Un cambio de perspectiva para ETA

Publicado en el diario BAE, 07 de Septiembre de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

El Sábado pasado, el grupo armado vasco ETA anunció un alto al fuego por medio de un video enviado a la cadena británica BBC, en el que afirmó que no “llevará a cabo acciones armadas” en su campaña por la independencia. En palabras de sus voceros, “ETA se reafirma en el compromiso con una solución democrática (…) para que, a través del diálogo y la negociación, los ciudadanos vascos podamos decidir nuestro futuro de forma libre y democrática”. Sin embargo, el alto el fuego de ETA suena más a desesperación que a convicción, ya que la debilidad contextual tiene raíces sistémicas que deben ser comprendidas y modificadas si se quiere lograr cierta viabilidad y consensos en los objetivos históricamente planteados.

Euskadi Ta Askatasuna (expresión en euskera traducible al castellano como País Vasco y Libertad), conocida por sus siglas ETA, ha nacido como una organización independentista, nacionalista vasca y marxista-leninista. Fundada en 1958 durante la dictadura franquista tras la expulsión de miembros de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco, cometió su primera acción violenta en julio de 1961 e, inicialmente, contó con el apoyo de una parte significativa de la población al ser considerada una más de las organizaciones opuestas al régimen. En aquel momento, el mundo vivenciaba un contexto donde la violencia ideológica era asociada a los deseos de libertad e igualdad, la lucha contra el franquismo era sinónimo de democracia y autonomía, y la metodología de oposición estaba estrictamente relacionada con el margen de maniobra que proveía la coyuntura. 

Años más tarde, con el avance norteamericano y el retroceso soviético, la expansión capitalista mundial fue asociada a la palabra democracia – donde los gobiernos democráticos serían más sencillos de amalgamar al sistema corporativo que dictaduras de difícil control -, por lo que los procesos de emancipación no tardaron en llegar. En el año 1977 fue el turno de España. Y al avance capitalista, se le adicionó el respeto al derecho y a las soluciones pacificas, debilitando las bases políticas de ETA y su impronta por la lucha armada. Pero ETA redobló la apuesta. En aquel momento, pensaron que el proceso democrático podría ser de mero carácter transitorio, mientras que el socialismo aún estaba vivo. Más aún: el alejamiento del proceso democratizador conllevó a que la extorsión, el secuestro y el denominado “impuesto revolucionario”, se conviertan en casi la única alternativa de autofinanciamiento para su lucha contra el capitalismo.

Sin embargo, el transcurso del tiempo no produjo cambios favorables para la organización. Si a la consolidación de un Estado democrático pacífico que reafirmó las bases institucionales y jurisdiccionales del status-quo, se le agregó la victoria del capitalismo transnacional sobre las estructuras culturales domésticas, la metodología de acción de la organización perdió el consenso social que tanto había dado para su creación medio siglo atrás. Según el Euskobarómetro (estudio sociológico realizado por un equipo de profesores de la Universidad del País Vasco) de mayo de 2009, el 64% los vascos rechazaba totalmente a ETA. El 13% opinaba que en el pasado su violencia había estado justificada, pero en el momento de la encuesta no. Un 10% compartía sus fines, pero no sus métodos violentos. Finalmente, mientras el 3% justificaban parcialmente la acción ETA, criticando sus errores, solo el 1% de la población dijo que la apoyaban totalmente.

En la actualidad y dentro de un conformismo social mayoritario, parece muy difícil que ETA logre sus objetivos sin cambios radicales en el corazón de su accionar. Por un lado, el crecimiento económico español de las últimas décadas se ha visto potenciado por las mejoras en el autogobierno vasco conseguidas por los nacionalistas moderados, eliminando cualquier tipo de cuestionamiento sistémico. Por el otro, el desarrollo por vía pacífica de una cultura nacional, con su lengua y sus costumbres, ha sido aceptado como complemento de un marco nacional español abarcativo y pluralista.

En definitiva, ETA deberá meditar sobre su accionar de aquí en adelante. Más allá de su compromiso ideológico, cultural y nacional, que merece un análisis aparte, el camino actual no posee el apoyo social y político que pueda encausar sus reivindicaciones. Y si no hay un cambio de rumbo, solo quedan los métodos ilegales para incrementar su riqueza y poder así continuar su lucha. Pero ETA debe tener cuidado. Si no hay un vuelco sustancial, las organizaciones con las arcas más grandes, los gobiernos de España y Francia, redoblarán sus esfuerzos económicos y militares hasta lograr el desmantelamiento definitivo de una de las agrupaciones más antiguas y reconocidas del planeta.