sin equa non de Argentina, el desenvolvimiento de su política exterior será relevante para nuestro futuro.

Donald Trump tiene como eje de su gestión la mirada endógena. La política exterior, complementaria, es expansiva en términos de negocios, pero contractiva en relación a las batallas militares que desea enfrentar. El ‘Drill baby Drill’ doméstico, deberá conjugarse armoniosamente con el incremento del comercio y la obtención de recursos naturales estratégicos. La adquisición de Groenlandia, y el control del Canal de Panamá, fueron las primeras declaraciones explosivas en torno a ello.

Por supuesto, para la consecución de sus objetivos, siempre es mejor contar con apoyos. Pero no en términos de formas conjuntas de crecimiento y desarrollo económico inter-estatales. Más bien, deben ser ideológicas, culturales. Hasta mismo religiosas. Un apoyo contundente por el simple hecho de EE.UU. ser, el mismísimo ‘faro del mundo’. Sin cuestionamientos racionales. Un mesianismo explícito. Conmigo o ‘sinmigo’ a todo o nada, como diría el inefable Herminio Iglesias.

Y ahí ingresa la Argentina, bajo la alianza ‘Anti-Woke’ o ‘Anti Agenda-2030’. Sin importar que EE.UU. es nuestro tercer socio comercial de relevancia, o mismo la sumisión que implica el endeudamiento (que a esta altura de la historia de nuestro país parece eterno). Un enorme problema económico, totalmente ‘anti-libertario’, que solamente se morigera con una discursiva que nos rememora las profundamente famosas ‘relaciones carnales’ menemistas.

En este sentido, la gran pregunta sería: ¿Hasta cuándo el gobierno estadounidense, a través del FMI, permitirá el refinanciamiento argentino? ¿Habrá carta libre como en 2018? Los actores son diferentes, la situación es diferente.

Hoy hay un ajuste innegociable que es un ‘canto de sirenas’ para los oídos de Washington, además de la previamente mencionada ‘hermandad de valores’, que se circunscribe, dentro del realismo más puro, a que Buenos Aires sea un Buffer de contención contra el ‘eje del mal comunista que acecha nuestra región’ (que va desde Venezuela, Cuba y Nicaragua, respaldadas por Rusia, hasta los ‘más moderados’ Lula o Petro). Pero realmente no sabemos hasta donde llegará el apoyo. Hasta el momento, es más tácito que explícito.

Probablemente sí redunde en algún beneficio de tinte marginal y de bajo costo, como la mejora de las condiciones de acceso a mercados, donde, por ejemplo, Argentina sopesa distintas trabas fitosanitarias. Pero no mucho más.

Lo que sí podemos afirmar es que en estas épocas de bipolaridad y belicismos exasperantes en nuestro bendito sistema mundo, el dinamismo propio de una época más que compleja deja un final abierto. Por supuesto, para nuestro país; porque como dijo el propio Trump sobre América Latina, “Nosotros no los necesitamos. Ellos nos necesitan”.

No nos olvidemos que EE.UU. explica el 8% de las exportaciones de bienes de Argentina; lo que incluye el 31% de las exportaciones de combustibles, el 62% de aluminio y manufacturas, el 24% de vino y el 19% de preparaciones de frutas y hortalizas. Por el contrario, Argentina representa apenas el 0,18% del total de las importaciones de los EE.UU. No más vale recordar la miserable – en términos de la miseria económica que representaba para los EE.UU. – disputa de los ‘limones’, junto con los aranceles al acero y al aluminio, que nuestro país sufrió durante el primer mandato del líder republicano.

Por ello, se debe volver a recalcar que las votaciones negativas y en solitario de Argentina en la ONU sobre temas que van desde los derechos indígenas o el repudio a la violencia digital contra las mujeres y las niñas, el salir de los Acuerdos de París y de la Organización Mundial de la Salud (OMS), o mismo el retiro de la delegación argentina de la cumbre del clima COP 29, no implican una mayor relevancia de Argentina en la política económica exterior de los EE.UU. Solo una amistad proveniente de lógicas comunes sobre cómo se observa – y se interpreta – el mundo.

Para concluir, no tenemos que olvidar que estamos claramente ante una relación desigual y asimétrica. En este sentido, hay que tener mucho cuidado sobre la manera en la que se obra de aquí en más. Solo para citar un par de ejemplos, la idea de retirar a Argentina del Mercosur si este se convierte en un obstáculo para cerrar un acuerdo de libre comercio con EE.UU., debería ser reflexionada más de una vez. O, por otro lado, ¿acaso alguien puede pensar que Argentina puede reducir el comercio con China para llevarse mejor con EE.UU.? ¿Desentenderse del Swap y las inversiones del gigante asiático? Muy poco probable.

Lo mejor que podemos hacer entonces, para evitar la aleatoriedad del destino que, en términos del escenario internacional, hace que estemos siempre más cerca del debe que del haber, es tener un programa claro y conciso de política exterior.  

No sería necesario, al menos en el corto plazo, crear un nuevo ‘destino manifiesto’, como lo han hecho nuestros vecinos del norte. Pero sí sería de relevancia llevar adelante determinadas políticas de Estado que nos permitan generar un modelo autónomo, balanceado y sustentable para enfrentar al mundo. Para ello, debemos ser inteligentes, pragmáticos, comprender bien lo que ocurre a nuestro alrededor. Y trabajar para el bien común de los argentinos. Pero, sobre todo, para los que más lo necesitan. ¿Será mucho pedir?   

Guerra Irán-Israel: El rol del petróleo en la geoeconomía global  

https://www.cronista.com/columnistas/guerra-en-medio-oriente-el-rol-del-petroleo-en-la-geoeconomia-global/

Irán es el segundo país del mundo con más reservas de gas natural, 34 billones de metros cúbicos, y el tercero en petróleo, con 208.600 millones de barriles. No caben dudas: una potencia hidrocarburífera. Con mucha historia.

Los primeros yacimientos se descubrieron en 1908, y pronto los británicos se hicieron con el control de la producción a través de la Compañía Anglopersa del Petróleo. Durante décadas, la mayoría de los beneficios de esta creciente producción terminaron en manos británicas. Esto cambiaría con la llegada al poder del nacionalista Mohamed Mossadeq​ como Primer Ministro, en 1951.

La primera decisión de Mossadeq fue nacionalizar la producción de petróleo. Esta afrenta contra los intereses británicos, junto a su enemistad con la dinastía gobernante de los Pahlaví y las alianzas que trazó con el Partido Comunista, lo pusieron en la mira de las potencias occidentales que veían una afrenta severa a sus negocios globales.

En 1953, el MI6 y la CIA orquestaron un golpe de Estado que instauró la larga dictadura de Mohamed Reza Pahlaví, quien sería el último Sha de Persia. Un régimen autoritario, marcado por la represión, la falta de libertades y la voluntad inclaudicable del Sha de asemejarse a sus socios occidentales.

En los años setenta, los clérigos chiíes lograrían capitalizar el descontento de la población y, tras un 1978 plagado de protestas cada vez más masivas, la revolución capitaneada por el ayatolá Ruhollah Jomeini acabó con el régimen del Sha e instauró la actual República Islámica en 1979.

Después de un periodo de transición, hace tres décadas comenzó un proceso de crecimiento y desarrollo económico – se duplicó el poder adquisitivo de la población desde principios de los 1990’ hasta principios de la década de 2010’-, debido principalmente a reformas estructurales realizadas en la economía iraní: la continua industrialización, que incluyó inversión extranjera directa y transferencias de tecnología, condujo a un aumento constante de la productividad total de los factores y la rentabilidad empresaria.

La visión desarrollista de la República Islámica abarcaba e implicaba, por tanto, el desarrollo industrial, justificado como vía hacia una mayor soberanía económica, y como medio de distribuir las oportunidades más ampliamente que en una economía rentista basada en el petróleo.

Sin embargo, las determinantes sanciones financieras y energéticas impuestas por la administración de Obama en diciembre de 2011 frenaron bruscamente esa tendencia y atraparon a Irán en un periodo de dificultades diplomáticas y malestar económico. El estancamiento conllevó a una actualidad de resistencia: una economía regresiva que conlleva en sus entrañas un proceso de reprimarización. Pragmatismo puro para con el ‘viento de cola’, diría el lulismo que gobernó Brasil en la primera década de este siglo.  

Los números no mienten: a pesar de las medidas adoptadas contra el país, durante el primer trimestre de 2024 las exportaciones de petróleo de Irán alcanzaron su nivel más alto en seis años, por un valor de US$35.800 millones. ¿Cómo logra Irán evadir las sanciones a sus exportaciones de petróleo?

La respuesta está en los métodos comerciales utilizados por su mayor comprador de petróleo: China. El gigante asiático es el destino del 80% de las exportaciones iraníes por aproximadamente 1,5 millones de barriles diarios. ¿Qué dicen los chinos? El petróleo iraní no solo es barato y de buena calidad., sino que, además, Irán es un aliado político de enorme contrapeso para con el balancear el poder de Occidente.

¿Cómo lo hace? Varias cuestiones. Por un lado, Irán y China utilizan una red de buques petroleros con estructuras de propiedad poco claras y tecnologías que no reportan sus ubicaciones precisas. También evitan utilizar servicios marítimos y de intermediación occidentales, lo que les permite no tener que cumplir con las regulaciones – y sanciones – occidentales.

Si a ello le adicionamos que, en lugar de utilizar el sistema financiero trasnacional, que es monitoreado por Occidente, las transacciones se realizan a través de bancos chinos más pequeños sin exposición internacional. Además, dado que los pagos por el petróleo iraní se realizan en moneda china para evitar las transacciones con el dólar, la adquisición de divisas por parte de Irán, derivado de la transacción de su materia prima estrella, se encuentra, al menos por el momento, a salvo.

Por ende y como se ha podido observar, la cuestión hidrocarburífera siempre ha sido central en la potencia persa. Hasta el día de hoy.

Cuando Israel decidió volver a atacar a Irán el pasado 25 de octubre, se obviaron las instalaciones petroleras iraníes. Su intento de destrucción hubiera sido un hecho desestabilizador, al menos de corto plazo, en el ya complejo escenario económico mundial actual.

Estados Unidos lo entendió (la máxima prioridad para el gobierno de Biden es el precio de la gasolina en casa; ello es más importante que su política exterior.) y puso el freno al deseo belicoso hebreo: por un lado, ello no solo implicaría más fuego a la inflación, sino que, en términosproductivos, las interrupciones en la logística podrían afectar a la oferta global: un potencial bloqueo del Estrecho de Ormuz por parte de Irán (30% del crudo transportado por mar, y el 20% del gas natural licuado del mundo pasan por allí), o los actuales ataques en el Estrecho de Bab al Mandeb por parte de los hutíes yemenitas dirigidos por Teherán – con sufrimiento por parte de los barcos con bandera aliada a Israel -, dan cabales muestras de ello.

Y la realidad es que, al menos en el corto plazo, el petróleo continuará siendo la materia prima más comerciada en los mercados internacionales, siendo su precio vital en las principales decisiones empresariales y de política económica en todo el mundo. La producción mundial creció en 2023 en más de dos millones de barriles diarios (mbd) para superar los 103 mbd en julio de 2024, y se espera que durante el resto del año y 2025 siga aumentando.

A pesar de que ya ha comenzado el proceso de sustitución por energías renovables – lo cual modificaría también, aunque no sustancialmente, la matriz geopolítica -, el mismo se encuentra en un proceso de desarrollo estratégico de mediano y largo plazo.

Por ello, desde que comenzó el conflicto entre Irán e Israel, el foco estuvo puesto siempre en el efecto compensatorio de la producción estadounidense y otros productores – algunos no pertenecientes a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) -, los cuales han reducido la prima de riesgo incorporada en los precios, por lo que el barril se ha mantenido por debajo de los 120 dólares alcanzados en 2022 tras la invasión rusa a Ucrania.

De lo expuesto, podemos resaltar lo entremezclada que se encuentra la geoeconomía y la geopolítica. Recordemos que una de las razones por las que la Casa Blanca toleró las exportaciones de petróleo iraní en el pasado fue debido al impacto negativo que tenían sobre Rusia. Como contraparte, y solo para citar un ejemplo, se observa la actual amenaza iraní a cortar el suministro de petróleo crudo a la monarquía sunnita catarí, que refina el petróleo iraní para su posterior exportación.

En definitiva, todo se conjuga bajo un juego quirúrgico que, aunque parezca sostenerse bajo ciertos vicios de estabilidad, en muchas ocasiones pende de un hilo, como el actual ‘cese al fuego’ entre Israel y Hezbollah, que pasa a centralizar el conflicto hebreo en su archienemigo persa. Por lo tanto, como diría el viejo refrán futbolero, ‘equipo que gana, no se toca’. Por ende, lo más sensato para el bienestar económico del sistema internacional como un todo, es que continuemos en esta ‘guerra controlada’. Y por supuesto, dejando de lado los economicismos, que reine la paz.

Choque de civilizaciones

https://www.ambito.com/opiniones/choque-civilizaciones-n6063196

Con la potenciación de la globalización neoliberal y el ‘fin de la historia’ de la década de 1990’, la paz global y la ‘macdonalización’ desparramada en ‘modo democracias capitalistas occidentales’ parecía que lograrían la paz y la concordia entre los diferentes pueblos del mundo; los cuales se verían, a partir de aquel momento, como homogéneamente participes del nuevo orden de consumo global.  

Falso. Mejor dicho, erróneo. De la mano de las crisis socio-económicas que se han vivenciando en las últimas décadas (tigres asiáticos, crisis de 2008, pandemia), volvieron, como si nunca se hubieran ido, históricas tensiones culturales, raciales y religiosas. Y para sorpresa de no pocos, expresadas en toda la diversa gama de áreas que uno se pueda imaginar.  

En la Eurocopa de futbol realizada en el corriente año en Alemania, solo para citar un empírico ejemplo popular, los polacos insultaban a los rusos, los albaneses se pelearon contra los macedonios, y los kosovares provocaban a los serbios, entre otros. Y como frutilla del postre, en el medio de la misma, futbolistas franceses se inmiscuyeron en las elecciones de su país: “Es muy grave y muy triste”, dijo Marcus Thuram, en referencia a la victoria del partido de Le Pen en las pasadas elecciones para representar al país galo en el Parlamento europeo.

La inmigración es otra variable que se encuentra permanentemente en la picota. La expansión de los partidos políticos de derecha alrededor del mundo, tiene su foco en aquellos que, generalmente por miseria o persecución, huyen de sus lugares de origen.

¿Son mano de obra barata que compite con los ‘blue collar’ del mundo desarrollado y requieren un incremento del expendio Público? Probablemente. Pero a muchos empresarios le sirve. Y el real problema de estos últimos es que tienen que luchar con, en muchos casos, los obstáculos políticos derivados de la imposibilidad de adaptarse por parte del inmigrante a las nuevas condiciones culturales.

Porque claro, la cultura y la religión también juegan.  Miremos sino el caso emblemático de Israel. Desde su independencia en 1948, hubo una sucesión de conflictos permanentes con actores externos (Siria, Egipto, Líbano, etc.) e internos (Palestinos y árabes-israelíes).

A ello se le adiciona la pelea regional entre sunníes – con Arabia Saudita a la cabeza – y los chiítas comandados por Irán. La concentración de la riqueza y la mono-producción sin valor agregado, son la bomba de tiempo que inyecta odio a los distintos actores estatales y no estatales – léase milicias proxys -, que actúan en la región.

Es lógico que entonces nos preguntemos: ¿Dónde podemos encontrar la prosperidad colectiva global que iba a traer la hermandad económica a pueblos tan disímiles? Algunos podrán decir que, en realidad, el camino no era la globalización neoliberal, sino más bien la otrora internacional socialista. Pero la historia está escrita y el ganador quedó del otro lado del muro.

Otros podrán afirmar que lo mejor que podría haber pasado para la ciudadanía trasnacional es el haber generado un Estado de Bienestar Global. Una social-democracia a la europea en cada uno de los continentes. Hubiera sido un experimento interesante. Aunque, probablemente, algún teórico saldría a afirmar que los modelos nórdicos no podrían haber existido como tales sin la expoliación y la miseria del Sur global.

Como no se puede vivir de hipótesis y, como diría el General, la única verdad es la realidad, nos tenemos que enfrentar a la actual coyuntura cuasi distópica tratando de dar con la difícil tarea de llegar a la prosperidad con paz social.

Difícil en un mundo que ha regresado hacia las tensiones geopolíticas de una bipolaridad con matices manifiestos dignos del siglo pasado. Y más aún, con un modelo económico sistémico global que ha quedado enfrascado en una dinámica financista que alienta un consumo desbocado pero contrariado por los salarios de subsistencia. La consecuencia: un círculo vicioso de desigualdad creciente, la búsqueda desesperada de un futuro mejor para masas culturalmente amorfas, y gobiernos constreñidos con sociedades temerosas de lo desconocido, de lo diferente.       

No parece – y tampoco los líderes globales realizan mucho esfuerzo -, que  se busquen soluciones comunes y respetuosas: luce imposible soñar con dos Estados para el conflicto palestino-israelí, el intentar trabajar sobre políticas que den respuesta a las necesidades de los centroamericanos para que no migren a los Estados Unidos, o mismo el pregonar un entendimiento binacional para encontrar un destino armonioso a los nacionalistas rusos que han vivido desde hace décadas en el Donbass ucraniano, entre tantos ejemplos que podemos mencionar.

La búsqueda de poder y riqueza como eje de las elites políticas, se amalgama puntillosamente con la persecución de recursos estratégicos naturales y financieros por parte de las elites económicas; una dinámica que se mantiene como eje rector del funcionamiento sistémico global. Como complemento, la explicación mediática que sostiene, a capa y espada, que todos los dilemas de la sociedad se deberían subsumir al consumo desmedido. Y nada más. Y el que no se acople, debe aguantar. Cada uno como pueda.

Por supuesto, hasta que la olla se destapa y, en cualquier momento, explote. Y en ese momento, seguramente viviremos reacomodamientos sociales y políticos que permitirán barajar y dar de nuevo. Quien dice, con nuevas cartas; nuevas normas de convivencia entre pueblos y personas, que deben respetar y ser respetados. Mientras tanto, con el actual sistema mundo imperante, no se observa, al menos en el corto plazo, un futuro de paz y armonía en la arena internacional.   

GOOD BYE DOLLAR

https://www.cronista.com/columnistas/chau-dolar-las-razones-detras-de-los-paises-que-buscan-eliminar-su-dependencia-de-la-divisa-norteamericana/

El dólar se convirtió, a lo largo del siglo XX, en la principal divisa para el comercio y las reservas internacionales. Con Estados Unidos a la cabeza de la hegemonía consolidada de Occidente tras la caída de la Unión Soviética, los billetes verdes llegaron a ocupar de manera indiscutible el trono monetario a nivel mundial.

No obstante, el mundo ha cambiado en el siglo XXI. La dinámica incesante de las causas – consecuencias de los flujos intercambiables entre la geopolítica y la geoeconomia, se han potenciado en los últimos años en la actual bipolaridad (OTAN y aliados vs. Rusia/China y aliados), con especificidades propias de una micro-multipolaridad. En este sentido, una diversidad de Estados de distinta relevancia a nivel internacional, se han tornado más cautos y se están replanteando sus asignaciones de divisas basándose en el objetivo de fortalecer (o evitar riesgos) en términos de sus vínculos geopolíticos.

Es por ello que no ha sorprendido cuando el mes pasado, se dio a conocer la decisión de Arabia Saudita en no renovar el acuerdo del “Petrodólar”, poniendo fin a una ‘relación carnal’ de 50 años con Estados Unidos. El mismo, firmado en 1974, constaba de un acuerdo para que las exportaciones de petróleo saudíes se paguen en dólar estadounidense. A partir de ahora, el Estado arábigo puede manejarse con libertad plena en la comercialización de petróleo mediante distintas monedas.

Pero Arabia Saudita no es el único país que ha planteado un viraje en sus vinculaciones monetarias internacionales. Recientemente, Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente de Brasil, propuso en una reunión de países sudamericanos la creación de una moneda común para fines comerciales. Con esto, el líder brasileño continuó promoviendo una disidencia del dólar que ya había planteado durante sus visitas a China y a Argentina. En este aspecto, el mandatario indicó que la existencia de una unidad común de referencia para el comercio regional reduciría “la dependencia de monedas extra-regionales”, incrementando la soberanía económica, diversificando el riesgo/moneda, y promoviendo la integración económica con otros Estados que también buscan alejarse lentamente del monopolio del dólar.

La propuesta del líder brasileño se alinea con la mayoría de sus aliados del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más la reciente incorporación de Irán, Arabia Saudita, Egipto, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos). Y ello no tiene que ver específicamente con las tensiones producidas por los fuertes aumentos de las tasas de interés, las sucesivas crisis inflacionarias de los últimos años, o los avances tecnológicos en el área financiera en el país norteamericano; sino más bien, y principalmente, por la dinámica geopolítica, como han sido las sanciones que han dejado a Rusia fuera del sistema bancario mundial.

Y aquí es donde se ve con claridad cómo se conjuga la diplomacia con la arista geoeconómica: el Gobierno de Vladimir Putin ha estado trabajando con ahínco junto a Beijing en los últimos dos años para eliminar su dependencia del dólar: tanto ya sea incrementando la participación del yuan en sus reservas, potenciando el comercio directo de rublos y yuanes en lugar de utilizar el dólar como intermediario, como así también controlando el precio de los hidrocarburos, con el objeto de debilitar política y económicamente a su gran rival occidental.

Más aún, otros países también se han mostrado favorables a disminuir el uso del dólar en sus transacciones con China. Por ejemplo, el presidente francés, Emmanuel Macron, abogó por disminuir la dependencia europea del billete verde para sustituirlo por transacciones comerciales con el gigante asiático. También Pakistán accedió a pagar por sus importaciones del combustible ruso en yuanes. Evidentemente, el Estado gobernado por el Partido comunista (al menos en su nombre), tiene un magnetismo muy tentador: ser la segunda potencia económica mundial, las ingentes inversiones y préstamos internacionales, su creciente participación en el comercio y el PBI global, y su posición como mayor comprador y productor de materias primas clave, entre otros.

Por supuesto, aunque el requerimiento geopolítico ‘del otro lado del muro’ lo demanda, la dinámica financiera internacional también tiene sus obstáculos. Una convertibilidad sin fricciones, la transparencia regulatoria y la profundidad comercial son requisitos fundamentales; difíciles de lograr y sostener en el tiempo. Pero, además, y, sobre todo, por el rol que cumplen el mercado financiero y de reservas.

Y el gigante asiático, como principal rival de los Estados Unidos, es el más claro ejemplo: los países cambiarían sus reservas primarias a yuanes solo si invertir en China se volviera más accesible y su mercado de bonos se profundizara lo suficiente como para alentar la tenencia de yuanes. También debería relajar las restricciones sobre los flujos de capital saliente, lo que podría generar incentivos para que las entidades no chinas emitan deuda denominada en yuanes, creando profundidad y liquidez comunes a los mercados del dólar y el euro. Pero aquí tenemos otra vez un problema político: un yuan totalmente convertible parece incompatible con las políticas estratégicas chinas de largo plazo.

Por otro lado, el euro es quizás una de las alternativas que en un principio tiene más sentido para desplazar al dólar. En tanto que es una moneda en esencia multinacional y está vinculada a varias de las economías occidentales más fuertes del mundo, además cumple con los estándares de transparencia y regulación. No obstante, el riesgo de fragmentación sigue siendo un tema clave para adoptar el euro como moneda de reserva principal: no solo porque la crisis de la deuda pública de un país miembro puede amenazar la estabilidad financiera del resto de la unión, sino que además los 20 países que usan la moneda única tienen bancos centrales independientes con sus propios mandatos políticos. No todo es tan fácil como parece.

En este este escenario complejo – hasta se podría decir con matices crecientemente disruptivos -, otros países de segundo orden (¿ya podríamos denominarlos ‘potencias medias’?), también se animan a ‘tomar la lanza’. Entonces la India le ha dicho al mundo que su Rupia es una alternativa para el comercio de quienes se enfrentan a una escasez de dólares. Es que la guerra de Ucrania ha ejercido presión sobre las reservas de divisas de Estados como Sri Lanka, Bangladesh y Egipto; países con fuertes vínculos históricos con la actual potencia demográfica del mundo. ¿Podrá convertirse India en una referencia comercial en los próximos años? Próximamente lo sabremos.

Más preguntas que respuestas también tienen los criptoactivos en las transacciones internacionales, en particular para lo que representan el volumen de remesas. A pesar de que el bitcoin se ha convertido en una forma popular de intercambio monetario, particularmente en países con altas tasas de inflación o monedas débiles, sobrevuela un importante signo de pregunta sobre el rol del Estado para con el control ciberdigital de los mismos. 

Dado lo expuesto, podemos concluir que los esfuerzos por alejarse del dólar probablemente serán un proceso que requerirá de varios años e importantes reformas políticas e institucionales (que suelen vivenciar una mayor volatilidad del tipo de cambio o altos costos de endeudamiento con tasas de interés más altas) en los países que pretendan desafiar el dominio de la moneda estadounidense, que al día de hoy todavía conserva casi el 90% de las transacciones a nivel mundial, representando además casi el 60% de las reservas de divisas de los bancos centrales.

Sin embargo, no hay nada que el tiempo no cure, y pareciera que la tendencia a una convergencia, un equilibrio macro-financiero entre Estados Unidos/Europa y el ‘mundo oriental’, se ha vuelto irreversible. Los actores del tablero mundial comprendieron el mensaje: tras el estallido del conflicto entre Rusia y Ucrania, Estados Unidos congeló en 72 horas 300.000 millones de dólares en reservas de divisas del Banco Central ruso. Esto ha socavado su credibilidad internacional y ha sacudido los cimientos crediticios del sistema financiero internacional dominado por Occidente. Y luego lo ha hecho con Irán, quien, de paso, ha acordado recientemente vincularse al sistema de pagos del BRICS para comerciar en moneda local. ¿Qué país enemigo u alejado de los intereses de la ‘OTAN económica’ puede confiar en que Estados Unidos no congelará sus reservas de divisas de forma similar en un potencial conflicto futuro?

Por ende, mejor prevenir que curar. Menos ataduras, menos dependencia. Como Estado soberano, fortalecerse internamente en términos macroeconómicos, y ampliar los nichos de mercado a nivel global. Comprender quienes son las potencias presentes, pero también sus aliados del futuro. En definitiva, y en momentos de conflicto latente o potencial (Ucrania, Medio Oriente y Taiwán), desde algunas latitudes del mundo, de a poquito se van acordando la frase del entonces presidente mexicano, Porfirio Díaz: “Ay pobre mi México querido; tan lejos de Dios, y tan cerca de los Estados Unidos”.  

Cegados de desigualdad

https://www.ambito.com/opiniones/cegados-desigualdad-las-elites-globales-sus-herencias-y-la-baja-carga-impositiva-n5984981

Herencia. Esa pareciera la clave del éxito. Al menos para las Elites globales, los ricos que dominan el mundo. Así por lo menos lo indica un informe reciente publicado por la revista Forbes, el cual sostiene que se espera que más de mil magnates transmitan más de 5,2 billones de dólares a sus herederos en los próximos años.

En este sentido, la lógica shumpetereana, de la innovación para el crecimiento y la posterior la acumulación, va languideciendo lentamente. Soy rico porque mis ascendientes lo son. Y la verdad, no es necesario ‘romperme el lomo’ mucho. Ser vivo para mantener lo que tengo, incorporándome a la dirección ejecutiva de las empresas familiares. Estudios jurídicos y contables de confianza amigos, algo de conocimiento técnico financiero. Y no mucho más. ¿Ambición? Bien, gracias. A disfrutar la ‘vida loca’.

¿Preocupaciones? Lo novedoso del informe es la relevancia que le dan a la inteligencia artificial: mientras el 65% considera que será una de las mejores oportunidades comerciales para sus negocios a futuro, el 58% observa a la vez que las amenazas de ciberseguridad y piratería informática aumentan a medida que la tecnología gana protagonismo. En este aspecto, era obvio que su preocupación no iba a ser la pérdida masiva de puestos de trabajo. ¿Será que, en la transición hacia una nueva forma de producción global, confían demasiado en los nuevos puestos que se están creando? No creo que piensen demasiado en ello.  

Lo más interesante sí, como el sistema mismo, es el individualismo – para no decir egocentrismo -, de quienes tienen una empatía limitada con el resto del mundo: el 68% de los multimillonarios de la primera generación declararon que la filantropía era una parte importante de su legado, frente a sólo el 32% de la generación heredera.

Y lo peor de todo es que, ni con el incentivo propio, ni con el ajeno, colaboran con los más desfavorecidos. Es que los multimillonarios empresarios cada vez tienen que hacer frente a menos impuestos a lo largo de su vida. Sino miremos los impuestos corporativos, los cuales disminuyeron significativamente en los países de la OCDE en las últimas décadas, del 48% en 1980 al 23,1% en 2022. Otro ejemplo: la mitad de los multimillonarios del mundo viven en países en los que ha dejado de existir el impuesto de sucesiones sobre el dinero entregado a los hijos. En números concretos, unos 5.000 millones de dólares de estos hombres y mujeres pasarán a la siguiente generación libres de impuestos. Por supuesto, con la elusión (y porque no la evasión) como caballitos de batalla. Y cabe aclarar que esto no es por designio divino:  la desigualdad es impulsada por las elites que emprenden una guerra sostenida y altamente efectiva contra los impuestos.

¿Nada ocurrió con el informe publicado en octubre del año pasado publicado por el Observatorio Fiscal de la Unión Europea, el cual recomendaba un impuesto global para los 2.700 multimillonarios del mundo? Según el organismo, un impuesto de este tipo permitiría recaudar 250.000 millones de dólares al año. Mucho dinero que serviría para paliar el hambre en el mundo; como sería también el transferir dinero del gasto militar global a la investigación médica para luchar contra las enfermedades endémicas, entre otros. A no, eso implicaría pedir demasiado para una ética en desuso. Demasiado moral todo, a ver si se nos ocurre poner el ser humano y el medio ambiente por delante de la acumulación.

Es por ello que no es de extrañar el informe que acaba de publicar la prestigiosa organización Oxfam, en el cual indica que mientras los cinco hombres más ricos del mundo duplicaron con creces su fortuna desde 2020 hasta 2023 (deu$s 405.000 millones en 2020 a u$s 869.000 millones el año pasado), casi cinco mil millones de personas en todo el mundo se empobrecieron en el mismo período de tiempo. El aumento de la desigualdad global, con las personas y empresas más ricas acumulando mayor riqueza – gracias al aumento de los precios de las acciones y también al tener mayor capacidad de lobby -, solo nos puede llevar a una conclusión: el poder corporativo se utiliza para impulsar la desigualdad.

Por un lado, exprime a trabajadores y enriquece a los accionistas ricos, esquivando impuestos y privatizando el estado. Pero además, por acción u omisión, los gobiernos empoderan a enormes capitales a potenciar las prácticas monopólicas, entregándoles tal poder que les permite influir en los salarios que se pagan a las personas (según un trabajo del World Benchmarking Alliance sobre las 1600 las empresas más grandes del mundo, solo el 0,4% de éstas se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno, y a abogar por esta medida justa en sus cadenas de valor), los precios de los alimentos, y los medicamentos a los que las personas pueden acceder. Finalmente, estas elites económicas también presionan implacablemente por obtener tasas de interés más bajas en el sistema financiero, una menor transparencia en los procesos de accountability, y otras medidas destinadas a permitir que sus corporaciones contribuyan lo menos posible a las arcas públicas.

¿Cómo podemos hacer entonces para parar cambiar una realidad donde el creciente poder de grandes empresas y monopolios se ha convertido en una máquina de generación de desigualdades, se exprimen a las y los trabajadores, se arman esquemas agresivos de elusión fiscal, se privatizan los servicios públicos, y se acelera el colapso climático, canalizando cantidades ingentes de riqueza hacia sus propietarios, ya ultrarricos, lo que como contraparte implica el menoscabar las democracias y los derechos de las mayorías?

Estudie, lea a los clásicos, permítase dudar. Piense bien quien defiende sus intereses. Vaya con convicción a la urna. No se resigne a vivir en un mundo tan imperfecto. ¿Y pedidos para quienes nos gobiernan? Dos cuestiones principales: 1) no mientan, y hagan lo que prometieron 2) no tengan miedo ni sean cómplices de los grandes poderes fácticos, la ‘verdadera casta’, como se suele decir estos días. Porque recuerde, ‘a los tibios los vomita dios’. Y sin una verdadera revolución, los dilemas estructurales, se enquistan y solo derivan en una prolongación agónica de quienes nunca han visto – ni sus hijos ni nietos verán – una luz al final del túnel. Donde, en el mientras tanto, las elites económicas que dominan el mundo, continúan disfrutando mirándose su propio ombligo.