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La guerra contra el pensamiento

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“Las universidades son el enemigo”, afirmó J.D. Vance – como mero detalle, abogado por la Facultad de Derecho de Yale -, en diversas conferencias antes de que fuera elegido como Vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica. No ha sido una mención aislada o un mero furcio. El actual gobierno republicano intenta demostrarlo a cada paso que da.

Muchas de las medidas que ha tomado el gobierno de Donald Trump desde que asumió el poder – desde recortes de financiación y la congelación de fondos de investigación, pasando por la detención y deportación de estudiantes y profesores con visado o permiso de residencia, además de una serie de amenazas (abolición del Ministerio de Educación, Organismo que garantiza que las universidades públicas cumplan con las leyes que protegen a los estudiantes vulnerables, entre otras funciones) y exigencias inauditas (una orden ejecutiva que prohíbe el “adoctrinamiento radical” y promueve una educación “patriótica”) –, parecen pensadas para sojuzgar, o directamente destruir, al sistema universitario estadounidense tal como lo conocemos hasta el día de hoy.

La postura gubernamental simplemente refleja, explícitamente, lo que antes era solo una variable de cuidadoso control: la desconfianza de la derecha estadounidense hacia los centros intelectuales del país, a quienes lo ve como nidos de adoctrinamiento progresista – sino más bien de sublevación política y perversidad moral -. Las protestas pro-palestinas son un claro ejemplo de la lectura que tiene el gobierno sobre los espacios ‘librados a la subversión’.

Esta novedosa ‘caza de brujas anticomunista’, la cual trae reminiscencias al siglo pasado, tiene como aliados, por un lado, al miedo de las universidades (racionalmente fundado, bajo un gobierno que no duda en tomar represalias directas a quien se le oponga – sea una persona, una institución o un país -), pero también es el deseo de las mismas de evitar cualquier tipo de publicidad negativa para con otro tipo de financiamiento privado – inclusive familias adineradas de potenciales alumnos capaces de pagar astronómicas matrículas -.

Es que la competencia entre universidades crece proporcionalmente a medida que pierde los aportes del Estado: todas las universidades, públicas y privadas, tienen una fuerte dependencia económica del gobierno, cuyas agencias no solo financian miles de proyectos de investigación – solo el Instituto Nacional de Salud gasta 35.000 millones de dólares anuales – sino que también sostienen el sistema de educación superior, con 135.000 millones de dólares en becas y préstamos para estudiantes de grado y posgrado. 

Este contexto de precariedad financiera, que a su vez potencia la feroz competencia, podría explicar la falta de solidaridad y de acción colectiva, pero también implica que muchas de las decisiones en los campus de los Estados Unidos se tomen, o dejen de tomar, en función de la “marca universidad”. Y dado que lo que venden las universidades hoy en día parece no ser, en primera instancia, una educación per se sino un capital cultural – una promesa de avance social, la realización de las aspiraciones, el acceso a una red de exalumnos – lo que termina importando, más que nada, es proyectar prestigio, éxito y excelencia.

Podemos culpar a las propias administraciones universitarias por su lógica neoliberal, burocrática y mercadotécnica; pero, al fin de cuentas, se encuentran dentro de un sistema económico más amplio del cual es difícil ‘sacar los pies del plato’. Y de este modo obran. Un claro ejemplo es que los órganos directivos de las universidades no se atreven a desobedecer al gobierno, por más anticonstitucionales que sean sus acciones; pero tampoco permiten que los estudiantes desobedezcan los estatutos internos de las casas de estudio.

Ya hablamos de las causas, por lo que ahora vamos a lo que le imprime una mayor gravedad a la situación: los obstáculos a la misión principal que tiene la educación superior, como es el investigar, cuestionar, aprender, argumentar, y disentir. Está claro que en los Estados Unidos (y en la mayor parte de los países de la tierra que quieren ser resilientes y brindarles dignidad a sus habitantes), la educación superior no deja de ser una pieza central de su poderío económico y cultural.

Y dentro de este esquema, las Ciencias Sociales son el eje del ataque. Allí se estudian las ideas sobre la verdadera libertad: aquella que trabaja sobre el desarrollo socio-económico de los pueblos, la búsqueda de un modelo con mayor equidad de oportunidades bajo un esquema de sustentabilidad ambiental, o el poder alcanzar una justicia sin vicios de corrupción como eje institucional para encontrar los consensos ciudadanos. 

Pa esta lógica la actual política republicana es peligrosa. Estos no quieren oír hablar del cambio climático, ni de estadísticas que demuestren el efecto virtuoso para la población de un Estado bien administrado. Por el contrario, con un vocabulario soez y agresivo – pero sobre todo erróneo -, tildan a cualquiera que opina diferente de ‘comunista’, o a quienes sostienen  políticas que defienden a las minorías o a los débiles como ‘antinaturalistas y antinacionalistas’.

Para ello suelen ‘meter mucho ruido’ que impide toda inteligibilidad política, toda comprensión simple pero efectiva, todo modelo que incluya, sin mentiras ni fundamentos vacíos, a los interlocutores. “Vamos a ahogar financieramente a las universidades que contribuyan con el asalto marxista a nuestra herencia estadounidense y a la propia civilización occidental», declaró el actual presidente de los Estados Unidos. Y aquí me gustaría tomar las palabras del gran cientista social Mark Fisher, quien sostenía que en el capitalismo actual, se vive en una “atmosfera general que condiciona y regula la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.

Quiero concluir sosteniendo que la derecha más conservadora ello lo tiene más que claro: para lograr la victoria material definitiva, es necesaria, indefectiblemente, la victoria cultural. Para ello deben no solo impedir la posibilidad de que las personas determinen sus propias vidas y se comporten de una manera más autónoma; sino que, además, tienen que embeberles en sus mentes que la solución a los dilemas de sus vidas no se encuentran en la comprensión científica racional basada en la educación de excelencia, sino en el esfuerzo individual a imagen y semejanza de ellos, los ricos y poderosos, para que, alguna vez, ‘los ahora pobres y excluidos puedan sentarse en su misma mesa, llegar a ese lugar tan deseado’.

Aunque sabemos que, en la mayoría de los casos, este modelo utópico solo terminará quedando en su imaginación: un horizonte de largo plazo indica que, bajo un nefasto círculo vicioso, los indigentes, marginados y anestesiados, solo buscarán defender con uñas y dientes lo poco que poseen.

¿Hasta dónde aguantará Estados Unidos la pérdida de hegemonía?

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Podríamos situar como punto de inflexión histórico el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio en el año 2001, aunque los conocedores del tema saben que la raíz de lo que vivimos en la actualidad proviene de fines de la década de 1970, con la llegada de Den Xiaoping al poder, y su objetivo de ‘alcanzar el socialismo utilizando las herramientas del capitalismo’.  

A partir de allí, con la idea de ser el proveedor global a través de su gran ‘chimenea industrial’, China creció y se desarrolló hacia afuera y hacia adentro, balanceándose en las diferentes coyunturas históricas. Pero siempre hacia adelante: inversiones, exportaciones y producción como ejes inamovibles de sus políticas de Estado.    

Obama probablemente fue el primero que puso el ojo con más atención en el crecimiento del gigante asiático. Le hablo de su tipo de cambio, de llegar a acuerdos financieros. Un ‘win-win’ razonable, mientras China todavía se encontraba en un estadío manufacturero semi-primario, pero ya habiendo comenzado a poner ‘pie firme’ en las diferentes regiones del mundo.

En el medio vino el huracán financiero global que parecía todo lo arrasaba. Pero China, con su paciencia confuciana, siguió avanzando, y cada vez con mayor solidez. Para sortear la gran crisis de 2008-2009, incrementó su potencial tecnológico, además de desarrollar el interior agrícola otrora postergado.

Entonces llegó la primera presidencia de Trump. La preocupación era mayor. China era un enemigo a temer desde lo económico primero (déficit de balanza comercial) y lo geopolítico después (Taiwán). Fue la época de jugar al ‘win-lose’, el sacar los dientes y demostrar quién es todavía el poder magnánimo dominante.

Tampoco volvió a salir bien.  Fomentando una potente ‘nueva Ruta de la Seda global’, China no dejó camino, mar o aire por surcar. Pragmáticamente, pero con un norte claro. Por ello, China no solo continuó con la consolidación de su mercado de capitales; sino que, además, comenzó a buscar el cambio cultural hacia una sociedad donde el consumo responsable vaya a todo motor.

Después de una época de relativa estabilidad durante el Gobierno de Biden – con salida de pandemia y guerra en Ucrania incluida -, el mismísimo Trump volvió recargado. Y pareciera ser el momento del ‘lose-lose’: peleémonos en lo económico, y que gane el más fuerte. O, mejor dicho, el que menos pierda durante la contienda.

Bajo este marco, China está decidida a no ‘tirar los guantes’: continuará explotando sus tierras raras, potenciando la inteligencia artificial, y jugando fuerte en la carrera cibernética y espacial. Mostrándole al mundo que sus bajos costos se deben cuasi exclusivamente al esfuerzo de la productividad, y no con prácticas marketineras y financieras espurias sacando provecho de las economías del mundo subdesarrollado. 

Pero además, China tiene bien en claro que no quiere perder su capacidad de innovar a costa de dinamitar su base manufacturera. Una economía balanceada, donde los servicios empiezan a ganarse su lugar, pero sin descuidar lo productivo. Y, por supuesto, la lógica financiera subsumida a las necesidades sociales y de la economía real.  

Por el contrario, Estados Unidos crece, pero con debilidad relativa en relación a su gran rival. Ve que sus aliados de la OTAN le generan una dependencia, un lastre para su economía y para con sus objetivos geopolíticos. Por el contrario, China aúna esfuerzos, voluntades, alianzas. El BRICS es un gran ejemplo de ello. Y cuando tiende puentes con otros Estados no objeta, no de órdenes. Solo espera que el receptor de la ayuda, a su manera y como pueda, cumpla con los compromisos asumidos. Más aún, podría jugar fuerte vendiendo los mayoritarios Bonos del Tesoro estadounidense, pero no lo hace. Por ahora, solo va al ojo por ojo en la guerra comercial.

Para concluir, tenemos que hablar del punto más relevante. El presupuesto de Defensa chino ha crecido sin prisa, pero sin pausa, en los últimos años: No dejará que nada – ni nadie – se atreva a penetrar en los mares, las tierras, y los cielos que ellos entienden como designios históricos propios. No le tienen temor a ningún Grupo de Tareas con portaviones, buques, drones, cazas de combate. Ni de Estados Unidos (cuya industria bélica depende en gran medida de las tierras raras que posee China), ni del Reino Unido, ni de nadie.

Algunos dirán que China no tiene la capacidad tecnológica militar para hacerle frente a los Estados Unidos, ni a otras potencias europeas. Pero todos saben que el gigante asiático se está acercando en términos cuantitativos y de capacidades tecnológicas. Y no juega solo. La cortina oriental del nuevo ‘muro global’ se está afianzando: su alianza tácita con Rusia y Corea del Norte es inquebrantable.

¿Aceptará este nuevo status-quo los Estados Unidos? ¿Claudicará el hegemón después de casi un siglo de dominio económico, político y militar global? ¿Dejará que otro país comparta las riendas del mundo? ¿O mismo se convertirá en aquel Estado que corra, con sus valores y presencia, ‘desde atrás’? Difícilmente Trump claudique. O cualquier presidente estadounidense que le siga. El destino manifiesto es muy claro: la excusa de preservar la paz global a través de la ética de los padres fundadores – aunque ya pocos lo podrán sostener con consistencia – seguirá siempre allí.

Del otro lado, solo se puede aseverar que los chinos se continúan preparando. Ya sea para con la disputa geoeconómica, o la pelea final por Taiwán. Ellos tampoco van a dar marcha atrás. Y ejemplos de esta reciente guerra alocada de aranceles sobran: desde el devolver los primeros Boening a los Estados Unidos, hasta utilizar activamente los medios de comunicación masivos para atacar al falso mercado global del lujo.   

¿Estaremos entonces ante una guerra fría ‘in eternum’, o en los próximos años nos encontraremos ante un ‘gran conflicto transnacional’ entre las dos mayores potencias globales? Todos tienen en claro que esta opción debe ser la última, sino queremos acercarnos al final del mundo tal cual lo conocemos. Mientras tanto, nos desayunamos con disputas ‘menores’ en países satélites (Medio Oriente, el Sudeste Asiático), o a través del apoyo a grupos armados (África, Latinoamérica), que es lo seguramente vamos a continuar vivenciando en los años venideros.

Lo que sí, téngase presente: ya no hay vuelta atrás. La época del unilateralismo está muerta. Si vamos a vivir en un multilateralismo escuetamente cooperativo, o bajo un bilateralismo de confrontación profunda, está por verse. Aunque a la distancia, suave y sigilosamente, ya se escuchan con escalofríos los tambores de la guerra.    

TRUMP y la ARGENTINA

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Los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.) tienen nuevo presidente. Y como principal potencia del mundo, líder continental, y aliado estratégico sin equa non de Argentina, el desenvolvimiento de su política exterior será relevante para nuestro futuro.

Donald Trump tiene como eje de su gestión la mirada endógena. La política exterior, complementaria, es expansiva en términos de negocios, pero contractiva en relación a las batallas militares que desea enfrentar. El ‘Drill baby Drill’ doméstico, deberá conjugarse armoniosamente con el incremento del comercio y la obtención de recursos naturales estratégicos. La adquisición de Groenlandia, y el control del Canal de Panamá, fueron las primeras declaraciones explosivas en torno a ello.

Por supuesto, para la consecución de sus objetivos, siempre es mejor contar con apoyos. Pero no en términos de formas conjuntas de crecimiento y desarrollo económico inter-estatales. Más bien, deben ser ideológicas, culturales. Hasta mismo religiosas. Un apoyo contundente por el simple hecho de EE.UU. ser, el mismísimo ‘faro del mundo’. Sin cuestionamientos racionales. Un mesianismo explícito. Conmigo o ‘sinmigo’ a todo o nada, como diría el inefable Herminio Iglesias.

Y ahí ingresa la Argentina, bajo la alianza ‘Anti-Woke’ o ‘Anti Agenda-2030’. Sin importar que EE.UU. es nuestro tercer socio comercial de relevancia, o mismo la sumisión que implica el endeudamiento (que a esta altura de la historia de nuestro país parece eterno). Un enorme problema económico, totalmente ‘anti-libertario’, que solamente se morigera con una discursiva que nos rememora las profundamente famosas ‘relaciones carnales’ menemistas.

En este sentido, la gran pregunta sería: ¿Hasta cuándo el gobierno estadounidense, a través del FMI, permitirá el refinanciamiento argentino? ¿Habrá carta libre como en 2018? Los actores son diferentes, la situación es diferente.

Hoy hay un ajuste innegociable que es un ‘canto de sirenas’ para los oídos de Washington, además de la previamente mencionada ‘hermandad de valores’, que se circunscribe, dentro del realismo más puro, a que Buenos Aires sea un Buffer de contención contra el ‘eje del mal comunista que acecha nuestra región’ (que va desde Venezuela, Cuba y Nicaragua, respaldadas por Rusia, hasta los ‘más moderados’ Lula o Petro). Pero realmente no sabemos hasta donde llegará el apoyo. Hasta el momento, es más tácito que explícito.

Probablemente sí redunde en algún beneficio de tinte marginal y de bajo costo, como la mejora de las condiciones de acceso a mercados, donde, por ejemplo, Argentina sopesa distintas trabas fitosanitarias. Pero no mucho más.

Lo que sí podemos afirmar es que en estas épocas de bipolaridad y belicismos exasperantes en nuestro bendito sistema mundo, el dinamismo propio de una época más que compleja deja un final abierto. Por supuesto, para nuestro país; porque como dijo el propio Trump sobre América Latina, “Nosotros no los necesitamos. Ellos nos necesitan”.

No nos olvidemos que EE.UU. explica el 8% de las exportaciones de bienes de Argentina; lo que incluye el 31% de las exportaciones de combustibles, el 62% de aluminio y manufacturas, el 24% de vino y el 19% de preparaciones de frutas y hortalizas. Por el contrario, Argentina representa apenas el 0,18% del total de las importaciones de los EE.UU. No más vale recordar la miserable – en términos de la miseria económica que representaba para los EE.UU. – disputa de los ‘limones’, junto con los aranceles al acero y al aluminio, que nuestro país sufrió durante el primer mandato del líder republicano.

Por ello, se debe volver a recalcar que las votaciones negativas y en solitario de Argentina en la ONU sobre temas que van desde los derechos indígenas o el repudio a la violencia digital contra las mujeres y las niñas, el salir de los Acuerdos de París y de la Organización Mundial de la Salud (OMS), o mismo el retiro de la delegación argentina de la cumbre del clima COP 29, no implican una mayor relevancia de Argentina en la política económica exterior de los EE.UU. Solo una amistad proveniente de lógicas comunes sobre cómo se observa – y se interpreta – el mundo.

Para concluir, no tenemos que olvidar que estamos claramente ante una relación desigual y asimétrica. En este sentido, hay que tener mucho cuidado sobre la manera en la que se obra de aquí en más. Solo para citar un par de ejemplos, la idea de retirar a Argentina del Mercosur si este se convierte en un obstáculo para cerrar un acuerdo de libre comercio con EE.UU., debería ser reflexionada más de una vez. O, por otro lado, ¿acaso alguien puede pensar que Argentina puede reducir el comercio con China para llevarse mejor con EE.UU.? ¿Desentenderse del Swap y las inversiones del gigante asiático? Muy poco probable.

Lo mejor que podemos hacer entonces, para evitar la aleatoriedad del destino que, en términos del escenario internacional, hace que estemos siempre más cerca del debe que del haber, es tener un programa claro y conciso de política exterior.  

No sería necesario, al menos en el corto plazo, crear un nuevo ‘destino manifiesto’, como lo han hecho nuestros vecinos del norte. Pero sí sería de relevancia llevar adelante determinadas políticas de Estado que nos permitan generar un modelo autónomo, balanceado y sustentable para enfrentar al mundo. Para ello, debemos ser inteligentes, pragmáticos, comprender bien lo que ocurre a nuestro alrededor. Y trabajar para el bien común de los argentinos. Pero, sobre todo, para los que más lo necesitan. ¿Será mucho pedir?   

El control de la información, una variable clave en la competencia geopolítica

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En el tramo final de su mandato, el expresidente de los Estados Unidos de América (EE.UU.), Donald Trump, firmó tres órdenes ejecutivas para prohibir el uso de redes sociales chinas, incluyendo a la más popular, TikTok. Esta red social de vídeos cortos, que cuenta con más de 100 millones de usuarios tan solo en EEUU, nunca llegó a ser prohibida de forma efectiva, ya que la justicia estableció que podía seguir operando en territorio estadounidense mientras determinaba si la orden de Trump era o no legal.

Antes de que terminara 2023, su sucesor, Joe Biden, en un tono algo menos belicoso, ha pedido una revisión del Departamento de Comercio para determinar los problemas de seguridad que pueden plantear este tipo de aplicaciones. En un comunicado, la Casa Blanca ha especificado que sus medidas no se dirigen a apps o empresas chinas en concreto, sino que buscan promover un «Internet seguro, confiable, interoperable y abierto; la protección de los derechos humanos ‘online’ y ‘offline’ y el apoyo de la economía digital global y vibrante”. Una suerte de discurso contrario de lo que hacen los chinos, pero en la realidad haciendo lo mismo.  

Cabe destacar que la idea de Biden no es propia de un presidente o una gestión. Existe además un proyecto de ley bipartidista que busca “facultar al gobierno de los EE.UU. para evitar que ciertos gobiernos extranjeros exploten los servicios tecnológicos, de una manera que represente riesgos para los datos confidenciales de los estadounidenses y nuestra seguridad nacional”.

Más aún, el temor no es solo quien posee la base de datos, o el control de quién tiene el algoritmo; sino, y, sobre todo, el rol en las operaciones de influencia. “Ha ido mucho más allá de sus raíces como aplicación de sincronización de labios y baile; crea tendencias y fomenta conexiones profundas con los creadores que mantienen a los usuarios comprometidos, vídeo tras vídeo. Los anunciantes quieren llegar a un público apasionado y entregado, y TikTok puede ofrecerlo”, destacan sus directivos. Sus números así lo indican: para 2024, los ingresos publicitarios de TikTok ascenderán a 23.580 millones de dólares.

Por ende, nos referimos a una variable que puede ser igual o más relevante que los 760.000 millones de dólares que suman ambos países en comercio bilateral: estamos hablando de futuro; mejor dicho, como se moldea el porvenir. Esto es el control de las mentes, de las ideas, del traspaso de información. De los procesos de inteligencia que pueden observar las debilidades del enemigo. Ese plus que puede hacer la diferencia cuando las tensiones se acrecientan y la diplomacia se resquebraja. Sobre todo, cuando EE.UU. coquetea permanentemente con Taiwán, el talón de Aquiles de cualquier acercamiento de buena voluntad con China. ¿Acaso no es una noble excusa que Taiwán sea uno de los principales centros de fabricación de chips y semiconductores, principal proveedor de la industria estadounidense? A Xi Jinping poco le importa. Acá no hay grises.

En el mientras tanto, China bloquea el ingreso a varias aplicaciones como Facebook, Instagram y Twitter. Aunque no están oficialmente prohibidas, no se puede acceder a ellas de manera convencional. ¿Que sostienen los funcionarios del gigante asiático? Si Facebook ha admitido proporcionar información al gobierno de EE.UU. para misiones de espionaje, ¿cómo no nos vamos a proteger nosotros?

Bajo este marco de conflicto bilateral, podemos – y debemos – transpolar el mismo a la lógica sistémica bipolar (Occidente y sus aliados vs. Rusia, China y compañía), en un mundo que se encuentra abierto para que cada país elija donde posicionarse. Y en el actual escenario global, donde la dirección se dirige claramente hacia gobiernos orwellianos, lo difícil para la alta política es balancear las lógicas domésticas con los requerimientos de una diplomacia realmente compleja. ¿Pragmatismo? Seguro, el tema es a que costo.

Por supuesto, cada gobierno vela por sus propios intereses, entendiendo sus fortalezas y objetivos. En Occidente (léase Canadá, Francia, Dinamarca, entre otros) han restringido el uso de TikTok para sus funcionarios gubernamentales. En este aspecto, un reciente informe del Centro Nacional de Ciberseguridad del Reino Unido, establece que «podría haber un riesgo en torno a la forma en que ciertas plataformas acceden y utilizan datos sensibles del Gobierno”. Cuando se habla de espionaje, adicción conjugada con ceguera, y confidencialidad de la información, ‘es preferible que sobre y no que falte’, como indica el viejo dicho popular. O como indica uno de los autores de la reciente Ley de Servicios Digitales (DSA) de la Unión Europa: «Se trata de una medida de precaución. Sabemos que ya hay un uso limitado de TikTok en el Gobierno, pero también es una buena medida de ‘higiene cibernética’”.

La contraofensiva corporativa china pareciera no estar dando resultados. Y aunque ByteDance, la empresa matriz de TikTok, ha propuesto la instalación de centros de datos locales en el viejo continente, asegurando desde hace tiempo que no comparte los datos de los usuarios con el Gobierno chino y que se gestiona de forma independiente, se ha hecho caso omiso a sus reclamos. Mismo la propia TikTok, la cual rechaza las acusaciones de que recopila más datos de los usuarios que otras empresas de redes sociales, calificando las prohibiciones de «desinformación básica» decidida sin «deliberación ni pruebas». Es que, para los expertos, todas las medidas preventivas que se toman no abordan de manera efectiva los riesgos fundamentales que exponen a la sociedad europea a posibles influencias chinas. Aquí tampoco hay vuelta atrás para con el ‘relajamiento’ sobre las decisiones tomadas. Coerción sin límites; y bajo la mayor cantidad de fronteras posibles.

Pero no todo es infiltración de espías; la geopolítica también juega. Para citar un ejemplo, al calor del conflicto militar entre China y la India por Cachemira, en julio de 2020, el choque fronterizo entre las fuerzas de seguridad de ambos países en el Himalaya occidental que dejó al menos 20 soldados indios muertos y más de 70 heridos, tuvo sus represalias cibernéticas: el gobierno hindú prohibió TikTok y otras 59 aplicaciones provenientes de China. Por supuesto, no todo es pérdida en este juego de suma cero: mientras TikTok, con 120 millones de usuarios en la India, perdió 6.000 millones de dólares en aquel año pandémico (cuando justamente se observó un crecimiento exponencial de este tipo las plataformas), el Facebook de Zuckerberg acaparó una enorme proporción de esa gigantesca audiencia huérfana.

Finalmente, los diversos ‘Gran Hermano’ de otras partes del mundo oriental, tienen otros objetivos, en este caso ‘más filosóficos que materiales’. En octubre de 2020, las autoridades paquistaníes prohibieron temporalmente TikTok, alegando que la aplicación promueve contenidos inmorales. Por otro lado, los dirigentes talibanes de Afganistán prohibieron la aplicación en 2022, con el argumento de proteger a los jóvenes de «ser engañados». Finalmente, Nepal anunció recientemente que va a prohibir la red social debido a los efectos negativos de esta aplicación en la «armonía» del país. La propia Ministra de Comunicaciones y Tecnología de la Información, Rekha Sharma, explicó que el gobierno tomó la decisión porque TikTok se utiliza de forma sistemática para compartir contenidos que «afectan las estructuras familiares y las relaciones sociales». Gagan Thapa, dirigente del opositor Partido Congreso Nepalí, alzó la voz repudiando el hecho e indicando que “parece que el ejecutivo busca reprimir la libertad de expresión». Un oxímoron inexistente en el actual mundo en que vivimos. 

En definitiva, podemos resumir algunas cuestiones fundamentales. Control (¿justificado?), para estar a la altura de las circunstancias ante el avasallamiento de enemigos externos (¿o internos?). Lo único claro parece ser el objetivo final de las elites gubernamentales: poder seguir acumulando poder y riqueza en un mundo diversificado, complejo y agresivo, generando un temor hacia adentro que permita el hacer ‘más dóciles’ a unas masas necesitadas, justamente, de lo contrario: empoderarse, mejor su estatus socio-económico, tener mayores libertades para expresarse. Vivir mejor, se diría. En la actual dinámica de la coyuntura global, difícil. Y TikTok, cual plataforma de entretenimiento transnacional, conjuga, entremezcla y nos muestra demasiado de todo lo que existe. Y algo, quien dice, de lo que debemos cambiar.

Estados Unidos contra Google y la relevancia de la ley antimonopolio sobre la geopolítica

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El 2 de julio de 1890, Estados Unidos promulgó la Ley Sherman Antitrust, considerada la primera medida concebida para evitar la concentración de un mercado en una empresa. La norma debutó en 1911, con la Standard Oil de John Rockefeller. La Justicia finalmente determinó la fragmentación de la petrolera en 34 empresas independientes.

“Hace dos décadas, Google se convirtió en la niña bonita de Silicon Valley como empresa emergente con una forma innovadora de buscar en la incipiente Internet. Ese Google hace tiempo que desapareció”. Este es uno de los párrafos que utilizó el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, ciento veinte años después, para acusar a la tecnológica por abusar de su posición dominante en el mercado de las búsquedas.

A pesar de que las empresas tecnológicas no encajan en la definición tradicional de monopolio – ya que no fijan precios abusivos para el público -, afectan a otros aspectos de la cadena de valor. Por ende, el juicio contra Google no radica en el amplio predominio que logró con su buscador (Google concentra el 90% de las búsquedas a nivel mundial), sino por los abusos que comete para evitar o excluir a otros competidores: para citar el ejemplo más resonante, Google paga más de US$10.000 millones al año a varios fabricantes, como Apple, para preinstalar el buscador Chrome en sus dispositivos.

“La gente no usa Google porque tenga que hacerlo, sino porque quiere”, fue la rápida respuesta por parte de la empresa. Añadieron, además, que los acuerdos con fabricantes y operadoras no eran exclusivos y que la gente podía elegir motores de búsquedas alternativos muy fácilmente. Más aún, para evitar los cuestionamientos, estas corporaciones tecnológicas llevan adelante un lobby feroz que les permita evitar los controles y que las investigaciones legales avancen.

Lo primero que haría cualquier analista es comprender la lógica de la teoría económica; aquella racionalidad que nos lleva a entender que las leyes antimonopolio tienen como objetivo primario mantener la competencia como fuerza impulsora de la economía, siendo Google y otras multinacionales un obstáculo para el libre juego de la oferta y la demanda en la industria tecnológica, al concentrar una abrumadora capacidad económica y técnica.

Más aún, las grandes corporaciones, al tener una posición dominante, desincentivan el surgimiento de nuevos proyectos y estancan la innovación. A eso hay que adherirle que pueden adquirir a los competidores más pequeños; o mismo imitar sus desarrollos y utilizar su diferencial económico para sacar ventajas que desplacen a sus rivales más débiles. También existe el temor de que estas empresas tecnológicas, con su músculo financiero, puedan expandirse a otras industrias.

La realidad es que este último punto es lo que realmente se encuentra en disputa en el caso de “Estados Unidos contra Google”: la preocupación de las elites políticas son las grandes empresas tecnológicas que fueron acumulando poder y una supremacía exponencial sobre los negocios, el comercio, la discusión pública, el trabajo y el entretenimiento. Y el gran temor está en que todas estas variables claves para el dominio social, se encuentren fuera del control gubernamental.

Esa delgada línea, muy fina, entre dejarlos ser, porque también le sirve a los Estados Unidos de América (EEUU) como emblemas geopolíticos y geoeconómicos para dominar el mundo; o la posibilidad cierta que se les escurra de las manos, que tengan un vuelo demasiado propio que no responda a los intereses a las elites políticas. El contexto global es claro: en un escenario marcado por ‘la competencia tecnológica con China’ – entre otros -, hay que evaluar con mucho cuidado las acciones que, a nivel global, beneficien a los intereses generales de los estadounidenses.

Porque en realidad, en términos geopolíticos, ‘la lucha contra el monopolio’ es una discursiva contradictoria que no siempre es aplicada; solo es utilizada cuando es conveniente como una herramienta, una variable técnica. Sino pensemos en la Industria de la Defensa: desde la misma Guerra Civil estadounidense del siglo XIX, se demostró la utilidad de la empresa a gran escala para satisfacer las feroces demandas de producción de las Fuerzas Armadas, y los dueños de negocios se apresuraron a comprender la ventaja del tamaño para atraer capital.

A lo largo del siglo XX y en lo que va del corriente siglo XXI, se consolidó este modelo que logre mayores eficiencias para alcanzar curvas de aprendizaje maduras, genere mayores posibilidades de innovación y de calidad de los productos. Ni que hablar la necesidad de tener un capital concentrado, un flujo financiero que permita sortear los costos técnicos y burocráticos asociados (solo para citar un ejemplo, los fabricantes de defensa locales necesitan la aprobación del gobierno estadounidense antes de que puedan producir armas conjuntamente con socios extranjeros).

¿Dónde está aquí el fin de los monopolios, si cinco empresas estadounidenses (Lockheed Martin, Boeing, Raytheon, Northon Grumman y General Dynamics), sectorizadas en diferentes rubros del aparato militar, se llevan más del 80% de los contratos del gobierno? En ningún lado, ya que las mismas son garantes de las elites políticas en su posicionamiento como potencia global; tanto como ‘policía del mundo’, como en el plano del servicio a sus necesidades de acumulación de riqueza y poder.

¿Podemos esgrimir que con los monopolios se eliminan las presiones para innovar? ¿Podemos sostener fehacientemente que con los monopolios se generan costos más altos para los contribuyentes? ¿No es perjudicial que las empresas líderes levanten barreras para con los nuevos entrantes? ¿No es acaso relevante que, en sectores duales, más actividad militar genera un mayor riesgo de abastecimiento para la industria civil? Todas respuestas afirmativas, pero no lo suficientemente relevantes para aplicar la lógica de la ley antimonopolio. O sea, para hacer peligrar los objetivos de las elites.  

¿Pero si la empresa dominante se encuentra influenciada por una nación adversaria, no se estaría planteando un riesgo para la seguridad nacional? ¿No es correcto pensar que la empresa monopólica tiene más poder sobre el contrato, que una pequeña empresa que licita con muchos competidores, obligando al Gobierno a tener que negociar con el monopolio en condiciones más desventajosas? Así es, pero volvemos a nuestro eje conductor: para contrarrestar estos ‘peligros’ nos encontramos con elites políticas que promueven este nuevo modelo nacionalista, estatista, de sumo control y una democracia económica relativa.

Es que después de una época histórica en que los Estados se han visto profundamente denostados, mellados en sus capacidades de hacer, lo que estamos vivenciado hoy en día es un contrabalanceo de fuerzas por parte del realismo más puro de las Relaciones Internacionales, donde las elites políticas toman prudente distancia de los deseos libertarios de las elites económicas, y los acarrean a un juego del que difícilmente puedan negarse: las amenazas ya no corren; o juegan junto a nosotros el juego del capitalismo que a nosotros, las elites políticas, nos conviene (un modelo nacionalista con redistribución de empoderamiento ciudadano que permita la mantención del statu-quo político), o no podrán continuar comerciando con quienes quieran bajo condicionamientos leoninos, o mismo ‘timbeando’ financieramente a nivel global como aves libres.

¿Monopolio o competencia entonces? En términos geopolíticos, mientras el Estado tenga un rol con visión estratégica en el control de una política con proyección de poder económico y diplomático a nivel internacional (como, por ejemplo, que ‘tome el toro por las astas’ sobre los recursos naturales estratégicos y el desarrollo de la ciencia y la tecnología), poco importa la respuesta. Está claro que en este caso el fin, por sí solo, justifica los medios.    

La Guerra fría bipolar ya esta en marcha

Pablo Kornblum para Ámbito financiero – MArzo 2023

https://www.ambito.com/opiniones/la-guerra-fria-bipolar-ya-esta-marcha-n5670502

Hace pocos días, el presidente ruso, Vladimir Putin, suspendió la participación del país en el último tratado de control de armas nucleares firmado con Estados Unidos. El acuerdo New START, era el último que quedaba entre ambos Estados y se había prorrogado por cinco años en 2021. Más allá de poner en palabras el famoso dicho “el que avisa no traiciona” – a sabiendas que Rusia es el país que posee la mayor cantidad de ojivas nucleares y, en este sentido, explicita su potencial uso como último recurso – el discurso del presidente ante el Parlamento tuvo otros conceptos de relevancia para analizar.

Por un lado, Putin afirmó que desde el siglo XIX Occidente ha intentado arrebatar a Rusia sus «tierras históricas, lo que ahora se llama Ucrania”, y que financió la revolución de 2014 que derrocó a un gobierno prorruso, para apoyar un gobierno de ideología neonazi. Según Putin, “Desde el año 2014, el Donbass ha luchado para defender el derecho a vivir en su propia tierra, a hablar su lengua materna, luchó y no se rindió bajo el bloqueo y los constantes bombardeos, el odio inconfesable del régimen de Kiev, y ha creído y ha esperado que Rusia acudiera al rescate”. Una lucha que rememora las viejas disputas de avance territorial del siglo XX, trayendo a colación una batalla ideológica que, aunque quisieran darla por muerte, se recicla bajo la propia impronta del ser social.

Más aún, a lo expuesto se le adiciona con fuerza el choque cultural, derivado de los cambios antropológicos de las últimas décadas: «Ellos (las élites occidentales) mienten constantemente, distorsionan los hechos históricos y no dejan de atacar nuestra cultura, la Iglesia Ortodoxa Rusa y otras organizaciones religiosas tradicionales de nuestro país». Bajo esta lógica, el mandatario se comprometió a proteger a los niños rusos de «la ideología de la degradación y la degeneración». De acuerdo con Putin, Rusia es «un país abierto y una civilización distintiva, pero sin pretensiones de exclusividad y superioridad». Esa imposición que sí, según el presidente ruso, ha querido imponer occidente a través de la globalización neoliberal. Podríamos decir ‘una macdonalización con rostro LGBT’.

Siguiendo con la temática económica, Occidente, según Putin, quiere dividir a Rusia y robarle sus vastos recursos naturales. Por ello “quiero construir un sistema seguro de pagos internacionales que reduzca la dependencia de Occidente. El comercio ruso se está reorientando hacia países que no nos aplican sanciones, ampliando nuestras prometedoras relaciones económicas exteriores, y construyendo nuevos corredores logísticos. Los datos que nos avalan se encuentran a la vista: la economía rusa resistió el conflicto mejor de lo que habían sostenido los expertos: el PBI se contrajo solo 2,1% el año pasado, por debajo del 2,9% previsto”. Este escenario pone una vez más sobre el tapete la relevancia de la economía real y los recursos estratégicos, los cuales Rusia cuenta en abundancia. Pero, además, manifiesta como el proceso de globalización y crecimiento económico de la periferia le jugó como un bumerang a los países centrales de las democracias occidentales: los mercados son para todos y, en el actual contexto de apertura multipolar, los grandes jugadores se posicionan en todas las geografías.

También Putin hablo en retrospectiva. El mandatario aseguró que Rusia no cometerá errores del pasado: aunque la defensa nacional es la prioridad más importante, al desarrollarla no se puede destruir la economía. «Las autoridades rusas saben lo que hay que hacer para un desarrollo constante, progresivo y soberano, a pesar de todas las presiones y amenazas externas». Es evidente que Rusia tiene claro que no puede equivocarse como en la extinta Unión Soviética, la cual sucumbió económica y financieramente ante las presiones de la carrera geopolítica y geoeconómica contra los EE.UU. 

Por ello, para alcanzar el objetivo de su crecimiento económico sustentable, le habló a su consecuente ‘oligarquía económica’, base y sostén de un modelo corporativista aliado a su Elite política: “Los empresarios rusos que guardaban sus fondos en los países occidentales no solo observaron cómo los mismos fueron ‘congelados’, simplemente tuvieron que entender que han sido robados». Y señaló que los grandes empresarios rusos “deben comprender que seguirán siendo forasteros de segunda clase para Occidente”, por lo que les instó a quedarse en su patria y trabajar para sus compatriotas. Tal cual se plantea en su país aliado, China.

Justamente, el máximo responsable de la diplomacia del gigante asiático, Wang Yi, mantuvo una reunión con el secretario del Consejo de Seguridad ruso, Nikolái Pátrushev, en la cual sostuvo que “Las relaciones sino-rusas son maduras y sólidas como una roca; soportarán las pruebas de esta variable situación internacional. Claramente, podemos afirmar que los vínculos entre ambas naciones no sucumbirán a la presión de otros países”. No solo ambos Estados son socios económicos fundamentales: además, la administración de Xi Jinping ve a Rusia como un enemigo en primera línea de combate contra la influencia de la OTAN – especialmente estadounidense – en el Mar de la China Meridional, ‘su’ región que defiende con celosía.

En este sentido, China contradijo las afirmaciones de Estados Unidos sobre un supuesto envío de armas a Rusia, y advirtió que no aceptara la presión norteamericana. «Quien no para de proporcionar armas al campo de batalla es Estados Unidos, no China. Estados Unidos no está cualificado para dar órdenes a China, y nunca aceptaremos que Estados Unidos dicte o imponga cómo deben ser las relaciones sino-rusas», expresó el portavoz de la Cancillería China, Wang Wenbin.

Ante la discursiva del ‘lado oriental del muro’, la respuesta estadounidense no se hizo esperar: a pocos días de que se cumpla un año del comienzo del conflicto entre Rusia y Ucrania, el presidente estadounidense, Joe Biden, llegó hasta Kiev para reunirse con su par ucraniano Volodimir Zelenski. Allí anunció que su país le daría una ayuda de 500 millones de dólares para solventar la guerra. Posteriormente, frente a ciudadanos polacos y refugiados ucranianos en Varsovia, el mandatario aseguró que «las democracias del mundo velarán por la libertad hoy, mañana y siempre. Rusia nunca vencerá a Ucrania”. Palabras vacías en tiempos de guerra. Pero, además, con afirmaciones falsas.

Porque Biden sabe que Rusia no va a ser vencida militarmente. Básicamente por dos cuestiones: 1) Rusia (léase Putin) no va a permitirse una derrota. Nunca, y bajo ningún tipo de condicionamiento. Menos en el actual disruptivo escenario mundial actual. 2) La OTAN no se encuentra dispuesta a pagar el costo de la guerra física, real, de contacto, poniendo sus hombres en el campo de batalla. Armamento si, vidas humanas, no. No son muchos los gobiernos que resistirían políticamente el enfrentarse a madres que mandan a sus hijos a morir a tierras lejanas que, con sinceridad, nada les importan. No es políticamente correcto, pero, por más blancos y rubios que sean, los ciudadanos ucranianos no entran dentro del círculo preciado de los principales miembros Otanistas. Si los recursos naturales que bendicen sus tierras, o mismo la industria de la guerra, que también es un gran negocio; sin embargo, ello es muy difícil de comprender para el ciudadano global medio.  

Es que una cosa es la política interior, los manejos internos, y otra la geopolítica y la geoeconomía con sus intereses macro. Que se afectan y son interdependientes, pero no son lo mismo. Y los nuevos regentes de la disputa bipolar, la OTAN por un lado, y la alianza sino-rusa con sus aliados por el otro, lo saben muy bien. Por ello, los países que quieren ser protagonistas del nuevo mundo se encuentran buscando ese equilibrio entre el poder y el querer de la política; entre el satisfacer las necesidades más básicas de sus poblaciones, y el encontrar la más sabia manera de eludir el peligroso ruido de los tambores de la guerra.

La ‘creditocracia’, discusión ausente en las elecciones de los Estados Unidos – Ámbito Financiero – Noviembre 2022

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Entre julio y septiembre del corriente 2022, la deuda de los hogares estadounidenses ascendió a un nuevo récord de 15,24 billones de dólares, un incremento del 1,9% (286.000 millones de dólares) con respecto al segundo trimestre del año. Sin embargo, no ha sido un tema de discusión entre Demócratas y Republicanos de cara a las elecciones recientemente acaecidas; probablemente porque la dinámica del endeudamiento es parte de un escenario normalizado, no solo al norte del Rio Bravo, sino a nivel global: según un informe del Institute of International Finance (IIF), actualmente las deudas de los hogares a nivel global se encuentran en su punto histórico más alto, superando los 47 billones de dólares, lo que equivale al 60% del PBI mundial.

Para comenzar, podemos afirmar que ya ha quedado en desuso la moral burguesa tradicional que establece que el consumo viene posibilitado por el ahorro, siendo este producto de un trabajo previo. Por el contrario, el endeudamiento ha invertido la dinámica situacional: ya no estamos ante la capacidad de adquirir bienes y servicios como resultado de un esfuerzo ya realizado, sino que primero se compra y se consume, y luego se trabaja para pagar las deudas resultantes.

En este sentido, la visión altruista, utópica, de la provisión de crédito para las mayoritarias clases medias y bajas, es la de corregir la desigualdad de ingresos, cerrando (o difiriendo) la brecha material existente entre la (insuficiente) realidad salarial y el sueño consumista – o bienestar según quien lo quiera reflejar -. Sin embargo, nos hemos convertido en una sociedad atrapada en la ‘creditocracia’, donde el objetivo es mantener al ciudadano endeudado el mayor tiempo posible; escenario que se observa cada vez más frecuentemente en todos aquellos que deben pedir dinero prestado para satisfacer sus necesidades básicas. Como diría Delouze, el hombre ya no se encuentra más ‘encerrado bajo sociedades disciplinarias’; por el contrario, se lo controla a través del endeudamiento. Una relación de fuerza y de poder asimétrica, donde el sistema de crédito trasluce un consumo reglado, forzado, instruido y estimulado.

De este modo, no es una variable menor – sin entrar en la disputa entre si prima la ‘causa’ o el ‘efecto’ -, en el contexto de una reestructuración capitalista que ha conllevado que la mayoría de las ganancias corporativas lleguen gracias a las actividades financieras, especialmente en forma de préstamos, a través de un flujo constante de dinero que incrementa ingentemente sus ganancias. Del otro lado, un mundo en el cual millones no pueden llegar a fin de mes y a duras penas pagan el mínimo mensual, junto con exponenciales multas o recargos por pagos atrasados. Un proceso que claramente solo provee beneficios marginales y coyunturales para los trabajadores, las Pymes, y todos aquellos que buscan ser parte de un proceso virtuoso de creación de riqueza endógena.

A pesar de ello, existe una fuerte corriente subyacente de moralidad asociada a tener que pagar las deudas; como si debiera ser una de las prioridades del ser humano responsable, más allá de su condición socio-económica, la coyuntura laboral, o las contingencias que acaecen durante la vida (enfermedades, divorcios). Como diría Walter Benjamin: “la religión capitalista es una religión de la desesperación porque su culto no tiende a la redención de la culpa sino a agravarla y a convertirla en universal”. Ahora bien, como contraparte, las elites económicas no suelen preocuparse en demasía ante procesos de endeudamiento complejo y de difícil repago: ante la adversidad, son rescatadas por sus amigos o por la clase dirigente (sino pregúntenle a quienes resultaron beneficiados de la estatización de la deuda privada de 1982 en nuestro país, solo para dar uno de los incontables ejemplos). No hay consecuencias ni daño emocional; por ende, pareciera entonces que solo existe un doble estándar donde la moralidad sólo funciona en una dirección.

Bajo este carácter fetichista, el sacrificio implica que cuando el mercado, la banca o el capital así lo requieran hay que ‘apretarse el cinturón’ y aceptar las medidas de austeridad y el desempleo, además de ‘agachar la cabeza’ – generalmente sin entender demasiado – ante la expropiación del excedente social acumulado para ‘salvar’ a unos bancos ‘demasiado grandes, demasiado importantes para quebrar’, o aceptar que las arcas de los Estados se encuentren vacías porque las obligaciones impositivas de las empresas, la industria y los más ricos de entre los ricos, desalientan la inversión.

Del otro lado, se encuentra aquellos que sí sufren los créditos perpetuamente revocables y fluctuantes, presos de inflaciones y devaluaciones crónicas, que hacen de las mayorías deudoras permanentes bajo un contexto de estancamiento salarial y deterioro de los mercados internos. Aquellos que deben con anticipación su trabajo y porvenir. Como dice Baudrillard, aquellos que viven “un modo de temporalidad pre-constreñida, hipotecada”. Todo lejos, muy lejos, del altruismo financiero que mencionamos previamente en este artículo.

En definitiva, mientras cada vez una mayor parte de los hogares en los Estados Unidos y en el mundo toma deuda para pagar gastos cotidianos como alimentos y medicamentos, las elites promueven la valorización de un modelo particular de ciudadano, un modelo de gasto crediticio orientado a la responsabilidad individual. Un sistema que ‘cerca’ a las clases medias y bajas para con el inevitable uso del crédito, mostrándola como la única opción viable, sensata y de sentido común.

¿Y si ponemos por delante la deuda más importante, la deuda activa y permanente con los miles de millones de postergados de la sociedad global? ¿Y si, en lugar de involucrar una mixtura de racionalidades de mercado y relacionales, probamos con salarios más altos y dejamos el financiamiento para situaciones particulares que realmente lo requieran? Y no. Se termina el negocio, por no decir el curro, que implica, además – y por sobre todo – el mayor empobrecimiento de las mayorías.  Porque en realidad, las prácticas crediticias y las economías domésticas no deberían tratarse exclusivamente de la adquisición de bienes de consumo o de consumismo, sino de integrarse, salir de la pobreza y ser digno. Basta entonces de dejarnos llevar por los grandes medios de comunicación que confunden responsabilidad con intereses espurios. Basta que la culpa sea del chancho y nunca del que le da de comer.

La bipolaridad, el nuevo statu-quo internacional -Ámbito Financiero – Septiembre 2022

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En medio de la escala de tensiones en una guerra todavía ‘tibia’, los presidentes de Rusia, Vladímir Putin, y de China, Xi Jinping, se reunieron por primera vez desde el inicio de la guerra en Ucrania bajo el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), un grupo conformado por China, Rusia, India, Pakistán, Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán, el cual ha sido fundado en 2001 como una organización política, económica y de seguridad para rivalizar con las instituciones occidentales. 

En la reunión, el líder chino se ha abstenido de condenar la operación rusa contra Ucrania o de calificarla de «invasión», en línea con el Kremlin. Por su parte, Putin respaldó explícitamente a China en relación con Taiwán: «Tenemos la intención de adherirnos firmemente al principio de ‘una sola China'». Además, mientras el primer mandatario ruso condena “las provocaciones de Estados Unidos y sus satélites en el estrecho de Taiwán», Beijing sostiene que se está en contra de las sanciones contra Moscú por “no tener base en el derecho internacional” y “no solucionar los problemas de fondo”, a pesar de que Putin sostuvo que usará todos los medios – inclusive los nucleares – para defender la “integridad territorial de Rusia”. Hay quienes dudan de una alianza, aunque sea tácita. Pero los gestos y discursos dicen mucho. Y aunque cada Estado tiene sus intereses propios, está claro de qué lado de la novedosa cortina de hierro quedarán.

Bajo el escenario descripto, para combatir al nítido enemigo occidental y mientras Europa intenta alejarse del petróleo y el gas rusos, Putin continuará impulsando los vínculos como Asia, como por ejemplo el reciente acuerdo para con la construcción de un oleoducto hacia China a través de Mongolia. La historia ya lo ha demostrado: el afianzamiento económico es la base para la solidificación de cualquier alianza política. 

En este sentido, es interesante que, tanto China como Rusia, buscan repetir aquel liberalismo clásico entre Estados (no así a nivel intra-estatal) que promovió la otrora Unión Soviética con sus países satélites, o el mismo gigante asiático luego de su ingreso formal a la OMC en el año 2001. «Nuestra política está desprovista de todo egoísmo. Esperamos que los demás participantes de la cooperación económica construyan sus políticas sobre esos mismos principios, sin utilizar el proteccionismo, las sanciones ilegales y el egoísmo económico para sus propios fines», dijo Putin.

Y de allí, de la diplomacia fraternal, los aliados orientales se encuentran a un paso de la ayuda militar. No por nada a principios de mes navíos rusos y chinos efectuaron una patrulla conjunta en el océano Pacífico para «reforzar su cooperación marítima». Más aún luego de las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en las que afirmaba que Estado Unidos está dispuesto a intervenir militarmente en Taiwán. «Es una grave vulneración del compromiso estadounidense a no apoyar su independencia», advirtió Mao Ning, portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China.

Ante este caótico contexto, no es extraño que Beijing refuerce su concepción belicista. Por ejemplo, luego de la reciente reunión de los líderes de Kazajistán y China, Xi le propuso a la república centroasiática fortalecer la cooperación en el ámbito militar y de seguridad a la vista de la ‘difícil situación internacional, defendiendo la seguridad común en la lucha contra el tráfico de drogas y el crimen organizado internacional’, así como contra las tres «plagas» – término utilizado por Pekín para referirse al terrorismo, el separatismo y el extremismo religioso -. Es que estos momentos de escalada de tensiones son más que útiles para ‘meter todos los gatos en la misma bolsa’. No por nada el gobierno chino ya ha utilizado esta fórmula para justificar la represión de la población musulmana uigur en Xinjiang, región china fronteriza con Kazajistán.

Por supuesto, en esta ‘amplitud’ de la búsqueda de alianzas ‘orientales’ que permitan eludir las sanciones occidentales, Putin se reunió con el presidente iraní Ebrahim Raisi, con quien trató la pronta firma de un gran acuerdo de cooperación aprovechando el drástico incremento de los intercambios comerciales en los últimos años. También lo hizo con el primer ministro indio Narendra Modi – India se ha convertido en el segundo comprador de petróleo de Rusia, después de China -, y con el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, con quien abordó el cumplimiento del acuerdo de exportación de cereal y fertilizantes desde Ucrania y Rusia alcanzado en julio pasado en Estambul.

Sin embargo, este contexto de bipolaridad no se encuentra exento de ‘temores’; es que las sanciones a la ‘cubana’, se encuentran a la orden del día.  Por ejemplo, algunas empresas turcas han empezado a rechazar el pago a través del sistema ruso de tarjetas MIR ―un acuerdo anunciado tras el anterior encuentro entre Putin y Erdogan― por miedo a ser objeto de sanciones secundarias por parte de Occidente. Por supuesto, la picardía del ‘empresario innovador’ Shumpetereano – por supuesto con el soporte gubernamental de Moscú – reflota en cualquier geografía y momento histórico: rusos con pasaporte turco y a través de empresas que son formalmente turcas (en la primera mitad de 2022 se fundaron 601 empresas con capital ruso en Turquía), son libres de comerciar tanto con los países miembros del club comunitario europeo, como con Moscú.

A ello hay que adicionar el sistema ‘a la swap chino’ – está listo para su entrada en vigor un acuerdo que permitirá a Turquía pagar un 25% del gas que adquiere de Rusia en rublos, a lo que además Erdogan había propuesto pagar en parte en liras turcas -, como así también la inversión extranjera directa (IED) en la central de Akkuyu, la primera nuclear que tendrá Turquía y que construye una empresa rusa con una inversión de algo más de 9.000 millones de dólares. Y porque no, un dato de color: el apartado de “Errores y omisiones” de la balanza de pagos de Turquía se ha incrementado hasta cifras récord (24.400 millones de dólares en los siete primeros meses del año), algo que algunos dicen por lo bajo que son ingresos en el sistema financiero turco a través de ‘canales no oficiales relacionados con Rusia’. Hecha la ley, hecha la trampa. Sobre todo, en épocas donde la inteligencia económica y las artimañas financieras se encuentran a la orden del día.

En definitiva, en el ajedrez internacional, más complejo que nunca, la actividad se ha potenciado ante esta ‘novedosa bipolaridad’, proveniente de la resquebrajada unipolaridad estadounidense desde finales del siglo pasado – comenzando con la crisis neoliberal/financiera de los tigres asiáticos y Latinoamérica -, donde la multipolaridad ficticia creada se tornó inefectiva, y la búsqueda de acuerdos regionales se comenzaron a enmarcar claramente en vínculos estatales bilaterales de base, aquellos que realmente han logrado consistencia y (algunos) resultados positivos.

Ante este contexto minimalista, urge la necesidad de generar una fortaleza endógena, de la creencia en instituciones que funcionen, libres de los vicios de la corrupción y de la inoperancia. En el tablero actual, el individualismo estatal es la moneda corriente en un juego pragmático, en donde todos los países buscan aprovechar cada nicho, cada oportunidad de lograr una alianza oportuna.

Es que mientras las tensiones escalan y las interrelaciones pueden ser decisivas en un potencial novedoso posicionamiento global, un paso en falso puede ser peligroso. Más aún en un país como el nuestro, donde todavía no queda claro que nuestra ‘tercera posición’ en política exterior, nos haya brindado en algún momento reales beneficios. ¿Culpas propias o de terceros? ¿Ambas? La respuesta es discutible. Ahora bien, la única verdad es la realidad. Y hasta el momento, al menos en términos de nuestro histórico posicionamiento global, la dinámica tendencial lejos ha estado de ser favorable.