Etiqueta: Impuestos

Cegados de desigualdad

https://www.ambito.com/opiniones/cegados-desigualdad-las-elites-globales-sus-herencias-y-la-baja-carga-impositiva-n5984981

Herencia. Esa pareciera la clave del éxito. Al menos para las Elites globales, los ricos que dominan el mundo. Así por lo menos lo indica un informe reciente publicado por la revista Forbes, el cual sostiene que se espera que más de mil magnates transmitan más de 5,2 billones de dólares a sus herederos en los próximos años.

En este sentido, la lógica shumpetereana, de la innovación para el crecimiento y la posterior la acumulación, va languideciendo lentamente. Soy rico porque mis ascendientes lo son. Y la verdad, no es necesario ‘romperme el lomo’ mucho. Ser vivo para mantener lo que tengo, incorporándome a la dirección ejecutiva de las empresas familiares. Estudios jurídicos y contables de confianza amigos, algo de conocimiento técnico financiero. Y no mucho más. ¿Ambición? Bien, gracias. A disfrutar la ‘vida loca’.

¿Preocupaciones? Lo novedoso del informe es la relevancia que le dan a la inteligencia artificial: mientras el 65% considera que será una de las mejores oportunidades comerciales para sus negocios a futuro, el 58% observa a la vez que las amenazas de ciberseguridad y piratería informática aumentan a medida que la tecnología gana protagonismo. En este aspecto, era obvio que su preocupación no iba a ser la pérdida masiva de puestos de trabajo. ¿Será que, en la transición hacia una nueva forma de producción global, confían demasiado en los nuevos puestos que se están creando? No creo que piensen demasiado en ello.  

Lo más interesante sí, como el sistema mismo, es el individualismo – para no decir egocentrismo -, de quienes tienen una empatía limitada con el resto del mundo: el 68% de los multimillonarios de la primera generación declararon que la filantropía era una parte importante de su legado, frente a sólo el 32% de la generación heredera.

Y lo peor de todo es que, ni con el incentivo propio, ni con el ajeno, colaboran con los más desfavorecidos. Es que los multimillonarios empresarios cada vez tienen que hacer frente a menos impuestos a lo largo de su vida. Sino miremos los impuestos corporativos, los cuales disminuyeron significativamente en los países de la OCDE en las últimas décadas, del 48% en 1980 al 23,1% en 2022. Otro ejemplo: la mitad de los multimillonarios del mundo viven en países en los que ha dejado de existir el impuesto de sucesiones sobre el dinero entregado a los hijos. En números concretos, unos 5.000 millones de dólares de estos hombres y mujeres pasarán a la siguiente generación libres de impuestos. Por supuesto, con la elusión (y porque no la evasión) como caballitos de batalla. Y cabe aclarar que esto no es por designio divino:  la desigualdad es impulsada por las elites que emprenden una guerra sostenida y altamente efectiva contra los impuestos.

¿Nada ocurrió con el informe publicado en octubre del año pasado publicado por el Observatorio Fiscal de la Unión Europea, el cual recomendaba un impuesto global para los 2.700 multimillonarios del mundo? Según el organismo, un impuesto de este tipo permitiría recaudar 250.000 millones de dólares al año. Mucho dinero que serviría para paliar el hambre en el mundo; como sería también el transferir dinero del gasto militar global a la investigación médica para luchar contra las enfermedades endémicas, entre otros. A no, eso implicaría pedir demasiado para una ética en desuso. Demasiado moral todo, a ver si se nos ocurre poner el ser humano y el medio ambiente por delante de la acumulación.

Es por ello que no es de extrañar el informe que acaba de publicar la prestigiosa organización Oxfam, en el cual indica que mientras los cinco hombres más ricos del mundo duplicaron con creces su fortuna desde 2020 hasta 2023 (deu$s 405.000 millones en 2020 a u$s 869.000 millones el año pasado), casi cinco mil millones de personas en todo el mundo se empobrecieron en el mismo período de tiempo. El aumento de la desigualdad global, con las personas y empresas más ricas acumulando mayor riqueza – gracias al aumento de los precios de las acciones y también al tener mayor capacidad de lobby -, solo nos puede llevar a una conclusión: el poder corporativo se utiliza para impulsar la desigualdad.

Por un lado, exprime a trabajadores y enriquece a los accionistas ricos, esquivando impuestos y privatizando el estado. Pero además, por acción u omisión, los gobiernos empoderan a enormes capitales a potenciar las prácticas monopólicas, entregándoles tal poder que les permite influir en los salarios que se pagan a las personas (según un trabajo del World Benchmarking Alliance sobre las 1600 las empresas más grandes del mundo, solo el 0,4% de éstas se comprometen públicamente a pagar a sus trabajadores y trabajadoras un salario digno, y a abogar por esta medida justa en sus cadenas de valor), los precios de los alimentos, y los medicamentos a los que las personas pueden acceder. Finalmente, estas elites económicas también presionan implacablemente por obtener tasas de interés más bajas en el sistema financiero, una menor transparencia en los procesos de accountability, y otras medidas destinadas a permitir que sus corporaciones contribuyan lo menos posible a las arcas públicas.

¿Cómo podemos hacer entonces para parar cambiar una realidad donde el creciente poder de grandes empresas y monopolios se ha convertido en una máquina de generación de desigualdades, se exprimen a las y los trabajadores, se arman esquemas agresivos de elusión fiscal, se privatizan los servicios públicos, y se acelera el colapso climático, canalizando cantidades ingentes de riqueza hacia sus propietarios, ya ultrarricos, lo que como contraparte implica el menoscabar las democracias y los derechos de las mayorías?

Estudie, lea a los clásicos, permítase dudar. Piense bien quien defiende sus intereses. Vaya con convicción a la urna. No se resigne a vivir en un mundo tan imperfecto. ¿Y pedidos para quienes nos gobiernan? Dos cuestiones principales: 1) no mientan, y hagan lo que prometieron 2) no tengan miedo ni sean cómplices de los grandes poderes fácticos, la ‘verdadera casta’, como se suele decir estos días. Porque recuerde, ‘a los tibios los vomita dios’. Y sin una verdadera revolución, los dilemas estructurales, se enquistan y solo derivan en una prolongación agónica de quienes nunca han visto – ni sus hijos ni nietos verán – una luz al final del túnel. Donde, en el mientras tanto, las elites económicas que dominan el mundo, continúan disfrutando mirándose su propio ombligo.   

El trasfondo sobre el impuesto global a las multinacionales

Por Pablo Kornblum para Ámbito Financiero 20/6/2021

https://www.ambito.com/opiniones/impuestos/el-trasfondo-el-impuesto-global-las-multinacionales-n5204648

Algunos días atrás, los Ministros de Finanzas del G7, reunidos en Londres, dieron una noticia que sorprendió al mundo: los países miembros están decididos a enfrentarse a la evasión fiscal llevando a la praxis medidas que tiendan a lograr que las empresas tributen en los países donde hacen negocios; para ser más explícitos, las principales economías del mundo llegaron a un acuerdo histórico para implementar un impuesto mínimo global a las empresas multinacionales: una tasa impositiva corporativa que sería, en principio, del 15%. En este aspecto, lo firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá, Italia y Japón, ejercerá presión sobre otros países para que sigan su ejemplo, algo que podría verse ampliado en la próxima reunión del G20.

¿Cómo se articularía? Si finalmente se concreta la idea, obligará a las corporaciones que declaran como base países donde optimizan con menores tributos, a compensar con el pago del monto que faltó para llegar al 15% a otros países. Lo que se plantea es que, cuando las multinacionales tengan márgenes de ganancias superiores al 10%, al menos un quinto de los impuestos deberán ser pagados en el lugar donde estas ganancias fueron obtenidas.

El acuerdo tiene como objetivo, en primer lugar, el evitar una ‘carrera a la baja’ en la que los países pueden competir unos con otros a través del descenso de las tasas impositivas. En segundo lugar, las reglas tendrán como foco el hacer que las empresas paguen impuestos en los países donde venden sus productos o servicios, en lugar de donde declaran sus ganancias.

Las palabras de apoyo al proyecto no se hicieron esperar. La Secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, Janet Yellen, indicó que el impuesto «pondría fin a la lucha por la reducción de los impuestos corporativos y garantizaría la equidad para la clase media y los trabajadores de Estados Unidos en todo el mundo». En consonancia, el Vicecanciller alemán, Olaf Scholz, dijo que era «una muy buena noticia para la justicia fiscal y la solidaridad; mientras que era una mala para los paraísos fiscales. Las empresas ya no estarán en condiciones de eludir sus obligaciones fiscales reservando sus ganancias en países con impuestos más bajos”.

La excusa perfecta para darle entidad a este plan fue la crisis económica que trajo aparejado el COVID-19, el cual ha requerido esfuerzos fiscales extraordinarios por parte de todos los gobiernos del mundo. ¿Si es la única razón válida para generar tamaña propuesta? Para nada, pero en un mundo donde la empatía ideológica ha sido abandonada a su suerte, cualquier evento pragmático, palpable, sirve para salir del aletargado escenario estructural de desigualdades crecientes que llevamos inmersos hace décadas. 

Del otro lado del mostrador, los gigantes tecnológicos como Amazon, Google o Facebook, dada su flexibilidad y capacidad de movilización de sus recursos, se encontrarían entre las corporaciones más perjudicadas. Es que cada vez son más los ingresos tributarios provenientes de fuentes intangibles como patentes de medicamentos, software y otros servicios digitales que han migrado a tributar a paraísos fiscales; una realidad que demuestra una vez más que los nuevos sistemas de producción, comercialización y pago de impuestos desde hace décadas dejaron de estar constreñidos a las regulaciones nacionales. Y la descripta ‘globalización de los sistemas y las telecomunicaciones’, claramente ha sido una herramienta vital para la concentración de la riqueza en el último medio siglo.

Sin embargo, a más de uno le ha sorprendido las respuestas de grandes corporaciones, quienes no lo han visto como una ofrenda terrible a su potencialidad. «Creemos que un proceso liderado por la OCDE que genere una solución multilateral, ayudará a traer estabilidad al sistema tributario internacional», afirmaron desde Amazon. Por su parte, Nick Clegg, Vicepresidente de Facebook, describió el acuerdo como un «primer paso significativo para generar certeza en las empresas y el fortalecimiento de la confianza pública en el sistema fiscal mundial». Mientras que Google, por su parte, emitió un comunicado sosteniendo que «apoyamos firmemente el trabajo que se está realizando para actualizar las normas fiscales internacionales, como así también esperamos que los países sigan trabajando juntos para garantizar que pronto se finalice un acuerdo equilibrado y duradero». Es que para las corporaciones billonarias con rentabilidad que excede lo ‘extraordinario’, es tanto o más relevante la estabilidad pro-sistémica (donde ellos son las grandes beneficiados), que algún impuesto que les quite una tajada de sus jugosas ganancias. El mal menor – hasta con beneficios -, se podría decir.

Por supuesto, no podemos dejar de mencionar que el escenario descripto implica también el comienzo de una disputa geopolítica. Por un lado, cada Estado deberá conjugar los intereses de sus empresas emblemáticas, las cuales empoderarán a sus principales lobistas para que realicen la presión correspondiente para con la defensa de sus intereses. En consonancia, también se encuentran las variables con implicancias negativas sobre la generación de puestos de trabajo a nivel endógeno, la merma en la recaudación para las arcas de los Estados, o mismo el inmiscuirse en los asuntos de política económica gubernamental, como podría ser la definición de que impuestos cobrar o quienes lo deben pagar.

En este sentido, el propio Ministro de Finanzas irlandés, Paschal Donohoe, cuyo país ofrece una tasa impositiva corporativa baja – del 12,5% -, sostuvo tajantemente: “Cualquier acuerdo tendría que satisfacer las necesidades de los países pequeños y grandes, desarrollados y en desarrollo». Por su parte, el gobierno suizo, que hace años se encuentra bajo presión desde el extranjero y que ha prometido en algún momento eliminar las bajas tasas impositivas especiales que benefician a unas 24.000 empresas extranjeras con sede en el país – y hasta ahora no lo ha llevado a cabo -, también se ha expresado a través de un comunicado de su Ministerio de Finanzas: «Suiza tomará las medidas necesarias para seguir siendo un lugar de negocios muy atractivo».

Algunos tributaristas, técnicos e internacionalistas de distintas áreas y niveles, también mostraron cierta suspicacia. Por un lado, porque los gobiernos podrían eventualmente acordar una tasa mínima, pero a su vez pueden crear otros incentivos para atraer a las empresas como son las exenciones, subsidios, créditos o cualquier mecanismo que al final de cuentas favorezca a las firmas – ello sin entrar en vericuetos de tinte inmoral, como son los sueldos miserables o una laxitud en la política medio ambiental -.

Por otro lado, también existe poca confianza a que se llegue a un acuerdo global: sabemos que los mismos son difíciles de obtener – salvó que sea por la coerción discursiva o a través de la fuerza -, y ello se ha visto reflejado en los últimos años: lo que ha dado mayores resultados concretos – con aspectos positivos y negativos para los diversos sectores intra-nacionales involucrados – han sido los acuerdos de tinte bilateral o regionales, como podría ser por ejemplo el de la Alianza del Pacífico en América.

Desde la academia ortodoxa, también salieron a repudiar la medida. El Instituto Cato en Estados Unidos argumentó que de la misma manera que la competencia entre empresas promueve la eficiencia, la competencia tributaria genera beneficios favorables a la eficiencia entre países. “Sin competencia internacional, los gobiernos se transforman en monopolios”, sostienen. Aunque, a sazón de la verdad, los monopolios suelen ser una regla y no la excepción en la arena internacional actual. Con más o menos impuestos.

Por otra parte, David Malpass, Presidente del Banco Mundial, indicó que “no quería ver nuevas reglas que obstaculizarían la capacidad de los países pobres para atraer inversiones”. Unan historia repetida. Ello a pesar de que está harto probado que cuando hay rentabilidad y estabilidad institucional, las corporaciones trasnacionales invierten igual. Ya sea en términos de capital financiero o en la economía real.

Para sorpresa de algunos, los reclamos llegaron inclusive desde un sector del ala más progresista. En un comunicado, la organización Oxfam sostuvo: “Es absurdo que el G7 afirme que está ‘reformando un sistema tributario global disfuncional’ al establecer una tasa mínima mundial de impuestos corporativos que es similar a las indulgentes tasas que se cobran en paraísos fiscales como Irlanda, Suiza o Singapur. Pusieron el listón tan bajo que es muy fácil para las empresas pasarlo por encima”. Por otro lado, Eurodad, otra agencia abocada al desarrollo, también indicó que “el nuevo régimen daría derecho a los países de origen de las grandes empresas, a menudo en Estados Unidos o Europa, a obtener una mayor parte del impuesto y dejando poco para los Estados pobres donde también operan las multinacionales. Esto llevará a una transferencia masiva de dinero a los países ricos”. En términos marxistas, valor agregado generado en el tercer mundo con beneficios para el mundo desarrollado.

Para concluir el debate presentado, nos podríamos preguntar dónde se encuentra parado nuestro país. Pregunta mayúscula, para un escenario que parece demasiado alejado de nuestro complejo presente: por un lado, porque las empresas multinacionales – tanto nacionales como extranjeras -, tienen al país en un análisis permanente para con el cómo poder ‘saltar la grieta’; y, por el otro, porque nuestras Pymes, las cuales deberían ser el foco de la política diaria, luchan día a día para sobrevivir buscando marginales – y generalmente magras -, mejores condiciones sistémicas de mercado.   

En definitiva, mientras intentamos encontrar nuestro ‘destino manifiesto argentino’, desde los Thinks Tanks del mundo ya hablan de un golpe a la globalización neoliberal. Yo diría, más bien, que estamos sentando las bases para un regreso furibundo al Estado-Centrismo. Y, como debería ser siempre, tenemos que prestar más atención de lo que ocurre allá fuera de nuestras fronteras; simplemente, porque necesariamente debemos estar mejor preparados para adaptarnos pragmáticamente a los cambios que acontecen.