La trampa del desarrollo Europeo

Publicado en el diario BAE, 22 de Julio de 2008.

Autor: Pablo Kornblum

La Unión Europea no anda de parabienes. El huracán de la crisis económica en Estados Unidos finalmente aterrizó con fuerza en Europa y zamarrea a la inflación con inéditas cifras. El euro arribó a su máximo frente al dólar al llegar el martes pasado a 1,60, y aunque muchos inversores se refugian en él ante la debilidad de la moneda estadounidense, su fuerza está afectando las exportaciones europeas. Finalmente, el alza de los precios de los alimentos está arrastrando a muchos países miembros al borde de caer en una recesión. Con el miedo al futuro instalado en sus sociedades, el economista jefe de Europa del Deutsche Bank en Londres, Thomas Mayer, diagnosticó la semana pasada que “Nosotros hemos visto un mar de cambios en Europa. Todas las malas noticias alrededor del mundo finalmente llegaron a nosotros”.

¿Cuál es la principal problemática que están afrontando los gobiernos de la Europa desarrollada? Precisamente este último concepto, su alto nivel de desarrollo. El desarrollo, a diferencia del crecimiento, implica para el ciudadano una calidad de vida digna con instituciones que permiten el desarrollo personal y profesional dentro de un ámbito donde la salud, la educación y el imperio de la ley son derechos garantizados.

En contraposición a muchos de los países del sub-desarrollo donde los gobiernos tienen un mayor margen de maniobra para trasladar la problemática económica a sus ciudadanos (en muchos casos con gran cintura política para intercalar los costos sociales entre los diversos sectores según la coyuntura), los gobiernos de la Europa Occidental no pueden avasallar los derechos adquiridos de una población educada que reconoce que los ?Estados de Bienestar? han cumplido más que correctamente (en términos generales) sus funciones en las últimas décadas; por lo que pretenden continuar llevando altos estándares en su calidad de vida como hasta ahora.

Dentro de este contexto, la expansión de una globalización que provoca el contagio de las crisis financieras (en este caso la norteamericana), sumado a la fortaleza del Euro que golpea la competitividad ante otras regiones con menores costos, y con el agregado del incremento del gasto social estructural debido al envejecimiento poblacional; ameritan una necesaria y rápida acción de los sectores responsables para encontrar las respuestas adecuadas ante una coyuntura de alta complejidad y difícil solución.

Los teóricos neoliberales dirán que la respuesta óptima la darán los mercados por si solos, liberando el juego a la oferta y la demanda y asumiendo cada sector o la economía del país como un todo los costos correspondientes. Sin embargo, estas medidas probablemente encontrarán el rechazo de millones de ciudadanos que no estarán dispuestos a pagar los desaciertos del mercado con un empeoramiento en su calidad de vida.
Los Keynesianos por su parte, seguramente propondrán que los problemas del Estado se deben resolver con más Estado. Aunque en este sentido, una mayor intervención gubernamental futura en la economía implicará un aumento del gasto estructural pro-cíclico (a través de subsidios, seguridad social, etc.), que será todavía más difícil de controlar de lo que es en la actualidad.
Ahora bien, si los hacedores de política de la Unión Europea amplían el espectro hacia una visión más global, seguramente podrán encontrar algunas respuestas a través de un mayor entendimiento de las problemáticas que los aquejan. Por un lado, si a nivel internacional existiera un desarrollo sostenido y equitativo en todas las regiones (sobre todo las más empobrecidas), la feroz competencia por la búsqueda de menores costos de producción no sería tal. Por otro, si el aluvión de flujos financieros globales tendría un mayor control, el contagio de los errores de política económica de otros Estados extra-comunitarios tendría un menor impacto.     

En definitiva, el actual sistema mundial que establece la globalización casi total de los recursos y la desigualdad creciente en todo el planeta, parece haber sido aceptado como un status-quo sin punto de retorno. El gran dilema es que los ciudadanos Europeos están esperando soluciones; y seguramente, el recibir un ?no ha sido pensado o evaluado con anterioridad? por parte de sus gobernantes, no será una respuesta convincente para ellos.