Uruguay and its battle against inflation

Publicado en Stratfor, el 6 de Julio de 2011.

Autor: Pablo Kornblum

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Uruguay y su combate contra la inflación

La palabra temor parece ser la más apropiada para describir la sensación que en estos últimos días circula en el Poder Ejecutivo Uruguayo. Es un temor que proviene directamente del status-quo del paradigma neoliberal, en el cual la inflación es lisa y llanamente uno de los peores males que cualquier economía se ve obligada a enfrentar.

La tendencia creciente de precios en Uruguay es evidente. En enero, en términos anuales la inflación fue de un 7,27%. En febrero aumentó a 7,67%; en marzo trepó a 8,17%, y en abril a 8,34%. La situación regional tampoco difiere mucho, lo que ha potenciado las tensiones inflacionarias. El último pronóstico de inflación de Brasil para este año ya se modificó de 5% a 5,7%, por lo que el mes pasado la Presidenta Dilma Rousseff expresó sobre su “inmensa preocupación” por la inflación, “la cual debe ser tratada inmediatamente”. Por otro lado, la Argentina no se queda atrás: con una inflación esperada superior al 30% anual, el fuerte incremento de precios es un tema central en la agenda electoral de cara al segundo semestre del año. 

Las causas del sobrecalentamiento de la economía parecen ser más benignas que adversas: una robusta demanda interna, un importante crecimiento del PBI (mientras la primera proyección de crecimiento para este año había sido del 4,5%, el primer trimestre ya arrojó una tasa del 6,8% respecto de un año atrás), un incremento de los precios de los commodities internacionales – de los cuales Uruguay tiene cierta relevancia como productor regional y global-, y una participación activa del Estado, sobre todo a través de un Gasto Público creciente.

Sin embargo, el incremento de precios actual involucra problemáticas de raíz, históricamente cíclicas en toda la región. Por un lado, la habitual concentración y capacidad de formar precios derivado de mercados monopólicos, conllevan permanentemente a un reacomodamiento de precios que maximizan una ya elevada rentabilidad, sobre todo cuando se convive en un contexto internacional de precios crecientes de los commodities. Por otro lado, la variable “expectativas” también genera permanentemente un condimento extra dentro de la cultura regional. Si a los primeros indicios de incrementos colectivos de salarios se le adicionan los aumentos de precios en los bienes y servicios de las PYMES que no quieren perder rentabilidad dentro la cadena de valor, el espiral inflacionario comienza inevitablemente su camino ascendente sino se toman las medidas contracíclicas necesarias.

La gran preocupación de las más altas esferas gubernamentales se relaciona con la pérdida de competitividad que daña la posibilidad de continuar con la senda de crecimiento sostenido; pero que además incluye una balanza comercial deficitaria y una fuga del tejido productivo hacia otros horizontes. La respuesta para frenar el alza en los precios ha ido en consonancia al mismo paradigma que propaga los miedos; la búsqueda primaria ha sido satisfacer el modelo neoliberal, con una política económica de tinte conservadora. Por lo tanto, la política monetaria contractiva ha sido la receta promulgada y a su vez esperada para saciar las expectativas de los mercados internacionales y los grupos concentrados locales.

En este sentido, las autoridades económicas del Uruguay anunciaron una nueva suba de la tasa de política monetaria (TPM), esta vez de 50 puntos básicos, para llevarla al 8% anual. Es la segunda suba del año, luego de que en marzo la incrementara en 100 puntos básicos, del 6,5 al 7,5 por ciento. Las primeras consecuencias serán, por un lado, el aumento del costo del crédito, lo que repercutirá en una baja en la demanda de crédito al consumo, y el consecuente enfriamiento de la economía. Por otro lado, al aumentar la tasa, crecen los rendimientos de diversos instrumentos financieros de deuda en la moneda local, por lo que la venta de dólares por la compra de los mismos provocará una baja en el tipo de cambio, lo que funciona comúnmente como un ancla para que la inflación se modere.

Aunque la respuesta parece haber sido adecuada, sin duda es insuficiente. Simplemente porque los objetivos e intereses finales deben tener un foco más amplio, sobre todo para el beneficio de las clases más humildes de la sociedad uruguaya. En este aspecto, la batería de políticas deberían incluir la profundización de las políticas redistributivas, el continuo apoyo a los proyectos de PYMES y Cooperativas, como así también el aumentar la participación activa del Estado en términos de subsidios y fomento de empréstitos para aprovechar los nichos de mercado regionales y globales, favorables en la actualidad a los productos agrícolas y los servicios financieros y tecnológicos – para los cuales Uruguay se encuentra en una posición privilegiada -. Si a ello le agregamos un necesario aumento exponencial de la producción de bienes y servicios – con implicancias directas sobre los beneficios colectivos de los más necesitados -, la estabilidad macroeconómica se complementaría con una mejora en la calidad de vida basada en un desarrollo sustentable. De esta manera, mientras la economía se torna más saludable para la mayoría del pueblo Uruguayo, solo quedaría resolver el manejo de los miedos como el gran desafío político del futuro.