Una elección diferente para Chile

Publicado en el diario BAE, 28 de Julio de 2009.

Autor: Pablo Kornblum

El 13 de Diciembre se celebrarán las elecciones presidenciales en Chile. El oficialismo, la Concertación que gobierna hace casi dos décadas, puede perder por primera vez desde el retorno de la democracia. El que aventaja en las últimas encuestas es Sebastian Piñera, candidato respaldado por la Alianza por Chile, integrada por el partido RN (Renovación Nacional) de centroderecha; y el partido ultraderechista UDI (Unión Demócrata Independiente). Ambos partidos apoyaron la dictadura del general Pinochet que duró 17 años en el poder.

Por el lado de la Concertación, el gran atributo del candidato Frei es la certeza de “no hacer mas daño”. Frente a un escenario de crisis económica, opciones conservadoras, o que no agraven los problemas, tienen adhesión. También ayuda que sea un presidente comprobado. Aunque de cara a las elecciones, la previsibilidad y la experiencia parecieran no ser suficientes para dar vuelta la historia y lograr una victoria ante el candidato de derecha.
 
El tercero en discordia es el joven de 36 años Marco Enríquez-Ominami, quien acapara la mayoría de los votos de la izquierda extraparlamentaria y representa el espíritu joven e inquieto de cualquier fuerza de izquierda. Ominami representa el “cambio-progresista-riesgoso”, a diferencia de Piñera que es observado por gran parte de la sociedad como el  “cambio-conservador” o “la restauración”.

La reaparición con fuerza del conservadurismo ha sido sorpresiva para algunos analistas y miembros de la sociedad chilena, pero no así para ciertos estratos económicos e ideológicos que han hecho de la moderación social un refugio para sus pensamientos. Para evitar cualquier castigo, la derecha política decidió separarse de la sangrienta dictadura Pinochetista: encontró su refugio en la riqueza concentrada y los férreos valores morales, mientras esperaban agazapados el momento oportuno para dar el gran golpe cuando la Concertación se encontrara desgastada. Y ese momento parece haber llegado dos décadas más tarde.

Durante estos últimos 20 años, el neoliberalismo económico junto con la globalización se instalaron firmemente en la arena internacional, determinando un sistema mundial dominante del que Chile nunca dejó de ser parte. La Concertación supo aprovechar los bemoles de la misma con políticas comerciales y financieras inteligentes, sumando además una estabilidad institucional que reflejaba seriedad ante los ojos del mundo. Pero el próspero desarrollo social fue de a poco sufriendo los coletazos de las crisis internacionales y los efectos sistémicos que conllevaron a mayores inequidades y a la incapacidad de los gobiernos para satisfacer las demandas sociales.  

Esta situación se tornó intolerable para el sector más izquierdista, lo que derivó en la fractura de la coalición gobernante de cara a las próximas elecciones. La derecha no tardó en reaccionar y ya se encuentra preparada para llegar al poder. La coyuntura no puede ser más favorable: Un progresismo de centro-izquierda que aceptó las reglas de juego del sistema pero que no desarrolló las bases de apoyo político de los movimientos sociales, la actual crisis mundial que no distingue países ni reconoce colores políticos, y nuevas generaciones que se acercan al pragmatismo y se alejan cada día más a los ideales de otras épocas.

El mes de enero Chile tendrá un nuevo presidente. Cualquiera sea el resultado final, la sociedad chilena deberá enfrentar un futuro complejo. El gasto público creciente, la necesidad de poder combinar tasas de crecimiento sustentables con desarrollo socio-económico, y una diplomacia enraizada dentro de una región con ambigüedades políticas e ideológicas, son realidades fácticas con las que se encontrará cualquiera sea el partido vencedor.

En un país donde la historia reciente ha marcado diferencias sociales que parecen irreconciliables, la cohesión de los chilenos para enfrentar los dilemas del siglo XXI será un factor fundamental para la nación en su conjunto. Mientras tanto, la ciudadanía observa como el pasado y el presente se confunden en la carrera electoral más apasionante desde el regreso de la democracia.