La crisis Europea que ya todos conocemos

Publicado en el diario BAE, 17 de Marzo de 2010.

Autor: Pablo Kornblum

Las estadísticas hablan por si solas. En Portugal, el déficit presupuestario llegó en 2009 a un 8,4% del PIB, con una reducción en los ingresos de un 13,2% causado principalmente por la caída de la actividad económica. Por otra parte, Grecia acumula deudas por unos 300.000 millones de euros. Y se prevé que España, que antes de  la crisis tenía una proporción de deuda sobre el PIB de tan solo el 36%, alcance el 66% este año y 74% para fines de 2011.

Existen algunas cuestiones de la actual crisis regional europea que no dejan de sorprender por la incredulidad manifiesta de los gobernantes del viejo continente. Su falta de capacidad para comprender la existencia de una moneda común sobrevaluada en términos relativos a nivel internacional, una política monetaria discrecional y exógena a cada país en cuestión, y un comercio intra-regional que excede con creces la diversificación en las exportaciones – solo para citar un ejemplo, España es el principal socio comercial de Portugal, y Portugal el tercer cliente de los productos españoles -; no les ha permitido paliar una crisis económica mundial que por transitividad ha afectado a toda la región, provocando un caos macroeconómico de inusitadas consecuencias desde la creación de la Unión Europea. El reflejo actual más fiel ha sido el debilitamiento del Euro – que perdió un 10 por ciento de su valor frente al dólar desde noviembre a la fecha -,  debido principalmente a la inseguridad que perciben los inversionistas respecto a un veloz incremento en la prima de riesgo que pagan los bonos de deuda de España, Grecia y Portugal.

Otro punto a recalcar ha sido su falta de atención a las desigualdades crecientes de un sistema mundo que, salvo por contadas excepciones, parece ya no reconocer las bondades de la equidad social y el crecimiento con desarrollo sustentable. Y los cambios drásticos que se vivieron en la Unión Europea en las ultimas dos décadas dan cuenta de ello. Las tensiones sociales derivadas de las migraciones, los ajustes macroeconómicos, junto con el aumento en los niveles de desocupación y pobreza, son la prueba más fehaciente de una Europa enferma y cada vez más rezagada como actor en el escenario internacional. En este sentido, un estudio realizado por el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE) indicó que hoy en día en el continente Europeo existen cerca de 72 millones de personas consideradas pobres; siendo justamente España, Grecia y Portugal los países más castigados por los avatares económicos, en donde el 11 por ciento de las personas empleadas viven bajo la línea de pobreza.

Finalmente, hemos observado salir a la luz nuevamente las políticas de “ayuda” propuestas por el FMI para estabilizar a la región. Sin ir más lejos, su economista en jefe, Olivier Blanchard, afirmó en una entrevista publicada la semana pasada que “El restablecimiento de la competitividad europea puede necesitar grandes sacrificios, como una bajada de los salarios”. No hay que ser muy memorioso para recordar las políticas de ajuste y privatizaciones que se llevaron a cabo en América Latina en la década de 1990, con la consecuente desindustrialización, resesión y empeoramiento de los indicadores de calidad de vida (salud, educación, desarrollo social, etc.) de las mayorías latinoamericanas. Increíblemente como una sinfonía que se repite fielmente sobre sus orígenes, los Organismos Multilaterales de Crédito y las principales potencias vuelven sobre las mismas políticas que han llevado a la secesión de pagos, las recurrentes crisis financieras, y la potenciación de las problemáticas sociales a muchos países del mundo. Nada más clarificador que las palabras de la economista griega Kossentou: “La receta de ajuste en que parece dejarnos caer la propia UE nos pone en manos del FMI. Esta situación nos puede llevar a lo que vivió Argentina en 1998-2002”.

Lo expuesto nos conduce a dos vertientes de análisis. O los decisores de política no comprendieron todavía el problema central; o por el contrario, no están deseosos o dispuestos a realizar los cambios drásticos y estructurales necesarios que la situación amerita. No podemos ser necios o ingenuos en pensar que las políticas económicas neoclásicas que se quieren aplicar no causarán daños sociales irreversibles, cuando la historia lo ha probado en diversas ocasiones y regiones del planeta. Será entonces que los intereses creados siguen siendo tan poderosos que tienen la impunidad de lograr su cometido, escondidos detrás de dictámenes de gobiernos y Organismos Internacionales que no cumplen con los deberes para los cuales han sido creados, y que solo multiplican el sufrimiento de una gran mayoría europeos que no vislumbran un futuro con soluciones de fondo para sus vidas.